– ¿Y
ahora qué hacemos? – pregunta con el corazón en un puño a su voz interior.
La necesita más que nunca.
– Ir al
burguer de la esquina y pedir unos aros de cebolla fritos. – responde su
otro yo.
La
respuesta inesperada e incomprensible, le obliga a detenerse para tomar aire,
mirando a su alrededor. Las calles están extrañamente desiertas, y eso no le
gusta en absoluto.
– ¿Te
parece a ti que lo más inteligente que podemos hacer ahora es ir a un jodido
burguer a comprar unos aros de cebolla? – pregunta, atónito.
– ¿Y por
qué no? Llevamos dentro una cosa capaz de comunicarse con sus iguales en
cualquier momento, ¿no lo recuerdas? Ir al burguer a por aros de cebolla es
casi tan inteligente como que te diga qué tenemos que hacer o a dónde tenemos
que ir, ¿no te parece? – replica la voz de bastante mal humor, incapaz de
creer que realmente ese imbécil fuese el que prevaleciera de los dos.
– Quieres
decir que…
– Quiero
decir que si yo planeo algo y tú me haces caso nuestro nuevo amigo sabrá
exactamente lo que pensamos hacer, y no tardará en contárselo a sus amiguitos.
Espero que tenga un alcance corto, o algo parecido. – zanja su voz
interior, enfurecida.
Asiente
al comprenderlo finalmente.
– ¿Qué te
parece si mueves el culo de una vez? Los conejos en el bosque no se ponen un
cartel que pone “Dispáreme aquí, señor cazador”. – sugiere con sarcasmo.
– Bueno,
bueno, tampoco hay que ponerse así, ¿no te parece? A fin de cuentas tú eres el
que da las órdenes al resto del cuerpo… ¿no?
– No,
Jack, no. Yo no soy tu cerebro. Yo estoy dentro de él, atrapado.
– ¿Me
estás diciendo que…?
– Te
estoy diciendo que muevas el jodido culo de una vez y evites que nos atrapen, imbécil.
Una vez a salvo podremos hablar con más tranquilidad. – termina, al fin.
– NO HAY LUGAR DONDE PUEDAS ESCONDERTE, JACK.
NI TÚ NI A TU ESTÚPIDA VOZ. OS ENCONTRAREMOS. OS ENCONTRAREMOS Y OS CAZAREMOS. – asegura la voz ajena
de la criatura.
Es aquella
voz, y no la suya propia, la que le impulsa a seguir corriendo, ¿pero hacia
dónde? No lo sabe, porque no sabe qué alcance tiene todo ese asunto. Tal vez
sea sólo en la ciudad…o tal vez sea en todo el mundo, quizá incluso en todo el
universo. Decide que lo mejor es volver al bloque de pisos donde malvive para
poder pensar con tranquilidad allí.
– Yo que tú no me quedaría demasiado tiempo en el
burguer, Jack. No sabemos cuánto tiempo será capaz nuestro amiguito de burlar
la brecha. – advierte la voz.
– ¿Qué
brecha? – pregunta, enfocando finalmente la calle donde se sitúa su
edificio.
– De
momento hemos logrado confundir a esta cosa con juegos de palabras e imágenes
de tu subconsciente, a decir verdad lo he hecho yo solo. Al parecer el flujo
constante de información absurda que le lanzo es suficiente como para
mantenerla ocupada intentando hacerse con el control de este sitio, pero no sé
cuánto tiempo podré seguir manteniéndola a raya, ¿sabes? No creo que salir del
burguer y marcharnos muy lejos sea suficiente como para que no tenga tanta
influencia sobre nosotros, pero es la mejor baza que tenemos ahora mismo para
jugar.
–
¿Eso…eso está…ya sabes…babeándome el cerebro? – pregunta con
repulsión al tiempo que sube las escaleras de dos en dos.
– No seas
estúpido, Jack. – responde con fastidio. – Esta cosa no cabe físicamente dentro de tu cabeza. Lo más probable es
que la tengas enroscada alrededor de la cabeza, o pegada a la espalda…no lo sé,
yo no tengo ojos para ver el mundo exterior. – la última parte no puede
evitar decirla con un breve pero inconfundible tono de envidia absoluta.
– Es un
alivio saber que no me está llenando la cabeza de baba espacial. – sonríe
de medio lado, mucho más tranquilo.
– Créeme,
no es lo más asqueroso que hay aquí dentro. – contesta la voz.
Nunca
se ha sentido realmente parte de aquella ciudad y tampoco ha sentido como hogar
aquél cuchitril de mala muerte en el que pasaba las noches con la única
compañía de su voz interna, pero por un momento siente lástima por tener que
abandonar todo aquello: de una forma u otra aquello no dejaba de ser su hogar,
o al menos su casa.
Camina en silencio por el desgastado suelo de parqué barato mientras
esquiva las bolsas de basura que desde relativamente poco habían invadido la
casa.
– ¿Crees
que…? – esta vez no termina la frase, sabe que no puede hacerlo mientras
haya riesgo de que aquella cosa atraiga la atención de las otras cosas que les
observan.
Abre
el armario, pequeño, y llena una mochila vieja hasta el tope de su capacidad de
ropa que ni siquiera se para a comprobar; no porque tenga demasiada prisa por
huir, que debería tenerla, sino porque nunca le ha importado demasiado aquél
aspecto de su vida. Observa en silencio el resto de la habitación para buscar
qué más cosas debería llevarse, y finalmente se decide por el móvil, el
cargador, un cuchillo de cocina, algo de comida enlatada y dos botellas de
litro y medio de agua.
Antes
de salir se mira en silencio al espejo que hay en el salón y suspira
sintiéndose ridículo.
– Siempre
creí que estaría preparado para el apocalipsis zombie, pero enfrentarse a una
invasión alienígena… – chasquea la lengua, negando con la cabeza mientras
se dirige hacia la puerta.
Antes
de abrirla escucha pasos que se acercan con demasiada prisa como para no
levantar sospecha, por lo que decide pasar el pestillo y el cerrojo y se aparta
unos pasos de ella, temeroso de que puedan echarla abajo.
– ¡Jack! – aúlla la voz de su jefe, con júbilo.
– No has vuelto a tu puesto de trabajo, Jack, ¿es que no te sientes bien?
¿Estás enfermo?
Aunque no puede verla la imagina a la perfección: la sonrisa de imbécil
dibujándose en el rostro de aquél engreído hombrecillo.
– Jack, sé que estás ahí…por favor, ayúdame. –
susurra una voz femenina con tono suplicante. – Jack…por favor, tengo miedo.
Quieren hacerme daño…yo…lo siento. – insiste la voz.
Hace
casi un año que no sabe nada de ella, de la mujer de sus dibujos, pero reconoce
la voz al instante. Un torrente de emociones le embarga, obligándole a caminar
hacia adelante.
– ¡Ni se
te ocurra! – exclama su voz interior. – No
es ella, es un truco.
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