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viernes, 18 de julio de 2014

Intolerancia genética.

Intolerancia genética:
Alexandre Slovsky.

    Espero que sigas ahí en alguna parte, recibiendo los documentos que estoy mandándote. El primero que te envié era del doctor Hermes y su terapia de shock eléctrico. Tiene la seguridad de que aplicando la corriente eléctrica necesaria en el punto concreto de la cabeza del paciente puede conseguir obtener de él toda la información relevante para alguno de sus enfermizos proyectos. Mucho me temo que no será la última vez que oigas hablar de Du Pont, por desgracia.
    Este documento es más importante que el anterior ya que he logrado que uno de los celadores que trabajan para el doctor Slovsky nos preste declaración de lo que ha visto aquí dentro. Siento no poder darte los datos personales de esta persona, sé que eso le resta credibilidad, pero le he prometido que le mantendría en el más estricto anonimato: como ya te he mencionado, nos estamos jugando la vida al enviar estos documentos, y no quiero que su familia se vea implicada en un asunto tan turbio como este.
    Alexandre Slovsky es un reputado genetista molecular con una obsesión enfermiza por un sencillo asunto: el impacto de las enfermedades en el cuerpo humano y la forma de evitarlas. A continuación procedo a relatarte lo que este celador me ha contado hasta ahora.
– ¿Por qué crees que los seres humanos enferman, Straw? (sustituiré su nombre por el mío en todo momento, así como lo haré siempre que consiga que terceras personas participen en esto). – me preguntó con curiosidad e indiferencia: para él yo no era más que una bestia de carga. Supongo que estaba lo suficientemente emocionado (o borracho) como para querer compartir conmigo aspectos de su emocionante vida.
– No lo sé, doctor. Quizá porque no seamos tan fuertes como creemos. – le dije sin prestarle atención. Lo único que yo quería era marcharme de la sala para poder ir a descansar.
– Creo que no eres tan estúpido y corto de miras como se supone que deben ser los celadores, Straw – me dice con una sonrisa altiva que me dan ganas de borrarle a puñetazo limpio. – pero, ¿por qué no somos tan fuertes como creemos, eh? ¿Por qué nosotros, unos seres tan grandes, sucumbimos a las enfermedades producidas por agentes patógenos microscópicos? – insiste.
    Le miré por encima del hombro, parando apenas un momento en lo que estaba haciendo, para que le quedase claro que no me interesaba nada de su cháchara o de lo que querría decirme, pero permaneció esperando una respuesta y yo no tuve más remedio que dársela.
– Supongo que esas cosas evolucionan constantemente, doctor – me encogí de hombros. – en realidad no me importa demasiado, ¿sabe? Tengo mucho trabajo que hacer.
– Sí, yo también tengo mucho trabajo que hacer – me dijo con un asentimiento de cabeza. – Pero, ¿no te has parado a pensar que tal vez el motivo no sea que los agentes patógenos evolucionen, sino que nuestro cuerpo cada vez se vea más resentido? – sonrió, sabiendo que su razonamiento rara vez había sido tenido en cuenta. – Por ese motivo, mi obtuso amigo, cuando nos hacemos más viejos estamos más predispuestos a contraer enfermedades que, en nuestra juventud, nuestro cuerpo pasaba por alto sin prestarle atención siquiera.
– Puede que sí, profesor – asentí yo, colocando las sábanas limpias sobre la cama. Sé que a los pacientes de este sitio les han hecho auténticas barbaridades, ¿pero tanto les cuesta levantarse para ir al baño? – piense en ello y quizá encuentre la respuesta. – le sugerí. Supongo que fue una forma bastante amistosa de mandarlo a la mierda.
– ¡Ah, mi pequeño Straw! – sonrió satisfecho de sí mismo. – ya lo he hecho antes de empezar esta conversación. Ése es el motivo por el que tú no eres más que un simple celador y yo soy un jefe de investigación genética – me aseguró con una sonrisa que me provocó muchas ganas de borrársela a puñetazos (yo también le conozco, y puedo asegurarte que esa sonrisa existe) – la respuesta a todo este problema es tan sencilla que muchos de los supuestos genios científicos de los últimos tiempos no han sabido verla: la Intolerancia Genética.
