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jueves, 10 de abril de 2014

Centro psiquiátrico |Fin|

Creo que ha llegado el momento de poner punto y final a las desgracias de los miembros del Centro Psiquiátrico, y con ello al segundo escrito relacionado con manicomios. 

En un primer momento la idea de este relato era muy distinta, pero luego se me ocurrió que podría relacionarlo con el relato de El laberinto, y quizá a su vez relacionarlo con mi primer libro (esta relación no podréis verla hasta que éste no salga a la luz); es posible que me planteé añadir estos dos relatos al libro, aunque probablemente no lo haga: lo que se escriba en el blog se queda en el blog. 

Aunque es el fin del relato sigue quedando Conrad Mazazo Burche con vida, ¿quizá él pudiese contarle a los pacientes lo que deben hacer para sobrevivir? Eso prefiero dejároslo a vosotros. 

Quiero agradeceros haber recorrido este camino conmigo. 

-- Relato -- 

    Allí abajo perdió la noción del tiempo muy pronto, por lo que no podía asegurar si llevaba caminando una hora, dos o más. Lo único que sabía era que tenía que darse prisa para encontrarles antes de que la gran bata blanca volviera, lista para acabar lo que habían empezado.
    Avanzaba con paso cada vez más lento, acosado por el cansancio. De vez en cuando encontraba zonas mejor iluminadas, pero por lo general avanzaba en una penumbra que no le dejaba ver más allá de sus propias manos.
    Tras un rato comenzó a escuchar pasos que se arrastraban cerca de él, y risas que venían de un lado y otro del pasillo: se asustó, mucho.

- ¿Quién anda ahí? – preguntó, tratando de mostrarse valiente.

    Más risas le envolvieron, como si fuese una respuesta. Los pasos, que hasta el momento tan sólo se habían arrastrado, comenzaron a sonar en pisadas cada vez más audibles: los pasos se estaban acercando.
    Lo peor de todo era que se encontraba en un largo pasillo, y que aquello se acercaba en ambas direcciones.
    Estaba acorralado.

- ¿Quién eres? – preguntó, acercándose a la pared cercana. Era de piedra muy lista, no podría escalarla; y aun habiendo podido hacerlo no le hubiese valido de nada, ya que el techo estaba muy cerca de su cabeza.

    Una nueva oleada de risitas infantiles acudió a él, asustándolo cada vez más. Bien podía tratarse de ella, o de alguna otra abominación que habitase allá abajo.

- ¡Te he preguntado quién eres! – exclamó, tratando de mostrarse fuerte. – Exijo que me respondas.

    De nuevo la risa llegó hasta sus oídos, pero esta vez duró poco.

- Somos la muerte, Beaumont, y hemos venido a por tu alma. – respondió una voz con tono serio y perentorio.

    Aquello le tranquilizó sobremanera; era el grupo de pacientes. Fue todo un alivio encontrarse con ellos y no con las aberraciones que la gran bata blanca hubiese creado en aquél lugar.

- Escuchadme, es muy importante que lo hagáis si queréis salir de aquí con vida. – dijo Beaumont, acercándose.
- Creo que no te has planteado la posibilidad de que sí haya creado a esas cosas, Roldán. – advirtió ella, con sorna. – Aunque en realidad esas cosas son mucho peores que cualquier quimera que yo haya podido moldear, porque éstas las has creado tú con tus métodos. Espero que disfrutes de tu obra, querido. Porque, gracias al miedo y al dolor que les infundiste, están a punto de matarte. – susurró, tras su oído.
- ¡No! – exclamó el falso médico, asustado y desesperado. – Tenéis que escucharme, en serio. Después podréis hacer conmigo lo que queráis, pero esto es importante. – aseguró.
- Ya lo creo que lo es. – respondió la misma voz, esbozando una sonrisa afilada. – Tenemos hambre, doctor, y nos estábamos planteando a quién mataríamos primero.

    Los pasos, que primero se arrastraban y luego avanzaban, pasaron a ser auténticas zancadas veloces hacia él.
    Roldán trató de hablarles, de convencerles. Luego simplemente intentó suplicar por su vida.


- He ganado, Roldán. No has podido contarles nada a esta panda de insignificantes humanos, por no decir que me has hecho el trabajo sucio al convertirlos en aberraciones. – susurró la voz de la gran bata blanca a su oído. Él pudo verla en mitad del pasillo, sonriente, disfrutando del espectáculo. 

sábado, 5 de abril de 2014

Centro psiquiátrico

Hoy sí que hay entrega de Centro psiquiátrico, que está muy cerca del final. 

-- Relato -- 

    Que la gran bata blanca hubiese salido del túnel en busca de Burche era algo que beneficiaba a todos allá abajo, salvo al mismo interesado; pero eso a Beaumont ahora no le importaba lo más mínimo.
    La ausencia de ella les daba un tiempo vital para que el grupo se reencontrase y el paciente con el que Roldán había hablado les contase todo lo que éste le había dicho. Con un poco de suerte lograrían sincronizarse hasta el punto de ser una sola mente, con voces y argumentos distintos, a tiempo de poder enfrentarse a lo que estaba por llegar.
    Como ella había salido, el falso director del centro  decidió esperar cerca de la salida del túnel que la gran bata blanca había excavado por sí misma en la roca para escapar, a fin de que ninguno de los pacientes decidiese huir de allí abandonando al resto a su suerte.
    Sin embargo, para desgracia de Beaumont, el paciente había encontrado a los otros, pero no pensaba contarles nada de lo que había ocurrido. O, al menos, nada de lo que el otro le había contado.
- ¿Dónde diablos estabas? – preguntó el primero, con la misma voz autoritaria de siempre.
- Haciendo turismo. – respondió el recién llegado con sorna.
- No es el mejor momento para bromas, ¿no crees? – reprendió el tercero, con voz nerviosa. – Tenemos que salir de aquí, como sea. – continuó, mirando a su alrededor.
- No tan deprisa, muchachos. Antes tenemos cuentas que ajustar. – replicó con una sonrisa divertida.
- ¿Cuentas que ajustar? – preguntó el primero con aire inquisitivo, mirando al resto y luego al recién llegado. – ¿Qué quieres decir? ¿Quieres matarnos? – esbozó una sonrisa sencilla.

    El grupo de tres pacientes se acercó al otro, rodeándolo. Todos esbozaron la misma sonrisa sencilla mientras esperaban la respuesta del paciente díscolo.

- No, a vosotros no. – negó con la cabeza, sin añadir nada más para no ponerlos en alerta. – Pero hay alguien a quien sí que queremos matar desde hace algún tiempo, y está aquí abajo.
- ¿De quién hablas? – preguntó, inquisitivo.
- De nuestro queridísimo director, por supuesto.
- ¿Está aquí? – preguntó, incrédulo. Negó con la cabeza. – No puede ser, no te creo.
- Sí, está aquí y aquí está. – aseguró, sonriente. – Si no me creéis podéis ir a verlo vosotros mismos; está en el mismo sitio por el que hemos entrado, que a su vez es la única salida. – sonrió de nuevo.
- ¿Ahora te has vuelto un poeta o algo parecido? – preguntó el segundo con tono burlón, sonriendo de medio lado. – Porque nunca me gustaron los poetas. – advirtió.
- A mí no me importa lo que te importe. – replicó con un encogimiento de hombros. – Puedes ir a mirarlo por ti mismo o quedarte aquí sin perder el tiempo, lo mismo me da. – esbozó una nueva sonrisa.
    Mientras se dirigía de nuevo hacia el edificio principal del centro sonreía satisfecha. Había logrado envenenar la mente de uno de esos malditos pacientes aprovechando que se encontraba a solas y, por tanto, era completamente vulnerable a sus palabras, y ahora estaban peleándose y discutiendo. Eso era bueno para ella, así no podrían concentrarse y ser uno solo, una sola mente con muchos argumentos que la confundiera e hiciese que se perdiera una vez más.

