jueves, 13 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

- Está bien. – respondió finalmente, tras unos segundos de indecisión. – Lo haremos a vuestra manera… - cedió, a regañadientes.

    No pasó inadvertido para ninguno de ellos que la situación había sido completamente crítica, pero no sabían el por qué. Sin embargo, ahora que la paz había vuelto al grupo, y que éste continuaba cohesionado, pudieron avanzar hacia la libertad. Abandonarían aquél maldito lugar de una vez por todas.
    La semilla de la desconfianza tardaría en germinar, pero estaba plantada. Sin embargo, tampoco era malo que esos cuatro se marchasen; si no estaban allí no podrían interrumpir sus planes. La gran bata blanca decidió que lo mejor era no volver a interceder en ese grupo y dejarlo marchar, aunque se había asegurado la forma de destruirlo si se daba el caso de que volvían hacia el manicomio, a buscarla.
    Burche y Beaumont habían logrado llegar hacia la zona donde se encontraban los interruptores de la luz sin tener problemas, aunque no imaginaban que estaba a punto de tenerlos.

- Con cuidado, ella estará cerca vigilando. No dudará en lanzarse sobre nosotros para despedazarnos. – susurró Conrad con voz asustada; ya no valía la pena fingir.
- Esperará a que lleguemos a la caldera. – dijo Roldán, convencido de ello.
- ¿Cómo estás tan seguro? – preguntó, negando con la cabeza. – No se arriesgará a que lleguemos hasta allí.
- Quiere que activemos la luz, para que podamos ver lo que ha hecho. Y así nos verán los demás, y nos matarán. – respondió con tono frío.

    La seguridad de las palabras, y la posibilidad de acierto en la idea, fueron suficientes para dejarle callado durante un rato. Caminaba imaginando en silencio lo que podría ocurrir a continuación; en cuanto encendiesen la luz de nuevo alguien allí los vería y se lanzaría hacia ellos para atacarles. En el supuesto de que lograsen esquivar, o matar, a aquél intoxicado paciente aún tendrían que volver hacia el piso superior para recorrer pasillos, decorados con sangre y trozos, hasta llegar hacia otra entrada subterránea que los llevaría directamente hacia el infierno.
    Primero tendrían que lidiar con una auténtica horda de pacientes que se lanzarían sobre ellos como si fuesen comida, para luego encontrarse con la guarida de la bestia: allí encontrarían nidos plagados de huevos de forma descabellada. Cerca estaría ella, la gran bata blanca, cuidando de su prole, lista para matar a los intrusos; cosechándolos a todos para alimentar a su prole.
    No pudo evitar la imagen de ella dirigiéndose hacia el exterior, seguida de ciento de pequeñas criaturas ansiosas de alimento. No podían permitirlo bajo ningún concepto, aunque no sabía cómo iban a hacer algo como aquello; ella era poderosa y era capaz de intoxicar la mente de hombres y mujeres, sembrándolos de imágenes y voces que les convenciesen de hacer lo que ella ordenase. Ellos sólo eran dos hombres que, sin saber cómo, lograron escapar a su influencia, dejándola encerrada en aquellos muros.

- Aquél lugar era…inmenso, kilométrico. Lleno de túneles y caminos sin salida, lleno de paredes falsas. ¿Y pretendemos encerrarla aquí, bajo los escombros de un edificio? Es ridículo. – pensó, mirando a Roldán. Abrió la boca para decírselo, pero la cerró en el mismo momento. – Pero es la única opción que tenemos, jamás podríamos hacerla entrar de nuevo en aquél agujero. – suspiró, sintiéndose completamente derrotado.

    La risa de ella volvió a golpearles de súbito, sacudiéndoles por completo.


- Al menos sabes que estás enfrentándote a algo imposible, Conrad. – dijo la voz de ella, sensual y fría. – ¿No sería más sencillo salir de aquí, y huir? – preguntó en tono retórico. Claro que lo era. 

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