viernes, 31 de enero de 2014

Dejando volar la imaginación

Desde que he terminado el relato del laberinto he ido actualizando el blog prácticamente con el de Vidas sin valor. He empezado a escribir algo de los años 50 que me ha acabado encantando y he decidido guardármelo para mi mientras lo continúo escribiendo; si de eso resulta un libro completo pues eso que he ganado xD, si por el contrario se queda en un relato pues lo iré subiendo poco a poco. 

Creo que no es una buena idea actualizar día a día el blog sólo con el mismo relato, que empieza a tomar un cariz algo más interesante pero que aún no me termina de convencer, por lo que voy a dejar divagar la mente a ver qué sale, y si resulta interesante pues ya lo iré desarrollando. 

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    Como cada mañana el doctor Roldán Beaumont salió de su casa a las seis y media de la madrugada. Se introdujo con cierta pereza somnolienta en su deportivo renovado y se enfiló hacia su puesto de trabajo como médico jefe en el hospital para enfermos mentales Neofutura. La música clásica iba sonando con más fuerza en el sistema de sonido a medida que iba acelerando la velocidad con creciente sonrisa. - Hoy es un nuevo día lleno de oportunidades para aprender, y descubrir - pensó cerrando los ojos durante un momento, extasiado por el sonido que le envolvía; no podía esperar a llegar al hospital donde trabajaba para poder disfrutar aún más de la música mientras "descubría" aspectos nuevos de las enfermedades de sus pacientes. 

Era un hombre de mediana edad, rozando casi los cincuenta y dos años, alto y de aspecto fuerte, con el pelo corto de un desteñido marrón claro y un frondoso bigote del mismo color. Vestía en ese momento con unos sencillos vaqueros color marrón claro y una camisa blanca que decoraba normalmente con una corbata de color suave, llevando dos zapatos de cuero auténtico, pero no podía esperar a llegar al centro psiquiátrico para poder enfundarse en su flamante e impecable bata blanca con la que cubría su aspecto de ser humano, ahogando las cuestiones de la ética y la moral bajo el fuerte peso del descubrimiento científico. - Sí, un maravilloso día para hacer nuevos avances con los que poder ayudar a la humanidad - se dijo lleno de orgullo y satisfacción; Beaumont era un hombre enamorado de tres grandes cosas de la vida: de sí mismo, de su trabajo, y de la persona a la que veía cada vez que se miraba en el espejo. 

La propiedad del centro psiquiátrico abarcaba casi cien kilómetros de terreno a la redonda, una gran esfera terrestre de dolor y locura. El edificio central era un gran cilindro de casi cincuenta metros de alto y casi el doble de ancho. En él residían presidiarios considerados enfermos mentales que eran llevados allí siempre de noche, metidos en camiones anónimos. Una inmensa valla electrificada con cuchillas en la parte superior e inferior rodeaba todo el terreno del complejo. Habían cientos de pequeños edificios, todos cilíndricos, salpicados por el páramo verde de las instalaciones pero no eran ni la mitad de imponentes que el edificio principal; a decir verdad muy pocos de los trabajadores del centro psiquiátrico conocían para qué se usaban aquellos edificios, pero sabían que los pacientes a los que cuidaban no querían acercarse a ellos por nada del mundo. 

Roldán llegó en su vehículo a la entrada principal y mostró las credenciales identificativas al guardia de seguridad que custodiaba la puerta exterior, que abrió sin perder tiempo saludando de manera educada sin recibir respuesta. El médico se dirigió en completo silencio hacia su plaza de aparcamiento y se dirigió con paso rápido hacia el interior del edificio. Sonrió complacido al ver que varios de los pacientes que habían reparado en su repentina presencia huían de él como de la muerte - Bien, pequeñas cobayas. Corred, corred. Corretead libres por donde queráis porque tarde o temprano en la trampa caeréis - canturreó para sí mientras se dirigía hacia su despacho, donde comenzó el religioso ritual de la puesta de la bata.Durante unos minutos esperó en silencio ante la puerta de su despacho mientras dejaba que los vestigios del hombre fuesen ahogados, relegados a un segundo plano, y que la esencia del investigador le poseyera. Cuando estuvo listo salió con una sonrisa afilada en los labios y un brillo satisfecho en los ojos. 

- Lo que más me gusta de mi trabajo, sin duda, es que nadie pregunta nunca por estos pacientes. A nadie les importan lo más mínimo, lo cual me deja total libertad para poder investigar y descubrir - pensó mientras caminaba en silencio por el pasillo sin hacer ruido, quería volver a ahuyentar a los pacientes. 

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