Los jinetes a caballo no habían dudado un sólo instante en lanzarse tras él en cuanto lograron encontrarlo, obligándole a adentrarse cada vez más en el desierto; por suerte para él ya era de noche, lo que le ayudaría a ocultarse.
Corría tratando de buscar una buena zona en la que poder esconderse para darles esquinazo, pero sin éxito: kilómetros de terreno completamente plano se extendía frente a sus ojos, hacia el infinito.
- Espero que no se te esté ocurriendo la genial idea de dar media vuelta para encararles. - dijo su cabeza con tono serio. - ¿Por qué no? Eso sería mejor que dejar que nos atrapasen sin más, ¿no? - preguntó en voz baja. No quería que aquellas cosas le escuchasen. - ¿Porque es más sencillo correr? Esos caballos no están preparados para meterse por aquí, se les están enterrando las patas en la arena y cada vez están más cansados. - respondió su cabeza con tono suave.
La tentación de girarse para ver si aquella voz interior tenía razón era grande, pero decidió que era mejor no hacerlo: si se giraba y los descubría demasiado cerca de ellos sería demasiado terrorífico como para poder obligarse a correr de nuevo.
Volvió a lanzarse a correr, rezando para que su mente tuviese razón y aquellas criaturas estuviesen cada vez más lejos de él.
- ¿Pero qué diablos son esas...cosas? - preguntó en voz baja. - Pesadillas, ya te lo dijo la pared, ¿no? Las pesadillas vienen de camino. - pronunció la cita con tono lapidario. - Muy gracioso. - se recriminó. - Ahora en serio, ¿qué diablos quieren de nosotros? - ¿Cómo voy a saberlo? Tú solo corre y no mires atrás. Más adelante nos pararemos a ver quiénes diablos son y qué quieren. Pero en mi humilde opinión dudo que sean amables repartidores de pizza. - respondió su cabeza.
Caminó durante casi hora y media sin encontrar un lugar donde poder esconderse hasta que finalmente encontró una especie de colina rocosa no muy lejos de él. Estaba agotado y necesitaba dormir un buen rato, por lo que se encaminó hacia el lugar.
Al llegar observó con agradecimiento la entrada de una cueva, y haciendo caso omiso de su cabeza entró en ella sin preocuparse de que ya pudiese estar habitada. Se adentró lo suficiente como para no poder ser visto desde el exterior y se dejó caer en el suelo, agotado.
- No creo que esto sea muy buena idea. - dijo su cabeza, intentando obligarle a despertar de nuevo. Sin embargo él ya se había quedado completamente dormido. - Bien...bueno, ya te llevarás la sorpresa mañana, cuando despiertes.
Su cerebro había captado las imágenes pintadas en las paredes de la cueva.