jueves, 16 de enero de 2014

Vidas sin valor IX

Miedo. Silencio. Incomprensión. Miedo.

No comprende qué diablos está pasando en ese momento, pero sabe que es imposible que pueda ser real. No ve a sus compañeros, han desaparecido; en su lugar ve objetivos, dianas que abatir. No sabe qué diablos le está pasando por la mente en ese momento, pero no le gusta. No le gusta en absoluto. Al despertar lo hizo aturdido, desorientado, perdido, convencido. Sangre, tenía que derramar sangre, no importaba de quién, no importaba de cuántos. Tenía que derramar toda la sangre que pudiese, después todo se aclararía en su  mente y podría volver a pensar con claridad, Eso se lo había dicho y él lo creía ciegamente. Se arrastró por el suelo sin hacer ruido, consciente de que sus presas huirían si le veían en aquél momento. Se había alejado lo suficiente de aquél maldito hangar para poder planificar su próximo movimiento, para poder regodearse ante la idea de derramar sangre. ¿A mordiscos? Podía desgarrar carne, reducir a polvo el hueso. ¿Con las propias manos? Podía desmembrar cualquier cosa. No importaba cómo, no importaba qué, tenía que derramar sangre, y tenía que hacerlo deprisa. De lo contrario Eso, lo que fuese Eso, se le lanzaría encima y le retorcería el cerebro hasta romperlo. Lo había estado haciendo hasta que despertó.

- ¿Qué coño está pasando aquí, joder? – se preguntó en voz baja Rick tratando de seguir el rastro de sangre sin conseguirlo, se había acabado repentinamente a pocos metros de donde había comenzado - ¿Dónde coño está Anthony? Es imposible que una persona pueda levantarse y marcharse sin más después de haber perdido tanta sangre. Esto es una pesadilla, tiene que serlo – pensó tratando de no alertar a sus hombres. Debía buscar al novato y descubrir, de una vez, si era un zombie o no. Por supuesto no quería descubrir algo así.

- Sangre, derramar sangre. Sangre, sangre, sangre. Carne, sangre, miedo  - pensaba aturdido mientras se deslizaba por el suelo, fuera del hangar – Pero hay más sangre en el portaaviones, mucha más. ¿Seguro? Sí, la hay. Miles de litros, miles de almas. El portaaviones…sangre, sí, la sangre es buena. Nos da la vida, nos la quita – pensaba de manera confusa. ¿Qué debía hacer a continuación? No lo sabía. Lo que fuese que dominase su mente estaba planeando algo, lo sabía. No sabía qué, pero tenía algo que ver con el portaaviones – Sangre, sangre. Portaaviones, sangre. Debemos ir al portaaviones y derramar sangre. No pueden enterarse de nuestros planes, queremos sangre. Nos haremos pasar por ellos y en el portaaviones sangre, mucha sangre. Para poder vivir, para poder volver. Queremos sangre, el portaaviones tiene sangre. Queremos el portaaviones.

Fue un alivio poder pensar con claridad de nuevo, pero no sabía dónde se encontraba ni qué había sido de su patrulla. Lo último que recordaba con fuerza era el médico mordiéndole en el brazo, todo lo demás se había vuelto borroso. ¡Le habían mordido! Estaba herido. Al mirarse el brazo se sorprendió al ver que la sangre había dejado de manar, se había coagulado. Eso también era un alivio. Miró a su alrededor y descubrió el hangar, lo reconocía.

- Tengo que volver con mis compañeros, tengo que salir de esta mierda. Ir al portaaviones y que me pongan la puta antitetánica, seguro que aquél chalado tenía la rabia o algo parecido – se dijo avanzando hacia allí.

Una luz, una luz cegadora, le impidió ver de repente.

- Alto ahí, ¿quién coño eres? – preguntó la voz, nerviosa, que le cegaba con la luz. Supo inmediatamente que la luz estaba acoplada a un arma automática.
- ¿Qué…? – balbuceó sin poder continuar. No reconocía la voz, pero sabía que le era familiar. Aún estaba demasiado desorientado - ¿Rick, John? – preguntó con cierta esperanza.
- ¿Novato? ¿Qué coño haces aquí fuera? – preguntó, por fin reconociéndola, la voz de Cody. Sonaba entre aliviada y desconfiada.
- No lo sé tío, me estaba meando – dijo a modo de broma, pero con voz convincente - ¿Los otros están bien?
- Sí…ven, volvamos a dentro – respondió tras unos segundos de absoluta duda.

La sangre, el portaaviones. Tienes que llevarnos allí. No nos falles, no nos falles.

No sabía qué era esa voz ni a qué se estaba refiriendo, pero no estaba dispuesto a fallarla. No sabía por qué, pero no tenía intención de descubrir qué pasaría si le fallaba.


Sangre…suficiente por fin. 

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