Ayer fue el especial de 200 entradas en el blog y quise hacer algo un tanto más interactivo para agradeceros a todos el haber estado ahí leyéndome y haciendo que ésto sea posible. La verdad es que ha sido una auténtica sorpresa, y un placer, ver que ha tenido tal cantidad de visitas y tan buena acogida, por lo que hoy quiero dar un pequeño adelanto de mi primer libro.
Muchas gracias a las personas que estuvisteis ahí ayer leyéndome y dándome la oportunidad. Quiero avisar que esta parte pertenece al original, y que no a tenido ningún tipo de corrección, por lo que os pido perdón si hay algunas contradicciones o algo que no comprendéis.
-- Libro --
Oscuridad. Niebla, frío, oscuridad. Corre por
un largo pasillo en las ruinas de un viejo hospital abandonado. El corazón late
con fuerza en su pecho, amenazando con reventar; no por el esfuerzo de correr,
sino por la sensación de que algo está a punto de atraparle, algo salido del
lugar más oscuro y siniestro que se atreve a imaginar, algo con la única
intención de atraparle, de llevarle con él…de alimentarse.
Las puertas que ve pasar a su lado están todas
tapiadas con bloques y cemento, en todas ellas se ven grafitis, pintadas sin
sentido, el número cinco, escrito en números romanos, resaltado en un rojo
oscuro, que le recuerda ligeramente a la sangre seca. Corre buscando un lugar
por el que escapar, un pasillo por el
que entrar, un sitio donde estar a salvo. No puede, no quiere, no debe ser
atrapado por la extraña criatura que le sigue de cerca con brillantes ojos rojos.
– ¡Sangre, sangre, sangre! – Grita una y otra
vez en la cama del hospital psiquiátrico Dr. Arquillo, de vuelta a la realidad
– ¡Sangre, sangre, sangre! – repite.
– Cálmese, señor Sullivan. Está a salvo, con
nosotros, el sueño se ha acabado – trata de calmarle el joven y seguro Dr.
Unagras quien, como siempre, ha logrado conseguir un momento libre para visitar
al paciente Sullivan, su secreta obsesión médica – Cuénteme, ¿Qué ha pasado?
¿De qué sangre habla, Sullivan, la de su familia? – pregunta con el claro
interés de un joven médico que busca el reconocimiento de sus colegas a través
de un descubrimiento médico sin precedentes.
– ¡Sangre, sangre, sangre! – repite Sullivan en
una letanía metódica e incansable
El Dr. Unagras, que siempre ha gozado de una
infinita paciencia, comienza a perder los estribos con ese paciente por primera
vez en toda su vida. Hay algo que le fascina, aterra y obsesiona de ese hombre:
sus ojos. Pese al crimen que del que se le acusa, pese a estar en una
habitación acolchada y con una camisa de fuerza, en los ojos de Jack M.
Sullivan no hay rastro de mentira o de locura: Jack M. Sullivan está convencido
de decir la verdad.
– Ya está bien de tanto circo, Jack – dijo una
voz en la puerta, el Dr. Arquillo se había acercado a la habitación a sabiendas
de que ese joven e impertinente doctor en prácticas estaría allí mismo – esto
es una institución médica y debe respetar el descanso de sus compañeros – dijo
convencido también de que el frenético paciente le comprendía. Preparó una
inyección de Mitriclina, una combinación de tres sedantes ideada por el propio
Arquillo, que dejaría dormido al paciente prácticamente en el acto. – Doctor
Unagras, quisiera hablar con usted en privado – Dijo con tono amable el otrora
afamado médico. Por supuesto el joven Maurice sabía que la conversación iba a
tomar un tono muy distinto en cuanto se encontrasen a solas.
– Le he dicho no pocas veces que el caso del
paciente Sullivan no es de su incumbencia, doctor – Empezó con falsa
cordialidad Armand – su tarea consiste en controlar a los enfermos del primer
piso. Está usted en prácticas y su seguridad es responsabilidad mía. No
quisiera que le sucediese nada malo – culminó con una sonrisa helada.
