domingo, 2 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

    Los gritos del paciente resultaban como música en sus oídos, la terapia comenzaba a funcionar una vez más.

- Tranquilo, muchacho, ya falta poco – dijo con una sonrisa sardónica en los labios viendo cómo el pobre desgraciado se retorcía ante cada descarga eléctrica.
- ¡Doctor, por favor! – exclamó - ¡Sáqueme de aquí, por favor, me portaré bien! – aulló.
- Silencio, 753 – respondió Beaumont mientras se deleitaba con la música clásica y el sonido de los chispazos de la máquina – Si quieres que termine la terapia ya sabes lo que tienes que hacer. Tienes que dejar de escuchar las voces de tu cabeza y avanzar a otro edificio.
- ¡Pero yo no quiero avanzar a ninguno! – replicó el paciente, con miedo en la voz - ¡Por favor, doctor, apáguelo! Me hace daño, me duele.
- ¿Te duele? – preguntó con fingida voz preocupada mientras bajaba la potencia de las descargas - ¿Mejor así? – preguntó mirándolo con aire divertido.
- ¡Sí, sí! Gracias, doctor, yo…
- A las personas a las que visitaste aquella noche también les dolió, 453 – dijo el científico, o la bata, haciéndolo callar – Pero tú no paraste, ¿verdad?
- Yo…yo no quería, doctor. Las voces, ellas me dijeron que lo hiciera – dijo, nervioso, el paciente tratando de hacerle comprender.
- Sí, las voces son las culpables. Tú eres inocente, ¿verdad?
- ¡Sí! – exclamó, asintiendo rápidamente con la cabeza.
- Por eso tenemos que matar las voces – sonrió, elevando la potencia de las descargas al máximo.

Los gritos eran tan altos y tan aterradores que Roldán se vio obligado a subir el volumen de la música al máximo para poder disfrutar de ambos al mismo tiempo, pero no le importó. – Ah, qué maravilla. Mozart, Bach, Wagner…todos esos genios de la música impulsados por el delicioso sonido del dolor humano. Qué poco comprenderían los ignorantes, si supieran cómo les ayuda la terapia a estas pobres mentes descarriadas. Es un trabajo arduo y tedioso, pero por suerte para mí puedo permitirme disfrutar del placer de la música y la delicia del grito – pensó manteniendo la potencia al máximo durante un poco más. Sabía que de seguir así durante demasiado tiempo el paciente podría morir, lo sabía porque ya había pasado en ocasiones anteriores, ¿pero qué importaba eso? Eran consideraciones secundarias de ninguna importancia; aquellos hombres y mujeres que correteaban asustados por los pasillos de su centro psiquiátrico no eran más que criminales que jamás volverían a la sociedad - ¿Qué importa que mueran unos pocos, si beneficiamos a la sociedad? Están pagando sus pecados cometidos contra el mundo y, además, son unos sujetos de estudios perfectos – pensaba a menudo, extasiado ante los gritos del paciente atado a la camilla.

- ¡Dooctorrr! – aulló el paciente haciendo un gran esfuerzo por dar coherencia a sus aullidos de dolor.
- ¿Qué quiere, 340? – preguntó con una sonrisa divertida - ¿Acaso no nota cómo las voces de su mente están muriendo una a una? ¿Nota la mejoría? – preguntó, sonriente.
- ¡Sí, sí! ¡Estoy curado, puedo avanzar! – aulló una vez más con todas sus fuerzas.
- El miedo da paso al dolor, y el dolor al auto convencimiento. Así es como se cura a los pacientes, la cura está en su interior; nosotros sólo debemos convencerlos para que quieran ser curados – pensó observándolo durante unos segundos más antes de bajar la potencia de golpe, permitiendo al paciente calmar su dolor.
- ¡Le mataré! – gritó con la respiración acelerada - ¡Juro por dios que le haré pagar sus pecados, doctor!
- Vaya, así que me ha mentido – respondió Beaumont con decepción en la voz, volviendo a dar plena potencia a la máquina.


De nuevo los gritos se mezclaban con la música creando un ambiente perturbador pero delicioso, Roldán Beaumont se permitió el lujo de no prestar atención al paciente mientras dirigía, con las manos, a la orquesta que tocaba dentro del aparato de música.  

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