Aunque no le gustase admitirlo, la gran bata blanca
no era omnisciente y no podía saber sin ayuda qué estaba pasando en todas las
zonas, y edificios adyacentes, del centro psiquiátrico; necesitaba ayuda
externa, aunque fuese contra su voluntad. No podía ayudarse de cámaras de
vigilancia ni contratar a un equipo profesional porque entonces quedarían
registrados todos los procesos de “curación” que se les aplicaba a diario a los
pacientes, y eso era poco menos que un suicidio; la bata blanca no quería que
nadie fuera de sus dominios conociese su existencia ni sus métodos de trabajo,
por suerte para ella la solución era tan evidente que había llegado a la cabeza
de Beaumont de un modo rápido y seguro: usaría a algunos de los propios
pacientes como “vigilantes de pasillo” para que mantuviesen al rebaño en calma
y evitasen las posibles revueltas.
Para aquél trabajo de matón de segunda línea,
perfecto para la gran mayoría de pacientes que habitaba allí, se escogió a los
especialmente violentos y peligrosos. La razón era evidente: si canalizaban
toda la rabia y la violencia de aquellos sujetos hacia pacientes más débiles
evitarían que quisiesen escapar del centro o rebelarse contra el escaso personal
médico; les daban un trato de favor especial evitándoles las “terapias de
choque” más invasivas y así evitaban su odio.
El “jefe” de aquella horda de “vigilantes” se
llamaba Conrad Burche, Conrad “mazazo” Burche para los pacientes. Era un hombre
sencillamente inmenso de casi dos metros de altura y una complexión descomunal.
Era calvo, con una mirada perturbadora y una sonrisa afilada que no resultaba
nada esperanzadora. Era el paciente más violento de todo el centro psiquiátrico
y el resto de pacientes huía igual de despavoridos ante su presencia como con
la de Beaumont. Había sido escogido no sólo por su tamaño y forma física sino
también porque resultaba casi inmune a la mayoría de sedantes habituales;
cuando Conrad se ponía excesivamente violento hacia todo cuanto le rodeaba se
le suministraba rápidamente un calmante para caballos.
Conrad “mazazo” Burche conocía muy bien cuál era su
labor en la cadena jerárquica del centro psiquiátrico: mantener a los pacientes
más débiles asustados y confundidos mediante la pura violencia para que no
intentasen una rebelión contra “los jefes”. A cambio de aquello recibía, además
del trato de favor base, una dosis regular de mórficos además de hacer cuanto
quisiese con los pacientes que tuviese en su punto de mira. Conrad amaba su
trabajo.
- ¡Hora de juugaaar! – exclamaba en cualquier sala
donde encontrase más de cinco pacientes reunidos, y entonces empezaba la caza.
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