- Está bien. – respondió finalmente, tras unos segundos de
indecisión. – Lo haremos a vuestra manera… - cedió, a regañadientes.
No pasó
inadvertido para ninguno de ellos que la situación había sido completamente
crítica, pero no sabían el por qué. Sin embargo, ahora que la paz había vuelto
al grupo, y que éste continuaba cohesionado, pudieron avanzar hacia la
libertad. Abandonarían aquél maldito lugar de una vez por todas.
La semilla de
la desconfianza tardaría en germinar, pero estaba plantada. Sin embargo,
tampoco era malo que esos cuatro se marchasen; si no estaban allí no podrían
interrumpir sus planes. La gran bata blanca decidió que lo mejor era no volver
a interceder en ese grupo y dejarlo marchar, aunque se había asegurado la forma
de destruirlo si se daba el caso de que volvían hacia el manicomio, a buscarla.
Burche y
Beaumont habían logrado llegar hacia la zona donde se encontraban los
interruptores de la luz sin tener problemas, aunque no imaginaban que estaba a
punto de tenerlos.
- Con cuidado, ella estará cerca vigilando. No dudará en
lanzarse sobre nosotros para despedazarnos. – susurró Conrad con voz asustada;
ya no valía la pena fingir.
- Esperará a que lleguemos a la caldera. – dijo Roldán,
convencido de ello.
- ¿Cómo estás tan seguro? – preguntó, negando con la
cabeza. – No se arriesgará a que lleguemos hasta allí.
- Quiere que activemos la luz, para que podamos ver lo
que ha hecho. Y así nos verán los demás, y nos matarán. – respondió con tono
frío.
La seguridad de
las palabras, y la posibilidad de acierto en la idea, fueron suficientes para
dejarle callado durante un rato. Caminaba imaginando en silencio lo que podría
ocurrir a continuación; en cuanto encendiesen la luz de nuevo alguien allí los
vería y se lanzaría hacia ellos para atacarles. En el supuesto de que lograsen
esquivar, o matar, a aquél intoxicado paciente aún tendrían que volver hacia el
piso superior para recorrer pasillos, decorados con sangre y trozos, hasta
llegar hacia otra entrada subterránea que los llevaría directamente hacia el
infierno.
Primero
tendrían que lidiar con una auténtica horda de pacientes que se lanzarían sobre
ellos como si fuesen comida, para luego encontrarse con la guarida de la
bestia: allí encontrarían nidos plagados de huevos de forma descabellada. Cerca
estaría ella, la gran bata blanca, cuidando de su prole, lista para matar a los
intrusos; cosechándolos a todos para alimentar a su prole.
No pudo evitar
la imagen de ella dirigiéndose hacia el exterior, seguida de ciento de pequeñas
criaturas ansiosas de alimento. No podían permitirlo bajo ningún concepto,
aunque no sabía cómo iban a hacer algo como aquello; ella era poderosa y era
capaz de intoxicar la mente de hombres y mujeres, sembrándolos de imágenes y
voces que les convenciesen de hacer lo que ella ordenase. Ellos sólo eran dos
hombres que, sin saber cómo, lograron escapar a su influencia, dejándola
encerrada en aquellos muros.
- Aquél lugar
era…inmenso, kilométrico. Lleno de túneles y caminos sin salida, lleno de
paredes falsas. ¿Y pretendemos encerrarla aquí, bajo los escombros de un
edificio? Es ridículo. – pensó, mirando a Roldán. Abrió la boca para
decírselo, pero la cerró en el mismo momento. – Pero es la única opción que tenemos, jamás podríamos hacerla entrar de
nuevo en aquél agujero. – suspiró, sintiéndose completamente derrotado.
La risa de ella
volvió a golpearles de súbito, sacudiéndoles por completo.
- Al menos sabes
que estás enfrentándote a algo imposible, Conrad. – dijo la voz de ella,
sensual y fría. – ¿No sería más sencillo
salir de aquí, y huir? – preguntó en tono retórico. Claro que lo era.
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