– Lo comprendo, doctor. Pero entienda que mi
especialización en la carrera fue precisamente sobre los desordenes psíquicos a
causa de los problemas en el sueño y su subconsciente. Sullivan, pese a no
estar en mi área de trabajo, me ofrece precisamente este tipo de trastornos –
dijo Unagras con paciencia – Además, él está absoluta y totalmente convencido de
lo que dice y yo creo que es algo más complejo de lo que se dijo en el juzgado…
– Jack M. Sullivan solamente es un asesino,
Maurice – Dijo Armand en un inesperado arrebato de ¿sinceridad? – y tanto él
como su abogado recurrieron a la más común y tópica de las explicaciones para
evitar la cárcel: el trastorno mental transitorio. No hay nada de lo que diga
que sea real, sólo finge ataques para que no se le haga un examen psicológico y
vaya a prisión, que es donde debe estar.
Unagras se limitó a aceptar la opinión de su
colega y salió con la mayor dignidad posible del despacho. Sabía, por
experiencias anteriores, que insistir en el asunto era provocar una discusión
más acalorada y desagradable. Sabía que Arquillo ya no sentía la fascinación de
sus primeros años, que estaba a punto de jubilarse, y que se limitaba a dejar
correr el tiempo y las inyecciones de Mitriclina para que todo estuviese en
calma.
– Un buen chute de paz y tranquilidad; el
pasaporte al mundo feliz – había oído una vez decir al propio Arquillo en su
despacho mientras mezclaba sedantes y calmantes en busca de una pócima mágica
que dejase todo en calma de una forma rápida y segura. – Viejo estúpido – solía
pensar Maurice con amargura, – solo te preocupa que todo esté en calma hasta tu
jubilación dorada. No te importan tus pacientes y sus preocupaciones… –
Lo que más preocupaba a Maurice era lo que
escuchaba a las enfermeras de la planta: cada vez con más frecuencia debían
sacar a Sullivan de la habitación para limpiar el suelo, ya que últimamente
solían encontrar tierra, trozos de piedra, pequeñas astillas e incluso trozos
de papel…todo ello podía salir del patio del hospital, claro estaba, salvo por
el echo de que Jack M. Sullivan estaba
totalmente aislado del mundo exterior en su habitación; no podía salir para
nada.
Aquél suceso extraño y digno de mención, salvo
para el obtuso y aparentemente despreocupado Dr. Arquillo, traía al joven
médico de cabeza. ¿Cómo podía ser posible que en la habitación de un paciente
aislado pudiesen llegar tales objetos? Podrían haber llegado arrastrados en las
suelas del personal, claro, pero rara vez el personal que atendía los niveles
inferiores del hospital accedía a la planta superior, donde se hallaban los
internos más peligrosos o desequilibrados. Podía ser, también, que esos
desperdicios llegasen en las suelas de los visitantes del enfermo, de no ser
por el echo de que en este caso, Sullivan nunca recibía visitas.
Todo aquello era un quebradero de cabeza para
Maurice Unagras que no dejaba de darle vueltas al asunto, tratando de resolver
el acertijo sin éxito. Sin embargo para el director del centro resultaba un
echo poco menos que ridículo, un acontecimiento sin importancia dentro de un
edificio lleno de locura. – Es como preocuparse porque el grifo del baño gotee
cuando fuera hay tormenta y no tenemos tejado – solía decir Armand.
Decidido a no perder más tiempo tratando de
convencer a aquél hombre, Unagras optó por continuar su ronda de visitas en la
planta más baja del centro, donde se encontraban enfermos con desórdenes de
personalidad y leve distorsión de la realidad, algo que a él particularmente
aburría hasta lo impensable.
– ¿Qué le ocurre, doctor? Tiene cara de haber
recibido malas noticias – dijo William Henderson, encargado de mantenimiento, al
ver pasar al joven médico con cara de pocos amigos.
