lunes, 7 de abril de 2014

El viajero [4]

- ¿Un trofeo? – repitió incapaz de creerlo. – Tenéis que estar de broma, por el amor de Dios.
- Puedes quedarte aquí, lamentándote de tu patética existencia, o puedes venir con nosotros para refugiarte. – respondió la voz masculina, cada vez con más aspereza.

    Demian permaneció en silencio observando al ser de voz masculina durante unos instantes, deseando arrancarle la maldita cabeza de un mordisco. Lo habría hecho de no haber sido por el miedo que tenía. Ese miedo irracional que le gritaba que todo aquello era real.

- ¿Cómo reaccionarías tú si un buen día te despertases sin recordar nada de tu pasado reciente y te encontrases en vete a saber dónde, rodeado de dos…cosas que te dicen que vienen de camino unos seres que pretenden matarte, eh? – preguntó mirando fijamente al de la voz masculina. – Creo que en ese caso no te parecería tan mala idea lamentarte de tu patética existencia, ¿no crees?
- La diferencia, humano, es que en mi raza no perdemos el tiempo lamentándonos por cosas que no podemos cambiar, ni nos dejamos ayudar por otros pero desconfiando de ellos. – replicó la voz masculina, sosteniéndole la mirada. Era mentira, por supuesto, pero eso el humano no tenía por qué saberlo.
- Ya, claro. – asintió Demian con sarcasmo. – Y yo soy la reina de Inglaterra… - suspiró, mirando hacia la voz femenina. Al menos ella era mucho más amigable que el otro bruto. – ¿Se puede saber dónde diablos estamos? – preguntó, mirando una vez más a su alrededor.

    Los edificios no estaban derruidos ni habían parecido sufrir un ataque mortal de ningún tipo, pero sin embargo no había movimiento en ellos. Las calles de la ciudad y los locales comerciales permanecían cerrados, pero en perfecto estado; nada los había destrozado.
    Era una tontería, pero había estado buscando signos de una guerra post apocalíptica o algo parecido, y sin embargo nada hacía indicar que algo de aquello se hubiese producido.
    Sin embargo la falta de gente por las calles era esencialmente lo que le ponía más nervioso, como si en aquél lugar no hubiesen más habitantes que ellos.

- Estás en una ciudad que ha sido atacada por los Râhl, Demian. – respondió la voz femenina con suavidad.
- ¿Atacada? – miró, incrédulo, una vez más a su alrededor. – Pero este sitio está…en perfecto estado, ¿cómo puedes decir que lo han atacado?
- Los Râhl no hacen uso de armas para atacar, no las necesitan. – intervino la voz masculina con indiferencia. – Son auténticas máquinas de cazar, como animales.
- ¿Intentas decirme que una panda de animaluchos ha erradicado toda la población de una gran ciudad, de un plumazo? – preguntó, mirándolo y negando con la cabeza. – Debes de estar de broma, amigo.
- Si quieres creer que estoy de broma, adelante. – respondió con un encogimiento de hombros.
- ¿Y por qué no se defendieron, eh? – preguntó, cruzándose de brazos.
- Porque no les dieron tiempo, Demian. – terció la voz femenina. – Los Râhl se divierten jugando con sus presas, obligándolos a separarse en pequeños grupos que pueden ir cazando de poco en poco. Claro que los tuyos trataron de defenderse, pero fueron incapaces de hacerlo.

    Una vez más todo aquello resultaba demasiado grande para su mente, pero empezaba a cobrar cierto sentido macabro. Cerró los ojos, negando con la cabeza, mientras apuraba el paso hacia donde quiera que le estuviesen llevando, no quería permanecer en aquél lugar más tiempo del necesario.

    Se sentía observado. 

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