- Creo que esta vez no te vas a salir con la tuya, Roldán. – susurró en el oído del hombre, que continuaba esperando. – Creo que van a matarse entre ellos, como perros discutiendo por un hueso.
- Eso habrá que verlo. – replicó Beaumont, mirando a su alrededor.


    Tenía que buscar a esos cuatro mentecatos para hacerlos entrar en razón él mismo, cosa que no le gustaba en absoluto. Se puso en marcha, temeroso de la oscuridad. 

viernes, 28 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- Deja de decir estupideces y escúchame atentamente. – replicó Roldán, sin tiempo para andarse con juegos.
- No, director. Va a ser usted el que me escuche atentamente. – dijo el paciente, cortándole la frase. – No pensaría que podría tratarnos como a ratas de laboratorio sin sufrir las consecuencias, ¿verdad? – le dedicó una sonrisa a medias. – Ahora estamos solos usted y yo, director Beaumont, y creo que es mi turno de jugar. – volvió a sonreír.

    La mano voló mucho antes de que el hombre pudiese pensar lo que estaba haciendo y la bofetada fue más sonora de lo que hubiese deseado, ella les había escuchado. Roldán agarró al paciente por los hombros y lo zarandeó para hacer que callara y escuchase lo que iba a decirle.

- Esto ya no trata sobre vosotros o yo, muchacho. Se trata de que eso viene hacia aquí y os va a encontrar. Ella sabe que vosotros sois los únicos capaces de hacerle frente, por lo que vendrá a mataros ahora que estáis separados. ¿Lo comprendes? – preguntó, mirándolo fijamente.
- Comprendo que está más loco de lo que creía. – replicó el paciente, apartándose de él.
- ¿Quieres hacer el favor de escucharme, imbécil? – insistió Beaumont. – ¡Tienes que buscar a los otros y explicarles lo que voy a decirte, es muy importante! – dijo mirando por encima del hombro hacia atrás, con miedo de encontrársela de frente. – Vosotros tenéis la capacidad de aturdirla y volver a encerrarla aquí dentro, y tenéis que hacerlo. Ella no puede salir al exterior o todo se habrá acabado.
- Claro, claro Doctor. – asintió el paciente, despacio. – ¿Y cómo la detenemos?

    Roldán se sintió aliviado al ver que el paciente al fin comprendía la gravedad de la situación y se mostraba dispuesto a encerrar a aquella criatura de nuevo. No le diría que, casi con toda seguridad, ella acabase matándolos a todos, o a casi todos, porque era algo que el paciente no tenía por qué saber; de lo contrario no intentarían detenerla, y hacerlo era crucial.

- Ella se guía por vuestros pensamientos, como si fuesen un GPS neuronal, o al menos eso es lo que creo. – explicó, mirándolo de nuevo fijamente. – Lo que tenéis que hacer es captar el pensamiento del grupo y repetirlo hasta la saciedad para que ella no logre distinguiros y os convirtáis en uno sólo; de ese modo ese pensamiento será lo suficientemente potente como para hacerla huir desorientada, y con eso se perderá de nuevo en el laberinto. – lo miraba fijamente, esperando una reacción del paciente que se limitaba a escuchar y a asentir de vez en cuando. – Pero debéis tener mucho cuidado, porque ella aprovechará la mínima distracción para meterse en vuestro pensamiento y lo usará en vuestra contra. ¿Lo has comprendido bien?
- Perfectamente, doctor. – asintió el paciente, alejándose de él.
- Bien, tened mucho cuidado…y mucha suerte. – deseó Beaumont, viéndolo alejarse. – Yo intentaré proporcionaros todo el tiempo que pueda para que os encontréis de nuevo, pero no creo que sea demasiado. – respondió con tono de pena.

    Roldán se encaminó por el lado opuesto al que se alejaba el paciente, listo para encontrarse con la gran bata blanca y distraerla para hacer que el grupo ganase tiempo. El miedo le latía en el pecho con más fuerza que el propio corazón.

- Espero que sepan hacerlo, porque si no estaremos todos perdidos. – pensó, de forma deliberada para atraer la atención de ella, mientras avanzaba en silencio.
- Ya estáis perdidos de todas formas, Roldán. He ido a buscar a tu amiguito Conrad, quiero que los dos estéis presentes cuando cace a esos imbéciles. – respondió ella, satisfecha.
- Adelante, ve a por él. – animó, satisfecho. –No creo que los llames imbéciles cuando te derroten.

- Y yo no creo que lo hagan. – replicó ella. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    La sala donde habían caído tenía varias entradas, excavada en la propia piedra, que debían medir casi dos metros y medio de altura. Los pacientes observaron en silencio y se miraron unos a otros.

- ¿Por dónde vamos? – susurró uno, señalando la hilera de posibilidades que se abría ante ellos.
- No lo sé, una cualquiera. – respondió otro con indiferencia.
- No creo que debamos escoger una sin más. – replicó otro, negando con la cabeza. – Creo que tenemos que elegir bien la puerta por la que vamos a entrar.
- ¿Qué más da? Lo más lógico sería que nos separásemos. Con un poco de suerte no elegirán ninguna de las puertas que nosotros hayamos escogido, pero no es una buena idea que nos escondamos todos en la misma. – comentó, mirando al grupo seriamente.
- No lo sé… - susurró otro, chasqueando la lengua. La idea de separar el grupo no era demasiado buena.

    La risa volvió a sonar tras ellos con fuerza, cada vez más cerca, y eso rompió la concentración. Todos se escondieron en una puerta diferente.
    La gran bata blanca percibió aquél desorden inesperado y sonrió, satisfecha, corriendo hacia la sala.

- ¿Qué te parece, Roldán? – preguntó, riendo. – Parece que tus conejillos de indias acaban de firmar su sentencia de muerte. Se han separado, han roto el grupo, y ahora ya no tienen la capacidad de enfrentarse a mí. – sonrió, relamiéndose. – Ahora sólo son un grupo de animalillos asustados a punto de recorrer el laberinto, un pequeño aperitivo. Cuando mi prole vuelva a la vida podrá aprender a cazar con todos ellos. Mucho me temo que has fracasado.
- Yo no estaría tan segura de mi victoria. – replicó él con indiferencia. – Crees que has ganado porque se han separado, pero el laberinto puede volver a unirlos, ¿recuerdas? Fue así como surgió mi grupo. No creo que sea una buena idea que dejes a tus crías sueltas por ahí con ellos, quizá sean ellos quienes las cacen. – sonrió de medio lado.
- ¡Basta! – ordenó, lanzándolo por el boquete que había abierto para huir de la sala.

