La araña había hablado y él sintió el miedo sacudirle de
lleno. Era posible que lo hubiese dicho para los dos pero estaba convencido de
que no, que se dirigía a él.
- ¡No es justo, zorra! Teníamos un trato. Irías
a por ellos primero y luego a por mí! – exclamó Zack mientras corría a toda
prisa por el túnel, adentrándose más y más en la tierra.
- No seas tan egocéntrico, ¿quieres? No voy a
por ti, sino a por el otro imbécil – dijo la araña con tono burlón en la
voz.
- ¡NO! Habíamos hecho un trato – gritó Michael
con miedo - ¿Qué hay de eso?
- Sí, lo habíamos hecho. Ya he ido a por uno
de ellos, y ahora te toca a ti – dijo la voz, acercándose.
- Pero en nuestro trato habíamos hablado de
que te ocupabas de los dos y yo mientras buscaba la salida. ¿Qué ha cambiado
ahora?
- Ha cambiado que hace mucho tiempo que no
pruebo la carne humana. Tú estás buscando una salida que no existe, yo ya la he
buscado durante milenios. ¿Pero y si se diera el caso de que la encontrases? Te
marcharías de aquí sin decirme nada, dejándome aquí solo. Sin embargo el trato
de tu amigo es que os devoro a ambos y luego voy a por él. Él no intentará
escapar de aquí, así que obviamente tú eres el siguiente.
Aquello
provocó que Michael se sintiese totalmente aterrado. Trató de huir una vez más
escalando las lisas paredes de la pirámide pero resultó en vano, caía una y
otra vez sin poder aferrarse a nada para escalar. Su pulso era cada vez más
acelerado y sentía cómo el aliento le quemaba la garganta cada vez respiraba. Era
el fin, debía serlo.
- Esto no puede ser de verdad, no debe ser de
verdad. Dios mío, ¿por qué yo? ¿Por qué? ¡No quiero morir, no quiero! ¡Déjame
en paz, por favor, déjame en paz! – suplicó desesperado. La araña comenzó a
reír una vez más como respuesta a las súplicas.
Se dio
la vuelta tratando de volver hacia el laberinto. Quizá allí pudiese despistar a
la araña, hacer que se cansara para poder huir hacia algún otro lugar. Era un
riesgo puesto que sabía que la araña estaba recorriendo esos mismos túneles
pero tenía la esperanza de poder llegar. Si lo conseguía estaría a salvo, al
menos durante un tiempo.
- ¿Pero para qué alargar más la espera? Cuando
te atrape todo habrá acabado. Ya no habrá
más dolor, más miedo. Nada, no habrá nada.
- Porque no quiero morir, ¿no lo
entiendes? Nadie quiere morir.
- ¿Por qué? ¿Por miedo a lo que habrá
después? ¿O tal vez a lo que no habrá después?
- No lo sé, joder, no lo sé. Sólo sé que
tengo miedo, que no quiero morir. Déjame, por favor, déjame.
- Tus súplicas sólo me alimentan más,
pequeña mosca.
Comenzó
a descender por el túnel principal a toda prisa cuando se tropezó de lleno
contra la araña. Su mente no lograba comprender la imagen que veía, pero sí
comprendía la esencia del miedo. Debía tener miedo a aquella criatura, y se lo
tenía. Trató de darse la vuelta para huir de nuevo pero ella le atrapó con su
tela, envolviéndole en ella. Trató de gritar, de revolverse, pero no pudo
lograrlo; la tela le cubrió por completo a toda velocidad impidiéndole todo
movimiento, todo grito. Cerró los ojos intentando ahogar el miedo que sentía. No
pudo volver a abrirlos.
Ella
se lo llevaba a su madriguera.
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