miércoles, 4 de junio de 2014

La sombra del cielo |9|

¿Qué diablos dice esa…cosa? – preguntó a su voz interior, alarmado y asustado. No podía creer que aquella criatura de verdad creyese que estaba haciéndole un favor a todo el universo.
No creo que tengamos que preocuparnos ahora mismo por lo que dice o deja de decir, Jack. Creo que lo más urgente en este momento es marcharnos de aquí o más rápido y lejos posible, antes de que toda una horda de estos zombies del espacio nos persigan por toda esta maldita ciudad. – respondió su voz interior con indiferencia.
Esto es una maldita pesadilla…o al menos espero que lo sea. – respondió él a su mente, sin esperar una respuesta: tan sólo era un pequeño desahogo, necesitaba hacerlo.
SERÁ UNA AUTÉNTICA PESADILLA CUANDO TE HAYAMOS ATRAPADO, HUMANO. NO ESPERES QUE NOS LIMITEMOS A MATARTE O A DOMINARTE, POR ALGÚN MOTIVO QUE ESCAPA A NUESTRO ENTENDIMIENTO NO SOY CAPAZ DE DOMARTE. TE SOMETEREMOS A CIENTOS DE EXPERIMENTOS Y PRUEBAS PARA SABER POR QUÉ.
Yo diría que eso es una buena forma de motivarte para que sigas corriendo, ¿no te parece? – preguntó su yo interior con cierta satisfacción en la voz.
    Decidió no responder a ninguno de los dos, sabía que si les prestaba demasiada atención acabaría volviéndose loco o tropezando contra algo a lo que no prestase atención: en cualquier caso estaría perdido, y no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. No después de lo que la voz le había hecho recordándole su intento de suicidio: se vengaría de ella, de una forma u otra.
Corre, imparable, el feliz conejo que sube a la montaña. Corre, feliz, el alegre tigre que le persigue colina abajo. Baila, drogada, la absorta tortuga que observa el tiempo pasar sin salir de su madriguera. – dijo la voz interior, confundiendo a la criatura de su mente.
    Tampoco respondió esta vez, aunque no lo comprendió por completo. Apretó el paso consciente de que él era el feliz conejo que subía la montaña, salvo por que no se dirigía a ninguna montaña.
    Pronto encontró atascos en las carreteras: cientos de vehículos, hasta donde se perdía la vista, luchaban por abandonar la ciudad a toda prisa. Sin embargo ninguno se movía, y todos los que estaban al volante apretaban con demencial insistencia el claxon de cada coche, creando de aquella manera una delatora melodía.
Así solo van a lograr que esas cosas sepan dónde están. ¡Las están atrayendo hacia ellos y no se dan cuenta! – pensó, corriendo hacia allí: tenía que advertirles de lo que estaban haciendo.
    No obstante sus piernas se pararon al cabo de pocos metros.
Exactamente, Jack. Ellos los están llamando, y si tú vas a donde están ellos entonces también te atraparan a ti. – sentenció la voz de su cabeza, obligándole a dar la vuelta.
¡¿Pero no lo entiendes?! – exclamó, incrédulo. – ¡Esas cosas irán a por ellos! ¿No has pensado que ahí tienen que haber niños? No podemos dejar que…
– No podemos dejar que nos atrapen a nosotros por culpa de la histeria colectiva y la estupidez humana, Jack – zanjó. – Supón que llegas hasta ellos antes de que lo hagan esas cosas. ¿A cuánta gente crees que podrás advertir antes de que sea demasiado tarde? ¿Diez vehículos, cien? ¿No te das cuenta de que hay más de mil coches atascados en esa maldita carretera?
– Serían cientos de personas que se salvaran de esas cosas. Además, en cuanto los demás les viesen huir del coche seguro que les seguirían y… – no terminó la frase. Se percató sin ayuda de lo que aquello significaba.
Y se atascarán ellos otra vez, sólo que esta vez fuera de cada coche – respondió la voz interior sin tapujos. – Ninguno de los que está ahí abajo podrá evitar que esas cosas los dominen, Jack. Sin embargo tú tienes la oportunidad de acabar con todo esto en algún momento, no puedes dejarte atrapar sólo por querer ayudar a esa gente: encontraremos la manera de luchar contra ellos, pero necesitamos que sigas estando vivo para eso.
    Observó con auténtica impotencia el inmenso desfile de bocinazos, gritos y maldiciones que se propagaban a casi doscientos metros de distancia de donde se encontraban. La voz interior tenía razón: no podía dejarse atrapar por aquellas cosas, tenían que buscar la forma de eliminarlas.
    En el momento en el que se dio media vuelta para volver a correr a las afueras de la ciudad aquellas criaturas llegaron. La gente gritó, y pronto comenzaron los disparos.
Nunca te ha importado demasiado la gente, Jack, y estamos en el momento adecuado para que eso siga así. – dijo la voz interior, con indiferencia.

Siguen sin importarme – mintió, sin volver la vista atrás aunque tentado de hacerlo. – Es sólo que…bueno, no lo sé. 

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