Sí, ya lo sé. Una vez más me he perdido en dios sabrá dónde imaginando el diablo sabrá qué y he desatendido mucho el blog. ¿Pues sabéis qué? ¡A la porra! Tengo una noticia para hacer las paces: he terminado mi segundo libro.
Hablo de ese que surgió aquí mientras improvisaba un día escribiendo algo de un detective de los años 50 que me había gustado tanto y que me guardé: pues ahora ya está acabado. Como publiqué aquí el primer capítulo del mismo ahora quiero hacer un pequeño avance del segundo.
-- Libro --
– Muy
bien, señorita Vernet, veamos qué sorpresa rara nos tienes preparada, ¿de
acuerdo? – pensó sentado en un banco del parque frente a una tienda de ropa.
Llevaba en las manos un periódico con el que poder entretenerse si la espera se
hacía demasiado larga – Cómo no, a la niñita de papá le gusta comprarse ropa
cara para luego quitársela ante el primer mindundi que la engatuse con esa
refinada palabrería de mierda, hablando del amor verdadero y todas esas
gilipolleces – pensó con desprecio negando con la cabeza, despacio. Apuntó en una
pequeña libreta el nombre de la tienda y el tipo de ropa por el que se
decantaba para que ese tal Clements pudiese jugar con ventaja cuando tratase él
de engatusarla – Seguro que cuando sea un poco más vieja es de las que le gusta
ir cargando con un par de zorros muertos encima, con alguna bota hecha con una
desgraciada serpiente que tuvo la mala suerte de toparse con el capullo
equivocado. Joder, no voy a aguantar demasiado tiempo con esta pérdida de
tiempo; hay demasiadas cosas importantes que hacer como para estar siguiendo a
una malcriada mocosa – suspiró un momento tratando de encontrar una de esas
cosas tan importantes que debía hacer – Como dar de comer al puto gato, por
ejemplo – se dijo con un encogimiento de hombros.
Al final la chica salió de la tienda con una
amplia variedad de bolsas en las manos. Caminó, contoneándose visiblemente a
cada paso que daba, hacia la tienda siguiente, que resultó ser una zapatería de
aspecto caro. Al verlo Harrison suspiró negando con la cabeza mientras sacaba un
cigarrillo del bolsillo de la gabardina y lo encendía tratando de infundirse
paciencia suficiente.
– Cómo no, ahora los zapatitos para la
princesita – se dijo con aire burlón – Y luego irá directa a alguna perfumería,
¿verdad señorita Kernat? Tengo ganas de acabar con esta mierda de una vez por
todas y sacarle a ese engreído niñato los cincuenta pavos que me debe. No
pienso aguantar esta mierda por cincuenta miserables dólares, no señor. No
cuando hace algún tiempo ganaba más del triple en un día de trabajo, haciendo
cosas más útiles para la sociedad en lugar de para un crío.
El
pasado amenazaba con volver una vez más para sacudirle de nuevo, pero logró
mantenerlo a raya a fuerza de voluntad y a que Stacey había salido finalmente
de la zapatería armada con más bolsas en las manos. Mientras la seguía de lejos
y con aire distraído se preguntó qué cara pondría la familia de la chica cuando
la viesen aparecer en casa cargada con tantas bolsas – Probablemente su madre
esté encantada y quiera curiosear las chucherías que ha comprado su niñita del
alma, pero su papá sólo verá dinero volando a cada bolsa nueva que descubra –
sonrió un poco divertido ante la escena que imaginaba – Que se joda, eso le
enseñará a que no debe dejar que una mujer vaya sola de compras, joder. Mira,
mi olfato de poli no ha fallado – se dijo sonriendo brevemente, al borde del
límite. La chica había acabado entrando en una perfumería de aspecto muy caro y
él suspiró un poco. Recordó que durante un momento antes de salir de su
despacho había pensado en recoger alguna cámara con la que poder fotografiar a
la muchacha y que había decidido no hacerlo finalmente al considerarlo una
falta de respeto a sí mismo – La palabra de un buen poli vale mucho más que una
fotografía de mierda – se había dicho para justificar el no cogerla, ahora se
arrepentía un poco de no haberlo hecho.
