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miércoles, 30 de julio de 2014

La sombra del cielo |13|

Cuando el cuchillo penetró en la carne el sonido que produjo fue acuoso y ahogado. El frío filo y rígido filo de acero al penetrar en la cálida y delicada carne le produjo un escalofrío que le hizo retorcerse de entusiasmo y satisfacción: adoraba aquello. La sensación de poder en el momento previo a hacerlo, la fuerza y resistencia mientras lo hacía, y la tranquilidad que le invadía al ver caer el cuerpo sin vida al suelo.
– Deberías probarlo, Jack – sonrió, mirándolo de medio lado. – Es un auténtico subidón de adrenalina, y una terapia de relajación realmente efectiva.
Hazlo, Jack, hazlo. – insistió la voz interior. – Haz ruido y alerta al grupo, haz que todos le persigan y le atrapen.
– ¿Y de qué me serviría? – preguntó, negando con la cabeza. – En el mejor de los casos acabará siendo uno de ellos, y tampoco me serviría: estaría en mi contra y eso no solventaría nada. – chasqueó la lengua.
Muy bien, entonces prefieres seguir con este psicópata. Por lo menos hasta que le dé por hacerte lo mismo a ti, ¿no? – replicó la voz interior con sarcasmo y diversión.
– Bueno, tampoco tenemos que volvernos paranoicos, ¿no te parece? Por el momento él sólo está atacando a un grupo de…cosas, no le hemos visto a atacar a ninguna persona normal, ¿no? – respondió, incapaz de confiar en sus propias palabras.
Entonces será mejor que nunca se entere de lo que llevas colgando de la espalda, Jack, porque si lo hace…a ti también te clavará un cuchillo en la nuca, y eso si tienes suerte.
    La crudeza de aquellas palabras le hizo temblar: su voz interior tenía razón; si ese psicópata se daba cuenta de que él mismo llevaba una de aquellas babosas en la espalda, tratando de lavarle el cerebro, ¿cuánto tardaría en «aplicarle la terapia»? desde luego no demasiado. Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo cuanto antes para no volverse loco.
    Cerró los ojos un instante tomando aire profundamente, necesitaba relajarse y pensar con claridad antes de hacer alguna locura de la que pudiera arrepentirse, y sólo se arrepentiría de ésta si Brent le conseguía atrapar. Rememoró el paisaje que les rodeaba en ese momento, buscando una vía de escape antes de actuar.
– Lo siento. – susurró.
No es necesario que mientas, Jack. – susurró su voz interior, divertida.
    Abrió los ojos y se agachó lentamente para recoger una roca de tamaño considerable y observó a Brent, que iba agazapado tras otro de aquellos seres con el cuchillo preparado, y lo lanzó contra uno de los coches cercanos a éste con toda la fuerza que pudo.
    La piedra impactó directamente contra la luna del vehículo, haciéndola añicos aunque sin romperla, y la alarma del mismo comenzó a sonar con mucha fuerza. El ruido alertó al grupo al que Brent estaba siguiendo, haciéndolos girar.
– ¡¿Pero qué coño has hecho, Jack?! – exclamó, enfurecido, señalándolo con el cuchillo.
    No obtuvo respuesta. En cuanto la piedra se separó de sus dedos él echó a correr a toda velocidad, alejándose de la autopista: no perdería el tiempo dándole ninguna clase de explicaciones antes de hacerlo, no se arriesgaría a que Brent, aparte de grande y loco, fuese más rápido que él..
– ¡Bastardo hijo de la gran puta! – rugió Brent, tras él, y luego rompió a reír con ganas. – ¡TE ENCONTRARÉ, JACK, TE ENCONTRARÉ Y ME LAS PAGARÁS POR ESTO, TE LO PROMETO! – gritó.
    Los gritos pronto quedaron apagados por gruñidos y aullidos del grupo que se lanzaba sobre él.
¿Crees que lo dice en serio? – preguntó, aterrorizado ante la posibilidad de que escapase de allí pese a todo.
Acabas de traicionarle y de entregarle a un grupo de…cosas que se lanzará a por él como si fuesen zombies. Yo de ti no me esperaría una postal por navidad, Jackie, y tampoco esperaría que se alegrase de verte, si escapa de eso y te encuentra. – replicó la voz interior con sorna.
    La idea de que Robert le encontrase fue más que suficiente para que corriese con mayor velocidad aún, alejándose de aquél lugar para intentar llegar hacia la periferia de la ciudad: se escondería en los bosques, solo, como había sido el plan en un principio.
¿Crees que podrá escapar de esas cosas? – preguntó al cabo de varios minutos, parándose casi de golpe: estaba extenuado, no podía continuar. Caminó varios metros, acercándose a uno de los bancos de la ciudad para poder sentarse. Aún quedaban unos kilómetros antes de poder encontrar el bosque, pero necesitaba un respiro.
No lo sé – respondió la voz con tono evasivo. – Supongo que es posible que lo haya hecho, ¿no?
– Pero, ¿no viste cuántos eran? ¡Eran muchos, al menos una docena! – replicó, mordiéndose el labio inferior con miedo. – No pudo haber escapado de eso, claro que no, sería…imposible lograrlo. – insistió.
Jack, si lo que quieres es que te diga que no ha logrado escapar de ese maldito infierno, que ahora mismo forma parte de los Colgados Espaciales y que estás completamente a salvo, no me preguntes a mí, ¿quieres? – dijo la voz con paciencia. – Yo no soy el encargado de convencerte de que todo va bien y de que no va a pasar lo peor que podría, ese eres tú mismo.
– No, claro. Tú eres el encargado de causarme todos los problemas, ¿no es así? Tú eres el que no me permite olvidarme de mi pasado ni de mis miedos, el que hace que los recuerde constantemente, el que sigue haciendo que todo me preocupe, me agobie o me de miedo. ¿Sabes? Ese trabajo sí se te da bien – sonrió con desgana, golpeando con fuerza el asiento. – Sí, ese trabajo se te da condenadamente bien, maldita sea. Seguro que alguien te hará empleado del mes muy pronto.
    La voz no respondió, simplemente hubo silencio en su interior. El silencio era de agradecer, aunque también le daba miedo: toda su vida había sido bastante reacio a acercarse a la sociedad, la gente le daba miedo por lo que pudiesen volver a hacerle, y su única compañía había sido su propia voz interior. Su voz interior era la única «persona» con la que podía hablar sin preocuparse de qué pensase o de qué pudiese hacerle, o decirle. Su voz interior había sido el único amigo que realmente había tenido desde que tenía uso de razón, al menos hasta que conoció a aquellas personas en internet. Aquellos desconocidos que pronto pasaron a convertirse en personas importantes para él. Nunca los había visto, y no estaba del todo seguro de querer hacerlo, pero algo le empujaba a hacerlo: la necesidad de superar el miedo y la desconfianza, de volver a sentir la vida y poder volver a vivirla, poder volver a ser…feliz.
Lo siento, no quería decir eso. Tú no eres un problema…eres quien ha evitado que me volviese loco a lo largo de estos años. – se disculpó con la voz interior.
    Sin embargo ésta no hizo amago de responder, parecía haberse ofendido realmente ante sus palabras.
Soy idiota. – se dijo con un suspiro, poniéndose en pie una vez más. Tenía que darse prisa: no quería pasar la noche en la ciudad.
    Miró a su alrededor, buscando la presencia de Brent cerca de él: no quería que le atacase por la espalda, aunque era posible que fuese la mejor forma de acabar con todo, y caminó en silencio hacia su destino…o eso quería creer.
Creo que deberías entrar en esa tienda de deportes. – dijo la voz interior sin ningún tipo de tono, había sido completamente neutral, mecánica.

