- Vaya, esto era lo último que necesitábamos en este
momento – comentó Beaumont con tono indiferente, hablando con la nada de su
despacho.
- Imagina ir por
los pasillos a oscuras, rodeado de los gritos y las risas de todos…con Conrad
merodeando por ahí, buscándote – volvió a susurrar la voz de mujer a los
oídos del médico jefe.
- Es gracioso que te preocupes tanto por mí, cuando has
sido tú la que ha provocado la rebelión de esa bestia estúpida – replicó
Beaumont con un tono acusador.
- ¿Por qué supones
que no puedo hacerlo? Yo soy quien decide quién vive y quién muere aquí dentro,
Roldán. Yo soy quien inunda la mente de cada uno de vosotros y juega con lo que
hay dentro. Sólo si yo quiero los pacientes atacan o se muestran
sumisos…sumisos pese a encontrarse al borde de una muerte horrenda. ¿Crees
realmente que quedaban tantos medicamentos? No, Roldán. Era yo la que provocaba
que se quedasen quietos, atontados, a la espera de que tú mirases a alguno con
una de esas sonrisas que tanto me gustaban… - respondió la voz, con
indiferencia.
- ¿Y por qué ahora
te has vuelto en mi contra? – preguntó, con tono dolido. Sabía que debía
andar con pies de plomo para no enfadarla.
- ¿Y por qué no? – preguntó
la voz, con una sonrisa que el hombre pudo imaginar perfectamente: una sonrisa
satisfecha.
La voz se había marchado antes de que él pudiese pensar
siquiera en una respuesta que darle, pero al menos ella le había dado algunas
pistas: ella había provocado todo aquello, eso era evidente, por lo que a ella
no le importaba lo que le sucediese a él; no iba a velar por su seguridad. Eso
era peligroso: quedaba en manos de sus propios pasos y decisiones a partir de
ese momento para salvarse o acabar condenado. – Una cosa es segura. No puedo quedarme aquí cruzado de brazos
eternamente sin más – pensó dirigiéndose hacia la puerta del despacho. Le
temblaba el pulso y no estaba muy seguro de querer abrir la puerta – ¿Qué habrá al otro lado? – se preguntó,
humedeciéndose la lengua con los labios en gesto nervioso – Nunca podrás saberlo, hasta que no la abras
– se respondió de mal humor.
- Oye, ¿no se supone que habría gente esperando? –
preguntó el vigilante, mirando por la ventana del autobús – Están todas las
luces apagadas, eso es raro.
- ¿Y me preguntas a mí? – respondió el conductor,
ligeramente nervioso – Yo que sé lo que harán ahí dentro. Ni lo sé ni me
interesa, amigo. Lo único que me importa es que haya alguien fuera esperando
para meter a esta manada de desechos, y que no me dé mucho problema para
marcharme lo más rápido que pueda. Este sitio me pone los pelos de punta.
- Sólo digo que normalmente tienen las luces encendidas –
replicó a la defensiva. El conductor no
respondió.
El pequeño grupo se reunió de nuevo ante las puertas del
centro psiquiátrico y miraron hacia el exterior, a la espera. Las luces que se
acercaban delataban la presencia de su pasaporte a la libertad. Tenían que
idear un plan con el que poder escapar sin levantar demasiadas sospechas…aunque
eso, en realidad, ya no importaba tanto.
- Podríamos matarlos a los dos, y subirnos nosotros. Una
vez fuera de la valla seríamos libres – comentó uno, sonriendo ante la
perspectiva.
- O también podríamos volar el autobús entero por los
aires y prender fuego al edificio para que venga gente – replicó otro con mucho
mal humor – Es una idea estúpida. En algún momento la empresa se preguntará
dónde está su vehículo y sus trabajadores…y harán preguntas. Eso los traerá
hasta aquí.
- ¿Y qué? Para entonces nosotros ya nos habremos esfumado
– se encogió de hombros el tercero, mirando a ambos.
- Creo que no es buena idea llamar la atención del
exterior – respondió el segundo, mirándolo fijamente – No sé por qué…pero hay
algo aquí que me produce escalofríos, ¿y si se escapa también y nos persigue
por provocarlo? Prefiero no arriesgarme a eso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario