De nuevo la música clásica resonaba en su despacho,
infiltrándose en los pasillos cercanos, llenando el vacío que dejaba el
silencio. La gran bata sabía muy bien que no podía permitir que en su guarida
hubiese demasiado silencio; el silencio permitía a sus huéspedes pensar con
mayor claridad que la falta de medicación. Tenía miedo de que en algún momento
hubiese suficiente silencio allí como para que alguno de los pacientes
reconociese por fin las grandes incoherencias y contradicciones del pequeño
mundo que había conseguido levantar, y decidiese asesinarla. Por eso resultaba
tan necesario que Beaumont continuase con sus experimentos e investigaciones;
por eso y porque la gran bata blanca necesitaba alimentarse.
- Señor Burche – dijo lentamente Roldán, observándolo en
su despacho.
- ¿Qué? – respondió toscamente, ligeramente incomodado
por aquél tono de reproche que había logrado meter en tan sólo dos palabras.
- Señor… Burche – repitió, despacio, como si saborease
cada palabra.
- ¿Qué? – volvió a repetir, más incomodado aún.
- ¡Ay, señor Burche! – exclamó con tono fatídico, sin
añadir más.
- ¿Qué? – preguntó, con el mismo tono impasible, mientras
apretaba con fuerza los puños bajo la mesa.
Su mente voló hacia lugares felices. Pudo verse a sí
mismo agarrando a ese tipejo por la nuca y estrellando su cara contra aquella
mesa repetidas veces, seguro de que la vieja madera agradecería mucho el sabor
de la sangre. Sonrió, feliz, imaginando cómo se ocupaba de él mientras algo en
su interior se sentía reconfortado, seguro de que había algo en el lugar que
era feliz ante ese nuevo estallido de violencia gratuita.
- Tengo una buena noticia para usted, señor Burche –
sonrió Beaumont con las manos entrelazadas – En realidad, diría que es una muy
buena noticia.
- ¿Cuál? – preguntó en el mismo tono letárgico,
reprimiendo a duras penas las ganas de cumplir con las imágenes de su mente,
seguro de que alguien lo agradecería.
- Pronto tendremos nuevos…invitados, señor Burche –
sonrió, sabiendo que no comprendía el significado de aquella palabra – Pobre idiota. Sirve muy bien para los
propósitos básicos pero no tiene mayor utilidad – pensó, satisfecho – Me
refiero a que pronto tendremos nuevos…conejitos a los que podrá cazar a placer.
- Ah, juguetes – respondió con tono mecánico, aunque la
sonrisa demente de su cara fue suficiente para que, durante un instante, Roldán
sintiese el miedo aflorar – Me gusta…los juguetes ya están viejos. Necesitamos
nuevos juguetes, sí.
- Sí, va siendo hora de que renovemos la plantilla –
sonrió, contento.
- ¿Para qué me ha llamado? – replicó Conrad cambiando
brutalmente la conversación.
- Quiero que haga huir a los conejitos viejos de esta
casa, señor Burche – respondió con calma.
- Está bien.
Salió del despacho, contento. Tener nuevos juguetes era
algo grande. La gran bata blanca estaba satisfecha.
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