– Que se joda Clements, no me habría pagado el
revelado de las fotografías, puedes apostar tu culo arrugado a que no. Que se
apañe con lo que tengo apuntado aquí y con lo que le diga yo personalmente – se
dijo dando una profunda calada al cigarro sin poder evitar que su mente
volviese a insistir con la misma pregunta – Si realmente el tipo es de los
peligrosos, ¿por qué iba a contratarme a mí para que investigue nada? Quizá sea
porque confía en que esté tan desesperado como para aceptar cualquier trabajo –
se quitó el cigarrillo de la boca y expulsó el humo despacio – O quizá sea
porque precisamente quiere que lo investigue, porque cree que si descubro algo
me intentaré hacer el héroe para detenerlo yo solo, sin avisar a los de azul, y
que entonces caiga en alguna trampa – volvió a dar una calada mientras
desechaba las ideas de la cabeza. Cuando creyó saber la respuesta dejó caer la
colilla al suelo y la aplastó con uno de los desgastados zapatos negros – Quizá
sea porque estoy jodidamente acabado, y sólo se esté burlando de mí a su
manera. Sabe que lo descubra o no realmente no podré hacer gran cosa para
detenerlo porque, en realidad, ya no tengo credibilidad en esta puta ciudad. No
desde que ese cabrón consiguió salir elegido como alcalde gracias al… – bufó,
exasperado por lo que estaba a punto de decir – profundo dolor que le provocaba
la pérdida de sus dos hijos a manos de una bestia vestida de policía que no
sabía distinguir a los inocentes de los culpables – repitió las mismas palabras
que había usado el padre de aquellos dos desgraciados en su discurso electoral.
Cerró los puños dentro de la gabardina con rabia, sintiendo el desprecio que
llevaba adormecido desde que todo aquello había sido olvidado por fin. La ola
se había llevado consigo mucho más olvido del que había imaginado al principio,
y eso no le gustaba en absoluto. Miró con impaciencia hacia la perfumería para
asegurarse de que ella no se había marchado en lo que él había estado divagando.
Allí seguía, riendo estúpidamente mientras la dependienta la elogiaba
desmesuradamente con la intención de venderle más perfumes, y lo estaba
consiguiendo. Se consoló pensando de nuevo en la cara desencajada del padre
cuando le llegase la factura de todos aquellos caprichos de niñita rica –
Joder, ¿quieres salir de ahí de una maldita vez? Llevamos ya… – consultó la
hora con su reloj de muñeca y se sorprendió un poco al ver que ya habían pasado
casi tres horas desde que la había localizado y la había seguido en aquella
vorágine de compras que le repugnaba – Creo que le estoy cobrando muy poco a
este jodido payaso. Esto es insoportable, maldita sea; ni siquiera las guardias
nocturnas a la intemperie eran tan odiosas – suspiró dando unos pasos por la
calle, consciente de que la cosa iba para largo.
Dejó
que sus piernas le llevasen a donde quisiesen sin ponerles ningún impedimento,
no era la primera vez que recorría las calles de la ciudad para asegurarse de
que todo marchaba bien. Hubo algo que atrajo su atención demasiado como para
seguir caminando sin sentido. – Vaya, vaya, el pequeño Matthew Clements en
persona, qué sorpresa – pensó acercándose despacio a la calle por la que
caminaba – ¿Qué estás haciendo por aquí, Mat? – lo siguió en silencio mientras
se alejaban de las calles principales hacia calles menos frecuentadas. Observó
que el tipo se metía en un callejón y mentalmente se frotó las manos – Seguro
que no vas ahí a visitar a tu abuelita enferma, ¿verdad que no? ¿Qué sucios
trapicheos te traes entre manos, hombrecito de negocios? – se preguntó mientras
lo observaba en silencio mientras el tipo se metía más en el callejón, hasta
entrar por la puerta trasera de un negocio. Ahí se paró en seco, consciente de
que no era buena idea seguirlo hasta allí. Decidió dar media vuelta e intentar
localizar la fachada del edifico a la que pertenecía aquella entrada trasera,
pero le era en vano; la calle era demasiado larga, al igual que el callejón mal
iluminado, y no podía distinguir por cuál de todas las puertas había entrado
exactamente, por lo que no podía ubicar el edificio concreto al que había
accedido – Menos da una piedra, Harry. Al menos ahora sabes que el pequeño
Clements tiene algún trato con uno de los negocios de esta calle – pensó
apuntando los nombres de los locales en la libreta para no olvidarlos – Tal vez
no seas tan mujer florero como pensaba, Stacey. Quizá me hayas echado una mano
después de todo – pensó desviando sus pensamientos cuando la vio salir de la
perfumería al fin – ¿Dónde iremos ahora, señorita Vernet? ¿Qué otra maldita
mierda quieres comprar ahora? – se preguntó, siguiéndola en silencio y a
distancia.
