miércoles, 30 de julio de 2014

La sombra del cielo |13|

Cuando el cuchillo penetró en la carne el sonido que produjo fue acuoso y ahogado. El frío filo y rígido filo de acero al penetrar en la cálida y delicada carne le produjo un escalofrío que le hizo retorcerse de entusiasmo y satisfacción: adoraba aquello. La sensación de poder en el momento previo a hacerlo, la fuerza y resistencia mientras lo hacía, y la tranquilidad que le invadía al ver caer el cuerpo sin vida al suelo.
– Deberías probarlo, Jack – sonrió, mirándolo de medio lado. – Es un auténtico subidón de adrenalina, y una terapia de relajación realmente efectiva.
Hazlo, Jack, hazlo. – insistió la voz interior. – Haz ruido y alerta al grupo, haz que todos le persigan y le atrapen.
– ¿Y de qué me serviría? – preguntó, negando con la cabeza. – En el mejor de los casos acabará siendo uno de ellos, y tampoco me serviría: estaría en mi contra y eso no solventaría nada. – chasqueó la lengua.
Muy bien, entonces prefieres seguir con este psicópata. Por lo menos hasta que le dé por hacerte lo mismo a ti, ¿no? – replicó la voz interior con sarcasmo y diversión.
– Bueno, tampoco tenemos que volvernos paranoicos, ¿no te parece? Por el momento él sólo está atacando a un grupo de…cosas, no le hemos visto a atacar a ninguna persona normal, ¿no? – respondió, incapaz de confiar en sus propias palabras.
Entonces será mejor que nunca se entere de lo que llevas colgando de la espalda, Jack, porque si lo hace…a ti también te clavará un cuchillo en la nuca, y eso si tienes suerte.
    La crudeza de aquellas palabras le hizo temblar: su voz interior tenía razón; si ese psicópata se daba cuenta de que él mismo llevaba una de aquellas babosas en la espalda, tratando de lavarle el cerebro, ¿cuánto tardaría en «aplicarle la terapia»? desde luego no demasiado. Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo cuanto antes para no volverse loco.
    Cerró los ojos un instante tomando aire profundamente, necesitaba relajarse y pensar con claridad antes de hacer alguna locura de la que pudiera arrepentirse, y sólo se arrepentiría de ésta si Brent le conseguía atrapar. Rememoró el paisaje que les rodeaba en ese momento, buscando una vía de escape antes de actuar.
– Lo siento. – susurró.
No es necesario que mientas, Jack. – susurró su voz interior, divertida.
    Abrió los ojos y se agachó lentamente para recoger una roca de tamaño considerable y observó a Brent, que iba agazapado tras otro de aquellos seres con el cuchillo preparado, y lo lanzó contra uno de los coches cercanos a éste con toda la fuerza que pudo.
    La piedra impactó directamente contra la luna del vehículo, haciéndola añicos aunque sin romperla, y la alarma del mismo comenzó a sonar con mucha fuerza. El ruido alertó al grupo al que Brent estaba siguiendo, haciéndolos girar.
– ¡¿Pero qué coño has hecho, Jack?! – exclamó, enfurecido, señalándolo con el cuchillo.
    No obtuvo respuesta. En cuanto la piedra se separó de sus dedos él echó a correr a toda velocidad, alejándose de la autopista: no perdería el tiempo dándole ninguna clase de explicaciones antes de hacerlo, no se arriesgaría a que Brent, aparte de grande y loco, fuese más rápido que él..
– ¡Bastardo hijo de la gran puta! – rugió Brent, tras él, y luego rompió a reír con ganas. – ¡TE ENCONTRARÉ, JACK, TE ENCONTRARÉ Y ME LAS PAGARÁS POR ESTO, TE LO PROMETO! – gritó.
    Los gritos pronto quedaron apagados por gruñidos y aullidos del grupo que se lanzaba sobre él.
¿Crees que lo dice en serio? – preguntó, aterrorizado ante la posibilidad de que escapase de allí pese a todo.
