Mientras caminaba por el pasillo se detuvo al
escuchar los gritos frenéticos de los sujetos que huían. Sonrió un poco, asomándose
a medias, mientras observaba cómo Burche se llevaba a uno de los internos que
pataleaba intentando soltarse.
- Y con eso
los sujetos vivirán con el miedo de tropezarse con alguno de estos estúpidos
brutos como para intentar escapar de aquí. Y aún en el caso de que no surtiera
efecto sólo buscarían venganza en estos y no intentarían hacernos nada a
nosotros, porque siempre estaremos en el estatus más alto de la cadena – pensó
satisfecho mientras se alejaba de nuevo, dejando que Conrad se entretuviese
como quisiera con el desgraciado al que había atrapado. – Hoy hay
bastante papeleo que preparar, ¿acaso recibiremos nuevos invitados pronto? Espero
que sí, la maquinaria científica no debe ser detenida en ningún momento –
se dijo adentrándose en su despacho.
Era una habitación un poco lúgubre, pintada de color
marrón oscuro y muebles de madera con el mismo tono. Sobre la vieja y enorme
mesa tenía varias calaveras humanas; una completa, otras cortadas en distintos ángulos
y otra calavera muy pequeña, aparentemente de un no nato. Sobre las estanterías
en lugar de libros había cientos de frascos de cristal con muestras de órganos
y huesos. Era un lugar que ninguno de los pacientes quería visitar bajo ningún
concepto, a excepción de los “vigilantes” quienes solían mostrar cierto
entusiasmo perturbador, pero que a Roldán Beaumont resultaba totalmente
relajante. Era el único lugar del mundo donde no debía tener miedo de mostrarse
tal y como era.
- Espero que
todo esto resulte en nuevos invitados y no en estúpidas inspecciones de rutina,
no las soporto. – se dijo mientras ponía la música clásica al máximo
volumen para ahogar los gritos del exterior. No soportaba escuchar a ningún
paciente gritar si no era él el responsable de hacerlo – Esos brutos simplemente sacian su instinto de causar dolor sin buscar un
objetivo mayor a ese. Pobres ignorantes, sus deseos sádicos son su mayor
debilidad – pensó sonriendo de medio lado mientras extraía de uno de los bolsillos
de la camisa una elegante pluma de tinta negra con la que comenzó a rellenar
papeles.
Durante casi una hora permaneció recluido en su
despacho rellenando informes inventados. Por supuesto él no sabía que aquellos
papeles acabarían al final del día en una destructora de papel y posteriormente
en un incinerador; la bata blanca no podía permitirse el lujo de que a aquél
hombre le entrasen dudas sobre lo que estaba haciendo, eso sería algo catastrófico
para sus grandes planes. Cuando por fin terminó con el aburrido, pero “necesario”
papeleo salió del despacho sin dudarlo un momento. Observó en silencio a cada
uno de los pacientes que le miraban con miedo y sonrió un poco, acercándose a
ellos. De nuevo volvieron a correr y de nuevo él volvió a caminar tras ellos – Podría decirse que Burche no es el único al
que le gusta cazar conejitos asustados – se dijo con una sonrisa divertida,
antes de romper a reír. – Vamos, vamos – animó con una sonrisa en los labios y
un brillo de jovialidad demencial en los ojos – Vamos, muchachitos. ¿Quién
quiere someterse a una lobotomía? – sonrió de nuevo – Os prometo que, esta vez,
usaré anestesia – por fin atrapó a uno de aquellos drogados hombres, que comenzó
a aullar de puro pánico – O quizá no – susurró a su oído, antes de romper a reír.
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