Sí, puede ser una buena idea. – coincidió, caminando hacia la misma. 

lunes, 16 de junio de 2014

La sombra del cielo |10|

– Es sólo que no puedes pretender olvidar que eres parte de este mundo, y que sientes la necesidad de ayudar a quien se encuentra completamente desprotegido ante una amenaza irracional. Tranquilo, es completamente normal – respondió su voz interior con cierta burla en la voz. – Pero no olvides que es más que probable que ahí abajo haya más de una y de dos de esas personas que te veían por la calle con cara de estar pasando el peor día de toda tu vida y que nadie se preocupó de preguntar si te encontrabas bien. Por el amor de dios, Jack, si ni siquiera se preocuparon por llamar una ambulancia el día en que pretendiste cortarte las…
– Bueno, basta – zanjó con tono firme, alejándose a toda prisa de la autopista: sabía que cuanto antes se marchase de allí antes olvidaría el tema su voz interior. Sin embargo él mismo no podía olvidarlo, y el resentimiento volvió a aflorar. – Pero que ellos no fuesen capaces de ayudarme en un momento en el que yo lo necesitaba no significa que yo tenga que pagarles con la misma  moneda, ¿no? Quiero decir, al no hacerlo me estaría convirtiendo en uno de ellos y…bueno, no tendría sentido criticar que me hayan ignorado de esa forma si yo después hago exactamente lo mismo, ¿no? Sería un poco hipócrita.
– Puedes recurrir a la filosofía barata para seguir culpándote por no prestar ayuda a una panda de imbéciles si quieres, Jack – respondió su voz interior con indiferencia. – Pero en el fondo eso no te convertirá en un hipócrita ni en un héroe: estamos ante una situación de emergencia y tú solo estas velando por tu propia seguridad, ¿sabes? Que ellos hayan sido lo suficientemente estúpidos como para pensar que podrían abandonar la ciudad en coche sin que se formase un atasco de mil pares de narices no es más que una muestra de la absoluta estupidez humana. Eso o una sobredosis de películas de serie B.
– En realidad todo esto parece de una película de serie B, ¿no te parece? De repente un buen día una invasión alienígena sacude todo el mundo y sólo un pobre diablo en una ciudad cualquiera tiene en sus manos la forma de evitar caer preso de las confabulaciones extraterrestres – sonrió con sarcasmo. – Es como un guión de película cutre que ponen en televisión un domingo por la tarde.
– Consuélate pensando que cuando hayas derrotado tú solo a las hordas invasoras te llevarás el amor de la chica de la peli – replicó la mente con absoluta indiferencia. – O sé un poco más avispado y piensa que no sabemos si todo esto es a nivel global o solamente es a pequeña escala, además ni siquiera sabemos si tú eres el único que tiene la forma de evitar el dominio…o si realmente eres capaz de evitarlo.
– Creo que no quiero seguir tratando este tema. – dijo él, sintiendo un escalofrío que le recorrió el cuerpo por completo.
Mejor, necesito buena parte de la atención que te presto para evitar que nuestro pequeño invitado siga avanzando por los recovecos retorcidos e incomprendidos durante años por todo tipo de psicólogos, psiquiatras y charlatanes, de tu mente.
– ¿Crees que…?
– Creo que es mejor que cierres el pico de una vez por todas y te limites a sacarnos de este maldito lugar de una vez por todas, Jack.
    Su voz interior guardó silencio de nuevo y supo, por la experiencia de haberlo vivido en cientos de ocasiones, que pasaría una buena temporada hasta que se decidiese a volver hablar con él, así que decidió hacerle caso y abandonar la ciudad.
    Sabía que tarde o temprano acabaría volviendo: no tenía víveres suficientes como para aguantar más de 48 horas a la intemperie, por lo que la necesidad de hacerse con un arma con la que poder defenderse se hacía completamente imperiosa. Avanzó por las calles de la ciudad tratando de hacerse con algo con lo que poder defenderse, rezando en silencio por encontrarse con un arma tirada en el suelo como por arte de magia, sin éxito.
– Nada de todo esto tiene sentido – susurró en voz baja, avanzando al interior de una pequeña tienda de barrio, allí al menos encontraría algo que poder llevarse. – Es una maldita locura. – susurró una vez más, alerta.
    El choque de un peso muerto contra una de las estanterías le alertó, por no decir que en realidad le asustó, y agudizó el oído tratando de buscar el origen del sonido. Finalmente decidió acercarse hacia el final del pasillo, donde algunas latas habían caído.
Esto es completamente estúpido, me estoy acercando directamente hacia la boca del lobo y de forma voluntaria. – pensó, cerrando los ojos mientras avanzaba con los nervios a flor de piel.
    El sonido del corazón golpeándole en el pecho, luchando por salir desbocado, tapó cualquier sonido por encima de los demás.
Ya puedes abrir los ojos, héroe, siento decepcionarte pero me temo que, de momento, no has encontrado a la tía buena de la película. – dijo su voz interior.
¿Qué quieres decir? – preguntó, mirando a su alrededor confundido.
Creo que de momento hemos encontrado al compañero al que todos desean que agarre una horda de zombies y lo devoren vivo. Que hemos encontrado al insoportable, vamos. – dijo su mente, sarcástica y divertida.
¿Qué…?
    La pregunta murió en el aire cuando finalmente descubrió lo que la voz interior quería decirle. Ante él, plantado con las piernas abiertas y mirándolo en silencio enarbolando un bate de béisbol como si de un hacha vikinga se tratase, le un hombre de mediana edad se pasaba la lengua por la comisura de los labios con impaciencia.
– Entonces debes de ser una de esas malditas cosas. ¡Quédate quieto, que vas a salir guapo en la foto! – aulló con júbilo, lanzando un fuerte golpe hacia la cabeza de Jack.
    Logró apartarse a tiempo, más por reflejo que por decisión propia, y le miró aturdido y asustado.
– ¡¿Se puede saber qué diablos pretendes hacer, pedazo de animal?! – replicó, mirándolo con ojos desorbitados.
    El hombre, que se preparaba para lanzar otro golpe, se detuvo en seco y lo miró perplejo.
– Eso mismo podría preguntarte a ti, amiguito – sonrió de medio lado, apoyando el bate en el suelo. – ¿No te han enseñado que en caso de invasión de zombies tienes que responder cuando te encuentras con un superviviente armado?
Fantástico, un friki obseso que pretende salvar el mundo. – pensó con fastidio.
Igualito que tú, Jack. – replicó la voz interior.
– ¿Estás loco o qué diablos te pasa? – preguntó al hombre con curiosidad y rechazo en la voz. Se apartó unos pasos, desconfiando.
– ¡Venga, no te pongas así! – exclamó con una sonrisa divertida en la boca. – Ya me ha quedado claro que no eres una de esas cosas, así que no tenemos por qué ponernos así, ¿no te parece? Aún no ha pasado el tiempo suficiente como para que nos pongamos unos en contra de otros y que los psicópatas se adueñen de las calles, amigo.
– Yo no soy tu amigo. – respondió Jack, girándose sobre los talones para dar media vuelta y alejarse de él.
    El tipo le siguió sin dudarlo, cargando sobre el hombro el bate de béisbol.
– Eso es cierto, pero sólo es una mera cuestión de tiempo, amigo. – sonrió de medio lado. – Me llamo Robert Brent, ¿y tú?

