Cuando el cuchillo penetró en la carne el
sonido que produjo fue acuoso y ahogado. El frío filo y rígido filo de acero al
penetrar en la cálida y delicada carne le produjo un escalofrío que le hizo
retorcerse de entusiasmo y satisfacción: adoraba aquello. La sensación de poder
en el momento previo a hacerlo, la fuerza y resistencia mientras lo hacía, y la
tranquilidad que le invadía al ver caer el cuerpo sin vida al suelo.
– Deberías probarlo, Jack – sonrió, mirándolo
de medio lado. – Es un auténtico subidón de adrenalina, y una terapia de
relajación realmente efectiva.
– Hazlo,
Jack, hazlo. – insistió la voz interior. – Haz ruido y alerta al grupo, haz que todos le persigan y le atrapen.
– ¿Y de
qué me serviría? –
preguntó, negando con la cabeza. – En el
mejor de los casos acabará siendo uno de ellos, y tampoco me serviría: estaría
en mi contra y eso no solventaría nada. – chasqueó la lengua.
– Muy
bien, entonces prefieres seguir con este psicópata. Por lo menos hasta que le
dé por hacerte lo mismo a ti, ¿no? – replicó la voz interior con sarcasmo y
diversión.
– Bueno,
tampoco tenemos que volvernos paranoicos, ¿no te parece? Por el momento él sólo
está atacando a un grupo de…cosas, no le hemos visto a atacar a ninguna persona
normal, ¿no? –
respondió, incapaz de confiar en sus propias palabras.
– Entonces
será mejor que nunca se entere de lo que llevas colgando de la espalda, Jack,
porque si lo hace…a ti también te clavará un cuchillo en la nuca, y eso si
tienes suerte.
La crudeza de aquellas palabras le hizo
temblar: su voz interior tenía razón; si ese psicópata se daba cuenta de que él
mismo llevaba una de aquellas babosas en la espalda, tratando de lavarle el
cerebro, ¿cuánto tardaría en «aplicarle la terapia»? desde luego no demasiado.
Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo cuanto antes para no volverse loco.
Cerró
los ojos un instante tomando aire profundamente, necesitaba relajarse y pensar
con claridad antes de hacer alguna locura de la que pudiera arrepentirse, y
sólo se arrepentiría de ésta si Brent le conseguía atrapar. Rememoró el paisaje
que les rodeaba en ese momento, buscando una vía de escape antes de actuar.
– Lo siento. – susurró.
– No es
necesario que mientas, Jack. – susurró su voz interior, divertida.
Abrió
los ojos y se agachó lentamente para recoger una roca de tamaño considerable y
observó a Brent, que iba agazapado tras otro de aquellos seres con el cuchillo
preparado, y lo lanzó contra uno de los coches cercanos a éste con toda la fuerza
que pudo.
La
piedra impactó directamente contra la luna del vehículo, haciéndola añicos
aunque sin romperla, y la alarma del mismo comenzó a sonar con mucha fuerza. El
ruido alertó al grupo al que Brent estaba siguiendo, haciéndolos girar.
– ¡¿Pero qué coño has hecho, Jack?! – exclamó,
enfurecido, señalándolo con el cuchillo.
No
obtuvo respuesta. En cuanto la piedra se separó de sus dedos él echó a correr a
toda velocidad, alejándose de la autopista: no perdería el tiempo dándole
ninguna clase de explicaciones antes de hacerlo, no se arriesgaría a que Brent,
aparte de grande y loco, fuese más rápido que él..
– ¡Bastardo hijo de la gran puta! – rugió
Brent, tras él, y luego rompió a reír con ganas. – ¡TE ENCONTRARÉ, JACK, TE
ENCONTRARÉ Y ME LAS PAGARÁS POR ESTO, TE LO PROMETO! – gritó.
Los
gritos pronto quedaron apagados por gruñidos y aullidos del grupo que se
lanzaba sobre él.
– ¿Crees
que lo dice en serio? – preguntó, aterrorizado ante la posibilidad de que
escapase de allí pese a todo.
