jueves, 17 de abril de 2014

Rhino, el gladiador

Continuando un poco con los relatos de Warframe, ahora toca la historia de Rhino: el tenno más pesado y fuerte de todos.

Os recuerdo que podéis visitar https://warframe.com/es para descargar de forma gratuita el juego. Os lo recomiendo, es brutal. 


-- Relato -- 

Rhino, el gladiador.

<< Cuando la gloria te sacude como el rayo, ni siquiera el tiempo empaña tu fuerza. >>
Sürn-Rahn, profeta de las estrellas.

    El calor era tan fuerte y agobiante que no dudó en lanzar sus armas al suelo para quitarse la armadura que le cubría el pecho y el casco que le dificultaba la visión. Un voluminoso torso, fuerte y plagado de cicatrices, quedó a la vista junto a su cara; su oponente sintió el miedo ante aquella mirada que prometía muerte.
    El público aclamaba a su campeón, aunque éste hubiese llegado apenas un mes antes al coliseo, y pedía a gritos que se derramase sangre. Querían que el silencio fuese roto por el dolor.

– Voy a matarte, vulgar bastardo. ¿Crees que puedes ensuciar la sangre de los gladiadores puros? – preguntó su oponente, burlándose de él. – Los gladiadores somos una casta, pura sangre. ¡Tú no puedes ser de los nuestros! – escupió.

    El hispano se mantuvo en silencio, sin entrar en la provocación. Tan sólo esbozó una sonrisa suave y luego extendió los brazos para lanzar un rugido tan potente que gran parte de los espectadores se callaron, asustados. Se golpeó en el pecho  con el dorso de la cinqueada y luego señaló al hombre que se había atrevido a insultarle con éstas.

– ¡Lucius Quintus, Lucius Quintus! – aclamaban los romanos desde la grada, listos para la muerte.
– No será rápido. – prometió el oponente, lanzándose hacia adelante.

    Marcus Sextus, el oponente del hispano, era un combatiente feroz y rápido. Lanzaba terribles estocadas con la gladius con una velocidad que el hispano apenas lograba esquivar o detener, y sonreía viendo cerca su victoria. Mataría a ese maldito Lucius Quintus y volvería a llevar la gloria al Coliseo.
    Sin embargo el hispano era un combatiente lento, pero fuerte, y no tardó demasiado en lograr trabar la espada corta del romano contra las protecciones de su brazo derecho. Con una fuerte patada en el pecho hizo caer a su contrincante y lo mantuvo en el suelo, pisándole la cabeza con fuerza.

– ¡Muerte, muerte, muerte! – exclamaba el público, sediento de dolor.

    Tanto Lucius Quintus como Marcus Sextus miraron en silencio al emperador, quien tenía en sus manos el destino del vencido.
    El pulgar apuntó hacia abajo, condenando a Marcus a la muerte. Lucius emitió otro de sus poderosos rugidos y clavó el filo de su hoja en la carótida del caído: quería un auténtico baño de sangre para contentar al pueblo.
    Éste estalló en vítores y aplausos.

– ¿Será éste el gladiador más querido por Roma? – se preguntaron dos voces sumidas en la oscuridad.
– No lo sé. – respondió una voz de mujer. – Es fuerte, y sabe luchar. Creo que eso será suficiente.

    Aquella noche, en su celda, Lucius celebró la victoria con mujeres, vino y comida. Una auténtica orgía de depravación, como punto final a una carrera corta pero gloriosa en el coliseo.
    A la mañana siguiente, cuando los gladiadores salieron al patio para continuar el duro entrenamiento, Lucius Quintus no estaba en su cámara.

– ¡No está, ha desaparecido! – exclamaron voces desconcertadas.
– Alguien le ha matado, y ha escondido el cuerpo. – anunció otro, convencido.

    Sin embargo el otrora poderoso romano se encontraba muy lejos de su hogar, pero estaba poniéndose otra armadura: fueres quienes fueran, quería que luchase. Y él amaba la lucha.

– Ahora eres Rhino. – dijo una voz femenina. – Y tu deber será velar por la paz. ¿Lo has entendido?


    Lucius asintió con la cabeza sin pronunciar palabra. Acarició despacio el filo de su nueva arma, una Galatine de hoja feroz.  

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