– Me llamo Jack. – respondió, al cabo de varios minutos de incómodo silencio. 

miércoles, 4 de junio de 2014

La sombra del cielo |9|

¿Qué diablos dice esa…cosa? – preguntó a su voz interior, alarmado y asustado. No podía creer que aquella criatura de verdad creyese que estaba haciéndole un favor a todo el universo.
No creo que tengamos que preocuparnos ahora mismo por lo que dice o deja de decir, Jack. Creo que lo más urgente en este momento es marcharnos de aquí o más rápido y lejos posible, antes de que toda una horda de estos zombies del espacio nos persigan por toda esta maldita ciudad. – respondió su voz interior con indiferencia.
Esto es una maldita pesadilla…o al menos espero que lo sea. – respondió él a su mente, sin esperar una respuesta: tan sólo era un pequeño desahogo, necesitaba hacerlo.
SERÁ UNA AUTÉNTICA PESADILLA CUANDO TE HAYAMOS ATRAPADO, HUMANO. NO ESPERES QUE NOS LIMITEMOS A MATARTE O A DOMINARTE, POR ALGÚN MOTIVO QUE ESCAPA A NUESTRO ENTENDIMIENTO NO SOY CAPAZ DE DOMARTE. TE SOMETEREMOS A CIENTOS DE EXPERIMENTOS Y PRUEBAS PARA SABER POR QUÉ.
Yo diría que eso es una buena forma de motivarte para que sigas corriendo, ¿no te parece? – preguntó su yo interior con cierta satisfacción en la voz.
    Decidió no responder a ninguno de los dos, sabía que si les prestaba demasiada atención acabaría volviéndose loco o tropezando contra algo a lo que no prestase atención: en cualquier caso estaría perdido, y no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. No después de lo que la voz le había hecho recordándole su intento de suicidio: se vengaría de ella, de una forma u otra.
Corre, imparable, el feliz conejo que sube a la montaña. Corre, feliz, el alegre tigre que le persigue colina abajo. Baila, drogada, la absorta tortuga que observa el tiempo pasar sin salir de su madriguera. – dijo la voz interior, confundiendo a la criatura de su mente.
    Tampoco respondió esta vez, aunque no lo comprendió por completo. Apretó el paso consciente de que él era el feliz conejo que subía la montaña, salvo por que no se dirigía a ninguna montaña.
    Pronto encontró atascos en las carreteras: cientos de vehículos, hasta donde se perdía la vista, luchaban por abandonar la ciudad a toda prisa. Sin embargo ninguno se movía, y todos los que estaban al volante apretaban con demencial insistencia el claxon de cada coche, creando de aquella manera una delatora melodía.
Así solo van a lograr que esas cosas sepan dónde están. ¡Las están atrayendo hacia ellos y no se dan cuenta! – pensó, corriendo hacia allí: tenía que advertirles de lo que estaban haciendo.
    No obstante sus piernas se pararon al cabo de pocos metros.
Exactamente, Jack. Ellos los están llamando, y si tú vas a donde están ellos entonces también te atraparan a ti. – sentenció la voz de su cabeza, obligándole a dar la vuelta.
¡¿Pero no lo entiendes?! – exclamó, incrédulo. – ¡Esas cosas irán a por ellos! ¿No has pensado que ahí tienen que haber niños? No podemos dejar que…
– No podemos dejar que nos atrapen a nosotros por culpa de la histeria colectiva y la estupidez humana, Jack – zanjó. – Supón que llegas hasta ellos antes de que lo hagan esas cosas. ¿A cuánta gente crees que podrás advertir antes de que sea demasiado tarde? ¿Diez vehículos, cien? ¿No te das cuenta de que hay más de mil coches atascados en esa maldita carretera?
– Serían cientos de personas que se salvaran de esas cosas. Además, en cuanto los demás les viesen huir del coche seguro que les seguirían y… – no terminó la frase. Se percató sin ayuda de lo que aquello significaba.
Y se atascarán ellos otra vez, sólo que esta vez fuera de cada coche – respondió la voz interior sin tapujos. – Ninguno de los que está ahí abajo podrá evitar que esas cosas los dominen, Jack. Sin embargo tú tienes la oportunidad de acabar con todo esto en algún momento, no puedes dejarte atrapar sólo por querer ayudar a esa gente: encontraremos la manera de luchar contra ellos, pero necesitamos que sigas estando vivo para eso.
    Observó con auténtica impotencia el inmenso desfile de bocinazos, gritos y maldiciones que se propagaban a casi doscientos metros de distancia de donde se encontraban. La voz interior tenía razón: no podía dejarse atrapar por aquellas cosas, tenían que buscar la forma de eliminarlas.
    En el momento en el que se dio media vuelta para volver a correr a las afueras de la ciudad aquellas criaturas llegaron. La gente gritó, y pronto comenzaron los disparos.
Nunca te ha importado demasiado la gente, Jack, y estamos en el momento adecuado para que eso siga así. – dijo la voz interior, con indiferencia.

