lunes, 3 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

Aunque no le gustase admitirlo, la gran bata blanca no era omnisciente y no podía saber sin ayuda qué estaba pasando en todas las zonas, y edificios adyacentes, del centro psiquiátrico; necesitaba ayuda externa, aunque fuese contra su voluntad. No podía ayudarse de cámaras de vigilancia ni contratar a un equipo profesional porque entonces quedarían registrados todos los procesos de “curación” que se les aplicaba a diario a los pacientes, y eso era poco menos que un suicidio; la bata blanca no quería que nadie fuera de sus dominios conociese su existencia ni sus métodos de trabajo, por suerte para ella la solución era tan evidente que había llegado a la cabeza de Beaumont de un modo rápido y seguro: usaría a algunos de los propios pacientes como “vigilantes de pasillo” para que mantuviesen al rebaño en calma y evitasen las posibles revueltas.

Para aquél trabajo de matón de segunda línea, perfecto para la gran mayoría de pacientes que habitaba allí, se escogió a los especialmente violentos y peligrosos. La razón era evidente: si canalizaban toda la rabia y la violencia de aquellos sujetos hacia pacientes más débiles evitarían que quisiesen escapar del centro o rebelarse contra el escaso personal médico; les daban un trato de favor especial evitándoles las “terapias de choque” más invasivas y así evitaban su odio.

El “jefe” de aquella horda de “vigilantes” se llamaba Conrad Burche, Conrad “mazazo” Burche para los pacientes. Era un hombre sencillamente inmenso de casi dos metros de altura y una complexión descomunal. Era calvo, con una mirada perturbadora y una sonrisa afilada que no resultaba nada esperanzadora. Era el paciente más violento de todo el centro psiquiátrico y el resto de pacientes huía igual de despavoridos ante su presencia como con la de Beaumont. Había sido escogido no sólo por su tamaño y forma física sino también porque resultaba casi inmune a la mayoría de sedantes habituales; cuando Conrad se ponía excesivamente violento hacia todo cuanto le rodeaba se le suministraba rápidamente un calmante para caballos.

Conrad “mazazo” Burche conocía muy bien cuál era su labor en la cadena jerárquica del centro psiquiátrico: mantener a los pacientes más débiles asustados y confundidos mediante la pura violencia para que no intentasen una rebelión contra “los jefes”. A cambio de aquello recibía, además del trato de favor base, una dosis regular de mórficos además de hacer cuanto quisiese con los pacientes que tuviese en su punto de mira. Conrad amaba su trabajo.


- ¡Hora de juugaaar! – exclamaba en cualquier sala donde encontrase más de cinco pacientes reunidos, y entonces empezaba la caza. 

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