Intolerancia genética:
Alexandre Slovsky.
Espero que sigas ahí en alguna parte, recibiendo los documentos que
estoy mandándote. El primero que te envié era del doctor Hermes y su terapia de
shock eléctrico. Tiene la seguridad de que aplicando la corriente eléctrica
necesaria en el punto concreto de la cabeza del paciente puede conseguir
obtener de él toda la información relevante para alguno de sus enfermizos
proyectos. Mucho me temo que no será la última vez que oigas hablar de Du Pont,
por desgracia.
Este
documento es más importante que el anterior ya que he logrado que uno de los
celadores que trabajan para el doctor Slovsky nos preste declaración de lo que
ha visto aquí dentro. Siento no poder darte los datos personales de esta
persona, sé que eso le resta credibilidad, pero le he prometido que le
mantendría en el más estricto anonimato: como ya te he mencionado, nos estamos
jugando la vida al enviar estos documentos, y no quiero que su familia se vea
implicada en un asunto tan turbio como este.
Alexandre Slovsky es un reputado genetista molecular con una obsesión
enfermiza por un sencillo asunto: el impacto de las enfermedades en el cuerpo
humano y la forma de evitarlas. A continuación procedo a relatarte lo que este
celador me ha contado hasta ahora.
– ¿Por qué crees que los seres humanos
enferman, Straw? (sustituiré su nombre por el mío en todo momento, así como lo
haré siempre que consiga que terceras personas participen en esto). – me
preguntó con curiosidad e indiferencia: para él yo no era más que una bestia de
carga. Supongo que estaba lo suficientemente emocionado (o borracho) como para
querer compartir conmigo aspectos de su emocionante vida.
– No lo sé, doctor. Quizá porque no seamos tan
fuertes como creemos. – le dije sin prestarle atención. Lo único que yo quería
era marcharme de la sala para poder ir a descansar.
– Creo que no eres tan estúpido y corto de
miras como se supone que deben ser los celadores, Straw – me dice con una
sonrisa altiva que me dan ganas de borrarle a puñetazo limpio. – pero, ¿por qué
no somos tan fuertes como creemos, eh? ¿Por qué nosotros, unos seres tan
grandes, sucumbimos a las enfermedades producidas por agentes patógenos
microscópicos? – insiste.
Le
miré por encima del hombro, parando apenas un momento en lo que estaba
haciendo, para que le quedase claro que no me interesaba nada de su cháchara o
de lo que querría decirme, pero permaneció esperando una respuesta y yo no tuve
más remedio que dársela.
– Supongo que esas cosas evolucionan
constantemente, doctor – me encogí de hombros. – en realidad no me importa
demasiado, ¿sabe? Tengo mucho trabajo que hacer.
– Sí, yo también tengo mucho trabajo que hacer
– me dijo con un asentimiento de cabeza. – Pero, ¿no te has parado a pensar que
tal vez el motivo no sea que los agentes patógenos evolucionen, sino que
nuestro cuerpo cada vez se vea más resentido? – sonrió, sabiendo que su
razonamiento rara vez había sido tenido en cuenta. – Por ese motivo, mi obtuso
amigo, cuando nos hacemos más viejos estamos más predispuestos a contraer
enfermedades que, en nuestra juventud, nuestro cuerpo pasaba por alto sin
prestarle atención siquiera.
– Puede que sí, profesor – asentí yo, colocando
las sábanas limpias sobre la cama. Sé que a los pacientes de este sitio les han
hecho auténticas barbaridades, ¿pero tanto les cuesta levantarse para ir al
baño? – piense en ello y quizá encuentre la respuesta. – le sugerí. Supongo que
fue una forma bastante amistosa de mandarlo a la mierda.
– ¡Ah, mi pequeño Straw! – sonrió satisfecho de
sí mismo. – ya lo he hecho antes de empezar esta conversación. Ése es el motivo
por el que tú no eres más que un simple celador y yo soy un jefe de
investigación genética – me aseguró con una sonrisa que me provocó muchas ganas
de borrársela a puñetazos (yo también le conozco, y puedo asegurarte que esa
sonrisa existe) – la respuesta a todo este problema es tan sencilla que muchos
de los supuestos genios científicos de los últimos tiempos no han sabido verla:
la Intolerancia Genética.
Yo
sabía que el maldito chalado se había emocionado con todo el asunto y que no me
iba a dejar marchar hasta que no me hubiese contado toda su maldita historia,
así que decidí acomodarme en una de las sillas de la sala, que lógicamente
estaba vacía en ese momento, y busqué en uno de los bolsillos una caja de
cigarros. Si iba a tener que aguantarle el coñazo a ese viejo, al menos
disfrutaría de uno de los pocos vicios que podemos permitirnos aquí dentro.
– Está bien, doc. – le dije con un suspiro
cansado. – Cuénteme – puedo asegurarte que al tipo le brillaban los ojos de
emoción.
