viernes, 30 de mayo de 2014

Agradecimientos por el especial

Ayer fue el especial de 200 entradas en el blog y quise hacer algo un tanto más interactivo para agradeceros a todos el haber estado ahí leyéndome y haciendo que ésto sea posible. La verdad es que ha sido una auténtica sorpresa, y un placer, ver que ha tenido tal cantidad de visitas y tan buena acogida, por lo que hoy quiero dar un pequeño adelanto de mi primer libro. 

Muchas gracias a las personas que estuvisteis ahí ayer leyéndome y dándome la oportunidad. Quiero avisar que esta parte pertenece al original, y que no a tenido ningún tipo de corrección, por lo que os pido perdón si hay algunas contradicciones o algo que no comprendéis. 

-- Libro -- 

Oscuridad. Niebla, frío, oscuridad. Corre por un largo pasillo en las ruinas de un viejo hospital abandonado. El corazón late con fuerza en su pecho, amenazando con reventar; no por el esfuerzo de correr, sino por la sensación de que algo está a punto de atraparle, algo salido del lugar más oscuro y siniestro que se atreve a imaginar, algo con la única intención de atraparle, de llevarle con él…de alimentarse.

Las puertas que ve pasar a su lado están todas tapiadas con bloques y cemento, en todas ellas se ven grafitis, pintadas sin sentido, el número cinco, escrito en números romanos, resaltado en un rojo oscuro, que le recuerda ligeramente a la sangre seca. Corre buscando un lugar por el  que escapar, un pasillo por el que entrar, un sitio donde estar a salvo. No puede, no quiere, no debe ser atrapado por la extraña criatura que le sigue de cerca con brillantes ojos rojos.

– ¡Sangre, sangre, sangre! – Grita una y otra vez en la cama del hospital psiquiátrico Dr. Arquillo, de vuelta a la realidad – ¡Sangre, sangre, sangre! – repite.
– Cálmese, señor Sullivan. Está a salvo, con nosotros, el sueño se ha acabado – trata de calmarle el joven y seguro Dr. Unagras quien, como siempre, ha logrado conseguir un momento libre para visitar al paciente Sullivan, su secreta obsesión médica – Cuénteme, ¿Qué ha pasado? ¿De qué sangre habla, Sullivan, la de su familia? – pregunta con el claro interés de un joven médico que busca el reconocimiento de sus colegas a través de un descubrimiento médico sin precedentes.
– ¡Sangre, sangre, sangre! – repite Sullivan en una letanía metódica e incansable

El Dr. Unagras, que siempre ha gozado de una infinita paciencia, comienza a perder los estribos con ese paciente por primera vez en toda su vida. Hay algo que le fascina, aterra y obsesiona de ese hombre: sus ojos. Pese al crimen que del que se le acusa, pese a estar en una habitación acolchada y con una camisa de fuerza, en los ojos de Jack M. Sullivan no hay rastro de mentira o de locura: Jack M. Sullivan está convencido de decir la verdad.

– Ya está bien de tanto circo, Jack – dijo una voz en la puerta, el Dr. Arquillo se había acercado a la habitación a sabiendas de que ese joven e impertinente doctor en prácticas estaría allí mismo – esto es una institución médica y debe respetar el descanso de sus compañeros – dijo convencido también de que el frenético paciente le comprendía. Preparó una inyección de Mitriclina, una combinación de tres sedantes ideada por el propio Arquillo, que dejaría dormido al paciente prácticamente en el acto. – Doctor Unagras, quisiera hablar con usted en privado – Dijo con tono amable el otrora afamado médico. Por supuesto el joven Maurice sabía que la conversación iba a tomar un tono muy distinto en cuanto se encontrasen a solas.
– Le he dicho no pocas veces que el caso del paciente Sullivan no es de su incumbencia, doctor – Empezó con falsa cordialidad Armand – su tarea consiste en controlar a los enfermos del primer piso. Está usted en prácticas y su seguridad es responsabilidad mía. No quisiera que le sucediese nada malo – culminó con una sonrisa helada.
– Lo comprendo, doctor. Pero entienda que mi especialización en la carrera fue precisamente sobre los desordenes psíquicos a causa de los problemas en el sueño y su subconsciente. Sullivan, pese a no estar en mi área de trabajo, me ofrece precisamente este tipo de trastornos – dijo Unagras con paciencia – Además, él está absoluta y totalmente convencido de lo que dice y yo creo que es algo más complejo de lo que se dijo en el juzgado…
– Jack M. Sullivan solamente es un asesino, Maurice – Dijo Armand en un inesperado arrebato de ¿sinceridad? – y tanto él como su abogado recurrieron a la más común y tópica de las explicaciones para evitar la cárcel: el trastorno mental transitorio. No hay nada de lo que diga que sea real, sólo finge ataques para que no se le haga un examen psicológico y vaya a prisión, que es donde debe estar.

Unagras se limitó a aceptar la opinión de su colega y salió con la mayor dignidad posible del despacho. Sabía, por experiencias anteriores, que insistir en el asunto era provocar una discusión más acalorada y desagradable. Sabía que Arquillo ya no sentía la fascinación de sus primeros años, que estaba a punto de jubilarse, y que se limitaba a dejar correr el tiempo y las inyecciones de Mitriclina para que todo estuviese en calma.

– Un buen chute de paz y tranquilidad; el pasaporte al mundo feliz – había oído una vez decir al propio Arquillo en su despacho mientras mezclaba sedantes y calmantes en busca de una pócima mágica que dejase todo en calma de una forma rápida y segura. – Viejo estúpido – solía pensar Maurice con amargura, – solo te preocupa que todo esté en calma hasta tu jubilación dorada. No te importan tus pacientes y sus preocupaciones… –

Lo que más preocupaba a Maurice era lo que escuchaba a las enfermeras de la planta: cada vez con más frecuencia debían sacar a Sullivan de la habitación para limpiar el suelo, ya que últimamente solían encontrar tierra, trozos de piedra, pequeñas astillas e incluso trozos de papel…todo ello podía salir del patio del hospital, claro estaba, salvo por el echo de que  Jack M. Sullivan estaba totalmente aislado del mundo exterior en su habitación; no podía salir para nada.

