lunes, 5 de mayo de 2014

Avance del segundo capítulo.

Sí, ya lo sé. Una vez más me he perdido en dios sabrá dónde imaginando el diablo sabrá qué y he desatendido mucho el blog. ¿Pues sabéis qué? ¡A la porra! Tengo una noticia para hacer las paces: he terminado mi segundo libro. 

Hablo de ese que surgió aquí mientras improvisaba un día escribiendo algo de un detective de los años 50 que me había gustado tanto y que me guardé: pues ahora ya está acabado. Como publiqué aquí el primer capítulo del mismo ahora quiero hacer un pequeño avance del segundo.

-- Libro --

    – Muy bien, señorita Vernet, veamos qué sorpresa rara nos tienes preparada, ¿de acuerdo? – pensó sentado en un banco del parque frente a una tienda de ropa. Llevaba en las manos un periódico con el que poder entretenerse si la espera se hacía demasiado larga – Cómo no, a la niñita de papá le gusta comprarse ropa cara para luego quitársela ante el primer mindundi que la engatuse con esa refinada palabrería de mierda, hablando del amor verdadero y todas esas gilipolleces – pensó con desprecio negando con la cabeza, despacio. Apuntó en una pequeña libreta el nombre de la tienda y el tipo de ropa por el que se decantaba para que ese tal Clements pudiese jugar con ventaja cuando tratase él de engatusarla – Seguro que cuando sea un poco más vieja es de las que le gusta ir cargando con un par de zorros muertos encima, con alguna bota hecha con una desgraciada serpiente que tuvo la mala suerte de toparse con el capullo equivocado. Joder, no voy a aguantar demasiado tiempo con esta pérdida de tiempo; hay demasiadas cosas importantes que hacer como para estar siguiendo a una malcriada mocosa – suspiró un momento tratando de encontrar una de esas cosas tan importantes que debía hacer – Como dar de comer al puto gato, por ejemplo – se dijo con un encogimiento de hombros.

