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miércoles, 2 de abril de 2014

Día de la frikada máxima

¡Buenos días! Hoy estoy bastante contento aunque la mañana está siendo más bien lenta. Estoy formando parte de un proyecto más grande y estoy muy ilusionado con todo lo que ello conlleva. 

La parte menos positiva de la historia es que entre este nuevo proyecto, mi segundo libro, un poco de rol interpretativo que llevo con una gran amiga, los vicios a la ps4 y el blog pues la cosa me sobrepasa un poco, por lo que me temo que probablemente sea el blog lo que tenga menos actividad como de costumbre. 

No obstante hoy voy a publicar algo mucho mejor de leer que esta pequeña chorrada de aquí arriba. Algo que tiene que ver un un auténtico juegazo que me he encontrado en la ps4 como Free to play, un auténtico free to play, que se llama Warframe. 

Podría contaros cosas sobre el juego pero he decidido pasaros el enlace directo para que vosotros mismos le echéis un vistazo al juego y os animéis a probarlo tanto en pc como en ps4 (free to play, es decir gratis). https://warframe.com/es
Lo que yo voy a postear a continuación es una pequeña historia inventada sobre uno de los tantos personajes del juego. Aquí va:

-- Relato -- 

Oberon; el paladín caído.

<<Cuando la guerra amenace la paz tan sólo toca el cuerno de plata; él acudirá a la llamada>>
Sürn-Rahn, profeta de las estrellas.

    La guerra siempre fue la mayor amenaza que azotó jamás el conjunto de la galaxia ya que ningún pueblo, fuese de la raza que fuese, podía escapar a ella.
    Durante años él pasó inadvertido ante los ojos de todos, sólo fue un mero espectador de la barbarie que azotaba a los pueblos y trató de ayudarlos. Tenía conocimientos médicos, adquiridos en las montañas sagradas, y los aplicaba para aliviar el dolor de los heridos; durante años se dedicó en cuerpo y alma a aliviar el dolor de aquellos que sufrían, viviendo en paz y soledad.
    Sin embargo la guerra llegó a sus tierras, y él tuvo que tomar parte aunque no quisiese hacerlo.

– Marchaos ahora, ignorad esta tierra. Pasad de largo con vuestra muerte y dejadnos vivir en paz. – pidió el anciano del pueblo.
– Viejo estúpido, no puedes resistirte al poder de los Grinner. – espetó el joven capitán, al mando de diez hombres armados. – Tomaremos lo que nos plazca, no intentéis detenernos.
– Algún día alguien os hará pagar por vuestros crímenes. – sentenció el anciano, sentenciando su propia vida.

    El destacamento de los Grinner arrasó el pueblo, llevándose cualquier cosa que les interesase. Ejecutaron a todo aquél que opuso resistencia.

– Nadie puede derrotarnos. – exclamó el capitán riendo ante la cabeza, cortada y clavada en una pica, del anciano. – Ni tú, ni nadie.

    El paladín sanador regresó de las montañas para continuar aliviando a los heridos. Se detuvo en seco al ver las ruinas del pueblo, meros esqueletos calcinados, y los cuerpos asesinados en el suelo sin ningún tipo de sepultura ni honra.
    Corrió hacia el que una vez acudió, malherido y exhausto, para tratar de ayudar a aquella gente que le había acogido como a uno más y que le había curado, salvándole la vida al enseñarle otra distinta.
    Un superviviente se arrastraba por el suelo hacia donde se encontraba, él corrió a su encuentro para ayudarle.

– ¿Quién os ha hecho esto? – preguntó, mirándolo a los ojos.
– La guerra, paladín. – susurró con voz débil. – La guerra ha estallado de nuevo, y nos ha salpicado.
– Te prometo que vivirás. – aseguró mientras curaba sus heridas con manos temblorosas.
– Tienes que volver a tomar las armas, paladín. – susurró el herido, esputando sangre. – Tienes que impedir que la guerra se extienda más allá. Sé que te pido algo duro, algo que juraste no volver hacer, pero tienes que hacerlo. Prométemelo, paladín, prométeme que cortarás de raíz el mal que amenaza la paz. – suplicó, con los ojos empañados.
– Tienes mi palabra de que acabaré con la guerra, hermano. – respondió él con los ojos cargados de lágrimas.

    Cargó con el único superviviente de su pueblo. Durante tres días cruzaron las montañas, sin pararse a descansar, llegando así a la ciudad más cercana para que le curasen.

– ¿Sobrevivirá? – preguntó, mirando a los médicos que le atendían.
– No lo sabemos. – respondió uno de ellos, mirándolo a los ojos. – Pero si los Grinner llegan aquí, no sobrevivirá nadie.
– Los Grinner no llegarán aquí. – respondió con firmeza, antes de marcharse.

    Volvió a las montañas, tenía trabajo que hacer. Forjó una vez más su espada de combate y la imbuyó con las promesas de paz que había hecho al hombre, y con las de venganza que él hacía ahora al acero.


– Sea así que el acero vuelva a brillar al sol. Sea así que el acero vuelva a bañarse en la sangre de mis enemigos. Sea así que mi alma no encuentre descanso hasta que no haya acabado con la guerra. – exclamó, en lo alto de la montaña nevada, alzando el arma hacia el sol. El acero brilló con fuerza durante un segundo. Aquella noche el acero se bañó en la sangre de los responsables de aquella masacre.