Siguen sin importarme – mintió, sin volver la vista atrás aunque tentado de hacerlo. – Es sólo que…bueno, no lo sé. 

lunes, 26 de mayo de 2014

La sombra del cielo |7|

Escuchó la advertencia de la voz interior pero no le hizo el menor caso: ella estaba ahí fuera, en peligro. Ella había vuelto al fin hacia él, y ahora le necesitaba. Él no podía fallarle a ella, no podía volver a…
Era ella la que estaba en esta cama la que en brazos de otro, mientras tú intentabas reaccionar de una manera u otra, ¿no te acuerdas? Era ella la que intentó quitarte la casa y todo lo que tenías, pese a lo que había hecho. Y fue ella la misma que sea rió de ti en plena cara cuando intentaste pedirle perdón, aunque no fuese tuya la culpa de nada. ¿Pretendes creer de verdad que ahora ella ha venido hasta aquí, para hablar contigo? Y aún suponiendo que pudiese ser así, que no lo es, ¿crees que querría algo bueno de ti? No lo creo, Jack. Lo que creo es que ella es uno de ellos, y que esto no es más que un truco para que puedan atraparte todos juntos, ¿sabes? Piénsalo, en serio. Piénsalo sólo un momento antes de hacer nada, y si crees que de verdad ella está ahí, pidiéndote ayuda, entonces abre la puerta y enfréntate a tu destino. .- respondió la voz, tratando de sacarle de la ensoñación a la que estaba sometido.
    Las palabras, crueles pero verdaderas, calaron hondo en su interior y le hicieron pararse a pensar seriamente sobre la posibilidad de que ella estuviese ahí, necesitándole.
Pero yo…yo…yo la quiero. – pensó, con un suspiro. – Pese a todo lo que me ha hecho y a todo lo que ha intentado, yo la sigo queriendo. Sigo necesitándola, tanto como necesito respirar continuamente. Sin ella yo no soy nadie, no soy nada. Sin ella estoy perdido, yo…la necesito. – se dijo, con voz temblorosa.
Aun siendo así, ella ya no es la mujer a la que tú conociste, Jack. Ahora ella también tiene una babosa pegada a la nuca que le obliga a hacer lo que esa cosa quiera, y esa cosa ahora quiere atraparte. – afirmó la voz, tratando de obligarle a pensar con claridad. Sabía que buena parte del problema era la maldita babosa que confundía la mente de su yo exterior, por lo que la bombardeó con imágenes y recuerdos absurdos.
    Un fuerte golpe contra la puerta le obligó a reaccionar finalmente, apartándose de esta de un salto bastante ágil. Miró hacia la entrada en silencio, esperando.
– ¡Jack, ábreme ahora mismo! – exclamó la voz de ella, burlona. – ¡Ábreme antes de que sea demasiado tarde! – exigió. – Vamos…Jack, por favor. – pidió esta vez con tono suplicante, haciendo amago de llorar. – Yo…te perdono por todo lo que ha pasado, ¿no quieres que lo hablemos? Sé que podemos volver a ser felices juntos, Jackie…
    De nuevo la tentación se abría paso en su interior, obligándole a acercarse a la puerta para poder abrir.
¿Crees que te permitirán seguir con vida? Yo creo que no se arriesgarán a dejar a alguien capaz de resistirles con vida, ¿sabes? De hecho casi puedo imaginármelos, todos ahí reunidos y esperando, llevando encima cuchillos y hachas. En cuanto esa puerta caiga abajo entrarán aquí como una manada de fieras salvajes, listas para la carnicería. – dijo la voz, haciendo uso de imágenes del subconsciente para obligarle a reaccionar de una vez por todas.
    La imagen, perfectamente vívida en su mente, fue suficiente como para que se apartase definitivamente de la puerta. Recogió al paso la mochila que había preparado y corrió hacia una de las ventanas del edificio.
¡SE ESCAPA, SE ESCAPA! ¡DAOS PRISA Y VENID A POR ÉL DE UNA VEZ! – aulló, furiosa, la voz de la criatura.
    La ventana, que daba directamente hacia la escalera de incendios del edifico, se había atascado. Mientras forcejeaba con ella pudo notar el segundo impacto contra la puerta, mucho más fuerte y violento: la habían golpeado con un hacha, en un intento desesperado por echarla abajo. Aquello fue más que suficiente para que se decidiese, de una vez, a golpear el fino cristal con lo primero que tuvo a mano: el mando a distancia de la diminuta televisión de tubo que había sobre una mesa desvencijada.
Para que luego digan que la televisión no nos salvaría la vida. – pensó sin sentido con una sonrisa desquiciada mientras se lanzaba, literalmente, por la ventana medio rota.

