-- Relato --
Nekros, el renacido.
<< Nunca tanto dolor procuró tanto bien. >>
Sürn-Rahn, profeta de
las estrellas.
Sylver Khül, el
sacerdote del imperio Orokin, fue el primero en ver el peligro que les
acechaba.
Una ola de dolor se abatirá
sobre tu pueblo, y la exterminación llegará en forma de lluvia, una lluvia
caída del cielo.
Una lluvia roja, que trae
consigo la muerte.
Sacrificarás el oro y la
sangre de los tuyos para evitar el dolor del resto.
Un sacrificio.
Un alma.
Esas fueron las palabras que los dioses
susurraron al sacerdote en los sueños. El sacrificio del oro sería sencillo,
pero el de la sangre requeriría mucho más. Khül tenía miedo a la muerte, así
que decidió sacrificar a uno de sus siervos como ofrenda de paz para los
dioses, ¿pero a cuál de todos?
Todos los miembros de su cámara eran Orokin
de pura sangre, por lo que no podría sacrificar a ninguno de ellos. Sin embargo
Ylag Strunn, que no era más que un joven, no era de sangre pura: él sería el
sacrificio para calmar la ira de los dioses.
– Esta noche me acompañarás a
la Cámara de los Dioses para conocer los secretos del sacerdocio, Ylag. – dijo
en privado al muchacho, que no debía llegar a los veinte años. Le estaba
mintiendo, y eso le dolía, pero era necesario.
– Sí, maestro. – respondió el
muchacho, nervioso y excitado: sería el miembro más joven de la orden en
recibir la iniciación.
– No debes contarle a nadie lo
que te he dicho, Ylag. – advirtió, mirándolo fijamente. – La Cámara de los
Dioses es el secreto mejor guardado del sacerdocio Orokin. Únicamente nosotros
y el Señor conocemos su existencia, y debe ser mantenida en secreto. –
continuó, mintiéndole: se lo estaba inventando todo. – ¿Lo has comprendido,
Ylag?
– Sí, Maestro. – asintió el
muchacho.
– Bien, muchacho. – respondió,
alejándose de él.
Aquella noche fue la última para el joven
Strunn, que volvería a nacer pero que nunca saldría de la Cámara.
– ¿Maestro? – preguntó con voz
nerviosa. Todo estaba a oscuras y no podía ver nada de lo que pasaba.
– Avanza, oh hijo de las
estrellas. – anunció la voz de Khül.
– Sí, Maestro. – respondió él,
avanzando hacia la habitación oscura. Se paró cuando sus piernas chocaron
contra algo sólido; un pequeño altar.
– Túmbate y cierra los ojos,
recibirás el don para ayudar. – dijo Khül.
Cuando el muchacho quedó tumbado pudo ver,
durante apenas segundos, una imagen que estaba pintada en el techo de la sala:
una abominación enorme le observaba, a la espera.
– ¿Qué es esa criatura,
Maestro? – preguntó, ya con los ojos cerrados. – Es aterradora.
– Es Mhorid, el Dios de los
infectados. Encomiendo tu alma a él, Ylag. Que tu sacrificio calme su sed de
sangre. – pronunció con severidad las palabras al tiempo que hundía un Itchor
en su pecho.
El joven se arqueó de dolor, y el grito fue
tan grande que no pudo pronunciarlo. No obstante, nunca abrió los ojos.
– Muere como Ylag Strunn,
iniciado en el sacerdocio Orokin. Levántate como Nekros, el hijo de los
muertos. Tu deber ahora será preservar la paz y proteger a tu pueblo. A partir de ahora te levantarás cuando la
muerte amenace a tu gente, para protegerlos. – pronunció en voz sibilante Khül,
sosteniendo el Itchor dentro del cuerpo inerte.
Un halo oscuro manó de la misma hoja
infectada, introduciéndose en el cuerpo del fallecido.
– Volveré cuando vuestra
civilización haya caído. – prometió Mhorid.
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