Eran
esas pequeñas cosas las que le hacían recordar su época pasada como policía,
cuando patrullaba las calles haciendo la ronda a pie mientras su mente seguía
dándole vueltas a algún caso que se les atragantaba a todos en la comisaría.
Seguiría a Vernet durante un par de días más para darle un informe completo a
Clements, eso le diría al mismo, pero en realidad aprovecharía para seguirle la
pista de cerca al tipo – Tal vez te hayas creído lo suficientemente listo como
para contratarme para tenerme ocupado siguiendo a una niñita rica mientras tú
haces tus negocios delante de nuestras narices sin problemas, pero creo que te
he pillado, amigo. Seré yo el que te siga a ti mientras te crees que sigo
picando el anzuelo, porque me interesa que creas que sigues controlando la
situación, cuando la situación ha cambiado por completo sin que tú tengas la
más remota idea – sonrió, satisfecho de sí mismo.
Para sorpresa, y desasosiego, de Harrison la
tarde de compras aún no había acabado, en absoluto. Siguió a la chica por más
calles y calles, por comercios y comercios de todo tipo. Cuando la chica entró
en una tienda de lencería no pudo evitar una sonrisa divertida – Apuesto a que
eso no se lo vas a enseñar a papá, ¿verdad, bonita? Quizá a mamá sí, pero en
privado. Y seguro que a algún que otro baboso también se la enseñarás, ¿a que
sí? – se dijo mientras esperaba en la puerta a que la condenada niña rica saliese
para continuar hacia dios sabría dónde. Se había sorprendido al verla cargar
con tanta bolsa sin que ningún pobre diablo tuviese que cargar con ellas
mientras ella se dedicaba a dilapidar el dinero de la familia – Seguro que
habrá algún chófer esperando en alguna parte para llevarla a casa en el
elegante coche de la familia – se dijo sintiendo cierta rabia ante la
situación, le sacaba de quicio ver como aquella tipeja, que probablemente no
había trabajado aún un solo día de su vida, se gastaba en una sola tarde mucho
más dinero del que vería en un año, por no decir en toda su vida, la gran
mayoría de los trabajadores de los barrios bajos – Así es la vida, unos tanto y
otros tan poco – se dijo con un suspiro mientras seguía apuntando sin parar. Ya
tenía bastantes datos sobre aquella mujer como para poder dar por finalizada la
“investigación”, pero no quería dejarlo aún para poder seguir vigilando de
cerca al otro imbécil; estaba totalmente convencido de que no se traía nada
bueno entre manos, y haberlo visto entrar en aquél callejón le había reforzado
la idea.
Finalmente observó cómo la chica se acercaba a
un enorme coche negro mientras un tipo vestido de traje y corbata con gorrito
se apresuraba a abrir el maletero del vehículo para que la chica dejase sus
trastos en el interior – Seguro que el desgraciado está pensando que esa no es
más que una niñita mimada – pensó sin poder evitarlo y suspiró negando con la
cabeza. Quiso buscar, dentro de la gabardina, un cigarrillo pero descubrió que
se había quedado sin ellos – Bueno, ya compraré más de camino a casa. Y comida
para el gato, si no me comerá a mí – pensó con un encogimiento de hombros,
observando cómo ahora el conductor le abría diligente la puerta de atrás a la
mujer para que ésta se sentase – Sí, ella sienta su orondo culo y espera a que
la lleven a casa después de un…agotador día de trabajo y el otro desgraciado
tendrá que lidiar con las bolsas una vez lleguen a la casa. Hay que joderse,
mierda de ciudad – suspiró pateando una lata retorcida y oxidada que tenía
junto a él.