Al final la chica salió de la tienda con una amplia variedad de bolsas en las manos. Caminó, contoneándose visiblemente a cada paso que daba, hacia la tienda siguiente, que resultó ser una zapatería de aspecto caro. Al verlo Harrison suspiró negando con la cabeza mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo de la gabardina y lo encendía tratando de infundirse paciencia suficiente.
– Cómo no, ahora los zapatitos para la princesita – se dijo con aire burlón – Y luego irá directa a alguna perfumería, ¿verdad señorita Kernat? Tengo ganas de acabar con esta mierda de una vez por todas y sacarle a ese engreído niñato los cincuenta pavos que me debe. No pienso aguantar esta mierda por cincuenta miserables dólares, no señor. No cuando hace algún tiempo ganaba más del triple en un día de trabajo, haciendo cosas más útiles para la sociedad en lugar de para un crío.
    El pasado amenazaba con volver una vez más para sacudirle de nuevo, pero logró mantenerlo a raya a fuerza de voluntad y a que Stacey había salido finalmente de la zapatería armada con más bolsas en las manos. Mientras la seguía de lejos y con aire distraído se preguntó qué cara pondría la familia de la chica cuando la viesen aparecer en casa cargada con tantas bolsas – Probablemente su madre esté encantada y quiera curiosear las chucherías que ha comprado su niñita del alma, pero su papá sólo verá dinero volando a cada bolsa nueva que descubra – sonrió un poco divertido ante la escena que imaginaba – Que se joda, eso le enseñará a que no debe dejar que una mujer vaya sola de compras, joder. Mira, mi olfato de poli no ha fallado – se dijo sonriendo brevemente, al borde del límite. La chica había acabado entrando en una perfumería de aspecto muy caro y él suspiró un poco. Recordó que durante un momento antes de salir de su despacho había pensado en recoger alguna cámara con la que poder fotografiar a la muchacha y que había decidido no hacerlo finalmente al considerarlo una falta de respeto a sí mismo – La palabra de un buen poli vale mucho más que una fotografía de mierda – se había dicho para justificar el no cogerla, ahora se arrepentía un poco de no haberlo hecho.
– Que se joda Clements, no me habría pagado el revelado de las fotografías, puedes apostar tu culo arrugado a que no. Que se apañe con lo que tengo apuntado aquí y con lo que le diga yo personalmente – se dijo dando una profunda calada al cigarro sin poder evitar que su mente volviese a insistir con la misma pregunta – Si realmente el tipo es de los peligrosos, ¿por qué iba a contratarme a mí para que investigue nada? Quizá sea porque confía en que esté tan desesperado como para aceptar cualquier trabajo – se quitó el cigarrillo de la boca y expulsó el humo despacio – O quizá sea porque precisamente quiere que lo investigue, porque cree que si descubro algo me intentaré hacer el héroe para detenerlo yo solo, sin avisar a los de azul, y que entonces caiga en alguna trampa – volvió a dar una calada mientras desechaba las ideas de la cabeza. Cuando creyó saber la respuesta dejó caer la colilla al suelo y la aplastó con uno de los desgastados zapatos negros – Quizá sea porque estoy jodidamente acabado, y sólo se esté burlando de mí a su manera. Sabe que lo descubra o no realmente no podré hacer gran cosa para detenerlo porque, en realidad, ya no tengo credibilidad en esta puta ciudad. No desde que ese cabrón consiguió salir elegido como alcalde gracias al… – bufó, exasperado por lo que estaba a punto de decir – profundo dolor que le provocaba la pérdida de sus dos hijos a manos de una bestia vestida de policía que no sabía distinguir a los inocentes de los culpables – repitió las mismas palabras que había usado el padre de aquellos dos desgraciados en su discurso electoral. Cerró los puños dentro de la gabardina con rabia, sintiendo el desprecio que llevaba adormecido desde que todo aquello había sido olvidado por fin. La ola se había llevado consigo mucho más olvido del que había imaginado al principio, y eso no le gustaba en absoluto. Miró con impaciencia hacia la perfumería para asegurarse de que ella no se había marchado en lo que él había estado divagando. Allí seguía, riendo estúpidamente mientras la dependienta la elogiaba desmesuradamente con la intención de venderle más perfumes, y lo estaba consiguiendo. Se consoló pensando de nuevo en la cara desencajada del padre cuando le llegase la factura de todos aquellos caprichos de niñita rica – Joder, ¿quieres salir de ahí de una maldita vez? Llevamos ya… – consultó la hora con su reloj de muñeca y se sorprendió un poco al ver que ya habían pasado casi tres horas desde que la había localizado y la había seguido en aquella vorágine de compras que le repugnaba – Creo que le estoy cobrando muy poco a este jodido payaso. Esto es insoportable, maldita sea; ni siquiera las guardias nocturnas a la intemperie eran tan odiosas – suspiró dando unos pasos por la calle, consciente de que la cosa iba para largo.
    Dejó que sus piernas le llevasen a donde quisiesen sin ponerles ningún impedimento, no era la primera vez que recorría las calles de la ciudad para asegurarse de que todo marchaba bien. Hubo algo que atrajo su atención demasiado como para seguir caminando sin sentido. – Vaya, vaya, el pequeño Matthew Clements en persona, qué sorpresa – pensó acercándose despacio a la calle por la que caminaba – ¿Qué estás haciendo por aquí, Mat? – lo siguió en silencio mientras se alejaban de las calles principales hacia calles menos frecuentadas. Observó que el tipo se metía en un callejón y mentalmente se frotó las manos – Seguro que no vas ahí a visitar a tu abuelita enferma, ¿verdad que no? ¿Qué sucios trapicheos te traes entre manos, hombrecito de negocios? – se preguntó mientras lo observaba en silencio mientras el tipo se metía más en el callejón, hasta entrar por la puerta trasera de un negocio. Ahí se paró en seco, consciente de que no era buena idea seguirlo hasta allí. Decidió dar media vuelta e intentar localizar la fachada del edifico a la que pertenecía aquella entrada trasera, pero le era en vano; la calle era demasiado larga, al igual que el callejón mal iluminado, y no podía distinguir por cuál de todas las puertas había entrado exactamente, por lo que no podía ubicar el edificio concreto al que había accedido – Menos da una piedra, Harry. Al menos ahora sabes que el pequeño Clements tiene algún trato con uno de los negocios de esta calle – pensó apuntando los nombres de los locales en la libreta para no olvidarlos – Tal vez no seas tan mujer florero como pensaba, Stacey. Quizá me hayas echado una mano después de todo – pensó desviando sus pensamientos cuando la vio salir de la perfumería al fin – ¿Dónde iremos ahora, señorita Vernet? ¿Qué otra maldita mierda quieres comprar ahora? – se preguntó, siguiéndola en silencio y a distancia.
    Eran esas pequeñas cosas las que le hacían recordar su época pasada como policía, cuando patrullaba las calles haciendo la ronda a pie mientras su mente seguía dándole vueltas a algún caso que se les atragantaba a todos en la comisaría. Seguiría a Vernet durante un par de días más para darle un informe completo a Clements, eso le diría al mismo, pero en realidad aprovecharía para seguirle la pista de cerca al tipo – Tal vez te hayas creído lo suficientemente listo como para contratarme para tenerme ocupado siguiendo a una niñita rica mientras tú haces tus negocios delante de nuestras narices sin problemas, pero creo que te he pillado, amigo. Seré yo el que te siga a ti mientras te crees que sigo picando el anzuelo, porque me interesa que creas que sigues controlando la situación, cuando la situación ha cambiado por completo sin que tú tengas la más remota idea – sonrió, satisfecho de sí mismo. 

