miércoles, 5 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

La gran bata blanca creía tenerlo todo bajo su control absoluto. Creía que nada podía escapar a su dominio, pero se equivocaba. Algunos de los pacientes habían comenzado a vomitar su medicación, y como no había suficiente personal para controlar al casi millar de pacientes era imposible que los controlasen. Seguían teniendo que superar a los “vigilantes” del centro, pero lograban esquivarlos y engañarlos cada vez con más facilidad: sus mentes comenzaban a estar totalmente lúcidas mientras que las de aquellos brutos seguían estando bajo el control de la medicación y los mórficos con los que se drogaban a diario. No eran más de diez los que habían comenzado a despertar, pero pronto serían más.

- Tenemos que salir de aquí.
- Sí, ¿pero cómo? Este sitio es inmenso.
- Primero tenemos que encargarnos de esos cabrones, y luego a por el personal.
- Sí, debe correr la sangre. Debe hacerse justicia.
- ¿Justicia? La justicia es lo que nos ha metido aquí. ¡Sangre!

No dejaban de ser criminales, la mayoría violentos.

- Es fascinante, ¿no le parece, 420? – preguntó Beaumont sonriente mientras tenía la cabeza del paciente abierta, jugando con su cerebro.
- ¡Doctor, déjeme por favor! ¡Me hace daño! – aulló, el mismo paciente al que había sometido esa misma mañana al electroshock.
- No me mientas, 521 – replicó Beaumont con aire autoritario – La operación que estamos realizando en este momento no es en absoluto dolorosa, aunque sí invasiva. Además, cierre la boca, ¿quiere? Le he permitido el lujo de compartir el descubrimiento conmigo.
- ¡Pero yo no quiero ver mis propios sesos! – aulló el pobre diablo con los ojos cerrados. Beaumont le había colocado espejos delante de la cara y otros en el ángulo adecuado para que el paciente pudiese ver lo que le estaba haciendo.
- Pero no está aquí para que se haga lo que usted quiera, ¿no creé? – negó con la cabeza – Está aquí para contribuir con la ciencia. Además, procure no distraerme demasiado…a fin de cuentas, tengo un bisturí en una mano y su cerebro en la otra – esbozó una sonrisa de pura satisfacción cuando lo vio palidecer.
- No debería tratar tan mal a la gente, doctor – replicó con voz infantil - ¿A usted le gustaría que yo le hiciera esto?
- Métase bien esto en la cabeza, 403, o tendré que hacerlo yo aprovechando que ya la tengo abierta – rió su propio chiste – Aquí YO soy el que manda, ¿comprende? Y usted no es más que una rata de laboratorio, sometida a los estudios científicos. ¿Prefiere que le encierre con los vigilantes esta noche, en lugar de colaborar? – preguntó sonriente.
- Algún día se va a arrepentir de todo lo que está haciendo, doctor. Algún día habrá un cambio de poder en este sitio – dijo sin saber lo acertado de sus palabras.


En el caso de que hubiese un cambio de poder en el centro no habría ningún problema; la gran bata blanca se aseguraría de que los nuevos “jefes” de la plantilla se encargasen de dejar bien claro quién era el “jefe” médico y quiénes estaban por debajo. La gran bata blanca se encargaría de que ninguno de ellos acabase escapando del centro psiquiátrico. Ya lo había hecho en el pasado, aunque Beaumont no lo recordase. 

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