El sonido que
produjo el interruptor de la luz al ser pulsado llenó la habitación durante
apenas décimas de segundo, un sonido corto pero intenso con el que pretendía
culminar el pánico de la espera.
- Hola, señor Burche. – Sonrió de medio lado, pasando al
interior, dándole la espalda a la camilla donde estaba atado. – Creo que usted
y yo dejamos a medias una conversación antes, ¿lo recuerda? Yo sí que lo
recuerdo. – Sonrió, relamiéndose despacio, sintiendo el momento, disfrutándolo.
– Oh, sí, lo recuerdo muy bien. Usted me prometió que desparramaría mis sesos
por todo el suelo del vestíbulo, y yo le prometí una deliciosa sesión de
abominable dolor. Ahora ha llegado el momento, señor Burche. ¿Está preparado? –
sonrió, rozando con los dedos el instrumental que utilizaría: fórceps,
escalpelo, pinzas, sierra de huesos…bisturí. Todo aquello preparado y colocado
de manera impecable para ser utilizado, la envidia de cualquier cirujano, a
excepción de un pequeño pero innecesario elemento: anestesia. – Oh, no. No voy a darte ese lujo, Burche. No
después de haber intentado traicionarme. – pensó con una sonrisa
satisfecha, consciente de que aunque no lo hubiese hecho tampoco la hubiese
usado. – Vaya, - comentó con una sonrisa divertida – parece que le ha comido la
lengua el gato…y eso que aún no se la he arrancado – se echó a reír de su
propio chiste. – Vamos, Burche, no irá a decirme que el miedo no le deja habl…
Se giró para encararlo finalmente, pero ya no estaba
sobre la camilla; las correas que lo mantenían atado estaban rotas. El miedo no
tardó en aflorar en su piel, y trató de ahogarlo mientras se acercaba allí para
inspeccionarlas. – ¿Qué diablos ha pasado
aquí? No están rotas, están…cortadas. Pero es un corte demasiado limpio,
demasiado perfecto, como para estar hecho por cualquier filo de metal. Del
metal que conocemos, al menos. – Pensó, tragando saliva. De repente ya no
se sentía a salvo en la habitación. ¿Y si aquél demente estaba allí,
acechándole, escondido? No era lo más lógico ni lo más probable…pero era
posible. – Tú…has sido tú, ¡tú le has soltado! – pensó de manera acusadora e
indignada.
- Así es, Roldán.
Yo le he soltado. – respondió la voz de mujer, satisfecha de lo que había
hecho.
- ¿Por qué?
¡Teníamos un trato! ¡Te prometí que nunca volvería a pasarte por alto, te
prometí gritos y dolor! ¿Por qué me has traicionado, una vez más?
- En
primer lugar, porque yo no te debo ninguna lealtad a ti, es a la inversa. Y en
segundo lugar…porque me ha parecido divertido. Ahora Conrad vaga libre por los
pasillos del hospital, y está furioso. Pero lo más gracioso de todo es que aún
no te has parado a pensar en lo que implica que yo le haya soltado. – replicó
la mujer, riendo.
Se paró a pensar durante unos instantes, aguijoneado por
el miedo. ¿Qué era peor que tener a Burche vagando por los pasillos del
manicomio, enfurecido, buscando venganza por lo que había estado a punto de
hacerle? Sólo de pensar en ello hizo que se le helase la sangre. – No…no puede ser, tú dijiste que nunca… ¡no!
La gran bata blanca rompió a reír una vez más,
satisfecha. Esa vez la risa sacudió los cimientos del centro con mucha más
fuerza, haciendo que todos en el interior se estremeciesen. – Así es, Roldán. Yo he salido de mi guarida y
he venido hasta aquí. Creías que Conrad era a lo que debías tener miedo, pero
en realidad es a mí a quien debes tenérselo…aunque Conrad también está deseando
atraparte.
-
Estás loca, ¡loca! ¡Nos has sentenciado a todos a morir!
-
No, a todos no. Yo no moriré por vuestra muerte…y gracias a ella, otros
nacerán.
En algún lugar alguien volvió a cortar la electricidad
del edificio, sumiéndolo en la oscuridad completa. Esta vez Roldán Beaumont
comenzó a aullar de auténtico pánico.
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