-- Relato --
– Tal vez
no. – replica él, quedándose con la última palabra: detesta que su propia
mente gane la discusión.
Corre
por las calles de la ciudad presa del pánico sin saber exactamente a dónde
debería dirigirse. La opción más evidente es su casa, pero no quiere ir hacia
allí en absoluto; intuye que en su hogar debe haber peligro: ese destello violáceo
en el fluorescente, pese a tener una bombilla de 60w colgando desnuda del
techo, no le ha gustado nada, le ha transmitido una sensación muy mala.
– ¿Y a dónde
te planteas ir, genio? ¿Quizá a casa de tus padres? No creo que salgan muchos
aviones de aquí hoy, ¿no te parece? – recrimina su cabeza con voz propia
mientras trata de hacerle entender que no es la mejor de las opciones.
– ¡No lo
sé! – exclama aterrorizado. La indecisión hace mella en él y no le permite
buscar una opción correcta.
– Creo
que deberías decantarte por algo, y rápido. No creo que sea muy buena idea
permanecer en la calle mucho tiempo más. – insiste su cabeza, elocuente.
Durante
un momento se hace la luz en su cabeza y lo comprende todo: todo lo que ha
visto, o lo que ha creído ver, no ha sido más que un producto de su imaginación.
Se golpea
en la frente, sorprendido y decepcionado.
– Vuelvo
a hablar contigo, maldita sea. – suspira, negando con la cabeza. – ¿Cómo diablos he podido creer que todo lo
que he visto ha sido real? – maldice por lo bajo, exasperado. – He vuelto a tomar la medicación a destiempo,
debe ser eso.
– ¿Vas a
creer esa mierda? –
pregunta su voz interior, burlona. – Los dos
sabemos que lo que has visto es real, Jack. Los dos sabemos que algo muy
extraño está pasando aquí. ¿Qué se supone que vas a hacer, eh? ¿Ir a la oficina
y pedir disculpas por haberte comportado como un jodido psicópata? Será gracioso,
sí. Pero sobretodo será divertido ver cómo esas cosas te capturan a ti también
y hacen vete a saber qué cosas. Seguro que tienen una sonda anal con tu nombre
esperando. – protesta su voz interior con tono indiferente pero seguro.
Se para
en seco una vez más, dispuesto plantearse por un instante que esa voz interior,
que ha debido tratar con fármacos durante años, tenga razón y todo en la ciudad
sea extraño y peligroso.
– Pero tú
no eres real. – insistió, mirando a su alrededor. – Tú no eres más que un producto de mi cabeza…un trastorno psicológico
causado por algún tipo de trauma que no consigo recordar…
Mueren
las palabras, idénticas a las que el psiquiatra pronunció dos años atrás, antes
de que pueda acabar la frase. Sabe que, después de todo, hay algo de extraña
realidad en toda la situación: no todo puede deberse a una simple alteración de
la realdad.
– Si yo
no soy más que un recuerdo reprimido de tu infancia, ¿cómo explicas que sólo
haya aparecido en los momentos necesarios? – pregunta su cabeza, con calma.
– ¿Por qué no he estado ahí todo el
tiempo?
– La
medicación…la medicación te ha mantenido a raya. – insiste con tono
suplicante. Es más fácil achacar los sucesos de la vida cotidiana a una mera
alucinación.
– Esa es
una explicación pobre y vacía, Jack, y lo sabes. Durante dos años, seis meses,
tres semanas, dos días y dieciséis horas te has tomado tu medicación a la hora
exacta que debes tomártela. No has fallado ni un solo día, ni un solo minuto, y
sin embargo he logrado aparecer. – replica su mente, firme y devastadora.
– Eso ha
sido porque mi cuerpo se ha adaptado a la medicación y ha sido necesario
aumentarla… – insiste. Sabe que ha perdido la batalla y que la voz de su
mente tiene toda la razón, pero le duele aceptar la derrota.