Para sorpresa, y desasosiego, de Harrison la tarde de compras aún no había acabado, en absoluto. Siguió a la chica por más calles y calles, por comercios y comercios de todo tipo. Cuando la chica entró en una tienda de lencería no pudo evitar una sonrisa divertida – Apuesto a que eso no se lo vas a enseñar a papá, ¿verdad, bonita? Quizá a mamá sí, pero en privado. Y seguro que a algún que otro baboso también se la enseñarás, ¿a que sí? – se dijo mientras esperaba en la puerta a que la condenada niña rica saliese para continuar hacia dios sabría dónde. Se había sorprendido al verla cargar con tanta bolsa sin que ningún pobre diablo tuviese que cargar con ellas mientras ella se dedicaba a dilapidar el dinero de la familia – Seguro que habrá algún chófer esperando en alguna parte para llevarla a casa en el elegante coche de la familia – se dijo sintiendo cierta rabia ante la situación, le sacaba de quicio ver como aquella tipeja, que probablemente no había trabajado aún un solo día de su vida, se gastaba en una sola tarde mucho más dinero del que vería en un año, por no decir en toda su vida, la gran mayoría de los trabajadores de los barrios bajos – Así es la vida, unos tanto y otros tan poco – se dijo con un suspiro mientras seguía apuntando sin parar. Ya tenía bastantes datos sobre aquella mujer como para poder dar por finalizada la “investigación”, pero no quería dejarlo aún para poder seguir vigilando de cerca al otro imbécil; estaba totalmente convencido de que no se traía nada bueno entre manos, y haberlo visto entrar en aquél callejón le había reforzado la idea.
Finalmente observó cómo la chica se acercaba a un enorme coche negro mientras un tipo vestido de traje y corbata con gorrito se apresuraba a abrir el maletero del vehículo para que la chica dejase sus trastos en el interior – Seguro que el desgraciado está pensando que esa no es más que una niñita mimada – pensó sin poder evitarlo y suspiró negando con la cabeza. Quiso buscar, dentro de la gabardina, un cigarrillo pero descubrió que se había quedado sin ellos – Bueno, ya compraré más de camino a casa. Y comida para el gato, si no me comerá a mí – pensó con un encogimiento de hombros, observando cómo ahora el conductor le abría diligente la puerta de atrás a la mujer para que ésta se sentase – Sí, ella sienta su orondo culo y espera a que la lleven a casa después de un…agotador día de trabajo y el otro desgraciado tendrá que lidiar con las bolsas una vez lleguen a la casa. Hay que joderse, mierda de ciudad – suspiró pateando una lata retorcida y oxidada que tenía junto a él.
    Observó el coche alejarse por la carretera de manera rápida pero silenciosa y dejó volar su mente hacia los recuerdos de su propio coche, añorándolo.
– Cómo olvidar aquella bestia descomunal – sonrió un poco, observando sin ver cómo el coche actual se alejaba, viendo cómo se acercaba el suyo desde el pasado – Me jodió muchísimo tener que venderlo, pero en esta ciudad nadie está dispuesto a perdonar ni una sola factura aunque les hayas salvado el puto negocio en más de una ocasión de ladrones y vándalos. Aquél monstruo de cuatro ruedas con ese motor…ah, el motor, cómo me gustaba acelerar para escucharlo bien. ¿Qué habrá sido de mi coche? Espero que no lo haya recomprado ningún bastardo que lo haya jodido bien, putas modas – negó con la cabeza y suspiró de nuevo, cansado. Se separó de la pared para alejarse cuando vio a Clements salir del callejón y alejarse calle abajo, mirando a un lado y otro como si quisiese asegurarse de que nadie le seguía; aquél gesto picó en la curiosidad policial de Harrison, quien sonrió viéndolo marcharse mientras se mantenía fuera del alcance de su vista – ¿Ya has terminado con tus negocios, Matthew? Espero que no te importe que vaya a echar un pequeño vistazo. Por encima, nada serio aún, no te preocupes. No quiero que te huelas los problemas y des al traste con mis planes de futuro, chico – sonrió un poco dirigiéndose hacia el callejón en silencio, vigilando también que nadie le estuviese espiando – Porque sí, chico, tengo mis planes. Y en ellos también entras tú, pequeño cabroncete, sí, no lo dudes. Un bonito despacho para mí en la comisaría de policía y para ti…una bonita celda de dos por dos – sonrió de nuevo mientras se adentraba por la callejuela – Pero no te preocupes, me aseguraré de que tengas compañía. Sí, una compañía…cariñosa – hizo un esfuerzo considerable para no echarse a reír al imaginar la situación; le haría pagar caro el haberle llamado viejo, claro que sí. Ese pequeño cabrón se arrepentiría de sobra por haberle llamado viejo, a él, al gran Harrison Edwards. Le haría tragar las palabras una a una a golpe de puño.