Aquél suceso extraño y digno de mención, salvo para el obtuso y aparentemente despreocupado Dr. Arquillo, traía al joven médico de cabeza. ¿Cómo podía ser posible que en la habitación de un paciente aislado pudiesen llegar tales objetos? Podrían haber llegado arrastrados en las suelas del personal, claro, pero rara vez el personal que atendía los niveles inferiores del hospital accedía a la planta superior, donde se hallaban los internos más peligrosos o desequilibrados. Podía ser, también, que esos desperdicios llegasen en las suelas de los visitantes del enfermo, de no ser por el echo de que en este caso, Sullivan nunca recibía visitas.

Todo aquello era un quebradero de cabeza para Maurice Unagras que no dejaba de darle vueltas al asunto, tratando de resolver el acertijo sin éxito. Sin embargo para el director del centro resultaba un echo poco menos que ridículo, un acontecimiento sin importancia dentro de un edificio lleno de locura. – Es como preocuparse porque el grifo del baño gotee cuando fuera hay tormenta y no tenemos tejado – solía decir Armand.

Decidido a no perder más tiempo tratando de convencer a aquél hombre, Unagras optó por continuar su ronda de visitas en la planta más baja del centro, donde se encontraban enfermos con desórdenes de personalidad y leve distorsión de la realidad, algo que a él particularmente aburría hasta lo impensable.

– ¿Qué le ocurre, doctor? Tiene cara de haber recibido malas noticias – dijo William Henderson, encargado de mantenimiento, al ver pasar al joven médico con cara de pocos amigos.
– ¿Qué me ocurre? ¿Cómo te sentirías si tu jefe no te permitiese ocuparte de un caso en el que precisamente has basado tu carrera? – respondió Maurice con tono exasperado.
– Bueno, en mi caso no tengo problema. A nadie le importa qué condenado baño limpio antes – dijo William tras pensar un poco. Su sonrisa, que dejaba ver una boca con huecos, le confería ese aire pícaro y desenfadado que solía sacarle de líos menores.
– Hablo de Sullivan, Willy, el de la última planta. El que tiene paranoia e insomnio – contestó Unagras al borde de un ataque de nervios.
– Ah, el que pega los gritos por la noche – dijo el irlandés asintiendo – más que el resto, quiero decir. Demonios, parece que estén a punto de desollarlo vivo o algo peor – dijo Henderson sin saber que esa información estaba despertando un torbellino de preguntas en el hombre que tenía delante – los del turno de noche no hacen más que quejarse, ¿sabe?. Yo les digo que hagan caso de lo que dice el viejo lobo, pero dicen que el Mitriclina es como una bomba de relojería, o algo así.
– ¿Ah, sí? – preguntó con un renovado tono de interés – hablaré con la gente de noche ahora mismo. Gracias, Will – se despidió el joven casi corriendo por los pasillos en busca de la sala de descanso para personal, deseando, casi rezando, que quedase alguien del turno de noche aún. Iba a hacer algo más que hablar con ellos, desde luego, iba a hacer él mismo un turno nocturno, y esa misma noche. Así Arquillo no tendría excusa alguna para alejarle de la habitación de Jack, no podía dejar a un paciente sin atender en plena crisis.
– ¡Oiga, a ver si algún día se viene a tomar una cerveza después del trabajo! – gritó el conserje de avanzada edad viendo al joven doctor girar por uno de los cientos de pasillos del edificio – caray, sí que tiene prisa. Debe ser que no escucha bastantes gritos por el día – comentó al aire echándose a reír, terminando de limpiar el suelo.

Maurice recorrió los pasillos del hospital a toda velocidad, notando cómo el corazón golpeaba en el pecho con excitación absoluta. La respiración, ligeramente más rápida por el paso apurado que llevaba, salía de él casi como en una vaharada de vapor. Cruzó ante la cristalera de recepción con vitas al patio abierto del exterior, nevado en aquella época del año, sin atender a las peticiones normales de los pacientes leves: golosinas, música, atención. En ese momento Unagras no habría parado ni siquiera ante un muro, tal era su ímpetu por encontrar a alguien con quien cambiar el turno de noche.

Recorrió los pasillos, que ahora conocía de memoria; apenas seis meses antes a duras penas lograba orientarse en la primera planta, y subió de dos en dos los escalones que debían llevarle a la quinta y última planta del edificio: la zona de despachos, residencia, baños, cocina y sala de recreo del personal sanitario.

Entró en la desierta cocina, apenas una triste habitación de cuatro metros de largo por tres de ancho que contaba con una mesa, cuatro sillas, un módulo de cuatro fuegos de gas, nevera minúscula y un viejo microondas. La decepción fue patente en su rostro pero no se rindió. Cruzó de nuevo la puerta por la que había entrado, la única de la habitación, y se dirigió directamente a la residencia.

Al entrar observó las cuatro literas de metal, tan viejas quizá como el mismo tiempo, que se encontraban vacías en ese momento. Se acercó a la pequeña habitación anexa que hacía las veces de vestidor ignorando el ya conocido y húmedo olor de moho de la moqueta – en cualquier hospital hay olores peores – le habían dicho la primera vez que percibió aquello, y chasqueó la lengua cuando vió que allí tampoco había nadie. Se dirigió al pequeño baño común y al fin encontró a alguien.

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