    Beaumont cayó contra el suelo y observó durante un momento las posibilidades por las que intentar huir; ninguna de aquellas entradas llevaba a ninguna salida.
    Echó la vista a atrás mientras se ponía en pie, corriendo hacia una de las entradas mientras rezaba para que ella no viese por cuál entraba; era crucial que encontrase al grupo de pacientes para que les contase lo que estaba sucediendo allí y que ellos plantasen cara a la gran bata blanca, encerrándola una vez más. Lo más probable era que no le creyesen, e incluso que quisiesen vengarse de él por todo el dolor que les había causado, pero tenía que arriesgarse, no podía permitir que aquella cosa saliese a la luz del sol.
    Corrió hacia una de las aberturas y se refugió a tiempo en la oscuridad mientras ella bajaba de un salto ágil.

- Roldán… ¿dónde estás, pequeño? – llamó con una voz que no era la suya. Sabía que aquella voz traería recuerdos al médico y que en ese momento estaría temblando de miedo, rió mientras se acercaba hacia la primera entrada.

    Beaumont estuvo a punto de gritar al escuchar el tono de voz de su madre, pero una mano surgida de la oscuridad le tapó la boca con fuerza. Miró hacia el interior intentando distinguir de quién se trataba, pero la oscuridad allí era total.


- Hola, director. ¿Qué le trae por este miserable agujero? – preguntó una voz cerca de él. - ¿Ha venido a jugar con nosotros? – sonrió. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Sin embargo Beaumont sabía que la presencia de aquellos pacientes ponía demasiado nerviosa a la gran bata blanca, y en ese momento se alegraba de no haberlos escogido como conejillos de indias en algún absurdo experimento científico que sólo les hubiese ocasionado la muerte. Tenía que encontrar la manera de hablar con el grupo para decirles el poder que tenían en las manos y cómo usarlo, pero sin que Ella se enterase de lo que estaba pasando; por eso no podía pensar en absoluto sobre ese tema, o de lo contrario Ella le oiría, y lo mataría antes de tiempo.
    Ella, la poderosa gran bata blanca, se adentraba cada vez más en lo que antaño había sido su prisión, sintiendo que la opresión en el deformado pecho se hacía cada vez más patente; cuanto más se adentraba en las entrañas de la tierra más se acercaba al grupo de pacientes, y más miedo tenía. Debía buscar la manera de eliminarlos a todos, o al menos a uno, y evitar que pudiesen cerrar el círculo a tiempo; debía impedir que volviesen a confundirla el tiempo suficiente como para hacer que olvidase la salida, encerrándola de nuevo allí.
    Sonrió, relamiéndose, acercándose hacia la guardia, debía dar la impresión a Beaumont de que todo estaba bajo control y no tenía miedo de nada, o de lo contrario éste intentaría hacer algo contra ella; era duro admitir que, al menos por el momento, no era tan intocable como desearía ser.

- Pronto, Roldán, muy pronto. – susurró, sonriendo.
- Muy pronto, ¿qué, te darás cuenta de que estás perdida? – preguntó él, manteniendo la compostura.
- No, querido. Tú te darás cuenta de que no sirves más que para alimentar a mi prole, y entonces te rendirás por completo.
- Estoy seguro de que eso es lo que más deseas en este momento, ¿verdad? – preguntó con tono condescendiente. – Quieres pensar que estás a salvo por fin, y que podrás salir al exterior para adueñarte de todo cuanto te plazca, pero sabes que eso no pasará.

    Titubeó y odió al humano por eso, le hacía parecer débil. Hizo un gran esfuerzo por controlarse para no matarlo en ese momento, pero lo logró consolándose en la idea del horror que le tenía reservado. Continuó adentrándose por el túnel, en silencio.
    El grupo avanzaban por delante de las voces que habían oído, aunque sin saber a cuánta distancia de las mismas. La idea inicial era esconderse en alguna desviación o pequeña cueva que encontrasen, pero el túnel por el que avanzaban era completamente liso. Parecía estar perfectamente excavado por alguien.

- ¿Alguien puede decirme cuánto tiempo llevamos caminando? – susurró uno de los pacientes, cansado.
- Ssh, calla. – ordenó otro con tono autoritario. – Sigamos avanzando, al menos de momento no tenemos riesgo de perdernos, ¿no? – añadió, intentando suavizar sus palabras.
- Bueno, eso está por ver. – terció un tercero con tono crítico. – No podemos perdernos porque el camino de vuelta es en línea recta pero, ¿cómo diablos vamos a salir de este jodido agujero? Esas voces están entre nosotros y la libertad.

    El grupo guardó silencio, consciente de aquello. Ninguno de ellos había propuesto encararse a las voces e intentar derribarlas para poder salir ya que todos habían percibido algo extraño en aquella entonación, algo que no les había gustado; algo que prometía ser lo suficientemente fuerte como para acabar con los cuatro de un plumazo.

    Avanzaron en silencio, adentrándose más en aquella gruta sin saber cuánto tiempo llevaban caminando sin descanso, hasta encontrarse accidentalmente con una caída de casi dos metros que los dejó en una gran sala de piedra lisa. En aquella sala podían comenzar a ver un poco, algo resplandecía. Las voces que les seguían rieron, tras ellos. 

viernes, 21 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Escucharon el sonido de pasos mucho antes de que llegasen al edificio, por lo que contaban con tiempo de esconderse. O habrían contado con él, de haber habido algún mueble donde hacerlo en la habitación. La única solución de que disponían era la peor de todas, meterse en el agujero. No veían más allá de sus propias manos, pero avanzaron deprisa unos metros tratando de esconderse.

- Os dije que nos estaban buscando y que no teníamos que perder el tiempo con tonterías. – dijo el primero con tono de reproche, aunque entre susurros. – Pero no me hicisteis caso y ahora estamos en un buen lío, espero que estéis contentos.
- Calla, no creo que sea ninguno de esos fantoches. – susurró, con voz temblorosa.
- ¿Entonces quién, eh? – preguntó otro, negando con la cabeza. – No creo que nadie entre aquí porque sí, ¿sabes?
- No, no creo que nadie entre aquí por puro gusto. – respondió el primero, sin perder el tono que usaba. – Creo que esto es mucho peor que los vigilantes del manicomio, y estamos a punto de descubrir de qué se trata.

    La puerta de aquél edificio se había abierto despacio, pero el olor llegó mucho antes de que pudiesen escuchar el primer paso; un olor viejo, a cerrado. Les llenó las fosas nasales, mareándolos suavemente, haciéndoles volar la imaginación un poco como si los hubiese drogado.
    La ausencia de luz en aquél maldito hueco donde se escondían era tan grande que no podían ver dónde se encontraban, por lo que deseaban no tener que adentrarse más en aquél maldito sitio.

