sábado, 1 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

Continuamos con el proyecto de Roldán Beaumont. 

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- Ah, los pequeños placeres de la vida. Qué insulsa sería ésta sin esos pequeños momentos – pensó con una sonrisa feliz al ver cómo huían una vez más despavoridos, tratando de colocarse en algún lugar donde él no los viera y, por tanto, no los seleccionara para sus…investigaciones. Los pobres diablos no sabían que en el centro psiquiátrico no existía ningún lugar que escapase a sus ojos – Bien, bien. ¿Quién de vosotros, pequeños conejitos adorables, quiere venir conmigo? Os voy a dar caramelos y juguetes para que podáis divertiros – dijo mirándolos por la sala, con una sonrisa fija en los labios. Probablemente ninguno de ellos volviese a caer en la trampa a excepción de que se cumpliesen dos factores determinantes: que fuesen recién llegados o que estuviesen demasiado drogados como para discernir la realidad de sus extraños mundos de fantasía; aquellos eran sujetos apartados de la sociedad por cometer crímenes demasiado violentos o extraños como para permitir que estuviesen lúcidos la gran parte del tiempo, por lo que estaban casi siempre sometidos a calmantes y tranquilizantes bastante potentes. – Bueno, bueno – dijo Beaumont poniendo los brazos en jarras fingiendo enfado – ¿Acaso voy a tener que cazaros para poder ayudaros? Eso no es nada bueno, muchachos. Yo soy el doctor y quiero ayudaros – sonrió con cierta ironía – No deberíais huir de mi.

Avanzó con aire distraído por la sala donde se encontraban encerrados la media docena de pacientes y sonrió mirándolos uno a uno, decidiendo a cuál de todos llevarse a su “guarida oscura”. No era de extrañar que aquellos pacientes creyesen que se trataba del mismísimo ogro.

- ¡Tú, 342! – exclamó agarrando a uno de los pacientes, llamándolo con un número inventado. Era más fácil tratar con números que con personas; la bata blanca era poderosa  pero no conseguía eliminar por sí sola los vestigios de la conciencia, por eso inventaba números para que el médico no se sintiese propenso a rechazar sus designios.
- ¡No! – gritó el paciente, un hombre, tratando de huir.
- Quieto, 432 – respondió Beaumont con una sonrisa divertida – O será mucho peor para ti, ¿quieres que te lleve al cuarto de castigo? – sonrió.
- ¡No, eso no doctor! – exclamó el paciente parándose en el momento en que le nombró aquél lugar – Me portaré bien, se lo prometo.
- Entonces vamos, 243 – sonrió divertido viendo cómo el desgraciado paciente caminaba delante de él desfilando en penosa procesión hacia donde el médico desease.
- Por favor doctor – dijo en voz baja – No quiero más chispas – siguió en tono infantil – Las voces de mi cabeza prometen que se marcharán, de verdad.
- Entonces hacia la sala de electroshock, 563 – sonrió divertido el médico, sentenciando al pobre paciente a lo que le había suplicado que no – Estamos cerca de eliminar esas voces, ¿verdad? Cuando lo hayamos hecho podrás pasar a un nuevo edificio para tu recuperación.

El paciente avanzó por el pasillo temblando de forma compulsiva, casi al borde de un ataque. Roldán sabía perfectamente por qué se producía esa reacción: el paciente 453, o el número que fuese en realidad, si es que era alguno, ya había avanzado algunos edificios en su “recuperación” pero había sido enviado de vuelta por mostrarse “reacio a la colaboración” sabría dios a qué cosas se había enfrentado en aquellas otras silenciosas paredes. Sólo dios y Beaumont lo sabrían de primera mano sin sufrir las consecuencias. Sabía perfectamente que el sujeto estaba temblando de puro miedo.

- No quiero chispas, no quiero chispas, no, no, me portaré bien – susurró con voz temblorosa, casi al borde del llanto.

- Silencio, 670, estás perturbando la paz del centro – reprobó el médico con voz autoritaria – Ahora entra ahí y déjate ayudar. 

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