    Cayó contra el suelo de metal oscurecido y permaneció durante unos instantes completamente desorientado. 

viernes, 16 de mayo de 2014

La sombra del cielo |4|

Su sueño es plácido y tranquilo, se siente arropado por la calma: no hay nada en absoluto a su alrededor que le haga sospechar de que el lugar donde se encuentra no resulta ser tan tranquilo y limpio como él cree.
– ¿Una…playa? Hace muchos años que no veo el mar. – piensa, reconfortado, mientras camina en silencio hacia la orilla.
    Descalzo siente el tibio calor bajo sus pies, que se hunden casi hasta los tobillos en la fina arena, mientras se acerca despacio hacia el mar, notando la agradable sensación de cambio de calor a frío del agua. Durante toda su vida ha estado enamorado del mar, y ahora rodeado de él está tranquilo y feliz. Sin embargo hay algo que desentona por completo con toda la situación, pero no logra averiguar qué es.
– Me pregunto si podría bañarme. – dice en voz baja, mirando a su alrededor. No tiene ropa de baño, pero no dudaría en hacerlo desnudo si no hubiese demasiada gente cerca.
    La playa está completamente desierta, un paraíso en la tierra. Es una playa larga, casi infinita, de fina arena blanca y aguas cristalinas que mueren con cierta dulzura en la orilla, creando con ello una dulce melodía que le relaja y le transporta al sueño. No obstante algo sigue desentonando con la situación: algo que no debería haber en ese lugar, y que sin embargo se encuentra allí.
– No creo que deba. – susurra, notando un escalofrío. De pronto siente que el agua frente a él no resulta tan tranquila y apacible como aparenta.

Con cuidado, hijo. El mar aparenta siempre ser dulce y amable, pero también puede ser duro y peligroso. Nunca te fíes.

    La frase, que la recuerda a la perfección de labios de su abuelo, le ha hecho replantearse la situación idílica en la que se encuentra. Es entonces cuando descubre qué no encaja con el lugar en el que se encuentra: una piedra.
– En el mar hay piedras, ¿no? La Tierra en sí tiene muchas piedras. – susurra una voz que no es la suya. Sin embargo está solo en la playa, o eso cree.
– Una sola piedra en medio de una playa plana de arena y un agua tan cristalina y transparente... no pinta a ser precisamente normal, ¿no? – replica él, dudoso.
– ¿Por qué? Sólo es una piedra, y está ahí, a lo lejos. – continúa la voz, con indiferencia. – ¿Qué problema hay? Sólo es una piedra. – insiste.
– Este sitio parece demasiado placentero y relajado como para que haya una sola piedra. – responde él, acercándose. – No creo que exista un solo lugar en todo el mundo donde sólo haya una sola piedra, ¿no te parece?
– A lo mejor la ha arrastrado la marea. – sugiere la voz. – ¿Por qué no te acercas a comprobarlo? Seguro que si nadas un poco encontrarás alguna más. A fin de cuentas, parte de la arena está compuesta por diminutas piedras.

Hay muchas leyendas en el mundo sobre el mar, Jack, y no todas son buenas, ¿sabes? A veces la gente ve monstruos en el mar. Yo los he visto algunas veces…créeme, es mejor no molestarlos.

    De nuevo las palabras de su abuelo repican en su mente con insistencia, haciéndole alejarse varios pasos más de la orilla del mar. No sabe por qué, ya que desde siempre ha amado encontrarse bajo el agua: siempre se siente tranquilo, en calma. Sin embargo en ese momento hay algo que le asusta.
– Sólo es agua. – susurra la voz con suavidad. – Te gusta estar en el agua, ¿verdad? Sobre todo bajo ella. ¿Cuánto tiempo hace que no te sumerges? – pregunta, con indiferencia.
– Hace muchos años… sí, hace muchos años que no me meto bajo el agua. – responde, acercándose.
    Algo dentro de él le aconseja que no se acerque más, que se aleje, pero otra parte le impulsa con fuerza a entrar en el agua.

Jack, creo que hay monstruos bajo estas aguas. No entres ahí.

    De nuevo la voz de su abuelo, ahora más clara y autoritaria que antes, le saca de la ensoñación y hace que se aleje de nuevo.
– ¿Vas a dejar pasar esta oportunidad sin más? Tal vez éste haya sido el último baño que puedas darte en mucho tiempo. – replica la voz, crispada.
    Ese ese tono frustrado y obsceno de la voz el que le hace reaccionar por completo, tirando al suelo el velo que ocultaba la realidad: no se encuentra en una playa desierta y paradisiaca.
    Se encuentra en un espacio oscuro y caótico, flotando. Frente a él puede ver con total claridad a la babosa.
    Es una criatura grande, casi de su tamaño, sin ojos y sin extremidades: sólo un cuerpo gelatinoso y repulsivo que se desliza lentamente por el lugar, tratando de encontrarle. Una criatura horrenda de un color violáceo oscuro que se desliza, envuelta en una especie de capullo protector semi transparente.
Por el amor de Dios, ¿qué diablos es eso? – pregunta, asustado, tratando de huir.
Eso, amigo mío, es una de las criaturas que ha infectado a tu querido jefe y esa banda de lameculos. – responde con tono triunfal su voz interior. – Espero que estés contento de habernos metido en este lío, porque necesito que tú nos saques de aquí.
– ¿Qué nos saque de aquí? – pregunta, incrédulo, mirando a su alrededor en busca de la voz, la nota cerca. – ¿Qué es este lugar?
– Esto es tu cerebro, Jack. Esa cosa ha intentado engañarte utilizando aspectos de tu vida que echas de menos, y a mí me ha tocado hurgar en tus recuerdos para impedir que te metieses en el agua.
– ¿Y si hubiese entrado…?
– Si hubieses entrado en esa agua, esa cosa nos habría separado por completo y te habría controlado. – responde la voz con cierta brutalidad.
    Mira de nuevo hacia la criatura, sintiendo algo de curiosidad mezclada con la repulsión que le provoca.
¿Puede vernos? – pregunta, notando un escalofrío.
NO ME HACE FALTA VEROS PARA SABER DÓNDE ESTÁIS, JACK.