- ¿Listo para volver al hogar, Roldán? – preguntó ella con voz divertida.
- Te arrepentirás de esto, te lo aseguro. – replicó, aterrorizado. – Ya lo has notado, ¿verdad? Hay algo aquí que no debería. Si yo me he dado cuenta, tú también lo has hecho. – sonrió de medio lado. – Sí, sé que lo has notado. ¿De qué tienes miedo, gran bata blanca? ¿Qué está a punto de plantarte cara? Espero que no tengas miedo a la oscuridad, porque vas a volver a tu encierro.
- Oh, ¿eso crees? – preguntó ella, tratando de sonar burlona. Sin embargo sabía que aquél desgraciado tenía razón, en aquél lugar había algo que no debía estar…y no quería pensar que se trataba de ese condenado grupo que podría plantarle cara. – Bueno, supongo que lo averiguaremos. Bueno, en realidad tú no; para ti hay por delante una larga espera, hasta que llegue el momento. – sonrió un poco, acercándose hacia el boquete que había abierto para poder escapar.

    Sin abrir la boca, por miedo a que las dos voces los escuchasen, se retiraron hacia el interior lentamente; adentrándose en aquél maldito agujero. Ninguno de ellos quería hundirse en las entrañas de la tierra, pero no tenían más remedio.
    Caminaron en silencio, en fila india para no perderse de vista, durante un buen rato por aquél túnel excavado en línea recta; como si algo se hubiese cansado de vagar por algún sitio sin encontrar la salida y hubiese decidido fabricarse una.

- Este ha sido el peor error que podíamos cometer. – susurró el que iba último mirando hacia atrás constantemente, temiendo encontrarse con alguna criatura salida de sus pesadillas. – No vamos a salir de aquí. – susurró.
- Callaos, no necesitamos que nos escuchen. – respondió el primero con el mismo tono de reproche.
- No pasa nada, caminaremos en línea recta hasta encontrar un lugar donde escondernos. Esperaremos a que pasen las voces y luego nos marcharemos de aquí. – susurró otro, convencido.
- Y no volveremos a meternos en ningún maldito edificio hasta haber salido de este sitio. – añadió el primero.


     Aunque quería hacerle creer que no, estaba asustada, nerviosa, consciente de que aquél condenado grupo se encontraba allí. 

jueves, 20 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- Bueno, tal vez alguien se encargue de mantenerlo limpio. – sugirió, con voz temblorosa. – No sería tan descabellado, ¿no? Quiero decir, este sitio tiene muchos edificios así, habrán contratado a alguien para que limpie.
- ¿Para que limpie una sala vacía? – preguntó otro con voz burlona. – No seas ingenuo, esto no tiene ningún sentido. Aquí no hay nada, ¡nada! ¿Por qué molestarse en limpiarlo?
- No lo sé. – respondió incómodo. – Dímelo tú, que eres tan listo.
- Este sitio parece…irreal. – susurró el tercero con voz tímida. Parecía hablar más consigo mismo que con ellos. – Es como…como si fuese una especie de teatro, como si estuviese preparado para representar una obra; por eso tiene ese gran espacio, para poder colocar el escenario.

    Aquella suposición era absolutamente ridícula. La idea de que aquello no era más que una especie de teatro de los horrores era simplemente absurda. Y, sin embargo, resultaba completamente lógica al mismo tiempo.
    Tal vez tuviese razón, y aquél edificio fuese el lugar donde se representaba algún tipo de obra, algún tipo de engaño. Algún tipo de ilusión que hiciese a todos creer en todo lo que veían como válido.
    Un latigazo frío los sacudió de repente, conscientes de que estaban en el buen camino. Se miraron en silencio, sabiendo lo que significaba aquello.

- Quiero irme. – susurró uno, finalmente. – Quiero irme de aquí, este sitio no me gusta. Quiero irme, quiero irme ya, quiero irme a casa, a algún lugar seguro. Quiero irme lejos, lejos de este lugar, quiero irme y no mirar atrás. Quiero irme, irme, lejos, lejos… sin volver nunca. – comenzó a pronunciar de forma rápida y convulsa, sufriendo un ataque de pánico repentino.
- ¡Bueno, ya vale! – aulló el primero, incapaz de soportar aquellas palabras que cada vez eran más rápidas y altas. – Nos iremos de aquí, sí. Pero cállate de una vez, ¿quieres? Me estás poniendo nervioso.
- Pero no hemos encontrado agua. – protestó el cuarto, mirándolos a todos con calma.
- Ya la buscaremos en otro sitio, aquí no hay nada. – replicó el primero, fulminándolo con la mirada. No quería pasar ni un segundo más en aquél maldito lugar.
- Hay una puerta. – dijo el tercero, con voz lejana.

    Cuando todos se acercaron hacia donde estaba supieron que aquello no era una puerta. Sólo era una abertura abierta en una chapa de hierro oxidado. El metal estaba doblado hacia fuera, lo que significaba que algo había salido. La idea de que algo hubiese salido, rompiendo una chapa de metal, no les gustaba; tenían que salir de aquél maldito edificio cuanto antes.
    Sin embargo aquél agujero, negro y silencioso, los atraía de forma irresistible. Podían sentir perfectamente el deseo de entrar en aquél lugar y explorar lo que había en el interior, encontrar los tesoros que se escondían allí dentro.

- Alguien encontrará la forma de matarte, te lo prometo. – dijo Beaumont, resignado. Sólo quedaba intentar asustarla.
- ¿Alguien? – rió, burlona. – No me hagas reír, ¿quieres? Os creéis lo suficientemente fuertes como para matar cualquier cosa que se os ponga delante pero, por si no lo recuerdas, yo no me pongo delante. Primero me aseguro de confundiros y convenceros.
- Alguien lo hará. – insistió, convencido.

    La gran bata blanca se acercaba hacia su guarida con la primera presa, con ella alimentaría a su futura prole. A cada paso que daba hacia su lugar de encierro sentía una opresión en el pecho crecer, el miedo se hacía cada vez más plausible: ellos estaban allí.

    ¿Qué hacer? Ellos podrían volver a derrotarla, y eso no debía suceder. Sin embargo tenía que continuar avanzando. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    La explosión les había hecho caer a ellos, pero no a ella. Ella corría hacia donde se encontraban, dispuesta para cosecharlos
    Burche, que fue el primero en volver a levantar, trató de ayudar a Beaumont pero sin éxito; Roldán había caído en una mala posición y ahora se dolía de un tobillo que probablemente se habría partido. Durante un instante Conrad se planteó ayudarlo a levantar, pero el aullido que produjo la carcajada de la gran bata blanca fue suficiente para que decidiese echar a correr para salvarse.

- ¡Ayúdame! – exclamó, cogiéndolo del tobillo, asustado.
- ¡Suéltame, viejo asqueroso! – replicó Burche, tratando de soltarse. – Tú ya estás acabado, deja que yo intente salvarme. – dijo tratando de convencerlo. Sin embargo no dudó en soltarle una fuerte patada en la cara que lo dejó lo suficientemente atontado como para que le soltase. – Lo siento, viejo, pero mejor tú que yo. – pensaba mientras corría pasillo adentro, buscando refugio.

    Primero los gritos de miedo ante la idea de ser atrapado por aquella criatura horrenda, luego llegaron los aullidos de auténtico terror cuando las manos de mujer se cernieron sobre su espalda, levantándolo del suelo sin esfuerzo.
    Ella rió, satisfecha, al atrapar a su presa. Se lo llevó, cargándolo sobre los hombros, hacia el edificio donde la habían encerrado; allí tenía algo muy importante y no podía permitir dejarlo sin protección demasiado tiempo.
    Beaumont observó con horror y obsesión la espalda de la criatura que le había atrapado. Aquella zona del cuerpo estaba completamente retorcida y reseca, como si hubiese sido expuesta durante mucho tiempo a un ardiente fuego. Como si hubiesen intentado quemarla viva para matarla. Trató de retorcerse para zafarse de ella, pero le tenía sujeto con tanta fuerza que todo fue inútil. También trató de golpearla para intentar hacerla caer, pero la idea de tocar aquella zona tan cicatrizada le daba auténtico asco.

