viernes, 17 de enero de 2014

El laberinto - penúltimo capítulo

Su cerebro había logrado permanecer cuerdo pese a la horrenda visión de la araña. Le había causado miedo, horror, aborrecimiento, asco…y mil sentimientos más que se agolpaban como locos queriendo salir a flote, pero eran tantos que era imposible que su subconsciente pudiese dejarlos salir, era como si se hubiesen atascado y eso era bueno, gracias a eso no se había vuelto loco, ni se había muerto en el acto al ver a la araña. Muerte por miedo.

- Esta es la pesadilla más grande que he tenido en toda mi puta vida, y no sé si realmente es una pesadilla en realidad o definitivamente es la verdad, pero no me interesa averiguarlo. No, claro que no – pensaba mientras corría por los túneles una vez más. Habían pasado horas desde la última vez que había comido o bebido nada, pero extrañamente aquellas habían dejado de ser preocupaciones en las que pensar. ¿O acaso realmente su cuerpo había dejado de sentir hambre y sed, porque se había saciado?
- El miedo alimenta, sí. Pero no alimenta al que tiene miedo, sino a quien lo provoca, pequeña mosca. Gracias a vuestro miedo he vuelto a la vida – aseguró la araña con una nueva sonrisa burlona.
- Claro, claro. Estabas aletargada y gracias al miedo que nos has provocado desde que nos caímos aquí dentro has rejuvenecido, ¿verdad? – preguntó el hombre, irónico.

La araña tardó un poco en responder. Aquellos segundos de silencio se hicieron eternos para el hombre.

- Me sorprendes, lo digo sinceramente  - dijo finalmente la araña – Es casi exactamente como has dicho, sí. Estaba aletargada, moribunda si lo prefieres, pero gracias a que vuestro miedo ha sido más potente he podido rejuvenecer más rápido.
- ¿Más potente? ¿Qué se supone que quieres decir con eso, eh?
- Pues que me he alimentado todos estos siglos de vuestro miedo, pequeña mosca. ¿Quién crees que os ha provocado las pesadillas a lo largo de vuestra historia? He sido yo, yo he entrado en vuestras mentes cuando dormíais y os provocaba el horror más absoluto para poder sobrevivir. Pero mi influencia sobre vosotros se había ido debilitando, me estaba muriendo. Unos siglos más y creo que todo hubiese acabado para mí. Pero entonces todo cambió.

Zack estaba convencido de que la maldita araña estaba loca, desvariaba. Debía de ser así si creía que realmente ella podía causar los horrores nocturnos de todos los humanos a lo largo de la historia, aquello era algo demasiado grande como para poder creerlo. Aunque…ella no había dicho que provocase las pesadillas de todos los humanos, ¿verdad? No, no lo había dicho.

- ¿Qué, qué fue lo que cambió? – preguntó Zack con interés. Quizá gracias a las respuestas de la araña pudiese encontrar la clave para escapar, o en último caso para enfrentarse a ella.
- Un buen día se presentaron ante ti, un viejo y fracasado saqueador de tumbas, dos arqueólogos de cierta universidad. Te ofrecieron un trabajo para que los guiases por las montañas, ¿no es cierto? Querían encontrar cierta cámara funeraria de una civilización primitiva – dijo la araña con satisfacción. Así era exactamente cómo James y Michael se habían presentado ante él.
- No, no te creo. Tú no les pudiste hacer creer que aquí estaba eso que tanto querían encontrar.

La araña volvió a reír una vez más, encantada por la ignorancia del hombre.

- ¿Y no es eso lo que es, exactamente? No deja de ser una cámara funeraria. Solo que en lugar de guardar el cuerpo de algún rey olvidado guardaba los restos de miles de humanos que me encerraron. Y vosotros lograsteis encontrarme, alimentarme, revivirme. Y yo ahora os lo pago con muerte…irónico, ¿verdad?

- Sí, un poco sí – asintió el hombre, cansado.

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