    La voz de la criatura asusta ambos. 

jueves, 15 de mayo de 2014

La sombra del cielo |3|

    La escena que presencia le resulta tan extraña y absurda que no logra comprenderla. Nada de lo que ve en el interior de la sala le resulta esperanzador o bueno, pero sin embargo por algún motivo que desconoce no puede apartar la mirada.
Por el amor de Dios, ¿Qué diablos está pasando ahí dentro? – se pregunta para sí mismo, esta vez sin intención de conseguir que su otro yo vuelva a hablar con él.
    A su espalda unos pasos silenciosos se acercan sin prisa, pero con un ritmo peligroso.
¿Están…? – no se atreve a terminar la frase.
Creo que deberías salir de aquí antes de que sea demasiado tarde. – sugiere, al fin, su voz interior.
Vaya, así que has decidido volver. – replica con intención de hacerle  sentir mal, y sabe que es una estupidez: se hace sentir mal a sí mismo.
    Su cerebro hace caso omiso de la provocación y el tono recriminatorio, tiene cosas más importantes que explicarle.
Corre, márchate de aquí ahora mismo. No tenemos que estar aquí más tiempo, o nos descubrirán. – apremia, con tono nervioso.
    Descubre con horror que es la primera vez en toda su vida que escucha su voz interior hablar con miedo, y sabe que eso no debe ser nada bueno. Finalmente se vuelve a poner en pie para dar media vuelta e irse, cuando descubre que es demasiado tarde.
Ahora el bloque les pertenece y no nos dejarán salir. – las palabras de su voz interior son devastadoras y directas.
¿A quién le pertenece? – pregunta, confundido pero conociendo la respuesta.
A Ellos. Finalmente han logrado regresar, y ahora están muy cabreados. – se dice, obligándole a correr a toda prisa.
    En su desesperada carrera escaleras abajo, una vez más ha decidido que el ascensor tiene un aspecto de jaula demasiado potente como para atreverse a montar en él, tropieza casi al final del primer piso y cae los últimos diez escalones rodando sobre sí mismo.
    El golpe le deja inconsciente.
Fantástico, estamos en un buen lío. – se lamenta su voz interior, sola en ese mundo extraño en el que vive.
    Imágenes, recuerdos, palabras, ideas, sentimientos. Todo aquello baila a su alrededor en un tropel incoherente e inconexo que él comprende perfectamente: se ha acostumbrado de sobra a vivir en el interior de su cabeza, desde que apenas eran dos fetos en el vientre de su madre y uno absorbió al otro.
Creo que debería ir preparándome para la llegada del nuevo inquilino de la casa. – se dice con humor, tratando de mantener la calma. – Con un poco de suerte todo el caos del subconsciente le aturdirá y le confundirá el tiempo suficiente para que pueda sacar al imbécil de este apuro. – se dice, deslizándose como una sombra. Un cuerpo extraño en una mente retorcida. – Veamos…si yo fuese una babosa del espacio, ¿por dónde entraría? Espero que lo de las sondas anales sólo fuese una leyenda urbana, aunque sería gracioso. – esboza una ligera sonrisa, que se refleja en la cara apagada de su yo exterior.
    Mientras su cabeza se prepara para el inminente ataque de la criatura, la imagina como una miniatura de coloso con cuatro brazos y boca llena de dientes afilados, su exjefe y la mujer a la que golpeó con la silla para poder huir de la oficina le llevan a rastras hacia el sótano del edificio.
– Tenemos que darnos prisa, no ha sido un comienzo exactamente brillante. Creo que todo esto se puede ir al traste. – explica la mujer, que es quien domina la situación.
– Creo que el único que ha comprendido la situación, al menos a medias, es éste espécimen. – replica el exjefe con tranquilidad, confiado.
– Ése es el problema. – dice la mujer, mirándolo fijamente a los ojos. – Se supone que, de momento, ninguno de ellos debía comprender lo que estaba pasando. En teoría el remolino violeta y el destello lo tendrían que haber achacado a cualquier fenómeno meteorológico, no a una invasión. – habla con tono duro, recriminador.
– ¿Y qué más da? – pregunta, abriendo la puerta del sótano. – En un par de horas él ya no podrá ir al baño sin que nosotros le demos permiso. – explica con tono triunfal mientras lo arrastran hacia el interior. – No hay ningún problema.
– ¿De verdad eres tan estúpido? – pregunta la mujer. Hasta ese día, o mejor dicho la noche anterior, había sido una mujer tímida e insegura: su principal objetivo en la vida era pasar desapercibido para evitar los problemas. Sin embargo en las últimas horas su personalidad había cambiado de forma completa, y ahora se permitía el poder hablar a cualquiera como le viniese en gana. – Si este espécimen ha sido capaz de sospechar de que algo no va bien, ¿quién dice que no sea capaz de contrarrestar nuestra voluntad? Deberíamos matarlo, y resolver el problema.
    La acusación de estúpido no supone ningún tipo de problema para él: está por encima de los insultos y banalidades propias de los humanos y sabe que ella aún no ha completado su desarrollo, por lo que aún quedan algunas trazas de la personalidad supuestamente indomable del ser humano. Lo que sí provoca auténtico pánico en él, o más bien en la criatura, es la sugerencia de matar al espécimen.
– ¡Tú debes estar realmente loca! – grita, cerrando la puerta. – ¿Cómo se te ocurre ni siquiera pensar en matar a uno de estos especímenes? – acusa, ofendido.
– No son más que criaturas inferiores. – replica ella con indiferencia. – ¿Qué más da uno más o uno menos?
– En el momento en que agotes a tu huésped comprenderás qué importancia tienen. – asegura él, subiendo las escaleras hacia el primer piso.
    Mientras tanto, en el sótano, algo mira sin ojos a Jack con intenciones aviesas. Algo se desliza lenta y pesadamente hacia él, mientras su voz interior trata de mantener la calma.
    Un microscópico tentáculo se lanza hacia la nuca del humano, comenzando así el adoctrinamiento. 

lunes, 14 de abril de 2014

El viajero [7]

    Aunque quiso evitar presenciar la escena ninguno de los dos se lo permitió: Yrnma estaba realmente ofendida por la desconfianza de Demian y quería que éste conociese la verdad de primera mano, por dura que fuese. Por su parte Khör simplemente sabía que la mejor manera de que el humano conociese a sus adversarios era viéndolos en acción de primera mano.
    De esta forma no permitieron que pudiese alertar al grupo de cuatro personas que intentaba huir hacia un bloque de edificios cercanos a ellos.
    La anciana cayó al suelo en medio de la carretera, y ninguno de los otros tres se giró para mirar siquiera qué había sucedido. Tampoco dispusieron de demasiado tiempo para hacerlo: una criatura cuadrúpeda se lanzó sobre la mujer para inmovilizarla en el suelo.
    La criatura, que tenía una enorme cola llena de púas, miró fijamente hacia la mujer con los cuatro ojos de que disponía en la cara, admirando el horror que su imagen producía en su presa.