- ¡Suéltame, suéltame! – aulló, intentando escapar pero al mismo tiempo sin hacerlo, presa del pánico.
- Te di la oportunidad de pactar tu vida conmigo, pero no la quisiste aprovechar, Roldán. – respondió ella por primera vez con su voz real. Una voz sucia, quebrada, que sonaba artificial y lejana; como si no fuese de ese planeta, sino de otro a millones de años luz.
- ¡Por favor, suéltame, déjame marchar! – exclamó, tratando de soltarse de nuevo.
- No te preocupes, Roldán, no estarás solo en la oscuridad. – respondió ella con una sonrisa divertida. – Pronto atraparé también a Conrad, y juntos volveréis a jugar al escondite conmigo. ¿No os apetece? Yo me muero de ganas por hacerlo. – tras aquellas palabras se relamió de forma lenta y concienciada, quería que Beaumont escuchase el sonido de su lengua, una lengua demasiado larga para ser humana, pasar por los labios cortados.
- ¡No, no! – aulló.

    La gran bata blanca se llevó a su primera presa hacia su guardia, donde la tendría encerrada hasta el momento adecuado. Aquellos dos eran los responsables, vivos, de su encierro y pensaba cobrarse aquél tiempo perdido.
    En el edificio menor el grupo de pacientes no encontró nada en ninguna habitación, todas estaban completamente vacías y completamente limpias, lo cual no les resultaba lógico en absoluto.

- Es como si este lugar no fuese real. – susurró uno de ellos.
- Yo lo veo muy real. – respondió otro con tono irónico, negando con la cabeza.

- Quiero decir que esto lleva mucho tiempo abandonado, ¿cómo es que no hay ninguna mancha de tierra por ninguna parte? 

martes, 18 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Fue un alivio completo, y una auténtica sorpresa, llegar a salvo a la salida del edificio; no esperaban llegar tan lejos sin toparse con ella. Quizá pudiesen huir después de todo, quizá ella estuviese realmente ocupada con los pacientes como para prestarles demasiada atención.
    El frío les envolvió en una especie de manto, refrescándoles y haciéndoles creer en la esperanza. Sonrieron, mirándose y mirando al césped que apenas llegaba a crecer en aquella zona, y preguntándose qué hacer ahora; ambos estaban de acuerdo que era una estupidez intentar matarse ahora que habían logrado escapar de la influencia de ella.

- Lo hemos conseguido. – susurró Burche, mirándolo incrédulo. – Quiero decir… ¡estamos vivos! – aulló.
- Todavía no del todo. – respondió Beaumont haciéndole gestos con las manos para que guardase silencio. – Aún estamos apenas en la entrada del centro, será mejor que nos movamos y nos marchemos de aquí cuanto antes.
- Creo que es una buena idea. – convino Conrad, asintiendo con la cabeza, mientras comenzaba a andar para alejarse de aquél condenado lugar. - ¿Qué crees que había en los edificios más pequeños? – preguntó, mirándolo de soslayo. – Estuvimos en el segundo más grande pero, ¿qué hay de los pequeños? Hay muchos.
- No tengo ni idea. – replicó Roldán encogiéndose de hombros. – Y tampoco me apetece mucho saberlo, si quieres que te sea sincero. Ya tuvimos suficiente con estos dos. – suspiró.

    No habían recorrido ni veinte metros desde que salieron del edificio principal cuando escucharon un ruido ensordecedor: la caldera había explotado.
    Sin embargo no era la caldera, por mucho que hubiesen deseado que fuese eso, sino ella que se acercaba. Había salido del centro, probablemente para llevar algunos de los cuerpos hacia el edificio donde había quedado encerrada tiempo atrás, y ahora regresaba de nuevo…y los había visto. Ambos quedaron petrificados ante la imagen de semejante criatura.

- ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Burche, asqueado y aterrorizado. – ¿Qué demonios hacemos ahora? – gritó, presa del pánico.
- Tenemos que volver adentro. – respondió Beaumont, convencido de sus palabras.
- ¿Y que la caldera nos mate? – preguntó, negando con la cabeza. – Tiene que haber…
- Es eso o dejar que ella nos cace. – replicó, huyendo hacia el interior.
- ¡Mierda! – exclamó Burche, echándose a correr tras él.
- ¡Ha llegado vuestra hora, pobres diablos! – exclamó la voz de ella, que nada tenía de humano ahora, mientras la criatura se lanzaba tras ellos en una frenética carrera, riendo y riendo, satisfecha de lo que estaba a punto de suceder.

    Una auténtica aberración para los ojos les perseguía, dispuesta a cazarlos. Un aspecto físico que no se parecía en nada a la voz sensual y atrayente que les perseguía.
    Era una mujer, o al menos la silueta de una mujer, envuelta con una gran bata de cuero raída. Una bata oscurecida por las manchas de agua y de sangre. La piel, grisácea, parecía estar llena de minúsculas escapas que la cubrían. La cabeza era ovalada, acabada en un pico curvado hacia adelante, y tenía dos cuencas negras enmohecidas en lugar de ojos y una especie de boca que no podían comprender; eran dos pequeñas bocas que se abrían por los pómulos de la mujer, llenos de dientes que parecían dispuestos a cortar y rasgar.

    Los dos hombres corrieron al interior del edifico en busca de refugio, entrando en el mismo momento en que la caldera finalmente estallaba. Los cimientos fueron sacudidos con fuerza suficiente como para hacerles caer, desorientados, pero no con la necesaria como para hacer caer todo el edificio. Estaban perdidos, y lo sabía. Ella lo sabía. 

lunes, 17 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    El grupo de pacientes se alejaba del centro psiquiátrico sin mirar atrás, impulsados por la promesa de una vida mejor; podrían volver a cometer sus locuras con total libertad sin estar sometidos a la voluntad de un grupo de locos que, tiempo atrás, logró rebelarse contra los trabajadores de un manicomio y lo sustituyó para continuar llevando a cabo horrores.
    Había algo malo en aquél maldito lugar, y no sólo ellos mismos, algo que había potenciado la violencia de aquellos hombres y mujeres hasta el punto de que cometiesen atrocidades. Huían de aquello que sabían que había envenenado las mentes de los pacientes… ¿pero era lo correcto? Algunos en el grupo se lo preguntaban en silencio a cada paso que daban.
    Cuanto más se alejaban de aquél edificio oscuro y sombrío mejor se sentían, como si se estuviesen alejando de un lugar que los ponía enfermos. No pudieron dejar de ver algunos edificios más, mucho más pequeños, salpicados en el páramo.
    Los habían oído nombrar de labios de Beaumont y Burche pero no sabían que había allí dentro, tampoco querían saberlo.

