– Creo
que es un buen momento para empezar a plantearte ir de una vez al burguer de la
esquina, Jack. Creo que no somos los únicos que tienen hambre por aquí. –
dijo su yo interior, tratando de obligarle a recuperar el sentido tras el
golpe.
Apenas tuvo tiempo de ver la escalera que debía salvarle la vida en caso
de incendio cuando la puerta de entrada finalmente cedió, viniéndose abajo tras
una multitud de golpes fuertes y violentos.
– No creo
que hayan venido a felicitarte por tu cumpleaños, Jack. – insistió la voz
interior, obligándole a dejar de prestar atención al grupo de personas que se
lanzaban al interior de la casa, directos a por él.
– Sobre
todo porque faltan como ocho meses para eso. – replicó él, precipitándose
escaleras abajo para huir.
– ¡A POR ÉL, NO PODEMOS
PERMITIR QUE SE ESCAPE! NECESITAMOS SABER POR QUÉ NO ESTÁ SOMETIDO A NUESTRO
CONTROL. –
gritaba la voz de la criatura, enloquecida.
– Tengo demasiada mierda en la cabeza como para
que puedas ponerle ningún tipo de orden, amiguito. Y llevo muchos años
escuchando voces interiores como para que consigas engatusarme con tonterías. –
replicó él, llegando a la escalera de la primera planta.
La
ventana de aquella planta también estaba rota, pero no parecía que nadie
hubiese salido por ella.
– Tal vez
sólo están esperando a que llegues ahí para lanzarse a por ti, ¿no te parece?
Yo lo haría: dejaría que te creyeses a salvo y entonces te atraparía en cuanto
bajes la guardia. No creo que sea demasiado buena idea seguir por ahí. –
dijo su voz interior, intentando hacerle parar antes de que fuese demasiado
tarde.
– ¿Y qué
diablos me sugieres, eh? No pretenderás que…
– O
saltas o te arriesgas a que te estén esperando, tú decides. – sentenció la mente,
sin añadir más.
– ¡¿Pero
has visto la cantidad de metros que hay de aquí hacia el suelo?! –
protestó, negando con la cabeza. Por nada del mundo se lanzaría al suelo.
– Desde
el puente del que querías tirarte había más del triple de altura, ¿recuerdas? –
replicó el yo interior.
– Eso era
distinto, en ese momento no me importaba morir o no…
– Vaya. – exclamó con sorpresa.
– ¿Y qué ha cambiado en los últimos meses
sin que yo me haya dado cuenta, Jack? Por lo que sé sigues teniendo el mismo
trabajo de mierda de siempre, sigues sin importarle lo más mínimo a nadie en
todo el jodido mundo y sigues sintiéndote sólo e incomprendido. ¿Crees que no
sé que pasas gran parte de la noche llorando mientras sueñas con ella? –
dijo la voz, con intención de hacerle daño. Lo consiguió.
Las
palabras, dolorosas pero necesarias, removieron la frágil estabilidad en su
interior, catapultándolo de nuevo a la montaña rusa de emociones encontradas:
claro que no tenía ningún motivo real por el que seguir viviendo, más allá del
sencillo miedo a que la muerte fuera dolorosa.
– Tienes
razón. – cedió, con los ojos humedecidos. – No tiene sentido que siga respirando en realidad. No he hecho nada de
provecho con mi vida, y no he hecho nada que beneficie lo más mínimo al mundo.
Primero una pierna, luego la otra. Quedó por fin sujeto a la baranda de
metal mirando al suelo en silencio: si se lanzaba de cabeza era bastante
probable que se partiese el cuello o que sufriese un traumatismo lo
suficientemente grave como para desangrarle.
– Salvo
por el hecho de que ella en realidad te sigue amando. – susurró la voz
interior en el momento en el que se lanzaba al vacío.
La
confesión había llegado en el momento necesario para hacerle querer continuar
viviendo, por lo que cayó de pie al suelo y rodó en cuanto éstos tocaron el
piso, logrando una caída segura.
– Eres la
cosa más despreciable y horrenda que he conocido jamás. – acusó, furioso. –
¿Por qué has hecho eso?
– Porque
no necesitamos que te partas ningún hueso, Jack, pero tenía que hacerte saltar
de una forma u otra, ¿no te parece? – respondió con sencillez la voz interior.
– Eres…
¡TE ODIO! – exclamó, echando a correr hacia ninguna parte.
– Yo
también te odio, hermano. ¿Por qué tuviste que absorberme estando los dos en el
útero? Por tu culpa yo nunca nací, pero tampoco he muerto, ¿sabes? Nunca he
podido ver realmente la luz del sol, siempre he estado encerrado tras las
sombras de tu mente, obligado a deambular formando parte de ti, cuando pude
haber sido un Yo. – responde la voz interior sin que él pueda escucharla.
Se
dirige de forma apresurada, sin mirar hacia ninguna parte, hacia las afueras de
la ciudad: sabe, o cree saberlo, que allí se encontrará a salvo de aquellas
criaturas. Mientras él corre la ciudad va sumiéndose cada vez más en un caos
que gobierna las calles: atropellos, disparos, saqueos.
– PRONTO NO QUEDARÁ NADA DE VOSOTROS, Y OS
VERÉIS SUMIDOS EN LA PAZ DE LA SERVIDUMBRE ETERNA. NUNCA MÁS REPRESENTARÉIS UN
PELIGRO PARA EL UNIVERSO. A
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