-
Muy bien Rick, una vez más – dijo el coronel Bradford mirando al hombre con
calma - ¿Qué diablos ha pasado?
- Ya
se lo he dicho, señor – respondió con paciencia – Nos desviamos de la ruta para
atender la herida del novato. Cuando estuvimos seguros de que estaba a salvo y
que no tenía una enfermedad contagiosa…
- ¿Y
por eso apagasteis la radio durante casi tres malditas horas? – preguntó una
vez más, mirándolo a los ojos.
- No
queríamos que el enemigo pudiese rastrear nuestra señal, señor. Con permiso, ¿a
qué viene tanto revuelo? – preguntó Rick mirándolo ahora con seriedad – Quiero
decir, todos estamos bien y hemos cumplido la misión. No comprendo por qué todo
este alboroto porque nos escondiésemos durante un par de horas.
-
¿Por qué? – preguntó Bradford casi incrédulo – Porque casi se puede decir que
hemos invadido un jodido país, soldado. ¿Qué crees que hubiese pasado si os
llegan a cazar?
- Que nos habrían matado sin más, y eso a
vosotros os hubiese dado igual en realidad. No llevábamos distintivos ni nada
que nos relacionase con el ejército. ¿Qué hubiese pasado si nos cogen? Que
hubieseis perdido los datos, eso es lo que te preocupa, ¿verdad? Sí, lo es –
pensó reprimiendo una mirada de desprecio.
-
Bien, retírese – ordenó el coronel de mal humor.
Rick
se alejó de allí de buena gana, no le hacía mucha gracia haber pensado aquello
de Bradford. No era un mal tío en realidad, pero se había puesto como loco con
todo el asunto. No sabía qué demonios debían ocultar los datos de la operación
Aurora pero sí estaba seguro de que era algo grande, quizá demasiado grande.
- Tal vez debimos destruir los discos cuando
tuvimos la oportunidad y haberlo justificado como parte de la trifulca, con tal
de haber dicho que eso paró una bala que nos hubiese matado… - pensó a
sabiendas de que no era, en realidad, algo que sirviese de consuelo para nadie
– Creo que hemos cometido un gravísimo
error trayendo aquí esas cosas, pero ahora mismo no tengo ganas de pensar más
en esa mierda. Estoy destrozado – se dijo camino de su camarote compartido.
Cerró
los ojos y se dejó caer en la litera agotado, extenuado. Quedó prácticamente
dormido antes de que su cabeza se apoyase sobre la almohada. No fue un sueño
demasiado agradable.
Comenzó
viendo las balas, a cámara demasiado lenta como para no ser un sueño, que
habían pasado a apenas centímetros de él en el laboratorio. Era lo normal, su
subconsciente comenzaría a soltar imágenes en las que se había salvado por muy
poco de modo que pudiese liberarse de ese estrés, pronto su mente divagaría
hacia algo más agradable; su familia, una barbacoa…sangre, sirenas. Se removió
un poco en la cama, inquieto. Más sangre y más alarmas, ¿qué estaba pasando? No
lo sabía, no podía saberlo. Caminó por un pasillo mientras trataba de buscar la
explicación a todo aquello, Cody le miró con ojos aterrorizados y le gritó a
voces algo que no podía escuchar, ni siquiera intentar adivinar. Trató de
calmarlo para que pudiese concentrarse y repeler la amenaza que les debía estar
atacando pero no pudo hacerlo; todo se llenó de humo y se hizo el silencio.
Algo estalló junto a él y cayó al suelo, aturdido.
Al
cabo de lo que le parecieron horas pudo ver a Anthony que se acercaba hacia él,
arrastrando los pies por el suelo dejando tras de sí un rastro de sangre, y que
le sonreía…una sonrisa torcida, pero arrepentida. Sus ojos…sus ojos no eran los
suyos, claro que no. Entonces pudo vislumbrar otras siluetas que se acercaban
tras él. Cody se suicidó volándose la tapa de los sesos.
Despertó,
las alarmas del barco eran estridentes e incansables.
- A
toda la tripulación, esto no es un simulacro – dijo una voz por megafonía –
Repito, esto no es un simulacro. Preséntense inmediatamente ante su oficial
superior.
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