- ¡Libres! – exclamó uno, llenándose los pulmones con aire.
- Todavía no. – negó otro, chasqueando la lengua. – No hemos salido de este lugar, aún pueden atraparnos.
- ¿Quién? – preguntó negando con la cabeza. – Ya nos hemos encargado de esa panda de estúpidos.
- Hay algo en este sitio peor que Burche y sus secuaces, peor incluso que el falso director. – insistió con tono frío. – Y no pienso quedarme para descubrir quién o qué es.
- Tonterías. ¿No lo sentís? Cada paso que damos estamos más limpios. – insistió con optimismo.
- Exactamente, amigo. Cuanto más nos alejamos del centro más limpios estamos, por lo que en el centro hay algo que nos tenía intoxicados. – hablaba con demasiada seguridad como para ser una opinión sin más, era como si hablase con auténtico conocimiento. – No me preguntéis el qué, porque no tengo intención de averiguarlo.
- ¿Y qué creéis que hay ahí? – preguntó un tercero, señalando uno de los edificios.
- No lo sé, pero tampoco tengo intención de descubrirlo. – respondió una vez más el segundo, negando con la cabeza.
- Bueno, deberíamos ver si hay agua ahí dentro. – dijo el cuarto, con voz nerviosa. – Quiero decir…llevamos horas caminando, tengo sed y hambre estoy cansado. Creo que deberíamos hacer una pequeña parada para descansar.

    El grupo guardó silencio, mirándolo. Era cierto que llevaban horas caminando sin detenerse, y empezaban a acusar el cansancio y la falta de agua. Tenían que parar en algún lugar e intentar reponerse antes de volver a continuar camino, pero a ninguno le hacía especial ilusión entrar en uno de esos lugares de los que aquellos dos hablaban con tanto énfasis; podían encontrar con cualquier cosa allí dentro.

- ¿Y si hay más gente? – preguntó uno, negando con la cabeza. – No creo que debamos arriesgarnos a que nos vuelvan a atraparnos.
- Si hay gente, los matamos. – respondió el cuarto sin rastro de nervios o miedo en la voz, sustituidos por júbilo irracional.
- Es una opción… - susurró el segundo, sopesando las palabras seriamente. – Necesitamos agua, o no llegaremos a ninguna parte.
- No lo sé. – negó el primero con duda. No sabía exactamente por qué, pero no quería entrar ahí. Sin embargo sabía que tenían razón, debían buscar agua. – Está bien…pero con cuidado, ¿entendido? Sin separarnos, y atentos a todo lo que haya allí.


    Avanzaron hacia el edificio en silencio, en busca de agua y alimento. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- Si es verdad que no tienes miedo, ¿por qué pretendes sobornarme con promesas de libertad? – preguntó con tono irónico mientras continuaba avanzando.
- Para que traiciones a Conrad, por supuesto. ¿Por qué? Porque quiero divertirme un poco a vuestra costa. – replicó con voz burlesca. – Me estoy dando cuenta de que cazar es divertido, pero también lo es influenciaros para que cometáis auténticas barbaridades. – hizo una pequeña pausa que Roldán supo interpretar perfectamente; estaba devorando a una nueva víctima. – Si uniésemos vuestro potencial destructivo y mi mente retorcida… ¿te imaginas lo que podría pasar? – rió.
- Sería atroz. – respondió Beaumont, asqueado. Empezaba a estar libre de la influencia de aquella voz y, por primera vez en toda su vida, comenzaba a darse cuenta de los crímenes que había cometido. Definitivamente no debían dejarla salir de aquél maldito lugar, nunca.
- No le hagas caso. – dijo Burche, dándole una palmada en el pecho. – No me mires así, llevas un buen rato callado y con la mirada perdida. Sé perfectamente que estás hablando con ella, y no me interesa de qué habléis. Pero no le hagas caso, o será peor.
- Sí, tienes razón. – asintió con calma, tratando de mantenerse lúcido y centrado.

    Llegaron finalmente a la sala de la caldera, y descubrieron que estaba completamente vacía; ella no debía tener miedo de lo que pudiesen hacer, pues de lo contrario habría estado allí. Se miraron en silencio durante un momento, y luego se pusieron en marcha.
    La única forma de hacer reventar la caldera era haciendo que produjese demasiada presión, y que nadie la liberase. Harían que la caldera sobrepasase los límites de seguridad y esperarían a que explotase.

- Espero que funcione. – susurró Beaumont, mirando al otro.
- Sí, ambos lo esperamos. – asintió Burche, accionando la caldera para hacer que produjese más calor del que pudiese soportar. Se asegurarían de tapar todas las posibles fugas.
- Sois demasiado estúpidos, los dos, como para daros cuenta. Pero no pasa nada, yo os he dado la oportunidad de salir con vida por vuestros servicios prestados, pero la habéis rechazado. No podréis salir de aquí con vida. – dijo la voz de mujer, hablando con ambos.

    Se miraron en silencio mutuamente durante un momento, mientras sopesaban qué hacer o decir ahora. No es que hubiesen hecho las paces, y ya habían cumplido con lo que debían hacer…podían perfectamente resolver la pequeña “disputa”, aunque ambos sabían que la mejor opción en ese momento era morir.

- ¿Y si no es suficiente? – por fin uno abrió la boca, y fue Roldán.
- No tenemos NADA más que pueda explotar en este sitio. – respondió Burche encogiéndose de hombros, resignado. – Diría que los extintores, pero ya los hemos gastados todos. No queda nada que contenga la presión suficiente como para estallar. – se encogió de hombros de nuevo.
- Entonces tal vez deberíamos intentar salir de aquí mientras podamos. Ella está ahora muy ocupada cazando como para hacernos caso. – sugirió Beaumont, tras un momento de silencio.
- Podemos intentarlo, sí. – asintió él, convencido.

    Ahora dejaron que el pánico se apoderase de ellos para echar a correr de nuevo hacia la primera planta del edificio y buscar la salida mientras rezaban para que ella no estuviese por allí; sabían que tarde o temprano se la encontrarían.

    Sin embargo la gran bata blanca estaba demasiado ocupada con algo realmente importante; el grupo de cuatro pacientes que buscaba huir…ya no podía encontrarlo, lo que suponía que estaban demasiado lejos de ella para poder influenciarlos. Eso era malo, la ponía nerviosa y la asustaba, pero también bueno; significaba que se habían marchado. 

sábado, 15 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Había pasado el momento de tensión, al menos por ahora, y los dos se habían puesto de nuevo en marcha. Sin embargo, Beaumont miraba con desconfianza a Burche de vez en cuando. ¿Por qué de nuevo había insistido en que era mejor huir? Sin duda la gran bata blanca había intentado engañarlo para que le dejase marchar, por lo que era muy probable que pronto le engañase prometiéndole que no le harían nada. Llegado ese momento no podría asegurar nada.

- Eres muy listo, Roldán. Pero, ¿y si te lo prometiera a ti? – susurró la voz en su mente. – ¿Y si te prometiese que de verdad te perdonaríamos la vida? Sois muchos en la tierra, por lo que probablemente morirías mucho antes de que hayamos acabado con todos. Podrías seguir viviendo en libertad, haciendo lo que te apetezca, sin volver a tener miedo de nada nunca más…sólo tendrías que dar media vuelta y marcharte. Nadie te lo impedirá. ¿No quieres ser libre? Quiero decir libre de verdad, no sólo salir de estos muros y punto. Hacer y decir lo que quieras sin tener en cuenta nunca más la opinión de nadie. ¿No es ese el verdadero significado de la palabra libertad? Muchos creen ser libres, pero no están más que esclavizados por el yugo del dinero. Lo más divertido es que fuisteis vosotros mismos quienes os esclavizasteis. – continuó con un tono irónico.

