martes, 13 de mayo de 2014

La sombra del cielo |2|

Continuamos un poco más con el relato de ayer. 

-- Relato -- 

Tal vez no. – replica él, quedándose con la última palabra: detesta que su propia mente gane la discusión.
    Corre por las calles de la ciudad presa del pánico sin saber exactamente a dónde debería dirigirse. La opción más evidente es su casa, pero no quiere ir hacia allí en absoluto; intuye que en su hogar debe haber peligro: ese destello violáceo en el fluorescente, pese a tener una bombilla de 60w colgando desnuda del techo, no le ha gustado nada, le ha transmitido una sensación muy mala.
¿Y a dónde te planteas ir, genio? ¿Quizá a casa de tus padres? No creo que salgan muchos aviones de aquí hoy, ¿no te parece? – recrimina su cabeza con voz propia mientras trata de hacerle entender que no es la mejor de las opciones.
¡No lo sé! – exclama aterrorizado. La indecisión hace mella en él y no le permite buscar una opción correcta.
Creo que deberías decantarte por algo, y rápido. No creo que sea muy buena idea permanecer en la calle mucho tiempo más. – insiste su cabeza, elocuente.
    Durante un momento se hace la luz en su cabeza y lo comprende todo: todo lo que ha visto, o lo que ha creído ver, no ha sido más que un producto de su imaginación.
    Se golpea en la frente, sorprendido y decepcionado.
Vuelvo a hablar contigo, maldita sea. – suspira, negando con la cabeza. – ¿Cómo diablos he podido creer que todo lo que he visto ha sido real? – maldice por lo bajo, exasperado. – He vuelto a tomar la medicación a destiempo, debe ser eso.
– ¿Vas a creer esa mierda? – pregunta su voz interior, burlona. – Los dos sabemos que lo que has visto es real, Jack. Los dos sabemos que algo muy extraño está pasando aquí. ¿Qué se supone que vas a hacer, eh? ¿Ir a la oficina y pedir disculpas por haberte comportado como un jodido psicópata? Será gracioso, sí. Pero sobretodo será divertido ver cómo esas cosas te capturan a ti también y hacen vete a saber qué cosas. Seguro que tienen una sonda anal con tu nombre esperando. – protesta su voz interior con tono indiferente pero seguro.
    Se para en seco una vez más, dispuesto plantearse por un instante que esa voz interior, que ha debido tratar con fármacos durante años, tenga razón y todo en la ciudad sea extraño y peligroso.
Pero tú no eres real. – insistió, mirando a su alrededor. – Tú no eres más que un producto de mi cabeza…un trastorno psicológico causado por algún tipo de trauma que no consigo recordar…
    Mueren las palabras, idénticas a las que el psiquiatra pronunció dos años atrás, antes de que pueda acabar la frase. Sabe que, después de todo, hay algo de extraña realidad en toda la situación: no todo puede deberse a una simple alteración de la realdad.
Si yo no soy más que un recuerdo reprimido de tu infancia, ¿cómo explicas que sólo haya aparecido en los momentos necesarios? – pregunta su cabeza, con calma. – ¿Por qué no he estado ahí todo el tiempo?
– La medicación…la medicación te ha mantenido a raya. – insiste con tono suplicante. Es más fácil achacar los sucesos de la vida cotidiana a una mera alucinación.
Esa es una explicación pobre y vacía, Jack, y lo sabes. Durante dos años, seis meses, tres semanas, dos días y dieciséis horas te has tomado tu medicación a la hora exacta que debes tomártela. No has fallado ni un solo día, ni un solo minuto, y sin embargo he logrado aparecer. – replica su mente, firme y devastadora.
Eso ha sido porque mi cuerpo se ha adaptado a la medicación y ha sido necesario aumentarla… – insiste. Sabe que ha perdido la batalla y que la voz de su mente tiene toda la razón, pero le duele aceptar la derrota.
