martes, 8 de abril de 2014

Nekros, el renacido

Continuando un poco más con las historias de los warframes que ya había comentado en el post de Oberon, ahora vamos con Nekros. 

-- Relato -- 

Nekros, el renacido.

<< Nunca tanto dolor procuró tanto bien. >>
Sürn-Rahn, profeta de las estrellas.

    Sylver Khül, el sacerdote del imperio Orokin, fue el primero en ver el peligro que les acechaba.
Una ola de dolor se abatirá sobre tu pueblo, y la exterminación llegará en forma de lluvia, una lluvia caída del cielo.
Una lluvia roja, que trae consigo la muerte.
Sacrificarás el oro y la sangre de los tuyos para evitar el dolor del resto.
Un sacrificio.
Un alma.
    Esas fueron las palabras que los dioses susurraron al sacerdote en los sueños. El sacrificio del oro sería sencillo, pero el de la sangre requeriría mucho más. Khül tenía miedo a la muerte, así que decidió sacrificar a uno de sus siervos como ofrenda de paz para los dioses, ¿pero a cuál de todos?
    Todos los miembros de su cámara eran Orokin de pura sangre, por lo que no podría sacrificar a ninguno de ellos. Sin embargo Ylag Strunn, que no era más que un joven, no era de sangre pura: él sería el sacrificio para calmar la ira de los dioses.
– Esta noche me acompañarás a la Cámara de los Dioses para conocer los secretos del sacerdocio, Ylag. – dijo en privado al muchacho, que no debía llegar a los veinte años. Le estaba mintiendo, y eso le dolía, pero era necesario.
– Sí, maestro. – respondió el muchacho, nervioso y excitado: sería el miembro más joven de la orden en recibir la iniciación.
– No debes contarle a nadie lo que te he dicho, Ylag. – advirtió, mirándolo fijamente. – La Cámara de los Dioses es el secreto mejor guardado del sacerdocio Orokin. Únicamente nosotros y el Señor conocemos su existencia, y debe ser mantenida en secreto. – continuó, mintiéndole: se lo estaba inventando todo. – ¿Lo has comprendido, Ylag?
– Sí, Maestro. – asintió el muchacho.
– Bien, muchacho. – respondió, alejándose de él.
    Aquella noche fue la última para el joven Strunn, que volvería a nacer pero que nunca saldría de la Cámara.
– ¿Maestro? – preguntó con voz nerviosa. Todo estaba a oscuras y no podía ver nada de lo que pasaba.
– Avanza, oh hijo de las estrellas. – anunció la voz de Khül.
– Sí, Maestro. – respondió él, avanzando hacia la habitación oscura. Se paró cuando sus piernas chocaron contra algo sólido; un pequeño altar.
– Túmbate y cierra los ojos, recibirás el don para ayudar. – dijo Khül.
    Cuando el muchacho quedó tumbado pudo ver, durante apenas segundos, una imagen que estaba pintada en el techo de la sala: una abominación enorme le observaba, a la espera.
– ¿Qué es esa criatura, Maestro? – preguntó, ya con los ojos cerrados. – Es aterradora.
– Es Mhorid, el Dios de los infectados. Encomiendo tu alma a él, Ylag. Que tu sacrificio calme su sed de sangre. – pronunció con severidad las palabras al tiempo que hundía un Itchor en su pecho.
    El joven se arqueó de dolor, y el grito fue tan grande que no pudo pronunciarlo. No obstante, nunca abrió los ojos.
– Muere como Ylag Strunn, iniciado en el sacerdocio Orokin. Levántate como Nekros, el hijo de los muertos. Tu deber ahora será preservar la paz y proteger a tu pueblo.  A partir de ahora te levantarás cuando la muerte amenace a tu gente, para protegerlos. – pronunció en voz sibilante Khül, sosteniendo el Itchor dentro del cuerpo inerte.
    Un halo oscuro manó de la misma hoja infectada, introduciéndose en el cuerpo del fallecido.

– Volveré cuando vuestra civilización haya caído. – prometió Mhorid. 

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