    No pudo evitar sopesar aquellas palabras durante un rato. ¿Y si tenía razón? Él moriría mucho antes de que todos los humanos fuesen aniquilados por ella y su prole, sin contar que los países opondrían resistencia; era plausible pensar que pudiesen incluso derrotarla. Todo lo que tenía que hacer era dar media vuelta y marcharse, sin impedir que ella terminase de cazar y alimentarse.
    Miró de medio lado a Burche, que parecía absorto en sus propios pensamientos, y se lo planteó más seriamente. Bien podría darle una puñalada trapera a ese desgraciado y echar a correr hacia la libertad. Habría condenado a un horror indescriptible a cientos, miles, quizá millones, de personas pero…eso en realidad no le importaba en absoluto. Lo realmente importante para él era que podía escapar de aquella maldita pesadilla.

- No sería ético. ¿A quién le importa la ética? A nadie, está claro, pero…¿con qué derecho puedo condenar a todos por un simple impulso egoísta? Eso tiene gracia, teniendo en cuenta que he sacrificado a varias docenas de pacientes a un dolor indescriptible, sólo para mi propia diversión. Suena un poco hipócrita, ¿no? Sí, lo suena, ¿pero qué más da? Podría escapar vivo de esta, y eso es en lo que tengo que pensar. Todo lo demás es simple molestia, ¿no es así? Claro, claro que sí. – las voces en su cabeza, sus propias voces, se habían lanzado en una discusión sobre la ética y la moral que resultaba absurda. Al final lo único importante era mantenerse a salvo y sobrevivir, eso era lo que dictaba la razón y el instinto de conservación, y lo más inteligente sería hacerle caso sin más.
- Creo que deberías hacerle caso a esa última vocecilla, Roldán. Fue la que te mantuvo con vida la última vez, ¿recuerdas? – dijo la gran bata blanca con una sonrisa irónica de nuevo en la voz. – Gracias a ella no tuviste por qué verme, ni ver cómo me alimentaba. Sinceramente, creo que de haberlo visto ni siquiera tendrías que hacerte esa pregunta, ¿sabes? Echarías a correr sin más, aprovechando esta oportunidad única que te brindo.
- Sí, ¿pero por qué a mí? – preguntó con desconfianza. – Estoy seguro de que en cuanto esté saliendo por la puerta hacia la supuesta libertad te lanzarás sobre mí para matarme, o algo peor. No me engañas, ya no. Creo que me ofreces todo esto porque tienes miedo de que volvamos a encerrarte. – sus palabras, orgullosas, se estrellaron contra el muro de risa y desprecio que dio la gran bata blanca como respuesta.

- ¿Qué yo te tengo miedo, a ti? No me hagas reír, Roldán. De los cuatro que escapasteis sólo quedáis dos, por lo que ya no podríais hacer nada para volver a despistarme. No hay nadie en este maldito sitio que sea capaz de hacerme frente, estáis perdidos. – aseguró con desprecio y burla. 

viernes, 14 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Finalmente pudieron devolver la corriente al edificio sin problemas; no había ninguna horda de pacientes esperándolos.
    Sin embargo al encenderlas pudieron escuchar una serie de gritos que hicieron que se les pusiese el vello de punta. Se miraron, buscando una explicación, y supieron en el momento que lo mejor era salir de allí cuanto antes.

- Bueno, de momento la cosa está saliendo como habíamos planeado. – comentó Burche, tratando de ignorar las palabras que ella acababa de susurrarle justo en el momento en que activaba de nuevo la energía.
- Sí. – asintió Beaumont, mirándolo fijamente a los ojos un instante. – Igual que la última vez. Nos deja creer que estamos esquivándola para luego darnos caza. – aseguró con un tono frío, convencido.
- No eres muy bueno dando ánimos. – replicó Burche, negando con la cabeza.
- Tal vez sea porque soy realista, y sé lo que está haciendo. – respondió él con indiferencia.

    Suspiró, harto. No sólo quería huir de aquél maldito lugar, en vez de condenarse estúpidamente a morir para intentar “retener” a aquella maldita criatura, sino que además estaba harto de aguantar a aquél maldito desgraciado.
    Se paró en seco, mirándolo mientras se cruzaba de brazos. Roldán tardó un poco en darse cuenta de aquello, por lo que lo miró confundido y desconfiando.

- ¿Se puede saber qué estás haciendo? – preguntó de mal humor. – Por si no te has dado cuenta, no tenemos demasiado tiempo como para estar perdiéndolo con estupideces de egos dolidos.
- ¿No te das cuenta? – preguntó, acercándose despacio hacia él. – No sirve de nada lo que estamos intentando. Ella no va a quedar atrapada en los escombros de este maldito lugar, porque es imposible que haciendo explotar la caldera este lugar se venga abajo. Y aún en el caso de que lo lográsemos, este sitio es mucho más pequeño que el otro. – descruzó los brazos, mirándolo fijamente mientras apretaba los puños. – Estamos perdiendo el tiempo, y condenándonos.

    Escuchó en silencio lo que aquél hombre debía decirle, asintiendo de vez en cuando. Lo peor de todo es que pensaba exactamente igual que él, pero no podía decírselo; no podía rendirse al desánimo y el miedo o de lo contrario ella ya habría ganado.
    Un coro de voces se acercaba hacia ellos pero aun así ninguno de los dos se movió, sabían que eso mostraría debilidad y en aquél momento lo importante era mantenerse fuerte; quien más fuerte fuese sería el que prevaleciese sobre el otro, y sería su opción la que se haría.

- Puedes intentar escapar de aquí, e incluso quizá conseguirlo. – respondió despacio, mirándolo fijamente. Tenía que repetir lo mismo que ya le había dicho antes, pero no le importaba. – Puedes vivir varios años de relativa tranquilidad mientras te escondes  pero algún día ella estará ahí, sonriendo, mirándote, dispuesta a acabar con su obra. Puedes pensar que la mejor carta que tienes es la de huir y que puedes hacer un trato con ella. Puedes pensar en venderme y huir…y tal vez llegues a creer que con eso ella no te mate, pero llegará el día en que seas el último hombre sobre la tierra. – lo miraba fijamente a los ojos, mientras el coro de voces sonaba cada vez más alto y más cerca; una letanía fúnebre que pedía sangre a gritos. – Y ese día te convertirás en la última presa a cazar…y entonces te enfrentarás a ella, y a una prole de cientos de miles de seres como ella.

    Burche guardó silencio, escuchando y bajando la cabeza. Sabía que aquél desgraciado tenía razón.


- Entonces será mejor que no perdamos el tiempo. – replicó de mal humor, echándose a caminar hacia al sala de calderas. 

jueves, 13 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- Está bien. – respondió finalmente, tras unos segundos de indecisión. – Lo haremos a vuestra manera… - cedió, a regañadientes.