    Yo sabía que el maldito chalado se había emocionado con todo el asunto y que no me iba a dejar marchar hasta que no me hubiese contado toda su maldita historia, así que decidí acomodarme en una de las sillas de la sala, que lógicamente estaba vacía en ese momento, y busqué en uno de los bolsillos una caja de cigarros. Si iba a tener que aguantarle el coñazo a ese viejo, al menos disfrutaría de uno de los pocos vicios que podemos permitirnos aquí dentro.
– Está bien, doc. – le dije con un suspiro cansado. – Cuénteme – puedo asegurarte que al tipo le brillaban los ojos de emoción.
– Procuraré contártelo todo de forma que alguien de tu limitado nivel intelectual pueda asimilarlo…aunque no sé si eso será posible – añadió con una sonrisa. – A medida que el cuerpo envejece es más propenso a sufrir enfermedades que lo debilitan hasta el punto de la consabida muerte. Muchos, muchísimos, investigadores han pretendido buscar la solución a este asunto mediante la mejora de vacunas y antibióticos que combatan la enfermedad, pero el problema resulta en la evolución de los agentes patógenos: a lo largo de pocas generaciones han logrado cambiar toda su estructura molecular, lo cual imposibilita fabricar una vacuna definitiva contra casi ningún tipo de enfermedad o bacteria, por no hablar de que muchas de ellas son genéticamente modificadas por una panda de estúpidos e imbéciles que se amparan en el estudio y la protección humanas cuando son, claramente, armas biológicas en potencia.
    Me estaba costando horrores mantener la compostura y seguir fingiendo que me interesaba mínimamente toda aquella sarta de estupideces, pero era mejor seguir haciendo mi papel.
    – Pero, ¿y si la respuesta no está en mejorar los medicamentos contra las enfermedades, sino en mejorar el cuerpo contra las mismas? Si fuésemos capaces de suprimir la oxidación molecular del cuerpo conseguiríamos una resistencia casi ilimitada hacia dichas fuentes de enfermedad.
– Pretende decirme que lo que intenta es hacernos inmortales, ¿doctor? – pregunté, sabiendo que el pobre diablo se había vuelto completamente loco. Más loco de lo que ya estaba, quiero decir.
    Se rió de mí en mi cara, negando con la cabeza repetidas veces.
– No, Straw, eso sería completamente imposible: siempre llegaría un punto en el que nuestro organismo no fuese capaz de continuar manteniéndonos con vida por cualquier motivo. Lo que pretendo es erradicar de la faz de la tierra enfermedades y plagas de una vez por todas. ¿Entiendes las consecuencias de mi trabajo?
– Entiendo que a la mayoría eso le interesaría mucho, pero que a una minoría poderosa no le haría demasiada gracia. – le indiqué yo con un encogimiento de hombros. – Quiero decir – tuve que ahogar las ganas de llamarle “mi obtuso amigo” – si yo me dedicase a fabricar y vender vacunas contra la gripe no me haría mucha gracia que un tipo como usted viniese a hundirme el negocio, ¿no le parece? – le guiñé un ojo.
    El viejo tragó saliva mirando a un lado y otro, de pronto parecía nervioso, pero luego sonrió tratando de recobrar la calma. Era como si se hubiese acordado de pronto dónde se encontraba, y que no habría ninguna farmacéutica que intentase hacerle…cambiar de opinión.
– Eso no es asunto mío, Straw. Además…siempre podríamos adaptar la solución al gusto de todos. – sonrió.
– ¿A qué se refiere? – pregunté yo con intriga por primera vez.
    El viejo no me lo dijo, pero creo que se refería a que podía administrar esa cura milagrosa en plazos, o algo por el estilo. Sea como sea no tardó demasiado en marcharse de aquí. Creí que no volvería a verle, pero un par de días después fui asignado a su grupo de estudio particular.
    El sitio parecía un plató de una película de terror o del espacio, lleno de efectos especiales. Era una habitación que mediría entre noventa o cien metros de largo por lo mismo de ancho. Allá donde uno miraba encontraba un sinfín de aparatos y ordenadores y una auténtica colección de viales y tubos de ensayo llenos de líquido que daba bastante miedo mirarlos.
    Dentro de la habitación habían diez camas con pacientes, completamente aisladas en una especie de carpa que se usan para fumigar (para que nos entendamos, era un aislamiento utilizado en pacientes afectados por enfermedades contagiosas o por radiación). Apenas había una rendija en cada una de las lonas para poder ver al interior…no me atreví a mirar en demasiadas de las camas, pero en las que lo hice a los pobres diablos los mantenían sedados por completo y les estaban inyectando varios viales con porquerías (le he preguntado a qué se refiere, pero no sabe qué contenían los viales, y dudo que Slovsky le haya contado nada.)
