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-- Relato --
Rhino, el gladiador.
<< Cuando la gloria te sacude como el rayo, ni siquiera
el tiempo empaña tu fuerza. >>
Sürn-Rahn, profeta de
las estrellas.
El calor era tan fuerte y agobiante que no
dudó en lanzar sus armas al suelo para quitarse la armadura que le cubría el
pecho y el casco que le dificultaba la visión. Un voluminoso torso, fuerte y
plagado de cicatrices, quedó a la vista junto a su cara; su oponente sintió el
miedo ante aquella mirada que prometía muerte.
El público aclamaba a su campeón, aunque
éste hubiese llegado apenas un mes antes al coliseo, y pedía a gritos que se
derramase sangre. Querían que el silencio fuese roto por el dolor.
–
Voy a matarte, vulgar bastardo. ¿Crees que puedes ensuciar la sangre de los
gladiadores puros? – preguntó su oponente, burlándose de él. – Los gladiadores
somos una casta, pura sangre. ¡Tú no puedes ser de los nuestros! – escupió.
El hispano se mantuvo en silencio, sin
entrar en la provocación. Tan sólo esbozó una sonrisa suave y luego extendió
los brazos para lanzar un rugido tan potente que gran parte de los espectadores
se callaron, asustados. Se golpeó en el pecho
con el dorso de la cinqueada y luego señaló al hombre que se había
atrevido a insultarle con éstas.
–
¡Lucius Quintus, Lucius Quintus! – aclamaban los romanos desde la grada, listos
para la muerte.
–
No será rápido. – prometió el oponente, lanzándose hacia adelante.
Marcus Sextus, el oponente del hispano, era
un combatiente feroz y rápido. Lanzaba terribles estocadas con la gladius con
una velocidad que el hispano apenas lograba esquivar o detener, y sonreía
viendo cerca su victoria. Mataría a ese maldito Lucius Quintus y volvería a
llevar la gloria al Coliseo.
Sin embargo el hispano era un combatiente
lento, pero fuerte, y no tardó demasiado en lograr trabar la espada corta del
romano contra las protecciones de su brazo derecho. Con una fuerte patada en el
pecho hizo caer a su contrincante y lo mantuvo en el suelo, pisándole la cabeza
con fuerza.
–
¡Muerte, muerte, muerte! – exclamaba el público, sediento de dolor.
Tanto Lucius Quintus como Marcus Sextus
miraron en silencio al emperador, quien tenía en sus manos el destino del
vencido.
El pulgar apuntó hacia abajo, condenando a
Marcus a la muerte. Lucius emitió otro de sus poderosos rugidos y clavó el filo
de su hoja en la carótida del caído: quería un auténtico baño de sangre para
contentar al pueblo.
Éste estalló en vítores y aplausos.
–
¿Será éste el gladiador más querido por Roma? – se preguntaron dos voces
sumidas en la oscuridad.
–
No lo sé. – respondió una voz de mujer. – Es fuerte, y sabe luchar. Creo que eso
será suficiente.
Aquella noche, en su celda, Lucius celebró
la victoria con mujeres, vino y comida. Una auténtica orgía de depravación, como
punto final a una carrera corta pero gloriosa en el coliseo.
A la mañana siguiente, cuando los
gladiadores salieron al patio para continuar el duro entrenamiento, Lucius
Quintus no estaba en su cámara.
–
¡No está, ha desaparecido! – exclamaron voces desconcertadas.
–
Alguien le ha matado, y ha escondido el cuerpo. – anunció otro, convencido.
Sin embargo el otrora poderoso romano se
encontraba muy lejos de su hogar, pero estaba poniéndose otra armadura: fueres
quienes fueran, quería que luchase. Y él amaba la lucha.
–
Ahora eres Rhino. – dijo una voz femenina. – Y tu deber será velar por la paz.
¿Lo has entendido?
Lucius asintió con la cabeza sin pronunciar
palabra. Acarició despacio el filo de su nueva arma, una Galatine de hoja
feroz.
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