martes, 4 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

Mientras caminaba por el pasillo se detuvo al escuchar los gritos frenéticos de los sujetos que huían. Sonrió un poco, asomándose a medias, mientras observaba cómo Burche se llevaba a uno de los internos que pataleaba intentando soltarse.

- Y con eso los sujetos vivirán con el miedo de tropezarse con alguno de estos estúpidos brutos como para intentar escapar de aquí. Y aún en el caso de que no surtiera efecto sólo buscarían venganza en estos y no intentarían hacernos nada a nosotros, porque siempre estaremos en el estatus más alto de la cadena – pensó satisfecho mientras se alejaba de nuevo, dejando que Conrad se entretuviese como quisiera con el desgraciado al que había atrapado.  – Hoy hay bastante papeleo que preparar, ¿acaso recibiremos nuevos invitados pronto? Espero que sí, la maquinaria científica no debe ser detenida en ningún momento – se dijo adentrándose en su despacho.

Era una habitación un poco lúgubre, pintada de color marrón oscuro y muebles de madera con el mismo tono. Sobre la vieja y enorme mesa tenía varias calaveras humanas; una completa, otras cortadas en distintos ángulos y otra calavera muy pequeña, aparentemente de un no nato. Sobre las estanterías en lugar de libros había cientos de frascos de cristal con muestras de órganos y huesos. Era un lugar que ninguno de los pacientes quería visitar bajo ningún concepto, a excepción de los “vigilantes” quienes solían mostrar cierto entusiasmo perturbador, pero que a Roldán Beaumont resultaba totalmente relajante. Era el único lugar del mundo donde no debía tener miedo de mostrarse tal y como era.

- Espero que todo esto resulte en nuevos invitados y no en estúpidas inspecciones de rutina, no las soporto. – se dijo mientras ponía la música clásica al máximo volumen para ahogar los gritos del exterior. No soportaba escuchar a ningún paciente gritar si no era él el responsable de hacerlo – Esos brutos simplemente sacian su instinto de causar dolor sin buscar un objetivo mayor a ese. Pobres ignorantes, sus deseos sádicos son su mayor debilidad – pensó sonriendo de medio lado mientras extraía de uno de los bolsillos de la camisa una elegante pluma de tinta negra con la que comenzó a rellenar papeles.


Durante casi una hora permaneció recluido en su despacho rellenando informes inventados. Por supuesto él no sabía que aquellos papeles acabarían al final del día en una destructora de papel y posteriormente en un incinerador; la bata blanca no podía permitirse el lujo de que a aquél hombre le entrasen dudas sobre lo que estaba haciendo, eso sería algo catastrófico para sus grandes planes. Cuando por fin terminó con el aburrido, pero “necesario” papeleo salió del despacho sin dudarlo un momento. Observó en silencio a cada uno de los pacientes que le miraban con miedo y sonrió un poco, acercándose a ellos. De nuevo volvieron a correr y de nuevo él volvió a caminar tras ellos – Podría decirse que Burche no es el único al que le gusta cazar conejitos asustados – se dijo con una sonrisa divertida, antes de romper a reír. – Vamos, vamos – animó con una sonrisa en los labios y un brillo de jovialidad demencial en los ojos – Vamos, muchachitos. ¿Quién quiere someterse a una lobotomía? – sonrió de nuevo – Os prometo que, esta vez, usaré anestesia – por fin atrapó a uno de aquellos drogados hombres, que comenzó a aullar de puro pánico – O quizá no – susurró a su oído, antes de romper a reír. 

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