Acabas de traicionarle y de entregarle a un grupo de…cosas que se lanzará a por él como si fuesen zombies. Yo de ti no me esperaría una postal por navidad, Jackie, y tampoco esperaría que se alegrase de verte, si escapa de eso y te encuentra. – replicó la voz interior con sorna.
    La idea de que Robert le encontrase fue más que suficiente para que corriese con mayor velocidad aún, alejándose de aquél lugar para intentar llegar hacia la periferia de la ciudad: se escondería en los bosques, solo, como había sido el plan en un principio.
¿Crees que podrá escapar de esas cosas? – preguntó al cabo de varios minutos, parándose casi de golpe: estaba extenuado, no podía continuar. Caminó varios metros, acercándose a uno de los bancos de la ciudad para poder sentarse. Aún quedaban unos kilómetros antes de poder encontrar el bosque, pero necesitaba un respiro.
No lo sé – respondió la voz con tono evasivo. – Supongo que es posible que lo haya hecho, ¿no?
– Pero, ¿no viste cuántos eran? ¡Eran muchos, al menos una docena! – replicó, mordiéndose el labio inferior con miedo. – No pudo haber escapado de eso, claro que no, sería…imposible lograrlo. – insistió.
Jack, si lo que quieres es que te diga que no ha logrado escapar de ese maldito infierno, que ahora mismo forma parte de los Colgados Espaciales y que estás completamente a salvo, no me preguntes a mí, ¿quieres? – dijo la voz con paciencia. – Yo no soy el encargado de convencerte de que todo va bien y de que no va a pasar lo peor que podría, ese eres tú mismo.
– No, claro. Tú eres el encargado de causarme todos los problemas, ¿no es así? Tú eres el que no me permite olvidarme de mi pasado ni de mis miedos, el que hace que los recuerde constantemente, el que sigue haciendo que todo me preocupe, me agobie o me de miedo. ¿Sabes? Ese trabajo sí se te da bien – sonrió con desgana, golpeando con fuerza el asiento. – Sí, ese trabajo se te da condenadamente bien, maldita sea. Seguro que alguien te hará empleado del mes muy pronto.
    La voz no respondió, simplemente hubo silencio en su interior. El silencio era de agradecer, aunque también le daba miedo: toda su vida había sido bastante reacio a acercarse a la sociedad, la gente le daba miedo por lo que pudiesen volver a hacerle, y su única compañía había sido su propia voz interior. Su voz interior era la única «persona» con la que podía hablar sin preocuparse de qué pensase o de qué pudiese hacerle, o decirle. Su voz interior había sido el único amigo que realmente había tenido desde que tenía uso de razón, al menos hasta que conoció a aquellas personas en internet. Aquellos desconocidos que pronto pasaron a convertirse en personas importantes para él. Nunca los había visto, y no estaba del todo seguro de querer hacerlo, pero algo le empujaba a hacerlo: la necesidad de superar el miedo y la desconfianza, de volver a sentir la vida y poder volver a vivirla, poder volver a ser…feliz.
Lo siento, no quería decir eso. Tú no eres un problema…eres quien ha evitado que me volviese loco a lo largo de estos años. – se disculpó con la voz interior.
    Sin embargo ésta no hizo amago de responder, parecía haberse ofendido realmente ante sus palabras.
Soy idiota. – se dijo con un suspiro, poniéndose en pie una vez más. Tenía que darse prisa: no quería pasar la noche en la ciudad.
    Miró a su alrededor, buscando la presencia de Brent cerca de él: no quería que le atacase por la espalda, aunque era posible que fuese la mejor forma de acabar con todo, y caminó en silencio hacia su destino…o eso quería creer.
Creo que deberías entrar en esa tienda de deportes. – dijo la voz interior sin ningún tipo de tono, había sido completamente neutral, mecánica.

Sí, puede ser una buena idea. – coincidió, caminando hacia la misma.