El callejón por donde entró no era demasiado amplio, no llegaría a los cuatro metros de ancho, y tampoco demasiado largo, alcanzando apenas los cinco metros. Torcía hacia la izquierda, y ese segundo callejón era mucho peor aún. Apenas mediría dos metros de ancho por al menos diez o quince de largo, y estaba muy mal iluminado – El último sitio donde te gustaría acabar entrando de noche – pensó lúgubre mientras avanzaba, olvidando las imágenes absurdas de su mente y concentrándose en lo que tenía delante. El suelo estaba cubierto de basura y tenía que tener mucho cuidado de mirar dónde pisaba para evitar que alguien pudiese escucharle llegar – Con cuidado, amigo. Si alguien te encuentra fisgando aquí seguro que te mete tres centímetros de frío acero en la nuca antes de que te des cuenta. Esta gente no debe andarse con chiquitas, aunque estén en la zona más rica – se dijo mientras buscaba mentalmente la vieja pistola que había dejado en el despacho al considerarla innecesaria para un trabajo como aquél – El clásico error de novato, viejo. ¿Tanto has olvidado del pasado? Vamos, no puedes pretender resolver ningún caso cometiendo estos errores tontos, amigo. La próxima vez habrá que espabilar un poco más, ¿no crees? – se dijo mientras al fin alcanzaba las puertas traseras de los negocios. No sabía en cuál exactamente había entrado Clements y no tenía forma de saberlo, al menos de momento, pero aún con todo iría a echar un vistazo a ver qué podía vislumbrar entre la oscuridad y la suciedad – Peores cosas hice estando en servicio, ¿no? – se dijo poniéndose manos a la obra.
    Primero se aseguró de que no había nadie observándole en silencio, a la espera, en la boca del callejón listo para cortarle el paso. Luego se acercó a cada una de las puertas de los locales intentando abrirlas con suavidad, no quería armar ruido, pero casi todas estaban cerradas. La única que se abrió fue una puerta de metal sucia y vieja que tenía marcas de golpes y en la parte más baja una vieja y oscurecida mancha marrón oscura; para cualquier tipo de la calle aquello podía tener cualquier tipo de explicación pero para Harrison no. Él sabía perfectamente de qué era aquella mancha sin necesidad de mirarla demasiado, las había visto a cientos a lo largo de su carrera – Sangre, sin duda – se dijo mientras alargaba un poco la mano para abrir un poco más la puerta, agudizando el oído alerta – Éste tiene que ser el local al que ha entrado ese cabrón, apostaría el cuello a que sí. Al parecer ese niñato rico tiene tratos con gente poco simpática y paciente, ¿qué escondes aquí, Matthew? Veamos qué secretos extraños escondes en tu pequeña guarida – se dijo cerrando el puño derecho, listo para asestarle un poderoso gancho a cualquiera que intentase atacarle. La idea no le resultaba especialmente tranquilizadora pues sabía que era posible que quien intentase atacarle bien podía ir armado – La próxima vez no vuelvas a cometer ese puto error de novato, ¿quieres? La próxima vez ven bien preparado para el trabajo. No me sirve la excusa de que nunca imaginaste que podría pasar esto, ya sabes que un buen poli siempre está preparado para cualquier situación – se reprendió una vez más mientras pasaba al interior. Estaba oscuro pero no sabía si debía encender las luces o no, la posibilidad de que realmente hubiese alguien dentro haciendo dios sabría qué era demasiado fuerte como para arriesgarse a encenderlas y alertarlo; pero necesitaba tener algo de luz para poder ver en condiciones lo que estaba haciendo – Recuerda también traer una linterna, ¿de acuerdo? Estamos haciendo el ridículo – se reprendió de nuevo mientras avanzaba intentando que sus ojos se acostumbrasen a la luz, a duras penas podía distinguir los muebles que habían dentro. Finalmente sus manos volaron inconscientes hacia el interruptor de la luz sin poder evitarlo, la tensión en el ambiente era demasiado como para que pudiese seguir cavilando a oscuras mientras no sabía qué estaba pasando a su alrededor.

