La parte menos positiva de la historia es que entre este nuevo proyecto, mi segundo libro, un poco de rol interpretativo que llevo con una gran amiga, los vicios a la ps4 y el blog pues la cosa me sobrepasa un poco, por lo que me temo que probablemente sea el blog lo que tenga menos actividad como de costumbre.
No obstante hoy voy a publicar algo mucho mejor de leer que esta pequeña chorrada de aquí arriba. Algo que tiene que ver un un auténtico juegazo que me he encontrado en la ps4 como Free to play, un auténtico free to play, que se llama Warframe.
Podría contaros cosas sobre el juego pero he decidido pasaros el enlace directo para que vosotros mismos le echéis un vistazo al juego y os animéis a probarlo tanto en pc como en ps4 (free to play, es decir gratis). https://warframe.com/es
Lo que yo voy a postear a continuación es una pequeña historia inventada sobre uno de los tantos personajes del juego. Aquí va:
-- Relato --
Oberon; el paladín caído.
<<Cuando la guerra
amenace la paz tan sólo toca el cuerno de plata; él acudirá a la llamada>>
Sürn-Rahn, profeta de
las estrellas.
La guerra siempre fue la mayor amenaza que
azotó jamás el conjunto de la galaxia ya que ningún pueblo, fuese de la raza
que fuese, podía escapar a ella.
Durante años él pasó inadvertido ante los
ojos de todos, sólo fue un mero espectador de la barbarie que azotaba a los
pueblos y trató de ayudarlos. Tenía conocimientos médicos, adquiridos en las
montañas sagradas, y los aplicaba para aliviar el dolor de los heridos; durante
años se dedicó en cuerpo y alma a aliviar el dolor de aquellos que sufrían, viviendo
en paz y soledad.
Sin embargo la guerra llegó a sus tierras,
y él tuvo que tomar parte aunque no quisiese hacerlo.
–
Marchaos ahora, ignorad esta tierra. Pasad de largo con vuestra muerte y
dejadnos vivir en paz. – pidió el anciano del pueblo.
–
Viejo estúpido, no puedes resistirte al poder de los Grinner. – espetó el joven
capitán, al mando de diez hombres armados. – Tomaremos lo que nos plazca, no
intentéis detenernos.
–
Algún día alguien os hará pagar por vuestros crímenes. – sentenció el anciano,
sentenciando su propia vida.
El destacamento de los Grinner arrasó el
pueblo, llevándose cualquier cosa que les interesase. Ejecutaron a todo aquél
que opuso resistencia.
–
Nadie puede derrotarnos. – exclamó el capitán riendo ante la cabeza, cortada y
clavada en una pica, del anciano. – Ni tú, ni nadie.
El paladín sanador regresó de las montañas
para continuar aliviando a los heridos. Se detuvo en seco al ver las ruinas del
pueblo, meros esqueletos calcinados, y los cuerpos asesinados en el suelo sin
ningún tipo de sepultura ni honra.
Corrió hacia el que una vez acudió,
malherido y exhausto, para tratar de ayudar a aquella gente que le había
acogido como a uno más y que le había curado, salvándole la vida al enseñarle
otra distinta.
Un superviviente se arrastraba por el suelo
hacia donde se encontraba, él corrió a su encuentro para ayudarle.
–
¿Quién os ha hecho esto? – preguntó, mirándolo a los ojos.
–
La guerra, paladín. – susurró con voz débil. – La guerra ha estallado de nuevo,
y nos ha salpicado.
–
Te prometo que vivirás. – aseguró mientras curaba sus heridas con manos
temblorosas.
–
Tienes que volver a tomar las armas, paladín. – susurró el herido, esputando
sangre. – Tienes que impedir que la guerra se extienda más allá. Sé que te pido
algo duro, algo que juraste no volver hacer, pero tienes que hacerlo.
Prométemelo, paladín, prométeme que cortarás de raíz el mal que amenaza la paz.
– suplicó, con los ojos empañados.
–
Tienes mi palabra de que acabaré con la guerra, hermano. – respondió él con los
ojos cargados de lágrimas.
Cargó con el único superviviente de su
pueblo. Durante tres días cruzaron las montañas, sin pararse a descansar,
llegando así a la ciudad más cercana para que le curasen.
–
¿Sobrevivirá? – preguntó, mirando a los médicos que le atendían.
–
No lo sabemos. – respondió uno de ellos, mirándolo a los ojos. – Pero si los
Grinner llegan aquí, no sobrevivirá nadie.
–
Los Grinner no llegarán aquí. – respondió con firmeza, antes de marcharse.
Volvió a las montañas, tenía trabajo que
hacer. Forjó una vez más su espada de combate y la imbuyó con las promesas de
paz que había hecho al hombre, y con las de venganza que él hacía ahora al
acero.
–
Sea así que el acero vuelva a brillar al sol. Sea así que el acero vuelva a
bañarse en la sangre de mis enemigos. Sea así que mi alma no encuentre descanso
hasta que no haya acabado con la guerra. – exclamó, en lo alto de la montaña
nevada, alzando el arma hacia el sol. El acero brilló con fuerza durante un
segundo. Aquella noche el acero se bañó en la sangre de los responsables de
aquella masacre.