La espuma mancha sus labios sin que él le preste la más mínima atención, y aun habiéndosela prestado no le hubiese importado nada, mientras el frío y amarillo líquido cae por su garganta reseca con un delicioso efecto refrescante: lleva casi dos días sin beber nada más que un trago de agua sucia y horrenda y el sabor frío y delicioso de una buena jarra de cerveza helada es como encontrar un oasis en el desierto, o mucho mejor que eso.
- Desde luego que iba a ser mucho mejor que un oasis en un desierto, pero me parece que no tendré esa maldita suerte. - maldijo pateando un pequeño guijarro que ha encontrado en la carretera, apartándolo de él con la misma violencia con la que se había ido el agradable pensamiento de tomar una cerveza. - Tengo hambre, maldita sea. Ahora mismo me comería cualquier cosa. - miró a su alrededor con la esperanza de encontrar algo que poder echarse a la boca, pero una vez más todo estaba desierto: sólo arena y asfalto a la vista.
La nota en su pantalón le había asustado mucho, pero no por considerarla una cuenta atrás sino por el hecho de que alguien se hubiese acercado a donde estaba mientras dormía. ¿Y si la próxima vez en lugar de dejarle una nota le cortaban la garganta? ¿Y si la próxima vez le hacían algo peor? Lo dudaba bastante, ya que de ser así ya lo habrían hecho pero...ahí estaba la maldita cuenta atrás. ¿Y si a llegar a 0 hacían eso?
- ¿Pero dónde diablos está todo el mundo? - se preguntó de nuevo, desesperado. Casi treinta horas sin ver ni una sola cara, eso le preocupaba un poco.
Avanzó en silencio durante una hora más mientras oía a sus tripas rugir en demanda de comida y sentía la garganta tan seca y áspera que dentro de poco podría producirse un incendio ahí dentro. Sonrió a desgana al imaginarse a sí mismo corriendo por ahí mientras su garganta ardía.
Por fin, casi a la una de la tarde, divisó un nuevo edificio en medio de la nada y esta vez echó a correr, deseando que hubiese algo para recuperar las fuerzas.
- Como esté corriendo para nada... - se dijo.
Al llegar al lugar descubrió que era otro bar de carretera pero con peor aspecto que el anterior, como si en aquél antro de mala muerte soliesen reunirse bandas de moteros y gente que no deseaba ser encontrada.
Avanzó ignorando todo cuanto hubiese a su alrededor y corrió hacia la cocina, rezando para que esta vez pudiese encontrar algo que poder llevarse a la boca. Esta vez tuvo suerte, ya que encontró una lata de judías en salsa de tomate que no tardó en abrir y en comer sin importarle el estado en que se encontrasen: de no comer nada pronto desfallecería, y necesitaba tener fuerzas suficientes para llegar a la civilización. También encontró una botella de agua mineral limpia, y bebió el contenido por completo sin pararse a respirar.
Reconfortado y lleno, salió de nuevo hacia el comedor para buscar algo de utilidad. No obstante, se quedó petrificado al ver un cartel escrito en la pared:
LAS PESADILLAS VIENEN DE CAMINO
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