Al encenderla encontró varios muebles de cocina. Había una enorme mesa en el medio de la estancia con un gran tajo de carnicero a su lado, y varios cuchillos para cortar carne y huesos junto al mismo, colocados de manera…precisa, intencionada – No puede ser que…no, sería demasiado exagerado. Esto no es una película, Harrison, es la puta vida real, ¿recuerdas? – se dijo acercándose hacia las cámaras de refrigeración con la idea de que estaba a punto de encontrar el cadáver de una mujer joven bailándole en la cabeza, perforándole la cordura – Bueno, basta. Nadie va a tener un jodido centro de procesamiento de cadáveres en plena zona rica de la ciudad, ¿de acuerdo? La idea es absurda – pensó mientras alargaba la mano hacia el tirador, el pulso le temblaba demasiado como para estar tranquilo – ¿Y por qué no, eh? ¿Quién iba a sospechar de un local aquí? Lo lógico sería buscar en los muelles o en la periferia, ¿no? Es posible que alguien haya pensado que ocuparse de esos…asuntillos aquí sería lo más sencillo. Por dios, espero que no usen los restos para… - logró no pronunciar el pensamiento, era demasiado loco y potente como para hacerle vomitar. Al abrir la cámara no encontró un cadáver, sino casi media docena. Pollos muertos, esperando a ser cocinados. Se sintió ridículo y cerró con demasiada fuerza, dando un portazo – Es un jodido restaurante, imbécil. ¿Qué esperabas? 

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