Zack recorría los túneles con la creciente seguridad de
que pronto lograría dar con una salida. Estaba totalmente convencido de que él
prevalecería sobre quienes habían tratado de encontrar lo mismo que él hacía
ahora, con la diferencia de que él era un hombre con suerte. No se percató de
que el suelo que pisaba iba adquiriendo una capa de polvo cada vez más gruesa
que iba delatándole a cada paso que daba. Cuánto más se adentraba en aquella
zona más claras eran las huellas que dejaba en el suelo. Finalmente, agotado,
tropezó cayendo de bruces al suelo. El dolor fue instantáneo pero no lo
suficientemente duro como para hacer que se rompiese un hueso. Se incorporó a
medias, quedando sentado, mientras tomaba aire, recuperando el aliento. Fue
entonces cuando se percató de aquél polvo. Miró hacia atrás y pudo distinguir
algunas de las huellas más cercanas.
- ¡Mierda! – exclamó, dando un puñetazo al suelo. El
golpe hizo que se levantase una nube de polvo que aspiró de forma accidental,
tosió - ¿Qué es todo esto, maldita sea? – se preguntó mirando a su alrededor,
hizo una marca con los dedos en el suelo cuando recogió un poco del polvo para
olerlo.
- Podríamos decir
que, a grandes rasgos, es exactamente eso: mierda – dijo la voz, soltando
una carcajada.
- ¿Qué quieres decir? – preguntó Zack mirando alrededor,
poniéndose en pie pesadamente.
- Eso, pequeño
estúpido, son restos humanos – respondió la voz con tono triunfal.
- ¿Restos humanos? – exclamó el hombre, dando un brinco -
¡Imposible! ¡Sólo es polvo! ¡Un truco!
- ¿Un truco? Eso no
son más que huesos olvidados, desgastados por el tiempo hasta quedar reducidos
a la nada. ¿No recuerdas esa frase tan pomposa? Polvo eres, y en polvo te
convertirás – dijo la voz, ahora con indiferencia.
- Harían falta cientos, miles de años para que los huesos
se convirtiesen en polvo. Tratas de engañarme, para ganar tiempo – acusó Zack
con seguridad.
- ¿Cuánto tiempo
crees que llevo aquí? – preguntó la voz, divertida - ¿Sólo trato de ganar tiempo? Sé exactamente donde estas. Yo he
recorrido estos túneles durante generaciones, sé dónde estáis todos.
La voz hablaba con una seguridad que resultaba demoledora,
no tenía más remedio que acabar creyéndola pues realmente podía ser cierto lo
que decía; mientras se dirigían hacia aquella cámara donde encontraron la
pirámide James se había maravillado al encontrar detalles arquitectónicos de
diversas culturas, separadas por miles de kilómetros y, en ocasiones, de años,
todas reunidas en una misma construcción. La idea de haber estado corriendo
encima de restos humanos no era algo que le afectase demasiado, lo que sí lo
hacía era la posibilidad de que, al cabo de miles de años, él mismo estuviese
ahí, con el polvo.
- Hagamos un trato – dijo Zack con un tono de voz que
comenzaba a crecer.
- ¿Qué crees que
tienes que pueda interesarme? – preguntó la voz con escepticismo - ¿Qué
estúpida superchería pretendes venderme?
- Carne, y sangre. Huesos, e ideas. Miedo, pánico,
súplica – respondió el hombre con calma – Te vendo a mis compañeros.
- ¿A cambio de qué?
– preguntó la voz, con un interés sutil.
- De que me dejes vivo, por supuesto – respondió él con
sencillez.
- No durante toda
tu vida – advirtió la voz – Te doy de
plazo hasta que haya cazado a los otros dos. Cuando lo haya hecho, vendré a por
ti.
- De
acuerdo – dijo finalmente el hombre, resignado. Volvió a ponerse en pie para
continuar corriendo.
Sintió que la voz se alejaba de él, si es que en algún
momento había llegado realmente a acercarse, y sintió la enorme satisfacción
que eso le producía. Había traicionado a Zack y Michael, aunque Michael había
tratado de comérselo a él, y resultó que le importaba más bien poco; su vida
valía mil veces más que la de los otros dos.
- Tu amigo es
estúpido – dijo la voz, provocando que el aterrado hombre diese un
respingo.
- ¿Por…por qué lo dices? – preguntó con voz temblorosa,
mientras continuaba corriendo.
- Tú les has
vendido a ambos a cambio de tiempo para buscar una salida. Él simplemente os ha
vendido a ambos para ganar tiempo, sin más.
- ¡Pero
teníamos un trato! ¡No puedes venir a por mí hasta que encuentre la salida! –
protestó Michael, ofendido.
- En ese caso
deberías seguir buscándola, ¿no te parece? – preguntó la voz, con sorna.
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