Que ese imbécil te haya aumentado la dosis de droga que te mete en el cuerpo para convertirte en un zombie, en una herramienta de producción, no significa que haya sido necesario aumentarla, ¿no te parece? – pregunta, guardando unos segundos de silencio. – Y mucho menos explica que yo haya aparecido en un momento determinado y me haya ido cuando YO he querido, ¿no te parece?
    Odia su voz interior casi tanto como al psiquiatra que se ha limitado a darle una medicación que le dejase aturdido y sin capacidad de razón. Su maldito yo interior tiene razón, una vez más. Aún con todo se resiste a creer que haya una invasión alienígena algo fuera de lo común sucediendo en la ciudad.
Adelante, Jack. Ve a tu puesto de trabajo. – anima su voz silenciosa. – Ve a ver qué ha pasado allí y pídele perdón a Betty la hipocondriaca por haberle reventado una silla en el pecho. – insiste, quizá con una sonrisa divertida en los labios que no él imagina. – Seguro que todos se alegran mucho de verte, ¿no? Quizá incluso te den un ascenso.
    Sabe que tiene razón, y le duele admitirlo. Sabe que no puede volver a la oficina así como así sin más. Sin embargo algo le empuja a ir a aquél lugar: una sensación de euforia y miedo que le empujan sin remisión.
Que tengas mucha suerte, Jack. – suena a despedida.
¿A dónde vas? – pregunta sin palabras pero con miedo.
Es hora de que me marche. – explica, sin dar detalles.
No, espera, por favor. Yo…no quiero ir solo. – pide con el mismo tono asustado.
    No obtiene respuesta, sabe que le ha ofendido de alguna manera y que tardará en volver a aparecer.
– Si es que lo hace alguna vez. – susurra en voz baja.
    Sus pasos son vacilantes pero incambiables: se dirige hacia la oficina, le guste o no.
    Por el camino no encuentra a demasiada gente en la calle, y los pocos que puede ver caminan de aquí para allá con andar errático: como si les hubiesen golpeado duramente en la cabeza y ahora estuviesen confusos, amnésicos, controlados, perdidos. Nada de todo aquello le gusta lo más mínimo pero su estúpido orgullo le ha obligado a dirigirse hacia allí.
Espero no arrepentirme de esto. – piensa, tratando de provocar una respuesta de su yo interior. Una respuesta que no llega.
    Se para delante de la entrada del edificio donde se sitúan las oficinas donde trabaja y suspira. Por un momento la entrada, oscura, le ha parecido ser la gran boca de alguna criatura que ha adoptado la forma del edificio. Cierra los ojos, pasando al interior.
Será mejor que dejes de sugestionarte, amigo. No es muy buena idea que vayas pensando que un monstruo espacial ha sustituido este edificio y que ahora viajas voluntariamente hacia su estómago, ¿sabes? No hace falta que nadie nos diga que tienes una imaginación demasiado…vívida. – piensa, luchando por no darse la vuelta y salir corriendo. Sí necesita que alguien le diga que tiene una imaginación demasiado potente: necesita que su voz interior aparezca de nuevo, no quiere sentirse solo.
    Al igual que cuando bajó decide subir por las escaleras, no quiere arriesgarse a quedar atrapado en el ascensor mientras un grupo de diminutos gnomos de jardín sube por los cables de éste para atraparle, y avanza en silencio: no quiere alertar a nadie.
Creo que tengo demasiados problemas en la cabeza. – piensa mirando por un segundo el hueco del ascensor que sube junto a él en las escaleras. Se estremece sólo de pensar en los gnomos de jardín.
    Descubre que tiene problemas más urgentes cuando entreabre la puerta de la oficina y echa un vistazo al interior sin llegar a entrar. Lo que ve le aterra y fascina al mismo tiempo, dejándole completamente petrificado, esperando a ser descubierto por lo que hay en el interior. 

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