Observó
el coche alejarse por la carretera de manera rápida pero silenciosa y dejó
volar su mente hacia los recuerdos de su propio coche, añorándolo.
– Cómo olvidar aquella bestia descomunal –
sonrió un poco, observando sin ver cómo el coche actual se alejaba, viendo cómo
se acercaba el suyo desde el pasado – Me jodió muchísimo tener que venderlo,
pero en esta ciudad nadie está dispuesto a perdonar ni una sola factura aunque
les hayas salvado el puto negocio en más de una ocasión de ladrones y vándalos.
Aquél monstruo de cuatro ruedas con ese motor…ah, el motor, cómo me gustaba
acelerar para escucharlo bien. ¿Qué habrá sido de mi coche? Espero que no lo
haya recomprado ningún bastardo que lo haya jodido bien, putas modas – negó con
la cabeza y suspiró de nuevo, cansado. Se separó de la pared para alejarse
cuando vio a Clements salir del callejón y alejarse calle abajo, mirando a un
lado y otro como si quisiese asegurarse de que nadie le seguía; aquél gesto
picó en la curiosidad policial de Harrison, quien sonrió viéndolo marcharse
mientras se mantenía fuera del alcance de su vista – ¿Ya has terminado con tus
negocios, Matthew? Espero que no te importe que vaya a echar un pequeño
vistazo. Por encima, nada serio aún, no te preocupes. No quiero que te huelas
los problemas y des al traste con mis planes de futuro, chico – sonrió un poco
dirigiéndose hacia el callejón en silencio, vigilando también que nadie le
estuviese espiando – Porque sí, chico, tengo mis planes. Y en ellos también entras
tú, pequeño cabroncete, sí, no lo dudes. Un bonito despacho para mí en la
comisaría de policía y para ti…una bonita celda de dos por dos – sonrió de
nuevo mientras se adentraba por la callejuela – Pero no te preocupes, me
aseguraré de que tengas compañía. Sí, una compañía…cariñosa – hizo un esfuerzo
considerable para no echarse a reír al imaginar la situación; le haría pagar
caro el haberle llamado viejo, claro que sí. Ese pequeño cabrón se arrepentiría
de sobra por haberle llamado viejo, a él, al gran Harrison Edwards. Le haría
tragar las palabras una a una a golpe de puño.
El callejón por donde entró no era demasiado
amplio, no llegaría a los cuatro metros de ancho, y tampoco demasiado largo,
alcanzando apenas los cinco metros. Torcía hacia la izquierda, y ese segundo
callejón era mucho peor aún. Apenas mediría dos metros de ancho por al menos
diez o quince de largo, y estaba muy mal iluminado – El último sitio donde te
gustaría acabar entrando de noche – pensó lúgubre mientras avanzaba, olvidando
las imágenes absurdas de su mente y concentrándose en lo que tenía delante. El
suelo estaba cubierto de basura y tenía que tener mucho cuidado de mirar dónde
pisaba para evitar que alguien pudiese escucharle llegar – Con cuidado, amigo. Si
alguien te encuentra fisgando aquí seguro que te mete tres centímetros de frío
acero en la nuca antes de que te des cuenta. Esta gente no debe andarse con
chiquitas, aunque estén en la zona más rica – se dijo mientras buscaba
mentalmente la vieja pistola que había dejado en el despacho al considerarla
innecesaria para un trabajo como aquél – El clásico error de novato, viejo.
¿Tanto has olvidado del pasado? Vamos, no puedes pretender resolver ningún caso
cometiendo estos errores tontos, amigo. La próxima vez habrá que espabilar un
poco más, ¿no crees? – se dijo mientras al fin alcanzaba las puertas traseras
de los negocios. No sabía en cuál exactamente había entrado Clements y no tenía
forma de saberlo, al menos de momento, pero aún con todo iría a echar un
vistazo a ver qué podía vislumbrar entre la oscuridad y la suciedad – Peores
cosas hice estando en servicio, ¿no? – se dijo poniéndose manos a la obra.
