Había asegurado que estaba dispuesto a pagar el precio, por alto que fuese, con tal de salir de aquél lugar. Lo que no sabía era lo alto que era ese precio, ni que iba a ser muy difícil pagarlo. El miedo, esa era la clave. El miedo le había impulsado a afirmar que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, a dar cualquier cosa, con tal de salir de allí; no importaba qué ocurriese con los otros dos. Lo importante era él, sólo él.
- Un poco egoísta, ¿no crees? - preguntó la voz.
- ¿Qué me importa? En situaciones de riesgo cada uno mira su propio ombligo - respondió Zack, tajante.
- ¿Y si, en realidad, necesitaras de los otros dos para poder escapar de aquí? - preguntó la voz de nuevo con aquél tono neutro, cercano. Aquello le hizo pensar durante un tiempo.
El hambre, la sed y el miedo eran una combinación demasiado poderosa como para permitirle pensar con claridad; en ese momento no le importaba nada más salvo poder comer algo y descansar un poco antes de continuar. Estaba exhausto y sediento. Se dejó caer en el suelo para sentarse mientras trataba de humedecerse los labios con la lengua, pero tenía la garganta seca, pastosa. Como si le hubiesen metido un puñado de huesos resecos, polvorientos tierra y le hubiesen obligado a tragárselo.
- Agua, necesito agua. Y comida - pensó mirando a su alrededor. Nada, sólo un estrecho pasillo de piedra que, estaba convencido, se iba estrechando aún más a medida que avanzaba por él.
- Tus amigos tienen agua, ¿lo sabías? No te dijeron nada porque sabían que llegaría este momento. Ahora ellos beben, y tú no - la voz en su mente, sensual como un susurro femenino tras el oído, le sacudió por completo.
- ¿Y de comer? No me serviría mucho poder beber agua si luego desfallezco - negó con la cabeza, desechando la idea.
- Tienen carne, ¿no? Ochenta, quizá noventa, kilos de carne fresca - sugirió de nuevo con ese tono levemente femenino. El hombre se horrorizó tanto que llegó a ponerse en pie de un salto, con las fuerzas falsamente renovadas a causa del miedo. Echó a correr, alejándose de las voces, perseguido por una nueva y silenciosa carcajada, más potente que las anteriores. Se estaban acercando, ¿a qué? no lo sabía, no quería saberlo.
El otro continuaba su avance ajeno a aquellas voces. Se limitaba a avanzar convencido de encontrar alguna salida, consciente de que era imposible que no la hubiese. Por algún lado debieron salir los que construyeron aquello.
- O quizá no - replicó su mente, con un chillido de júbilo - O tal vez construyeran la pirámide después de haber salido. No lo sabes, no puedes saberlo. Tú no estuviste aquí en ese momento.
- Tonterías - se dijo negando una realidad posible, no quería ni siquiera considerar esa opción. Sin embargo él no tenía control sobre su subconsciente, y la idea salía una y otra vez con insistencia. Cada vez más potente, más convincente, más real.
Continuaban hacia adelante, tratando de ignorar las voces, buscando la salida. Continuaban hacia adelante no por el convencimiento de encontrar la salida, sino por el miedo a volver atrás. ¿Quién sería el primero en caer? ¿Qué linterna sería la primera en apagarse? eso los dejaría en la oscuridad. Lo peor de todo era que sabían que estarían a oscuras, pero no estarían solos.
- Pregúntate, ¿qué acecha en la oscuridad? ¿Qué clase de criatura te observa, esperando? ¿Qué hay en la oscuridad que te ve, pero que tú no puedes ver? - preguntó la voz.
Aquello llegó al unísono a los tres hombres. Los tres sintieron un escalofrío recorrerles las espaldas, amenazando con introducirse en ellos para no dejarlos jamás. No, no hasta el fin.
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