– Acabas
de traicionarle y de entregarle a un grupo de…cosas que se lanzará a por él
como si fuesen zombies. Yo de ti no me esperaría una postal por navidad,
Jackie, y tampoco esperaría que se alegrase de verte, si escapa de eso y te
encuentra. – replicó la voz interior con sorna.
La
idea de que Robert le encontrase fue más que suficiente para que corriese con
mayor velocidad aún, alejándose de aquél lugar para intentar llegar hacia la
periferia de la ciudad: se escondería en los bosques, solo, como había sido el
plan en un principio.
– ¿Crees
que podrá escapar de esas cosas? – preguntó al cabo de varios minutos,
parándose casi de golpe: estaba extenuado, no podía continuar. Caminó varios
metros, acercándose a uno de los bancos de la ciudad para poder sentarse. Aún
quedaban unos kilómetros antes de poder encontrar el bosque, pero necesitaba un
respiro.
– No lo
sé – respondió la voz con tono evasivo. – Supongo que es posible que lo haya hecho, ¿no?
– Pero,
¿no viste cuántos eran? ¡Eran muchos, al menos una docena! – replicó, mordiéndose
el labio inferior con miedo. – No pudo
haber escapado de eso, claro que no, sería…imposible lograrlo. – insistió.
– Jack,
si lo que quieres es que te diga que no ha logrado escapar de ese maldito
infierno, que ahora mismo forma parte de los Colgados Espaciales y que estás
completamente a salvo, no me preguntes a mí, ¿quieres? – dijo la voz con
paciencia. – Yo no soy el encargado de
convencerte de que todo va bien y de que no va a pasar lo peor que podría, ese
eres tú mismo.
– No,
claro. Tú eres el encargado de causarme todos los problemas, ¿no es así? Tú
eres el que no me permite olvidarme de mi pasado ni de mis miedos, el que hace
que los recuerde constantemente, el que sigue haciendo que todo me preocupe, me
agobie o me de miedo. ¿Sabes? Ese trabajo sí se te da bien – sonrió con desgana,
golpeando con fuerza el asiento. – Sí,
ese trabajo se te da condenadamente bien, maldita sea. Seguro que alguien te
hará empleado del mes muy pronto.
La
voz no respondió, simplemente hubo silencio en su interior. El silencio era de
agradecer, aunque también le daba miedo: toda su vida había sido bastante
reacio a acercarse a la sociedad, la gente le daba miedo por lo que pudiesen
volver a hacerle, y su única compañía había sido su propia voz interior. Su voz
interior era la única «persona» con la que podía hablar sin preocuparse de qué
pensase o de qué pudiese hacerle, o decirle. Su voz interior había sido el único
amigo que realmente había tenido desde que tenía uso de razón, al menos hasta
que conoció a aquellas personas en internet. Aquellos desconocidos que pronto
pasaron a convertirse en personas importantes para él. Nunca los había visto, y
no estaba del todo seguro de querer hacerlo, pero algo le empujaba a hacerlo:
la necesidad de superar el miedo y la desconfianza, de volver a sentir la vida
y poder volver a vivirla, poder volver a ser…feliz.
– Lo
siento, no quería decir eso. Tú no eres un problema…eres quien ha evitado que
me volviese loco a lo largo de estos años. – se disculpó con la voz
interior.
Sin embargo
ésta no hizo amago de responder, parecía haberse ofendido realmente ante sus
palabras.
– Soy
idiota. – se dijo con un suspiro, poniéndose en pie una vez más. Tenía que
darse prisa: no quería pasar la noche en la ciudad.
Miró a
su alrededor, buscando la presencia de Brent cerca de él: no quería que le
atacase por la espalda, aunque era posible que fuese la mejor forma de acabar
con todo, y caminó en silencio hacia su destino…o eso quería creer.
– Creo
que deberías entrar en esa tienda de deportes. – dijo la voz interior sin
ningún tipo de tono, había sido completamente neutral, mecánica.
– Sí,
puede ser una buena idea. – coincidió, caminando hacia la misma.