- ¿Eso es un Rhäl? – preguntó Demian un poco incrédulo e indiferente. – No parecen tan peligrosos. Además, ¿cómo pueden esas cosas manejar una nave espacial? Sólo tienen garras, no podrían manejar los controles.
- Eso es un Ghür, Demian. – atajó Yrnma, mirándolo fijamente.
- Son los encargados de disgregar a los humanos en los grupos más pequeños para que los otros cacen. Son algo así como sus mascotas. – explicó la voz masculina, sosteniendo la mirada pero mucho más suave que la de Yrnma.
- Entonces esto va en serio – susurró Demian, con un hilo de voz. No quiso observar la escena del Ghür y la anciana pues la consideraba demasiado brutal para él. No obstante los gritos fueron un claro indicador de lo que había sucedido.
- ¿Es suficiente con esto, o quieres quedarte a ver cómo su amo entra en el edificio para buscar a tus congéneres? – preguntó Yrnma.
- Ha sido más que suficiente. – susurró de nuevo Demian, asustado. – ¿Cómo podemos vencer a esas…cosas? – preguntó mirando a ambos, desesperado.
- Con armas, por supuesto. Tenéis que manteneros juntos y armados para poder hacer frente a esas criaturas. Éste no es un caso aislado, humano, se trata de un ataque a escala global. Necesitaríais poneros todos de acuerdo para contrarrestar la invasión. – explicó Khör.
- ¿Todos de acuerdo? – sonrió de medio lado, negando con la cabeza mientras chasqueaba la lengua. – Entonces estamos perdidos, amigo. Los humanos nunca se pondrán de acuerdo en nada.
- Si saben lo que les conviene, se pondrán de acuerdo en esto. – objetó Yrnma, echando una mirada a Khör que Demian no supo interpretar. – Creo que ya se está haciendo demasiado tarde, será mejor que te llevemos a ese lugar seguro del que te habíamos hablado.

    Nadie dijo palabra al respecto, tan sólo se limitaban a caminar hacia el lugar donde ella les guiaba. Demian pasó gran parte del camino preguntándose cómo diablos podrían hacer frente a semejante amenaza, y al no encontrar una respuesta satisfactoria decidió dejar de pensar en el asunto.
    Llegaron a un viejo bunker subterráneo que con toda seguridad pertenecería a algún ciudadano fanático que temía el fin del mundo o una guerra nuclear.

- Al final no iban a estar tan locos como todos creíamos. – pensó con desgana, mirando a Yrnma y Khör.
- Nosotros no podemos seguir, no podemos dejar que nos vean tus congéneres.

- Mucha suerte, Demian. De vosotros depende vuestra supervivencia. 

sábado, 12 de abril de 2014

El viajero |6|

- Así que pensáis enseñarme todo esto para luego dejarme aquí tirado, ¿no es así? – preguntó con tono acusador, incapaz de creer todo aquello. – Vamos, hombre. ¡Basta de tonterías y bromitas!
- Está bien, Demian. Te mostraremos la prueba definitiva de que esto no es ninguna broma. ¿Quieres ver a un Rhäl de primera mano? Muy bien, vamos allá. – replicó la voz femenina con dureza mientras apretaba el paso.

    Demian permaneció en silencio observando la reacción de la “mujer” sin ser capaz de descubrir por qué se había puesto de aquella manera de forma repentina.

- No te ofendas por la reacción de Yrnma – dijo la voz masculina. – No le gusta que le cuestionen demasiadas veces lo mismo. Comprendo que te cueste creer todo lo que de decimos, humano, pero ahora te enseñaremos la prueba definitiva para que compruebes de tu propia mano que no te mentimos. – continuó con cierta indiferencia mientras él también apuraba el paso.
- ¿Y cómo te llamas tú? – preguntó, tratando de seguirle a la misma velocidad.
- Puedes llamarme Khör. – respondió.

    Los nombres sonaban de forma extraña por boca de la voz masculina, pero Demian supo de inmediato que no era más que una adaptación fonética para que él pudiese llamarles de alguna forma.

- ¿Y qué haréis después de dejarme en esa zona segura? – preguntó, volviendo al grupo. Se sentía más seguro allí.
- Nos marcharemos y no volveremos. – respondió Yrnma con un deje de la dureza anterior aún patente. – Ya te hemos dicho que esta no es nuestra guerra, sino la vuestra. Si lográis sobrevivir a esto es posible que los ojos del universo os vuelvan a mirar con interés.
- ¿Con interés? – repitió el humano, boquiabierto. – ¿Pretendes decirme que esto no es más que un experimento para probarnos? – acusó.
- En absoluto. – Terció Khör con suavidad renovada. – Hace mucho tiempo que sabemos lo autodestructivos y peligrosos que sois los humanos, no tenemos por qué poneros a prueba. Pero eso no significa que seáis recibidos con los brazos abiertos o que vayáis a ser considerados como una especie dominante en el futuro. A decir verdad…vuestro poder real reside en vuestra capacidad autodestructiva. – hablaba como si le hiciese gracia todo aquello. – Si veis que no podéis ganar una batalla entonces lanzaréis todo el poder de destrucción posible y no permitiréis que vuestros enemigos sobrevivan. Si no podéis alzaros con la victoria os aseguráis de que no haya victoria para nadie. Eso, Demian, desconcierta e interesa a muchas especies en el universo.
- Bueno, yo no soy soldado ni decido cómo se debe afrontar una guerra… - protestó Demian, tratando de defenderse. Aquellas palabras habían sonado más como a una bronca que a un signo de admiración. – Supongo que, en realidad, no hay nada admirable en todo eso que ha dicho. – se dijo, con un suspiro cansado.
- Callaos. – ordenó Yrnma con tono serio. – Estamos llegando, este es un foco de caza activo de los Rhäl. No digas ni una palabra pese a lo que veas, Demian, porque pueden descubrirnos. – advirtió, mirándolo fijamente.

    Permaneció en silencio, observando la calle desierta, durante casi más de una hora, a la espera de un horrendo espectáculo que presenciarían sólo por “convencerle”.
    Estaba a punto de abrir la boca para pedir a Yrnma y Khör que se marchasen de allí cuando escuchó el rugido. Un rugido fuerte y gutural que procedía de alguna zona cercana que no lograba identificar.

- ¿Qué ha sido…? – preguntó, pero fue acallado por un gesto.

