martes, 15 de abril de 2014

Frost, frío glacial

Continuando un poco más con las historias de los Tenno, ahora toca la historia de Frost. 

-- Relato -- 

Frost; frío glacial

<< En el espacio sólo hay dos cosas: Nada, y Frío. Un frío extremo.>>
Sürn-Rahn, profeta de las estrellas.

    Cuando la guerra entre los Grinner y los Corpus fue incontrolable y se extendió a lo largo del universo, ambos bandos recurrieron a un gran elenco de armas y herramientas de destrucción con las que poder hacer frente al enemigo. Una de estas armas, que quizá siempre haya sido la más poderosa de todas, fue la de la información, y nunca hubo mejor espía que Jürn-Rednt.
    Rednt era el único hombre capaz de obtener la información más completa en el menor tiempo posible de ambos bandos, por lo que cobraba una auténtica fortuna por cada trabajo realizado y cada victoria obtenida en la batalla gracias a su información. No tardaron ambos bandos en lanzarse en una guerra tan encarnizada por conseguir los servicios de Jürn-Rednt en exclusiva.
    Finalmente fueron los Grinner los que lograron el contrato definitivo con el espía más cotizado de toda la galaxia.

– Ahora que ese hombre trabaja para nosotros, nuestra supremacía en la galaxia está garantizada. – exclamó Thërn-Klôt, comandante en jefe de la flota Grinner.
– ¿Está seguro, comandante? – preguntó uno de sus subalternos, con una sonrisa en los labios.
– ¿Qué insinúas? – preguntó Klöt, mirándolo fijamente.
– Jürn-Rednt trabaja para nosotros gracias al dinero, comandante. ¿Quién nos asegura que los Corpus no ofrezcan un precio mayor por su lealtad? – preguntó fingiendo indiferencia. Dejó pasar unos segundos en silencio para que el comandante de la flota comprendiese lo que le estaba diciendo. – ¿Quién nos asegura que no lo hicieron antes que nosotros? – añadió finalmente, sentenciando la suerte del espía.
– Comprendo. Si ese espía trabaja para nosotros, bien puede hacerlo para el enemigo. – afirmó, convencido, con un golpe de mesa. – ¡Que me traigan al espía inmediatamente! – ordenó.
– Así se hará, señor. – respondió el subalterno, quien sonrió largamente en cuanto salió del puente de mando en busca de Jürn-Rednt. – Ahora comprobarás de primera mano por qué no es una buena idea jugar a dos bandas. – pensaba, complacido.

    La búsqueda del espía no fue en absoluto difícil ni prolongada, ya que éste trabajaba lealmente para los Grinner. Sin embargo el subalterno del comandante de la flota exageró el informe de captura, asegurando que había resultado muy difícil atraparle y que varios soldados habían caído en una refriega contra los Corpus, a quienes sin duda Rednt había puesto sobre aviso.

– Por los crímenes de traición al Imperio Grinner serás condenado a vagar por el espacio hasta el fin de los tiempos, espía. – fue la sentencia que Klôt impuso, sin hacer ningún juicio.
– ¡Os estáis equivocando! – exclamó Jürn. – ¡Yo os era leal, pero ahora mi venganza caerá sobre vosotros! – prometió, mientras se lo llevaban.

    El otrora espía mejor pagado de la galaxia fue encerrado en una cápsula criogénica que fue lanzada al espacio. El subalterno del comandante se aseguró de que la criogénesis no fuese activada, de modo que Rednt se viese obligado a vagar de forma consciente por el universo, a la espera de que la órbita de algún planeta le atrajese para hacerle caer y morir.
    Jürn-Rednt sufrió la mayor de las torturas cuando fue lanzado al espacio. No tardó demasiado en sentir cómo la temperatura de su cuerpo bajaba a un ritmo demencial y cómo la sangre de sus venas se congelaba en agudas aristas que le atravesaban. Notó perfectamente cómo la humedad de sus pulmones se había congelado en el acto, convirtiendo en casi imposible la respiración.
    Vagó perdido durante años, sumido en una semi-inconsciencia que le mantenía con vida pero que le obligaba a sentir el dolor y la desesperación: observaba cómo todo el universo pasaba ante él con la majestuosidad  de algo inalcanzable, y se prometió firmemente vengarse tanto de Corpus como Grinner si en alguna ocasión tenía la oportunidad de escapar de su prisión de hielo y vacío.
    Esa ocasión llegó el día en que los radares de los Tenno captaron la señal de la cápsula en la que vagaba perdido.

– Está vivo. – exclamó, sorprendido, uno de los maestros.
– Álzate Frost, hijo del frío.
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