– ¿Para qué tienen montado todo esto, doctor? Parece que se trate más de un brote de la peste, o algo parecido. – le pregunté en una ocasión en que nos encontrábamos a solas en el laboratorio.
– Ya conoce las reglas, Straw, no puedo contarle nada de los experimentos que se llevan a cabo en esta zona. – me advirtió seriamente, nervioso.
– Quiero decir que si esto es realmente necesario, doctor. Porque a nivel científico no lo sé, pero a la hora de llevar el mantenimiento de esta ala esas lonas me complican mucho la vida. – le expliqué con sencillez.
– Por el momento no es estrictamente necesario, pero como no descartamos el uso de material infeccioso o radioactivo nos curamos en salud adelantándonos a la necesidad. – me dijo con indiferencia.
– ¿Está diciendo que van a meterle qué a esa gente…? – pregunté incrédulo e incapaz de permanecer impasible.
– Pretendemos modificar la genética molecular de los pacientes, Straw – me dijo con paciencia. – no pretenderá que hagamos eso pidiéndoselo por favor a las células, ¿verdad?
– Pero eso no les da derecho a meterles esas cosas en el cuerpo, por el amor de dios – le dije, con ganas de golpearle. – ¡los van a matar!
– ¿Y qué más da eso? – me respondió sin comprender. – No son más que animales, ¿recuerda? Simples cobayas para experimentación. Si uno o dos de ellos mueren para ayudar al resto de la humanidad, ¿a quién le importa? Además, así están pagando sus crímenes, Straw, recuérdelo.
– ¡Pero tienen que haber otras formas! – grité, no pude evitarlo.
– La única opción restante es realizar las modificaciones en fetos, Straw -  me dijo, mirándome a los ojos. – y como creo que comprenderá, eso es mucho más cruel, ¿no le parece?
    Lo miré a los ojos intentando calmarme. Comprendía que llevar a cabo los experimentos con fetos en desarrollo era una auténtica atrocidad contra natura, pero la idea de que ese hombre estuviese jugando a ser dios con gente me repugnaba; sí, ellos no son más que una panda de criminales que ha cometido un sinfín de horrores sin importarles en absoluto lo que sufriesen sus víctimas, ¿pero acaso no estamos haciendo lo mismo nosotros? Eso no nos deja en mejor lugar que ellos.
– Pero doctor…no creo que… – no encontraba las palabras adecuadas para decirle lo que opinaba al respecto. No quería acabar…ya sabes, formando parte del experimento. (creo que en esta parte el celador no está exagerando en absoluto, veo el miedo auténtico pintado en sus ojos. ¿Acaso será verdad que puedas pasar de ser miembro del personal a mero sujeto de investigación? No quiero ni pensarlo).
    Me encontré a solas varias veces en el laboratorio pero nunca me atreví a volver a mirar dentro de aquellas habitaciones aisladas y jamás volví a hacer un comentario al respecto: sentía como si me estuviesen observando a mí también, esperando a que metiese la pata para…bueno, creo que puedes hacerte una idea bastante aproximada de para qué.
    No era nada fácil entrar en aquella maldita sala de locura: los pacientes gritaban y suplicaban que parasen el experimento. Algunos incluso aseguraban estar ardiendo por dentro…y creo que alguno de ellos tenía razón: algunas veces, al entrar, me parecía percibir el olor a carne quemada. No sé qué les metían en el cuerpo, pero sé que los gritos no cesaban en ningún momento.
– Doctor, ¿no teme que a alguno le acabe reventando la garganta? – pregunté una vez, cuando no podía aguantar más aquello.
– ¿Y qué más da eso, Straw? – me preguntó sin entender mi preocupación. – si se diese el caso, improbable, de que eso ocurriese nos limitaríamos a curar la herida.
– ¿Pero no pueden, al menos, suministrarles algún calmante? – insistí. Si te soy sincero lo hacía más por mi propio beneficio que el de los pacientes: literalmente gritaban las veinticuatro horas del día, y no podías dormir pese a estar relativamente lejos de su pabellón.