- Ya empieza. Disfrútalo, Demian. – susurró Yrnma sin piedad. – Esto es lo que os espera, si no hacéis nada por evitarlo. 

lunes, 7 de abril de 2014

El viajero [4]

- ¿Un trofeo? – repitió incapaz de creerlo. – Tenéis que estar de broma, por el amor de Dios.
- Puedes quedarte aquí, lamentándote de tu patética existencia, o puedes venir con nosotros para refugiarte. – respondió la voz masculina, cada vez con más aspereza.

    Demian permaneció en silencio observando al ser de voz masculina durante unos instantes, deseando arrancarle la maldita cabeza de un mordisco. Lo habría hecho de no haber sido por el miedo que tenía. Ese miedo irracional que le gritaba que todo aquello era real.

- ¿Cómo reaccionarías tú si un buen día te despertases sin recordar nada de tu pasado reciente y te encontrases en vete a saber dónde, rodeado de dos…cosas que te dicen que vienen de camino unos seres que pretenden matarte, eh? – preguntó mirando fijamente al de la voz masculina. – Creo que en ese caso no te parecería tan mala idea lamentarte de tu patética existencia, ¿no crees?
- La diferencia, humano, es que en mi raza no perdemos el tiempo lamentándonos por cosas que no podemos cambiar, ni nos dejamos ayudar por otros pero desconfiando de ellos. – replicó la voz masculina, sosteniéndole la mirada. Era mentira, por supuesto, pero eso el humano no tenía por qué saberlo.
- Ya, claro. – asintió Demian con sarcasmo. – Y yo soy la reina de Inglaterra… - suspiró, mirando hacia la voz femenina. Al menos ella era mucho más amigable que el otro bruto. – ¿Se puede saber dónde diablos estamos? – preguntó, mirando una vez más a su alrededor.

    Los edificios no estaban derruidos ni habían parecido sufrir un ataque mortal de ningún tipo, pero sin embargo no había movimiento en ellos. Las calles de la ciudad y los locales comerciales permanecían cerrados, pero en perfecto estado; nada los había destrozado.
    Era una tontería, pero había estado buscando signos de una guerra post apocalíptica o algo parecido, y sin embargo nada hacía indicar que algo de aquello se hubiese producido.
    Sin embargo la falta de gente por las calles era esencialmente lo que le ponía más nervioso, como si en aquél lugar no hubiesen más habitantes que ellos.

- Estás en una ciudad que ha sido atacada por los Râhl, Demian. – respondió la voz femenina con suavidad.
- ¿Atacada? – miró, incrédulo, una vez más a su alrededor. – Pero este sitio está…en perfecto estado, ¿cómo puedes decir que lo han atacado?
- Los Râhl no hacen uso de armas para atacar, no las necesitan. – intervino la voz masculina con indiferencia. – Son auténticas máquinas de cazar, como animales.
- ¿Intentas decirme que una panda de animaluchos ha erradicado toda la población de una gran ciudad, de un plumazo? – preguntó, mirándolo y negando con la cabeza. – Debes de estar de broma, amigo.
- Si quieres creer que estoy de broma, adelante. – respondió con un encogimiento de hombros.
- ¿Y por qué no se defendieron, eh? – preguntó, cruzándose de brazos.
- Porque no les dieron tiempo, Demian. – terció la voz femenina. – Los Râhl se divierten jugando con sus presas, obligándolos a separarse en pequeños grupos que pueden ir cazando de poco en poco. Claro que los tuyos trataron de defenderse, pero fueron incapaces de hacerlo.

    Una vez más todo aquello resultaba demasiado grande para su mente, pero empezaba a cobrar cierto sentido macabro. Cerró los ojos, negando con la cabeza, mientras apuraba el paso hacia donde quiera que le estuviesen llevando, no quería permanecer en aquél lugar más tiempo del necesario.

    Se sentía observado. 

martes, 25 de marzo de 2014

El viajero

  Continuamos un poco con el pequeño desvarío que escribí hace algún tiempo sobre el hombre que despierta en una habitación vacía y se encuentra con algo que no espera al entrar en otra. 

PD: No sé si esperabais la continuación de Delia o el de Centro psiquiátrico o si se os hará demasiado corto esta entrada, pero no me encuentro demasiado animado en estos momentos. 

 --- Relato ---


       Trató de calmarse y de racionalizar de alguna manera lo que acababa de ver en aquella habitación, pero le resultaba completamente imposible. ¿Qué clase de pesadilla era aquella? Las siluetas que logró distinguir no eran en absoluto humanas, aunque fuese imposible que no lo fueran, ¿qué otro animal tenía la capacidad de hablar un idioma, y de caminar erguido? Que él supiera, ninguno.
    Cerró los ojos tratando de calmarse, obligándose a hacerlo, dispuesto a dar una explicación lógica y coherente a lo que estaba pasando en aquél maldito sitio. Una resaca, eso debía de ser; la noche anterior debió beber más de la cuenta, aunque no recordaba nada, y ahora veía visiones extrañas de criaturas imposibles. Como no había visto cómo eran en realidad su mente ahora jugaba a darles formas caprichosas.
    Se le heló la sangre cuando escuchó que alguien tocaba en la puerta que había justo tras él, debían de ser las criaturas.
- Sabemos que te encuentras confuso, y probablemente asustado. – dijo la voz femenina con suavidad. – Lo comprendemos, nosotros también nos sentiríamos de la misma forma si fuésemos quienes hubiesen despertado sin recordar su pasado.
- Abre la puerta, humano. – pidió la voz masculina con el mismo tono suave y comprensivo. – Comenzaremos a explicarte qué está pasando aquí, cómo has llegado y qué necesitamos que hagas por nosotros.
- ¿Humano? – replicó él, incrédulo. – Ya está bien de tanta bromita, ¿no? Dejaos de tonterías y quitaos esos estúpidos disfraces, Halloween pasó hace unos meses. – hizo un esfuerzo por sonar lo suficientemente tranquilo.
    Las voces guardaron silencio tras la puerta y él supo instintivamente que estaban planteándose la posibilidad de entrar en aquella habitación por la fuerza, eso le asustó. Recorrió la estancia con ojos nerviosos en busca de algo que usar como arma para defenderse, sin conseguirlo.
- Por favor, humano, no nos pongas las cosas más difíciles. – pidió la voz femenina.
- No podemos perder demasiado tiempo con tonterías. – replicó la masculina, un poco más impaciente.