– Procuraré contártelo todo de forma que
alguien de tu limitado nivel intelectual pueda asimilarlo…aunque no sé si eso
será posible – añadió con una sonrisa. – A medida que el cuerpo envejece es más
propenso a sufrir enfermedades que lo debilitan hasta el punto de la consabida
muerte. Muchos, muchísimos, investigadores han pretendido buscar la solución a
este asunto mediante la mejora de vacunas y antibióticos que combatan la
enfermedad, pero el problema resulta en la evolución de los agentes patógenos:
a lo largo de pocas generaciones han logrado cambiar toda su estructura
molecular, lo cual imposibilita fabricar una vacuna definitiva contra casi
ningún tipo de enfermedad o bacteria, por no hablar de que muchas de ellas son
genéticamente modificadas por una panda de estúpidos e imbéciles que se amparan
en el estudio y la protección humanas cuando son, claramente, armas biológicas en
potencia.
Me
estaba costando horrores mantener la compostura y seguir fingiendo que me
interesaba mínimamente toda aquella sarta de estupideces, pero era mejor seguir
haciendo mi papel.
–
Pero, ¿y si la respuesta no está en mejorar los medicamentos contra las
enfermedades, sino en mejorar el cuerpo contra las mismas? Si fuésemos capaces
de suprimir la oxidación molecular del cuerpo conseguiríamos una resistencia
casi ilimitada hacia dichas fuentes de enfermedad.
– Pretende decirme que lo que intenta es
hacernos inmortales, ¿doctor? – pregunté, sabiendo que el pobre diablo se había
vuelto completamente loco. Más loco de lo que ya estaba, quiero decir.
Se
rió de mí en mi cara, negando con la cabeza repetidas veces.
– No, Straw, eso sería completamente imposible:
siempre llegaría un punto en el que nuestro organismo no fuese capaz de
continuar manteniéndonos con vida por cualquier motivo. Lo que pretendo es
erradicar de la faz de la tierra enfermedades y plagas de una vez por todas.
¿Entiendes las consecuencias de mi trabajo?
– Entiendo que a la mayoría eso le interesaría
mucho, pero que a una minoría poderosa no le haría demasiada gracia. – le
indiqué yo con un encogimiento de hombros. – Quiero decir – tuve que ahogar las
ganas de llamarle “mi obtuso amigo” – si yo me dedicase a fabricar y vender
vacunas contra la gripe no me haría mucha gracia que un tipo como usted viniese
a hundirme el negocio, ¿no le parece? – le guiñé un ojo.
El
viejo tragó saliva mirando a un lado y otro, de pronto parecía nervioso, pero
luego sonrió tratando de recobrar la calma. Era como si se hubiese acordado de
pronto dónde se encontraba, y que no habría ninguna farmacéutica que intentase
hacerle…cambiar de opinión.
– Eso no es asunto mío, Straw. Además…siempre
podríamos adaptar la solución al gusto de todos. – sonrió.
– ¿A qué se refiere? – pregunté yo con intriga
por primera vez.
El
viejo no me lo dijo, pero creo que se refería a que podía administrar esa cura
milagrosa en plazos, o algo por el estilo. Sea como sea no tardó demasiado en
marcharse de aquí. Creí que no volvería a verle, pero un par de días después
fui asignado a su grupo de estudio particular.
El
sitio parecía un plató de una película de terror o del espacio, lleno de
efectos especiales. Era una habitación que mediría entre noventa o cien metros
de largo por lo mismo de ancho. Allá donde uno miraba encontraba un sinfín de
aparatos y ordenadores y una auténtica colección de viales y tubos de ensayo
llenos de líquido que daba bastante miedo mirarlos.
Dentro de la habitación habían diez camas con pacientes, completamente
aisladas en una especie de carpa que se usan para fumigar (para que nos
entendamos, era un aislamiento utilizado en pacientes afectados por enfermedades
contagiosas o por radiación). Apenas había una rendija en cada una de las lonas
para poder ver al interior…no me atreví a mirar en demasiadas de las camas,
pero en las que lo hice a los pobres diablos los mantenían sedados por completo
y les estaban inyectando varios viales con porquerías (le he preguntado a qué
se refiere, pero no sabe qué contenían los viales, y dudo que Slovsky le haya
contado nada.)
– ¿Para qué tienen montado todo esto, doctor?
Parece que se trate más de un brote de la peste, o algo parecido. – le pregunté
en una ocasión en que nos encontrábamos a solas en el laboratorio.
– Ya conoce las reglas, Straw, no puedo
contarle nada de los experimentos que se llevan a cabo en esta zona. – me
advirtió seriamente, nervioso.
– Quiero decir que si esto es realmente necesario,
doctor. Porque a nivel científico no lo sé, pero a la hora de llevar el
mantenimiento de esta ala esas lonas me complican mucho la vida. – le expliqué
con sencillez.
