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La música sonaba en la radio a todo volumen,
ensordeciendo los ruidos de la calle; vehículos, gritos, amenazas,
insultos…algún disparo lejano, en un callejón, todo ensordecido por el sonido
de la música.
Un chispazo, una vaharada de humo. Harrison Edwards da
una buena calada al puro cubano de imitación que ha comprado con los últimos
billetes de su cartera. Cierra los ojos cogiendo de la mesa el vaso de bourbon
y se reclina en su sillón desgastado y raído; el maldito gato ha debido pasar
un buen rato arañándolo. No puede culparlo, ni el gato ni él tienen nada que
llevarse al estómago, así que ambos están de muy mal humor.
- ¿Y se supone que voy a perder mi tiempo siguiendo a una
niña malcriada de los altos barrios, por esa miseria? – pregunta con desprecio
mirando a aquél condenado tipo con indiferencia. Cincuenta dólares…eran
tentadores, pero tenía su jodido orgullo.
- Bueno, puedo añadir otros dos de diez al final del
trabajo – comentó su cliente con aire despreocupado, fingiendo desinterés.
- ¿De verdad crees que estoy tan jodidamente desesperado
como para jugarme el pescuezo por setenta míseros pavos? – preguntó sin dejarle
ver que esos setenta dólares le venían como agua en el desierto.
- Dos de diez o cuatro de cinco, si lo que quieres es que
aparenten más de lo que son – comentó el cliente de nuevo con suspicacia.
- Me estás insultando, chico – dijo Edwards mirándolo
fijamente a los ojos mientras hace girar el puro en la mano con tranquilidad.
Escupe una buena nube de humo hacia la cara de aquél jodido niño rico que
pretende jugar a detectives – Casi preferiría pegarte un tiro en los sesos y
quedarme con esa pasta, ¿sabes? Casi me sale más a cuenta tirar tu cadáver a
una jodida cuneta que no patearme las calles de esta maldita ciudad por culpa
de un culo bonito.
- Sí, probablemente lo harías – asintió de nuevo con
indiferencia, esbozando una sonrisa que al detective le encantaría borrar a
puñetazo limpio – Pero, ¿te saldría realmente a cuenta? Con tu expediente no es
que a nadie le sorprendiese que acabases matando a alguien por setenta dólares,
pero no creo que lo hicieras.
- ¿Qué coño sabes tú de mi jodido expediente, hijo? –
pregunta Harrison inclinándose hacia adelante, enarcando ambas cejas con aire
inquisitivo.
- No creerías que vendría aquí sin saber con quién estaba
hablando, ¿verdad? – sonrió – Sé quien eres, y qué hiciste, viejo.
Viejo. El puto crío lo ha llamado viejo y sonreía
satisfecho con lo que había dicho. Harrison también sonrió de medio lado,
dejando el puro sobre el cenicero mientras se recreaba con la imagen mental que
acababa de cruzar su mente: le borraría esa jodida sonrisa a puñetazo limpio,
sí. Le enseñaría modales al puto niñato rico mientras Sinatra ahogase sus
gritos asustados a ritmo de música. Lo hizo, lo agarró por el cuello de la
camisa y lo hizo levantar un par de centímetros del suelo mientras lo miraba
fijamente, en silencio, durante un par de segundos.
- Muy bien, hijo. Creo que es hora de que te enseñe modales,
¿no crees? – sonrió levantando el puño con gusto. Sin embargo andaba mal, el
maldito crío no se asustaba y eso hacía que Harrison dudase un poco; no mucho,
pero sí un poco. Eso bastaba para enfurecerlo más aún.
- Hazlo – dijo el cliente con una sonrisa divertida – Y
no verás otro amanecer, viejo – repitió desafiante mientras se quitaba de
encima las manos del detective privado – A nadie le sorprendería que un vulgar
matón de segunda como tú aparezca una mañana tirado en un callejón con la
garganta abierta, ¿no crees? No, no le sorprendería a nadie. Así que ahora
cierra el pico y escúchame bien – dijo con voz repentinamente autoritaria, lo
que desconcertó lo suficiente a Edwards – Vas a hacer el trabajo por cincuenta
pavos y si al final de todo me siento satisfecho con tus resultados, cosa que
dudo, te daré otros cincuenta. ¿Te ha quedado lo bastante claro? – preguntó de
forma retórica. Antes de que el tipo pudiese abrir la boca se dio media vuelta
para salir dando un portazo.
Harrison Edwards, ex jefe de policía, se dejó caer en la
silla gastada y cerró los ojos intentando asimilar qué coño acababa de pasar en
su propia oficina. Ese crío le había ordenado, ¡ordenado!, que cumpliese con el
trabajo por cien pavos. Eso era mejor que setenta, desde luego, pero el asunto
de que le hubiese echado cojones para amenazarlo, ¡en su propia casa!, le
sentaba como una patada en los mismísimos. ¿Iba a tolerar algo así? Sí, no le
quedaba más remedio, después de…de aquello ya no podía pretender que todo iba
como antes. Los viejos tiempos…los extrañaba demasiado. Cerró los ojos y dio
otra calada al puro después de dar un buen trago al bourbon barato del vaso.
- El puto crío le ha echado sus huevos al asunto – pensó
con una sonrisa divertida en los labios – Pero eso no quita que, cuando todo
esto acabe, le ajuste las cuentas por eso.
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