Los gritos
del paciente resultaban como música en sus oídos, la terapia comenzaba a
funcionar una vez más.
- Tranquilo, muchacho, ya falta poco – dijo con una
sonrisa sardónica en los labios viendo cómo el pobre desgraciado se retorcía
ante cada descarga eléctrica.
- ¡Doctor, por favor! – exclamó - ¡Sáqueme de aquí,
por favor, me portaré bien! – aulló.
- Silencio, 753 – respondió Beaumont mientras se
deleitaba con la música clásica y el sonido de los chispazos de la máquina – Si
quieres que termine la terapia ya sabes lo que tienes que hacer. Tienes que
dejar de escuchar las voces de tu cabeza y avanzar a otro edificio.
- ¡Pero yo no quiero avanzar a ninguno! – replicó el
paciente, con miedo en la voz - ¡Por favor, doctor, apáguelo! Me hace daño, me
duele.
- ¿Te duele? – preguntó con fingida voz preocupada
mientras bajaba la potencia de las descargas - ¿Mejor así? – preguntó mirándolo
con aire divertido.
- ¡Sí, sí! Gracias, doctor, yo…
- A las personas a las que visitaste aquella noche
también les dolió, 453 – dijo el científico, o la bata, haciéndolo callar –
Pero tú no paraste, ¿verdad?
- Yo…yo no quería, doctor. Las voces, ellas me
dijeron que lo hiciera – dijo, nervioso, el paciente tratando de hacerle
comprender.
- Sí, las voces son las culpables. Tú eres inocente,
¿verdad?
- ¡Sí! – exclamó, asintiendo rápidamente con la
cabeza.
- Por eso tenemos que matar las voces – sonrió,
elevando la potencia de las descargas al máximo.
Los gritos eran tan altos y tan aterradores que
Roldán se vio obligado a subir el volumen de la música al máximo para poder
disfrutar de ambos al mismo tiempo, pero no le importó. – Ah, qué maravilla. Mozart, Bach, Wagner…todos esos genios de la música
impulsados por el delicioso sonido del dolor humano. Qué poco comprenderían los
ignorantes, si supieran cómo les ayuda la terapia a estas pobres mentes
descarriadas. Es un trabajo arduo y tedioso, pero por suerte para mí puedo
permitirme disfrutar del placer de la música y la delicia del grito – pensó
manteniendo la potencia al máximo durante un poco más. Sabía que de seguir así
durante demasiado tiempo el paciente podría morir, lo sabía porque ya había
pasado en ocasiones anteriores, ¿pero qué importaba eso? Eran consideraciones
secundarias de ninguna importancia; aquellos hombres y mujeres que correteaban
asustados por los pasillos de su centro psiquiátrico no eran más que criminales
que jamás volverían a la sociedad - ¿Qué
importa que mueran unos pocos, si beneficiamos a la sociedad? Están pagando sus
pecados cometidos contra el mundo y, además, son unos sujetos de estudios
perfectos – pensaba a menudo, extasiado ante los gritos del paciente atado
a la camilla.
- ¡Dooctorrr! – aulló el paciente haciendo un gran
esfuerzo por dar coherencia a sus aullidos de dolor.
- ¿Qué quiere, 340? – preguntó con una sonrisa
divertida - ¿Acaso no nota cómo las voces de su mente están muriendo una a una?
¿Nota la mejoría? – preguntó, sonriente.
- ¡Sí, sí! ¡Estoy curado, puedo avanzar! – aulló una
vez más con todas sus fuerzas.
- El miedo da
paso al dolor, y el dolor al auto convencimiento. Así es como se cura a los
pacientes, la cura está en su interior; nosotros sólo debemos convencerlos para
que quieran ser curados – pensó observándolo durante unos segundos más
antes de bajar la potencia de golpe, permitiendo al paciente calmar su dolor.
- ¡Le mataré! – gritó con la respiración acelerada -
¡Juro por dios que le haré pagar sus pecados, doctor!
- Vaya, así que me ha mentido – respondió Beaumont
con decepción en la voz, volviendo a dar plena potencia a la máquina.
De nuevo los gritos se mezclaban con la música
creando un ambiente perturbador pero delicioso, Roldán Beaumont se permitió el
lujo de no prestar atención al paciente mientras dirigía, con las manos, a la
orquesta que tocaba dentro del aparato de música.
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