Primero
se aseguró de que no había nadie observándole en silencio, a la espera, en la
boca del callejón listo para cortarle el paso. Luego se acercó a cada una de
las puertas de los locales intentando abrirlas con suavidad, no quería armar
ruido, pero casi todas estaban cerradas. La única que se abrió fue una puerta
de metal sucia y vieja que tenía marcas de golpes y en la parte más baja una
vieja y oscurecida mancha marrón oscura; para cualquier tipo de la calle
aquello podía tener cualquier tipo de explicación pero para Harrison no. Él
sabía perfectamente de qué era aquella mancha sin necesidad de mirarla
demasiado, las había visto a cientos a lo largo de su carrera – Sangre, sin
duda – se dijo mientras alargaba un poco la mano para abrir un poco más la
puerta, agudizando el oído alerta – Éste tiene que ser el local al que ha
entrado ese cabrón, apostaría el cuello a que sí. Al parecer ese niñato rico
tiene tratos con gente poco simpática y paciente, ¿qué escondes aquí, Matthew?
Veamos qué secretos extraños escondes en tu pequeña guarida – se dijo cerrando
el puño derecho, listo para asestarle un poderoso gancho a cualquiera que
intentase atacarle. La idea no le resultaba especialmente tranquilizadora pues
sabía que era posible que quien intentase atacarle bien podía ir armado – La
próxima vez no vuelvas a cometer ese puto error de novato, ¿quieres? La próxima
vez ven bien preparado para el trabajo. No me sirve la excusa de que nunca
imaginaste que podría pasar esto, ya sabes que un buen poli siempre está
preparado para cualquier situación – se reprendió una vez más mientras pasaba
al interior. Estaba oscuro pero no sabía si debía encender las luces o no, la
posibilidad de que realmente hubiese alguien dentro haciendo dios sabría qué
era demasiado fuerte como para arriesgarse a encenderlas y alertarlo; pero
necesitaba tener algo de luz para poder ver en condiciones lo que estaba
haciendo – Recuerda también traer una linterna, ¿de acuerdo? Estamos haciendo
el ridículo – se reprendió de nuevo mientras avanzaba intentando que sus ojos
se acostumbrasen a la luz, a duras penas podía distinguir los muebles que
habían dentro. Finalmente sus manos volaron inconscientes hacia el interruptor
de la luz sin poder evitarlo, la tensión en el ambiente era demasiado como para
que pudiese seguir cavilando a oscuras mientras no sabía qué estaba pasando a
su alrededor.
Al encenderla encontró varios muebles de
cocina. Había una enorme mesa en el medio de la estancia con un gran tajo de
carnicero a su lado, y varios cuchillos para cortar carne y huesos junto al
mismo, colocados de manera…precisa, intencionada – No puede ser que…no, sería
demasiado exagerado. Esto no es una película, Harrison, es la puta vida real,
¿recuerdas? – se dijo acercándose hacia las cámaras de refrigeración con la
idea de que estaba a punto de encontrar el cadáver de una mujer joven
bailándole en la cabeza, perforándole la cordura – Bueno, basta. Nadie va a
tener un jodido centro de procesamiento de cadáveres en plena zona rica de la
ciudad, ¿de acuerdo? La idea es absurda – pensó mientras alargaba la mano hacia
el tirador, el pulso le temblaba demasiado como para estar tranquilo – ¿Y por
qué no, eh? ¿Quién iba a sospechar de un local aquí? Lo lógico sería buscar en
los muelles o en la periferia, ¿no? Es posible que alguien haya pensado que
ocuparse de esos…asuntillos aquí sería lo más sencillo. Por dios, espero que no
usen los restos para… - logró no pronunciar el pensamiento, era demasiado loco
y potente como para hacerle vomitar. Al abrir la cámara no encontró un cadáver,
sino casi media docena. Pollos muertos, esperando a ser cocinados. Se sintió
ridículo y cerró con demasiada fuerza, dando un portazo – Es un jodido
restaurante, imbécil. ¿Qué esperabas?
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