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Ah, los pequeños placeres de la vida. Qué insulsa sería ésta sin esos pequeños
momentos – pensó con una sonrisa feliz al ver cómo
huían una vez más despavoridos, tratando de colocarse en algún lugar donde él
no los viera y, por tanto, no los seleccionara para sus…investigaciones. Los pobres
diablos no sabían que en el centro psiquiátrico no existía ningún lugar que
escapase a sus ojos – Bien, bien. ¿Quién de vosotros, pequeños conejitos
adorables, quiere venir conmigo? Os voy a dar caramelos y juguetes para que
podáis divertiros – dijo mirándolos por la sala, con una sonrisa fija en los
labios. Probablemente ninguno de ellos volviese a caer en la trampa a excepción
de que se cumpliesen dos factores determinantes: que fuesen recién llegados o
que estuviesen demasiado drogados como para discernir la realidad de sus
extraños mundos de fantasía; aquellos eran sujetos apartados de la sociedad por
cometer crímenes demasiado violentos o extraños como para permitir que
estuviesen lúcidos la gran parte del tiempo, por lo que estaban casi siempre
sometidos a calmantes y tranquilizantes bastante potentes. – Bueno, bueno –
dijo Beaumont poniendo los brazos en jarras fingiendo enfado – ¿Acaso voy a
tener que cazaros para poder ayudaros? Eso no es nada bueno, muchachos. Yo soy
el doctor y quiero ayudaros – sonrió con cierta ironía – No deberíais huir de
mi.
Avanzó con aire distraído por la sala donde se
encontraban encerrados la media docena de pacientes y sonrió mirándolos uno a
uno, decidiendo a cuál de todos llevarse a su “guarida oscura”. No era de
extrañar que aquellos pacientes creyesen que se trataba del mismísimo ogro.
- ¡Tú, 342! – exclamó agarrando a uno de los
pacientes, llamándolo con un número inventado. Era más fácil tratar con números
que con personas; la bata blanca era poderosa pero no conseguía eliminar por sí sola los
vestigios de la conciencia, por eso inventaba números para que el médico no se
sintiese propenso a rechazar sus designios.
- ¡No! – gritó el paciente, un hombre, tratando de
huir.
- Quieto, 432 – respondió Beaumont con una sonrisa
divertida – O será mucho peor para ti, ¿quieres que te lleve al cuarto de
castigo? – sonrió.
- ¡No, eso no doctor! – exclamó el paciente
parándose en el momento en que le nombró aquél lugar – Me portaré bien, se lo
prometo.
- Entonces vamos, 243 – sonrió divertido viendo cómo
el desgraciado paciente caminaba delante de él desfilando en penosa procesión
hacia donde el médico desease.
- Por favor doctor – dijo en voz baja – No quiero
más chispas – siguió en tono infantil – Las voces de mi cabeza prometen que se
marcharán, de verdad.
- Entonces hacia la sala de electroshock, 563 –
sonrió divertido el médico, sentenciando al pobre paciente a lo que le había
suplicado que no – Estamos cerca de eliminar esas voces, ¿verdad? Cuando lo
hayamos hecho podrás pasar a un nuevo edificio para tu recuperación.
El paciente avanzó por el pasillo temblando de forma
compulsiva, casi al borde de un ataque. Roldán sabía perfectamente por qué se
producía esa reacción: el paciente 453, o el número que fuese en realidad, si
es que era alguno, ya había avanzado algunos edificios en su “recuperación”
pero había sido enviado de vuelta por mostrarse “reacio a la colaboración”
sabría dios a qué cosas se había enfrentado en aquellas otras silenciosas
paredes. Sólo dios y Beaumont lo sabrían de primera mano sin sufrir las
consecuencias. Sabía perfectamente que el sujeto estaba temblando de puro
miedo.
- No quiero chispas, no quiero chispas, no, no, me
portaré bien – susurró con voz temblorosa, casi al borde del llanto.
- Silencio, 670, estás perturbando la paz del centro
– reprobó el médico con voz autoritaria – Ahora entra ahí y déjate ayudar.
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