– ¿Qué me ocurre? ¿Cómo te sentirías si tu jefe
no te permitiese ocuparte de un caso en el que precisamente has basado tu
carrera? – respondió Maurice con tono exasperado.
– Bueno, en mi caso no tengo problema. A nadie
le importa qué condenado baño limpio antes – dijo William tras pensar un poco.
Su sonrisa, que dejaba ver una boca con huecos, le confería ese aire pícaro y
desenfadado que solía sacarle de líos menores.
– Hablo de Sullivan, Willy, el de la última
planta. El que tiene paranoia e insomnio – contestó Unagras al borde de un
ataque de nervios.
– Ah, el que pega los gritos por la noche –
dijo el irlandés asintiendo – más que el resto, quiero decir. Demonios, parece
que estén a punto de desollarlo vivo o algo peor – dijo Henderson sin saber que
esa información estaba despertando un torbellino de preguntas en el hombre que
tenía delante – los del turno de noche no hacen más que quejarse, ¿sabe?. Yo
les digo que hagan caso de lo que dice el viejo lobo, pero dicen que el
Mitriclina es como una bomba de relojería, o algo así.
– ¿Ah, sí? – preguntó con un renovado tono de
interés – hablaré con la gente de noche ahora mismo. Gracias, Will – se
despidió el joven casi corriendo por los pasillos en busca de la sala de
descanso para personal, deseando, casi rezando, que quedase alguien del turno
de noche aún. Iba a hacer algo más que hablar con ellos, desde luego, iba a
hacer él mismo un turno nocturno, y esa misma noche. Así Arquillo no tendría
excusa alguna para alejarle de la habitación de Jack, no podía dejar a un
paciente sin atender en plena crisis.
– ¡Oiga, a ver si algún día se viene a tomar
una cerveza después del trabajo! – gritó el conserje de avanzada edad viendo al
joven doctor girar por uno de los cientos de pasillos del edificio – caray, sí
que tiene prisa. Debe ser que no escucha bastantes gritos por el día – comentó
al aire echándose a reír, terminando de limpiar el suelo.
Maurice recorrió los pasillos del hospital a
toda velocidad, notando cómo el corazón golpeaba en el pecho con excitación
absoluta. La respiración, ligeramente más rápida por el paso apurado que
llevaba, salía de él casi como en una vaharada de vapor. Cruzó ante la
cristalera de recepción con vitas al patio abierto del exterior, nevado en
aquella época del año, sin atender a las peticiones normales de los pacientes
leves: golosinas, música, atención. En ese momento Unagras no habría parado ni
siquiera ante un muro, tal era su ímpetu por encontrar a alguien con quien
cambiar el turno de noche.
Recorrió los pasillos, que ahora conocía de
memoria; apenas seis meses antes a duras penas lograba orientarse en la primera
planta, y subió de dos en dos los escalones que debían llevarle a la quinta y
última planta del edificio: la zona de despachos, residencia, baños, cocina y
sala de recreo del personal sanitario.
Entró en la desierta cocina, apenas una triste
habitación de cuatro metros de largo por tres de ancho que contaba con una
mesa, cuatro sillas, un módulo de cuatro fuegos de gas, nevera minúscula y un
viejo microondas. La decepción fue patente en su rostro pero no se rindió.
Cruzó de nuevo la puerta por la que había entrado, la única de la habitación, y
se dirigió directamente a la residencia.
Al entrar observó las cuatro literas de metal,
tan viejas quizá como el mismo tiempo, que se encontraban vacías en ese
momento. Se acercó a la pequeña habitación anexa que hacía las veces de
vestidor ignorando el ya conocido y húmedo olor de moho de la moqueta – en
cualquier hospital hay olores peores – le habían dicho la primera vez que
percibió aquello, y chasqueó la lengua cuando vió que allí tampoco había nadie.
Se dirigió al pequeño baño común y al fin encontró a alguien.
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