– Imposible – negó con la cabeza repetidas veces. – no sabemos qué efecto podría tener la intrusión de medicamentos en el proceso de mutación de los genes. Obviamente cuando queramos presentar el proyecto al mundo buscaremos una manera de mitigar los efectos adversos, pero por el momento no supondría más que una pérdida de tiempo y recursos que no merece la pena tener.
– Sí…comprendo, doctor – asentí, supongo que con cara de besugo, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Se supone que los médicos hacéis un juramento por el que os comprometéis a proteger la vida de cualquier ser humano sin importar quién sea o qué haya hecho, y ese maldito desgraciado se estaba negando a cumplirlo.
    Esa misma tarde pedí ser trasladado a otra de las instalaciones de la isla. Pensé que me podría meter en problemas por solicitarlo, pero no podía aguantar ni un minuto más los desesperados aullidos de dolor que jamás serían acallados. Sobre el doctor Slovsky y su proyecto del demonio no he vuelto a saber nada, y te aseguro que no tengo ningún interés en saber nada nunca más.

    Prefiero no volver a ver a ese hombre nunca más. (yo tampoco, pero me temo que tendré que hacerlo). 

jueves, 17 de julio de 2014

La raíz del mal.

Hace unos días inauguré en mi perfil de Wattpad una serie de relatos médicos que iré llenando poco a poco. Aquí os dejo el primero para intentar engancharos :P podéis ver mi página de wattpad en: http://www.wattpad.com/user/AdrianGarciaPerez



La raíz del mal

    A pesar de haber sido contratado por el profesor Crown como su ayudante de laboratorio personal me costó mucho tiempo y esfuerzo llegar a formar parte de su equipo médico. No lo supe hasta mucho tiempo después, pero el profesor desconfiaba de mí y de mi forma de reaccionar ante los enfermizos proyectos que se llevaban a cabo en la isla, por lo que me había enviado a colaborar en proyectos de menor intensidad. Fue de esta manera como conocí al doctor Hermes De Pont, que se especializaba en las conductas violentas en los pacientes que no presentaban ningún tipo de desorden mental aparente.
– Pase, pase. Usted debe ser el joven Straw, ¿no es así? Bien, necesitamos sangre joven e ideas nuevas para descubrir por qué estos sujetos son propensos a comportamientos violentos. – me dijo, con una sonrisa satisfecha en los labios.
    Hermes no era especialmente alto, por no decir que apenas sí llegaba al metro cincuenta de altura, y tampoco conservaba una forma física que impusiese respeto por sí misma, pero sin embargo contaba con algo en él que obligaba a cualquiera a tratarle con un respeto casi supersticioso: poseía una especie de aura fuerte y decidida que te hacía verle como a alguien realmente grande.
– Es un placer poder colaborar con su trabajo, profesor De Pont. – dije yo, impresionado y ansioso por ponerme a trabajar.
– Venga por aquí, joven, le enseñaré nuestro pequeño rincón del paraíso – me dijo con una sonrisa amable en los labios. – Luego le enseñaré nuestro pedacito de infierno en la tierra. – en esta ocasión, jamás lo olvidaré, la sonrisa que me mostró era torcida y perversa.
    Caminamos por un pasillo de pulcro color blanco hacia una sala de estar relativamente amplia donde se encontraban algunos sofás individuales, una televisión, una mesa redonda y algunas sillas de comedor.
– Esta es nuestra sala de reuniones y esparcimiento personal – me explicó, señalando con la mano el escaso material de entretenimiento. – Las habitaciones ya las conoce, ¿no es así?
– Sí, descuide. – aseguré yo, recordando aquella especie de barracones donde habían varias literas apiladas en un lateral de la habitación. En el otro una serie de taquillas en fila hacían las veces de armarios.
– Bien, pasemos por aquí…con cuidado – advirtió con tono serio mientras abría una enorme puerta metálica con demasiados cierres como para tranquilizarme. – No se preocupe – sonrió, viéndome el gesto. – no son para encerrarnos a nosotros, sino para protegernos.
– ¿Protegernos de qué, profesor? – pregunté, ligeramente incómodo por la situación.
