– Es sólo
que no puedes pretender olvidar que eres parte de este mundo, y que sientes la
necesidad de ayudar a quien se encuentra completamente desprotegido ante una
amenaza irracional. Tranquilo, es completamente normal – respondió su voz
interior con cierta burla en la voz. – Pero
no olvides que es más que probable que ahí abajo haya más de una y de dos de
esas personas que te veían por la calle con cara de estar pasando el peor día
de toda tu vida y que nadie se preocupó de preguntar si te encontrabas bien.
Por el amor de dios, Jack, si ni siquiera se preocuparon por llamar una
ambulancia el día en que pretendiste cortarte las…
– Bueno,
basta –
zanjó con tono firme, alejándose a toda prisa de la autopista: sabía que cuanto
antes se marchase de allí antes olvidaría el tema su voz interior. Sin embargo
él mismo no podía olvidarlo, y el resentimiento volvió a aflorar. – Pero que ellos no fuesen capaces de ayudarme
en un momento en el que yo lo necesitaba no significa que yo tenga que pagarles
con la misma moneda, ¿no? Quiero decir,
al no hacerlo me estaría convirtiendo en uno de ellos y…bueno, no tendría
sentido criticar que me hayan ignorado de esa forma si yo después hago
exactamente lo mismo, ¿no? Sería un poco hipócrita.
– Puedes
recurrir a la filosofía barata para seguir culpándote por no prestar ayuda a
una panda de imbéciles si quieres, Jack – respondió su voz interior con indiferencia. –
Pero en el fondo eso no te convertirá en
un hipócrita ni en un héroe: estamos ante una situación de emergencia y tú solo
estas velando por tu propia seguridad, ¿sabes? Que ellos hayan sido lo
suficientemente estúpidos como para pensar que podrían abandonar la ciudad en coche
sin que se formase un atasco de mil pares de narices no es más que una muestra
de la absoluta estupidez humana. Eso o una sobredosis de películas de serie B.
– En
realidad todo esto parece de una película de serie B, ¿no te parece? De repente
un buen día una invasión alienígena sacude todo el mundo y sólo un pobre diablo
en una ciudad cualquiera tiene en sus manos la forma de evitar caer preso de
las confabulaciones extraterrestres – sonrió con sarcasmo. – Es como un guión de película cutre que ponen en televisión un domingo
por la tarde.
–
Consuélate pensando que cuando hayas derrotado tú solo a las hordas invasoras
te llevarás el amor de la chica de la peli – replicó la mente con absoluta
indiferencia. – O sé un poco más avispado
y piensa que no sabemos si todo esto es a nivel global o solamente es a pequeña
escala, además ni siquiera sabemos si tú eres el único que tiene la forma de
evitar el dominio…o si realmente eres capaz de evitarlo.
– Creo
que no quiero seguir tratando este tema. – dijo él, sintiendo un escalofrío que
le recorrió el cuerpo por completo.
– Mejor,
necesito buena parte de la atención que te presto para evitar que nuestro
pequeño invitado siga avanzando por los recovecos retorcidos e incomprendidos
durante años por todo tipo de psicólogos, psiquiatras y charlatanes, de tu
mente.
– ¿Crees
que…?
– Creo
que es mejor que cierres el pico de una vez por todas y te limites a sacarnos
de este maldito lugar de una vez por todas, Jack.
Su
voz interior guardó silencio de nuevo y supo, por la experiencia de haberlo
vivido en cientos de ocasiones, que pasaría una buena temporada hasta que se
decidiese a volver hablar con él, así que decidió hacerle caso y abandonar la
ciudad.
Sabía
que tarde o temprano acabaría volviendo: no tenía víveres suficientes como para
aguantar más de 48 horas a la intemperie, por lo que la necesidad de hacerse
con un arma con la que poder defenderse se hacía completamente imperiosa.
Avanzó por las calles de la ciudad tratando de hacerse con algo con lo que poder
defenderse, rezando en silencio por encontrarse con un arma tirada en el suelo
como por arte de magia, sin éxito.
– Nada de todo esto tiene sentido – susurró en
voz baja, avanzando al interior de una pequeña tienda de barrio, allí al menos
encontraría algo que poder llevarse. – Es una maldita locura. – susurró una vez
más, alerta.
El
choque de un peso muerto contra una de las estanterías le alertó, por no decir
que en realidad le asustó, y agudizó el oído tratando de buscar el origen del
sonido. Finalmente decidió acercarse hacia el final del pasillo, donde algunas
latas habían caído.
– Esto es
completamente estúpido, me estoy acercando directamente hacia la boca del lobo
y de forma voluntaria. – pensó, cerrando los ojos mientras avanzaba con los
nervios a flor de piel.
El
sonido del corazón golpeándole en el pecho, luchando por salir desbocado, tapó
cualquier sonido por encima de los demás.
– Ya
puedes abrir los ojos, héroe, siento decepcionarte pero me temo que, de
momento, no has encontrado a la tía buena de la película. – dijo su voz
interior.
– ¿Qué
quieres decir? – preguntó, mirando a su alrededor confundido.
– Creo
que de momento hemos encontrado al compañero al que todos desean que agarre una
horda de zombies y lo devoren vivo. Que hemos encontrado al insoportable,
vamos. – dijo su mente, sarcástica y divertida.
– ¿Qué…?
La
pregunta murió en el aire cuando finalmente descubrió lo que la voz interior
quería decirle. Ante él, plantado con las piernas abiertas y mirándolo en
silencio enarbolando un bate de béisbol como si de un hacha vikinga se tratase,
le un hombre de mediana edad se pasaba la lengua por la comisura de los labios
con impaciencia.
– Entonces debes de ser una de esas malditas
cosas. ¡Quédate quieto, que vas a salir guapo en la foto! – aulló con júbilo,
lanzando un fuerte golpe hacia la cabeza de Jack.
Logró
apartarse a tiempo, más por reflejo que por decisión propia, y le miró aturdido
y asustado.
– ¡¿Se puede saber qué diablos pretendes hacer,
pedazo de animal?! – replicó, mirándolo con ojos desorbitados.
El
hombre, que se preparaba para lanzar otro golpe, se detuvo en seco y lo miró
perplejo.
– Eso mismo podría preguntarte a ti, amiguito –
sonrió de medio lado, apoyando el bate en el suelo. – ¿No te han enseñado que
en caso de invasión de zombies tienes que responder cuando te encuentras con un
superviviente armado?
– Fantástico,
un friki obseso que pretende salvar el mundo. – pensó con fastidio.
– Igualito
que tú, Jack. – replicó la voz interior.
– ¿Estás loco o qué diablos te pasa? – preguntó
al hombre con curiosidad y rechazo en la voz. Se apartó unos pasos,
desconfiando.
– ¡Venga, no te pongas así! – exclamó con una
sonrisa divertida en la boca. – Ya me ha quedado claro que no eres una de esas
cosas, así que no tenemos por qué ponernos así, ¿no te parece? Aún no ha pasado
el tiempo suficiente como para que nos pongamos unos en contra de otros y que
los psicópatas se adueñen de las calles, amigo.
– Yo no soy tu amigo. – respondió Jack,
girándose sobre los talones para dar media vuelta y alejarse de él.
El
tipo le siguió sin dudarlo, cargando sobre el hombro el bate de béisbol.
– Eso es cierto, pero sólo es una mera cuestión
de tiempo, amigo. – sonrió de medio lado. – Me llamo Robert Brent, ¿y tú?
– Me llamo Jack. – respondió, al cabo de varios
minutos de incómodo silencio.
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