- ¿Un trofeo? – repitió incapaz de creerlo. – Tenéis que
estar de broma, por el amor de Dios.
- Puedes quedarte aquí, lamentándote de tu patética
existencia, o puedes venir con nosotros para refugiarte. – respondió la voz
masculina, cada vez con más aspereza.
Demian permaneció
en silencio observando al ser de voz masculina durante unos instantes, deseando
arrancarle la maldita cabeza de un mordisco. Lo habría hecho de no haber sido
por el miedo que tenía. Ese miedo irracional que le gritaba que todo aquello
era real.
- ¿Cómo reaccionarías tú si un buen día te despertases
sin recordar nada de tu pasado reciente y te encontrases en vete a saber dónde,
rodeado de dos…cosas que te dicen que vienen de camino unos seres que pretenden
matarte, eh? – preguntó mirando fijamente al de la voz masculina. – Creo que en
ese caso no te parecería tan mala idea lamentarte de tu patética existencia,
¿no crees?
- La diferencia, humano, es que en mi raza no perdemos el
tiempo lamentándonos por cosas que no podemos cambiar, ni nos dejamos ayudar
por otros pero desconfiando de ellos. – replicó la voz masculina, sosteniéndole
la mirada. Era mentira, por supuesto, pero eso el humano no tenía por qué
saberlo.
- Ya, claro. – asintió Demian con sarcasmo. – Y yo soy la
reina de Inglaterra… - suspiró, mirando hacia la voz femenina. Al menos ella
era mucho más amigable que el otro bruto. – ¿Se puede saber dónde diablos
estamos? – preguntó, mirando una vez más a su alrededor.
Los edificios
no estaban derruidos ni habían parecido sufrir un ataque mortal de ningún tipo,
pero sin embargo no había movimiento en ellos. Las calles de la ciudad y los
locales comerciales permanecían cerrados, pero en perfecto estado; nada los había
destrozado.
Era una tontería,
pero había estado buscando signos de una guerra post apocalíptica o algo
parecido, y sin embargo nada hacía indicar que algo de aquello se hubiese
producido.
Sin embargo la
falta de gente por las calles era esencialmente lo que le ponía más nervioso,
como si en aquél lugar no hubiesen más habitantes que ellos.
- Estás en una ciudad que ha sido atacada por los Râhl,
Demian. – respondió la voz femenina con suavidad.
- ¿Atacada? – miró, incrédulo, una vez más a su
alrededor. – Pero este sitio está…en perfecto estado, ¿cómo puedes decir que lo
han atacado?
- Los Râhl no hacen uso de armas para atacar, no las
necesitan. – intervino la voz masculina con indiferencia. – Son auténticas máquinas
de cazar, como animales.
- ¿Intentas decirme que una panda de animaluchos ha
erradicado toda la población de una gran ciudad, de un plumazo? – preguntó, mirándolo
y negando con la cabeza. – Debes de estar de broma, amigo.
- Si quieres creer que estoy de broma, adelante. –
respondió con un encogimiento de hombros.
- ¿Y por qué no se defendieron, eh? – preguntó, cruzándose
de brazos.
- Porque no les dieron tiempo, Demian. – terció la voz
femenina. – Los Râhl se divierten jugando con sus presas, obligándolos a
separarse en pequeños grupos que pueden ir cazando de poco en poco. Claro que
los tuyos trataron de defenderse, pero fueron incapaces de hacerlo.
Una vez más
todo aquello resultaba demasiado grande para su mente, pero empezaba a cobrar
cierto sentido macabro. Cerró los ojos, negando con la cabeza, mientras apuraba
el paso hacia donde quiera que le estuviesen llevando, no quería permanecer en
aquél lugar más tiempo del necesario.
Se sentía
observado.
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