domingo, 9 de marzo de 2014

Centro psiquiátrico

    Los gritos, los aullidos y las risas precedían a los falsos vigilantes, que perseguían divertidos a los pacientes, impulsados por un odio irracional e infundado; no sabían por qué debían hacerlo, pero sabían que era mejor hacerlo y no hacer preguntas.
    Los pacientes corrían, forzándose hasta el límite. Tenían que hacer algo para lograr salir con vida de esa situación, algo que los volviese a unir para poder actuar al unísono.

- ¡Vamos a asaros vivos para comeros! – aulló uno de los falsos vigilantes, soltando después una risa espeluznante.
- ¡Vamos a disfrutar de un buen picnic! – echó a reír otro de ellos.

    El grupo de pacientes comenzó a perder la ventaja que sacaba a los falsos vigilantes, lo que hizo que estos aullasen con más ganas. Pronto comenzaría la masacre, pero no como ellos esperaban que ocurriera. Los falsos vigilantes alargaron los brazos para atrapar al grupo de pacientes cuando estos pararon en seco, girándose para plantarles cara.
    Llovieron golpes, patadas e incluso mordiscos. Ambos grupos atacaron y se defendieron a la desesperada; sus vidas dependían de aquello, y todos lo sabían.

- ¡Vamos a disfrutar mucho cuando os hayamos matado! – dijo uno de los falsos vigilantes.
- Vosotros sois los que vais a morir. – replicó uno de los pacientes.

    En el interior del edificio principal Burche y Beaumont se miraban en silencio. Aún no habían hablado al respecto de lo que debían hacer, pero sabían de antemano que ambos debían ayudarse. Los dos también sabían perfectamente que no podrían fiarse del otro. Finalmente se acercaron poco a poco.

- Entonces, ¿qué hacemos? – preguntó Conrad con tono impaciente, mirándolo fijamente a los ojos pero con deseo de mirar alrededor; quería asegurarse de que la silueta de la gran bata blanca no estaba cerca de ellos, pero no podía arriesgarse a que Roldán le traicionase al cogerle desprevenido. Él haría lo mismo.
- Ya te lo he dicho. – replicó Beaumont, tratándole de tú por primera vez en años. – Volar la caldera y rezar porque los escombros hagan las veces de tapón.
- Bien, pero no podemos arriesgarnos a sacar a nadie más de aquí. – respondió Burche cruzándose de brazos.
- No tienes derecho a condenarlos a muerte a todos. – replicó con tono acusador.
- Puedo hacer lo que me venga en gana, porque tú también los has condenado a muerte. Somos asesinos, perturbados, ¿recuerdas? – le dedicó una sonrisa irónica. – Además, serán el cebo. Ella se ocupará de cazarlos uno a uno durante su encierro, así al menos tendremos una oportunidad.
- No es lo más ético… - respondió con tono dudoso, consciente de que para bien o para mal no dejaba de tener razón. – Pero no tenemos más remedio, de acuerdo. – asintió. ¿Por qué de repente había tenido un ataque de moralidad? Nunca había estado sometido a esas consideraciones inútiles, ¿por qué de repente? Quizá el recuerdo del pasado fuese lo suficientemente fuerte como para no desearle aquello a nadie.
- Entonces no perdamos el tiempo. – sentenció Burche, encaminándose hacia el sótano.
- El sótano está oscuro. – dijo la voz de mujer en la mente de ambos. - ¿Qué se esconde en las sombras? Cosas que se mueven, ¿pero serán reales? Tendréis que descubrirlo. ¿Acaso creéis de verdad que os dejaré encerrarme aquí? Llevo demasiado tiempo encerrada, y no permitiré que eso vuelva a suceder. Esta vez saldré al exterior y podré buscar una guarida segura donde poder alimentar a mi prole.

    Ambos se miraron fijamente, conscientes de que no debían permitírselo. 

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