jueves, 20 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

- Vaya, esto era lo último que necesitábamos en este momento – comentó Beaumont con tono indiferente, hablando con la nada de su despacho.
- Imagina ir por los pasillos a oscuras, rodeado de los gritos y las risas de todos…con Conrad merodeando por ahí, buscándote – volvió a susurrar la voz de mujer a los oídos del médico jefe.
- Es gracioso que te preocupes tanto por mí, cuando has sido tú la que ha provocado la rebelión de esa bestia estúpida – replicó Beaumont con un tono acusador.
- ¿Por qué supones que no puedo hacerlo? Yo soy quien decide quién vive y quién muere aquí dentro, Roldán. Yo soy quien inunda la mente de cada uno de vosotros y juega con lo que hay dentro. Sólo si yo quiero los pacientes atacan o se muestran sumisos…sumisos pese a encontrarse al borde de una muerte horrenda. ¿Crees realmente que quedaban tantos medicamentos? No, Roldán. Era yo la que provocaba que se quedasen quietos, atontados, a la espera de que tú mirases a alguno con una de esas sonrisas que tanto me gustaban… - respondió la voz, con indiferencia.
- ¿Y por qué ahora te has vuelto en mi contra? – preguntó, con tono dolido. Sabía que debía andar con pies de plomo para no enfadarla.
- ¿Y por qué no? – preguntó la voz, con una sonrisa que el hombre pudo imaginar perfectamente: una sonrisa satisfecha.

La voz se había marchado antes de que él pudiese pensar siquiera en una respuesta que darle, pero al menos ella le había dado algunas pistas: ella había provocado todo aquello, eso era evidente, por lo que a ella no le importaba lo que le sucediese a él; no iba a velar por su seguridad. Eso era peligroso: quedaba en manos de sus propios pasos y decisiones a partir de ese momento para salvarse o acabar condenado. – Una cosa es segura. No puedo quedarme aquí cruzado de brazos eternamente sin más – pensó dirigiéndose hacia la puerta del despacho. Le temblaba el pulso y no estaba muy seguro de querer abrir la puerta – ¿Qué habrá al otro lado? – se preguntó, humedeciéndose la lengua con los labios en gesto nervioso – Nunca podrás saberlo, hasta que no la abras – se respondió de mal humor.

- Oye, ¿no se supone que habría gente esperando? – preguntó el vigilante, mirando por la ventana del autobús – Están todas las luces apagadas, eso es raro.
- ¿Y me preguntas a mí? – respondió el conductor, ligeramente nervioso – Yo que sé lo que harán ahí dentro. Ni lo sé ni me interesa, amigo. Lo único que me importa es que haya alguien fuera esperando para meter a esta manada de desechos, y que no me dé mucho problema para marcharme lo más rápido que pueda. Este sitio me pone los pelos de punta.
- Sólo digo que normalmente tienen las luces encendidas – replicó a la defensiva.  El conductor no respondió.

El pequeño grupo se reunió de nuevo ante las puertas del centro psiquiátrico y miraron hacia el exterior, a la espera. Las luces que se acercaban delataban la presencia de su pasaporte a la libertad. Tenían que idear un plan con el que poder escapar sin levantar demasiadas sospechas…aunque eso, en realidad, ya no importaba tanto.

- Podríamos matarlos a los dos, y subirnos nosotros. Una vez fuera de la valla seríamos libres – comentó uno, sonriendo ante la perspectiva.
- O también podríamos volar el autobús entero por los aires y prender fuego al edificio para que venga gente – replicó otro con mucho mal humor – Es una idea estúpida. En algún momento la empresa se preguntará dónde está su vehículo y sus trabajadores…y harán preguntas. Eso los traerá hasta aquí.
- ¿Y qué? Para entonces nosotros ya nos habremos esfumado – se encogió de hombros el tercero, mirando a ambos.

- Creo que no es buena idea llamar la atención del exterior – respondió el segundo, mirándolo fijamente – No sé por qué…pero hay algo aquí que me produce escalofríos, ¿y si se escapa también y nos persigue por provocarlo? Prefiero no arriesgarme a eso. 

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