– De los sujetos de estudio, por supuesto. Aquí tenemos con nosotros media docena de pacientes especialmente violentos que no dudarían ni un momento lanzarse a por usted para hacerle sabe dios qué barbaridades, sólo por la perspectiva de un poco de insana…diversión – me advirtió, mirándome fijamente a los ojos. – Por supuesto pasan aislados buena parte del día en celdas individuales y tienen supervisión constante para asegurarnos de que no traten de escapar o atentar con nuestras vidas, pero toda precaución es poca, joven. He visto a muchos jóvenes y veteranos acabar con algún miembro roto o mutilado – aseguró con indiferencia. – y puedo decirle, sin temor a equivocarme, que ellos han sido los más afortunados.
– ¿Afortunados? – pregunté yo, preocupado por mi propia vida.
– En una ocasión lograron saltar uno de los cercos de seguridad y se llevaron a una de las celdas a algunos de los miembros del personal, hombres y mujeres. Preferiría no relatarle cómo acabaron esos pobres diablos, pero puedo decirle que tardamos varias semanas en limpiar la habitación por completo – sonrió una vez más. – pero no se preocupe, si se mantiene alerta y cumple escrupulosamente las recomendaciones que le vayamos dando no tendrá ningún problema con ellos. Eso sí, no trate de humanizarlos – me recomendó seriamente. – sé que algunos de los métodos que empleamos aquí pueden parecer innecesariamente invasivos, o que alguno de ellos puede convencerle perfectamente de que no usamos anestesia con ellos – sonrió negando con la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua, divertido. – pero le aseguro que ninguno de ellos sufre ningún tipo de daño físico o emocional.
– Bueno es saberlo, doctor. – dije yo, sin saber que me había creído una gran mentira.
    Cruzamos un largo pasillo de color blanco cuyas paredes estaban llenas de manchas oscuras, de las que no quise preguntar su procedencia, y pronto pude ver las celdas a las que se refería el profesor De Pont. Como si de la milla verde se tratase a ambos lados del pasillo pude ver tres habitaciones con puertas de metal que parecían ser bastante sólidas. Junto a cada una de las puertas se encontraba una ventana de cristal que permitía ver qué sucedía en cada una de las habitaciones.
– Son de cristal a prueba de balas, y de espejo – me explicó el profesor, sin tener que preguntarle. – Así podemos controlar con mayor facilidad qué sucede dentro de cada jaul…celda sin tener que entrar o colocar dentro ningún tipo de cámara: las pusimos en dos ocasiones, y ninguna de ellas duró cuatro horas – sonrió divertido. – Vaya a echar un vistazo si quiere, pronto pasará parte de su tiempo haciéndolo.
    En las dos primeras habitaciones en las que miré los pacientes no hacían nada fuera de lo corriente: uno de ellos dormía tranquilo y otro parecía estar escribiendo en un trozo de papel.
– Ése es nuestro Marqués de Sade particular – bromeó, junto a mí. – Escribe unos relatos particularmente perturbadores y nada faltos de imaginación en los que relata con todo lujo de detalles qué le gustaría hacer con cada uno de nosotros – sonrió. – No se preocupe, en cuanto escriba sobre usted será el primero en leerlo.
    La diversión e indiferencia con la que Hermes se tomaba todo aquello me repugnaba casi tanto como la situación en sí misma, por lo que decidí no perder más tiempo observando a nuestro escritor particular. En la tercera celda que miré uno de los sujetos se encontraba ejercitándose, en la cuarta y quinta ambos pacientes estaban masturbándose de forma compulsiva. Pero fue la sexta la que más me desconcertó.
    El paciente se encontraba recostado en la cama mirando hacia el techo sin hacer ningún tipo de movimiento, hasta que de forma repentina se levantó y se acercó a la ventana con movimientos ágiles. Observó en silencio su propio reflejo hasta que sus ojos encontraron el lugar exacto con los míos y los clavó en ellos, esbozando una lenta y afilada sonrisa que no me había gustado nada.
– Es como si supiese que se encuentra ahí, ¿verdad? – me susurró Hermes, sobresaltándome. Había algo en la mirada del paciente que me obligaba a mirarlo fijamente. – le mira a los ojos, aunque es imposible que sepa dónde se encuentra usted con exactitud.
– Es…fascinante, sin duda – asentí yo, sin poder quitarle la mirada de encima.
– Continuemos. – ordenó con tono bajo pero autoritario, sacándome de la ensoñación en la que me encontraba.
    Avanzamos por el pasillo hasta cruzarlo finalmente, jamás me he alegrado tanto de abandonar una estancia, y llegamos a una gran sala llena de instrumental médico. La habitación estaba separada en dos por una pared con otra puerta metálica y una nueva ventana en la que nos reflejábamos.