– Por el momento no es estrictamente necesario,
pero como no descartamos el uso de material infeccioso o radioactivo nos
curamos en salud adelantándonos a la necesidad. – me dijo con indiferencia.
– ¿Está diciendo que van a meterle qué a esa
gente…? – pregunté incrédulo e incapaz de permanecer impasible.
– Pretendemos modificar la genética molecular
de los pacientes, Straw – me dijo con paciencia. – no pretenderá que hagamos
eso pidiéndoselo por favor a las células, ¿verdad?
– Pero eso no les da derecho a meterles esas
cosas en el cuerpo, por el amor de dios – le dije, con ganas de golpearle. –
¡los van a matar!
– ¿Y qué más da eso? – me respondió sin
comprender. – No son más que animales, ¿recuerda? Simples cobayas para
experimentación. Si uno o dos de ellos mueren para ayudar al resto de la
humanidad, ¿a quién le importa? Además, así están pagando sus crímenes, Straw,
recuérdelo.
– ¡Pero tienen que haber otras formas! – grité,
no pude evitarlo.
– La única opción restante es realizar las
modificaciones en fetos, Straw - me
dijo, mirándome a los ojos. – y como creo que comprenderá, eso es mucho más
cruel, ¿no le parece?
Lo
miré a los ojos intentando calmarme. Comprendía que llevar a cabo los
experimentos con fetos en desarrollo era una auténtica atrocidad contra natura,
pero la idea de que ese hombre estuviese jugando a ser dios con gente me
repugnaba; sí, ellos no son más que una panda de criminales que ha cometido un
sinfín de horrores sin importarles en absoluto lo que sufriesen sus víctimas,
¿pero acaso no estamos haciendo lo mismo nosotros? Eso no nos deja en mejor
lugar que ellos.
– Pero doctor…no creo que… – no encontraba las
palabras adecuadas para decirle lo que opinaba al respecto. No quería acabar…ya
sabes, formando parte del experimento. (creo que en esta parte el celador no
está exagerando en absoluto, veo el miedo auténtico pintado en sus ojos. ¿Acaso
será verdad que puedas pasar de ser miembro del personal a mero sujeto de
investigación? No quiero ni pensarlo).
Me encontré
a solas varias veces en el laboratorio pero nunca me atreví a volver a mirar
dentro de aquellas habitaciones aisladas y jamás volví a hacer un comentario al
respecto: sentía como si me estuviesen observando a mí también, esperando a que
metiese la pata para…bueno, creo que puedes hacerte una idea bastante
aproximada de para qué.
No
era nada fácil entrar en aquella maldita sala de locura: los pacientes gritaban
y suplicaban que parasen el experimento. Algunos incluso aseguraban estar
ardiendo por dentro…y creo que alguno de ellos tenía razón: algunas veces, al
entrar, me parecía percibir el olor a carne quemada. No sé qué les metían en el
cuerpo, pero sé que los gritos no cesaban en ningún momento.
– Doctor, ¿no teme que a alguno le acabe
reventando la garganta? – pregunté una vez, cuando no podía aguantar más
aquello.
– ¿Y qué más da eso, Straw? – me preguntó sin
entender mi preocupación. – si se diese el caso, improbable, de que eso
ocurriese nos limitaríamos a curar la herida.
– ¿Pero no pueden, al menos, suministrarles algún
calmante? – insistí. Si te soy sincero lo hacía más por mi propio beneficio que
el de los pacientes: literalmente gritaban las veinticuatro horas del día, y no
podías dormir pese a estar relativamente lejos de su pabellón.
– Imposible – negó con la cabeza repetidas
veces. – no sabemos qué efecto podría tener la intrusión de medicamentos en el
proceso de mutación de los genes. Obviamente cuando queramos presentar el
proyecto al mundo buscaremos una manera de mitigar los efectos adversos, pero
por el momento no supondría más que una pérdida de tiempo y recursos que no
merece la pena tener.
– Sí…comprendo, doctor – asentí, supongo que
con cara de besugo, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Se supone que
los médicos hacéis un juramento por el que os comprometéis a proteger la vida
de cualquier ser humano sin importar quién sea o qué haya hecho, y ese maldito
desgraciado se estaba negando a cumplirlo.
Esa misma
tarde pedí ser trasladado a otra de las instalaciones de la isla. Pensé que me
podría meter en problemas por solicitarlo, pero no podía aguantar ni un minuto
más los desesperados aullidos de dolor que jamás serían acallados. Sobre el
doctor Slovsky y su proyecto del demonio no he vuelto a saber nada, y te
aseguro que no tengo ningún interés en saber nada nunca más.
Prefiero
no volver a ver a ese hombre nunca más. (yo tampoco, pero me temo que tendré
que hacerlo).
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