En un primer momento la idea de este relato era muy distinta, pero luego se me ocurrió que podría relacionarlo con el relato de El laberinto, y quizá a su vez relacionarlo con mi primer libro (esta relación no podréis verla hasta que éste no salga a la luz); es posible que me planteé añadir estos dos relatos al libro, aunque probablemente no lo haga: lo que se escriba en el blog se queda en el blog.
Aunque es el fin del relato sigue quedando Conrad Mazazo Burche con vida, ¿quizá él pudiese contarle a los pacientes lo que deben hacer para sobrevivir? Eso prefiero dejároslo a vosotros.
Quiero agradeceros haber recorrido este camino conmigo.
-- Relato --
Allí abajo
perdió la noción del tiempo muy pronto, por lo que no podía asegurar si llevaba
caminando una hora, dos o más. Lo único que sabía era que tenía que darse prisa
para encontrarles antes de que la gran bata blanca volviera, lista para acabar
lo que habían empezado.
Avanzaba con
paso cada vez más lento, acosado por el cansancio. De vez en cuando encontraba
zonas mejor iluminadas, pero por lo general avanzaba en una penumbra que no le
dejaba ver más allá de sus propias manos.
Tras un rato
comenzó a escuchar pasos que se arrastraban cerca de él, y risas que venían de
un lado y otro del pasillo: se asustó, mucho.
- ¿Quién anda ahí? – preguntó, tratando de mostrarse
valiente.
Más risas le
envolvieron, como si fuese una respuesta. Los pasos, que hasta el momento tan
sólo se habían arrastrado, comenzaron a sonar en pisadas cada vez más audibles:
los pasos se estaban acercando.
Lo peor de todo
era que se encontraba en un largo pasillo, y que aquello se acercaba en ambas
direcciones.
Estaba
acorralado.
- ¿Quién eres? – preguntó, acercándose a la pared
cercana. Era de piedra muy lista, no podría escalarla; y aun habiendo podido
hacerlo no le hubiese valido de nada, ya que el techo estaba muy cerca de su
cabeza.
Una nueva
oleada de risitas infantiles acudió a él, asustándolo cada vez más. Bien podía
tratarse de ella, o de alguna otra abominación que habitase allá abajo.
- ¡Te he preguntado quién eres! – exclamó, tratando de
mostrarse fuerte. – Exijo que me respondas.
De nuevo la
risa llegó hasta sus oídos, pero esta vez duró poco.
- Somos la muerte, Beaumont, y hemos venido a por tu
alma. – respondió una voz con tono serio y perentorio.
Aquello le
tranquilizó sobremanera; era el grupo de pacientes. Fue todo un alivio
encontrarse con ellos y no con las aberraciones que la gran bata blanca hubiese
creado en aquél lugar.
- Escuchadme, es muy importante que lo hagáis si queréis
salir de aquí con vida. – dijo Beaumont, acercándose.
- Creo que no te
has planteado la posibilidad de que sí haya creado a esas cosas, Roldán. –
advirtió ella, con sorna. – Aunque en
realidad esas cosas son mucho peores que cualquier quimera que yo haya podido
moldear, porque éstas las has creado tú con tus métodos. Espero que disfrutes
de tu obra, querido. Porque, gracias al miedo y al dolor que les infundiste,
están a punto de matarte. – susurró, tras su oído.
- ¡No! – exclamó el falso médico, asustado y desesperado.
– Tenéis que escucharme, en serio. Después podréis hacer conmigo lo que
queráis, pero esto es importante. – aseguró.
- Ya lo creo que lo es. – respondió la misma voz,
esbozando una sonrisa afilada. – Tenemos hambre, doctor, y nos estábamos
planteando a quién mataríamos primero.
Los pasos, que
primero se arrastraban y luego avanzaban, pasaron a ser auténticas zancadas
veloces hacia él.
Roldán trató de
hablarles, de convencerles. Luego simplemente intentó suplicar por su vida.
- He ganado, Roldán.
No has podido contarles nada a esta panda de insignificantes humanos, por no
decir que me has hecho el trabajo sucio al convertirlos en aberraciones. –
susurró la voz de la gran bata blanca a su oído. Él pudo verla en mitad del
pasillo, sonriente, disfrutando del espectáculo.