– Tras esa puerta se encuentra la sala de observación junto al equipo electrónico. Por razones obvias lo hemos tenido que separar del acceso a esta sala para evitar que los pacientes accedan a él.
– Comprendo. – asentí yo, aturdido.
– Venga conmigo. Vamos a comenzar con una de las sesiones de control con un paciente. Estará más seguro a este lado de la habitación – sonrió. – de momento éste será su trabajo: observar y analizar los datos que consigamos de cada paciente. Más adelante, si demuestra ser apto, podrá participar en los procesos de investigación.
– Claro, doctor. – asentí yo, sin perder tiempo para entrar en la sala segura. No quería, bajo ningún concepto, permanecer en una habitación con uno de esos pacientes, especialmente si se trataba del ocupante de la sexta habitación.
    El paciente fue trasladado al interior de la habitación por dos celadores de aspecto realmente impresionante: altos y fuertes, parecían ser capaces de derribar a un toro con sus propias manos.
– No se deje engañar – susurró Hermes, mirando el proceso. – Si el paciente quisiera se los quitaría de encima con relativa facilidad. La locura parece proporcionar una fuerza sobrehumana, o una tolerancia al dolor excesiva.
    Sin embargo el paciente casi había entrado por sus propios medios en la habitación y nos había dedicado una sonrisa bobalicona, pese a no poder vernos.
– ¿Está el nuevo ahí dentro? – preguntó. Se trataba del “escritor”. – Quiero verle la cara – pidió con buenos modales. – quiero verle para poder imaginar qué destino sufrirá bajo mi pluma. – sonrió una vez más mientras era atado a la camilla. – ¡Quiero verle, quiero verle ahora! – exigió, tratando de soltarse.
– Como ya le he dicho, nunca se fíe de ellos – repitió el doctor, acercándose a la puerta. – parecen ser personas normales y tranquilas, pero bajo esa apariencia se esconde un mar de violencia.
    De Pont entró en la habitación sin pensárselo dos veces y se acercó al paciente con tranquilidad mientras se colocaba los guantes de látex.
– ¡Quiero ver al nuevo, doctor, quiero verle! – gritó, tratando de soltarse de nuevo.
– Cállese – ordenó Hermes sin inmutarse. – No está aquí para exigir nada, sino para ser tratado.
– ¡Pero quiero verle! – insistió.
    El profesor se inclinó hacia el paciente y pareció susurrarle algo. Algo que no pude escuchar, pero que tiempo después supe qué había sido.
– Pronto. – susurró al paciente, y éste sonrió ampliamente y miró hacia el cristal, relamiéndose. Aquél gesto hizo que me estremeciera. – Bueno, veamos dónde se oculta la raíz del mal. – canturreó contento, Hermes.
    Rebuscó entre el material médico hasta sacar unos electrodos que no tardó en colocar sobre las sienes del paciente y su pecho.
– Prueba de shock, primer intento. – dijo mirándome a los ojos antes de accionar el botón.
    No sé de qué intensidad había sido la descarga, pero pude comprobar que al paciente se le había tensado el cuerpo por completo, y lanzaba aullidos de dolor. Traté de refugiarme en las palabras de Hermes que aseguraban que estaba fingiendo.
– Dime, ¿qué sientes? – preguntó el profesor al paciente.
– ¡Ganas de arrancarte la garganta con las uñas, bastardo! – aulló el paciente, sonriendo.
    De Pont accionó una vez más el dispositivo, que producía un ruido característico, y en esta ocasión lo mantuvo activo más tiempo del necesario. Juro que llegué a oler la carne del paciente quemándose.
– ¿Qué sientes? – insistió.
    Como el paciente no respondió volvió a aplicar la misma corriente eléctrica, aunque esta vez durante menos tiempo. Durante todo el proceso, que duró casi una hora, el paciente no dejó de convulsionarse y aullar. Temí por su vida, pero no me atreví a intervenir.
– Esta noche las musas del dolor no me visitarán a mí, doctor – sonrió de medio lado, con la boca torcida por el dolor, el paciente. – Esta noche las musas irán a verte a ti, te lo prometo. Y te proporcionarán un auténtico baño de inspiración... – primero sonrió, luego rompió a reír.
    Pronto todo el pabellón rió con él. Las risas me golpeaban, prometiendo que el paciente no mentía.