– Que ese
imbécil te haya aumentado la dosis de droga que te mete en el cuerpo para
convertirte en un zombie, en una herramienta de producción, no significa que
haya sido necesario aumentarla, ¿no te parece? – pregunta, guardando unos
segundos de silencio. – Y mucho menos
explica que yo haya aparecido en un momento determinado y me haya ido cuando YO
he querido, ¿no te parece?
Odia su
voz interior casi tanto como al psiquiatra que se ha limitado a darle una
medicación que le dejase aturdido y sin capacidad de razón. Su maldito yo
interior tiene razón, una vez más. Aún con todo se resiste a creer que haya una invasión alienígena algo fuera de lo
común sucediendo en la ciudad.
– Adelante,
Jack. Ve a tu puesto de trabajo. – anima su voz silenciosa. – Ve a ver qué ha pasado allí y pídele perdón
a Betty la hipocondriaca por haberle reventado una silla en el pecho. –
insiste, quizá con una sonrisa divertida en los labios que no él imagina. – Seguro que todos se alegran mucho de verte,
¿no? Quizá incluso te den un ascenso.
Sabe que
tiene razón, y le duele admitirlo. Sabe que no puede volver a la oficina así
como así sin más. Sin embargo algo le empuja a ir a aquél lugar: una sensación
de euforia y miedo que le empujan sin remisión.
– Que
tengas mucha suerte, Jack. – suena a despedida.
– ¿A dónde
vas? – pregunta sin palabras pero con miedo.
– Es hora
de que me marche. – explica, sin dar detalles.
– No,
espera, por favor. Yo…no quiero ir solo. – pide con el mismo tono asustado.
No
obtiene respuesta, sabe que le ha ofendido de alguna manera y que tardará en
volver a aparecer.
– Si es que lo hace alguna vez. – susurra en
voz baja.
Sus pasos
son vacilantes pero incambiables: se dirige hacia la oficina, le guste o no.
Por el
camino no encuentra a demasiada gente en la calle, y los pocos que puede ver
caminan de aquí para allá con andar errático: como si les hubiesen golpeado
duramente en la cabeza y ahora estuviesen confusos, amnésicos, controlados, perdidos. Nada de todo
aquello le gusta lo más mínimo pero su estúpido orgullo le ha obligado a
dirigirse hacia allí.
– Espero
no arrepentirme de esto. – piensa, tratando de provocar una respuesta de su
yo interior. Una respuesta que no llega.
Se para
delante de la entrada del edificio donde se sitúan las oficinas donde trabaja y
suspira. Por un momento la entrada, oscura, le ha parecido ser la gran boca de
alguna criatura que ha adoptado la forma del edificio. Cierra los ojos, pasando
al interior.
– Será
mejor que dejes de sugestionarte, amigo. No es muy buena idea que vayas
pensando que un monstruo espacial ha sustituido este edificio y que ahora
viajas voluntariamente hacia su estómago, ¿sabes? No hace falta que nadie nos
diga que tienes una imaginación demasiado…vívida. – piensa, luchando por no
darse la vuelta y salir corriendo. Sí necesita que alguien le diga que tiene
una imaginación demasiado potente: necesita que su voz interior aparezca de
nuevo, no quiere sentirse solo.
Al igual
que cuando bajó decide subir por las escaleras, no quiere arriesgarse a quedar
atrapado en el ascensor mientras un grupo de diminutos gnomos de jardín sube
por los cables de éste para atraparle, y avanza en silencio: no quiere alertar
a nadie.
– Creo
que tengo demasiados problemas en la cabeza. – piensa mirando por un
segundo el hueco del ascensor que sube junto a él en las escaleras. Se estremece
sólo de pensar en los gnomos de jardín.
Descubre
que tiene problemas más urgentes cuando entreabre la puerta de la oficina y echa
un vistazo al interior sin llegar a entrar. Lo que ve le aterra y fascina al
mismo tiempo, dejándole completamente petrificado, esperando a ser descubierto
por lo que hay en el interior.
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