    No pasó inadvertido para ninguno de ellos que la situación había sido completamente crítica, pero no sabían el por qué. Sin embargo, ahora que la paz había vuelto al grupo, y que éste continuaba cohesionado, pudieron avanzar hacia la libertad. Abandonarían aquél maldito lugar de una vez por todas.
    La semilla de la desconfianza tardaría en germinar, pero estaba plantada. Sin embargo, tampoco era malo que esos cuatro se marchasen; si no estaban allí no podrían interrumpir sus planes. La gran bata blanca decidió que lo mejor era no volver a interceder en ese grupo y dejarlo marchar, aunque se había asegurado la forma de destruirlo si se daba el caso de que volvían hacia el manicomio, a buscarla.
    Burche y Beaumont habían logrado llegar hacia la zona donde se encontraban los interruptores de la luz sin tener problemas, aunque no imaginaban que estaba a punto de tenerlos.

- Con cuidado, ella estará cerca vigilando. No dudará en lanzarse sobre nosotros para despedazarnos. – susurró Conrad con voz asustada; ya no valía la pena fingir.
- Esperará a que lleguemos a la caldera. – dijo Roldán, convencido de ello.
- ¿Cómo estás tan seguro? – preguntó, negando con la cabeza. – No se arriesgará a que lleguemos hasta allí.
- Quiere que activemos la luz, para que podamos ver lo que ha hecho. Y así nos verán los demás, y nos matarán. – respondió con tono frío.

    La seguridad de las palabras, y la posibilidad de acierto en la idea, fueron suficientes para dejarle callado durante un rato. Caminaba imaginando en silencio lo que podría ocurrir a continuación; en cuanto encendiesen la luz de nuevo alguien allí los vería y se lanzaría hacia ellos para atacarles. En el supuesto de que lograsen esquivar, o matar, a aquél intoxicado paciente aún tendrían que volver hacia el piso superior para recorrer pasillos, decorados con sangre y trozos, hasta llegar hacia otra entrada subterránea que los llevaría directamente hacia el infierno.
    Primero tendrían que lidiar con una auténtica horda de pacientes que se lanzarían sobre ellos como si fuesen comida, para luego encontrarse con la guarida de la bestia: allí encontrarían nidos plagados de huevos de forma descabellada. Cerca estaría ella, la gran bata blanca, cuidando de su prole, lista para matar a los intrusos; cosechándolos a todos para alimentar a su prole.
    No pudo evitar la imagen de ella dirigiéndose hacia el exterior, seguida de ciento de pequeñas criaturas ansiosas de alimento. No podían permitirlo bajo ningún concepto, aunque no sabía cómo iban a hacer algo como aquello; ella era poderosa y era capaz de intoxicar la mente de hombres y mujeres, sembrándolos de imágenes y voces que les convenciesen de hacer lo que ella ordenase. Ellos sólo eran dos hombres que, sin saber cómo, lograron escapar a su influencia, dejándola encerrada en aquellos muros.

- Aquél lugar era…inmenso, kilométrico. Lleno de túneles y caminos sin salida, lleno de paredes falsas. ¿Y pretendemos encerrarla aquí, bajo los escombros de un edificio? Es ridículo. – pensó, mirando a Roldán. Abrió la boca para decírselo, pero la cerró en el mismo momento. – Pero es la única opción que tenemos, jamás podríamos hacerla entrar de nuevo en aquél agujero. – suspiró, sintiéndose completamente derrotado.

    La risa de ella volvió a golpearles de súbito, sacudiéndoles por completo.


- Al menos sabes que estás enfrentándote a algo imposible, Conrad. – dijo la voz de ella, sensual y fría. – ¿No sería más sencillo salir de aquí, y huir? – preguntó en tono retórico. Claro que lo era. 

miércoles, 12 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Los tres pacientes le miraron en silencio, preguntándose quién diablos le habría nombrado jefe del grupo; el grupo no tenía ningún jefe, todos eran parte de él y él era parte de todos. No sabrían explicar por qué, pero debía ser así.

- Pero si vamos capo a través correremos el riesgo de andar en círculos durante horas, hasta que alguien del manicomio nos encuentre; estaríamos exactamente en la misma situación. – dijo uno de los pacientes con tono nervioso, mirando a los otros buscando aprobación.
- En cambio si seguimos la carretera podremos ver el edificio desde lejos, por lo que podremos marcharnos antes de que ellos nos vean a nosotros. – asintió otro, mirándolo fijamente a los ojos.
- Creo que lo más inteligente es seguir la carretera y dar media vuelta si resulta que vamos en la dirección incorrecta. – miró al tipo que seguía por delante de los tres. Tenían que hacerle entrar en razón como fuese. – Además, no tenemos agua ni comida encima. Si nos perdemos y no encontramos nada… - no terminó la frase. Todos sabían perfectamente lo que pasaría.

    Los miró en silencio, incapaz de resistirse a la presión de grupo. Algo le hacía pensar que era mejor que siguiesen juntos y que no debían separarse; al menos de momento.

- Puede que tengáis razón… - aventuró, con tono dudoso.
- Adelante, ve con ellos. En cuanto os encontréis frente al manicomio te darán una patada para que te atrapen a ti mientras ellos huyen. No creerás realmente que puedes fiarte de ninguno de esos locos, ¿verdad? No creo que seas tan tonto como para poner tu vida en sus manos. – susurró una voz en sus oídos.

    La repentina voz le aturdió, sacudiéndolo por completo como una onda expansiva repentina. Era femenina y sensual, no podía resistirse a las palabras que sonaban justo tras su oído; le hacían suaves cosquillas y le embelesaban.
    No sabía quién las había pronunciado, pero no quería saberlo; sabía que si se arriesgaba a cuestionarlas, aquellas palabras no volverían a hablarle jamás, y él no sería capaz de vivir sin volver a oírlas.

- Pero no es la mejor opción. – insistió, convencido. – Si vamos por la carretera no tardarán en encontrarnos, ¿no recordáis que tienen vehículos? – se cruzó de brazos, negando con la cabeza. – No pienso dejar que esos desgraciados me vuelvan a atrapar, y mucho menos voy a dejar que vosotros me entreguéis. – escupió las palabras como si fuese una serpiente escupiendo veneno, con tono acusador.

    Los tres pacientes le miraron estupefactos, incapaces de creer lo que estaban oyendo. Ese hombre estaba intentando romper el grupo, y era algo que no podían permitir; en las cabezas de los tres sonaban alarmas que indicaban que el grupo no debía romperse.
    La gran bata blanca sonrió satisfecha, relamiéndose para limpiarse las manchas de sangre fresca de los labios. Ella había sembrado la semilla de la duda en uno de esos cuatro, y ahora sólo tendría que esperar a que germinase el árbol de la desconfianza. No podía permitir que ese grupo permaneciese compacto; podrían estropear sus planes.

- No digas tonterías, claro que no vamos a entregarte a esos desgraciados. – respondió uno de ellos, cruzándose de brazos.
- Todos hemos vivido esa pesadilla, ninguno quiere volver a ella. Estamos juntos en esto, y así seguiremos. Al menos hasta que logremos salir de aquí. – dijo otro de ellos, reforzando el compromiso.


    Se hizo el silencio mientras los miraba, preguntándose si realmente podía seguir confiando en aquellos tres. Los necesitaba, pero no pensaba dejarse engañar.