martes, 15 de julio de 2014

La sombra del cielo |11|

– Es un placer, Jack – asintió Robert pasando por alto el silencio. – Bueno, ¿qué opinas de todo esto, eh?
– ¿Qué opino, sobre qué? – preguntó con cierta hostilidad. Lo último que le apetecía en ese momento era hablar con nadie, y quería hacérselo saber.
    Sin embargo pronto descubriría que Brent no era muy hábil a la hora de interpretar estados de ánimo, por lo que sonrió contento de poder hablar con alguien al fin.
– Bueno, ya sabes, sobre la…invasión – sonrió un poco con gesto nervioso. – Hay quien dice que han venido a arruinarnos el día, y otros dicen que son la respuesta a nuestras plegarias, que nos traerán la paz mundial al fin y todo eso – chasqueó la lengua. – Yo personalmente creo que más bien son la excusa perfecta para tomarnos un par de días libres, ¿no te parece? – sonrió de medio lado, dándole un afectuoso golpe con el codo. – Al menos espero que esto sea motivo demostrable en el curro, porque si no vamos apañados, ¿eh? – sonrió una vez más.
    Se obligó a mantener la calma para no saltarle encima y arrancarle la lengua de la garganta con sus propios dientes. Ese tipo le estaba poniendo muy nervioso, y no aguantaría mucho más.
Y luego decían que nosotros estábamos chalados por escuchar voces, Jack, pero parece que no éramos los únicos locos en la ciudad, ¿eh? – dijo su voz interior con sorna, tratando de imitar la voz de Robert. – Cierra el pico, ¿quieres? – respondió con más hostilidad aún. – Ya tengo suficiente con tener que aguantar a este…genio de las narices.
    La sonrisa de Brent quedó borrada y sustituida por otra más nerviosa casi en el acto, miró a su nuevo amigo un poco preocupado.
– ¿Con quién hablas, Jack? Aquí sólo estamos tú y yo y… en fin, que a no ser que estés hablando solo, das por sentado que hay alguien más…no te ofendas.
    Cerró los ojos obligándose a no saltarle encima de verdad, aunque en realidad sabía que no se atrevería a tanto: nunca en toda su vida se había atrevido a levantarle la voz a nadie, y no comenzaría ahora con alguien que bien podía resultar ser un auténtico psicópata.
Vaya, vaya, Jack, parece que una vez más se te va toda la fuerza por la boca, ¿no? Lo peor de todo es que creo que nos conviene tener a este pedazo de imbécil con nosotros. – replicó la voz interior con sorna.
– Cualquier cosa menos eso, por el amor de dios. – suplicó cerrando los ojos. – ¿Por qué se supone  que nos beneficia llevar a este paleto?
Yo diría que es lo suficientemente estúpido como para embotar la psique de esta cosa que llevas a la espalda, Jackie. Tal vez resulte, una vez más, que tú no seas especial y que la forma de evitar que estas cosas nos ganen de paliza sea mandando a idiotas al frente. Eso sería un tanto…irónico, ¿no te parece? Sí, sería de guión de cine de serie B pero, al mismo tiempo, sería irónico porque…
– Haz el favor de callarte, ¿quieres? No quiero acabar pensando que el mejor compañero de viaje que tengo en este momento es esta babosa espacial chupacerebros
– Está bien, cerraré el pico y dejaré que lo habrá tu nuevo amiguito, si es lo que quieres.
    Se mordió la lengua para evitar gritar, consciente de que eso atraería a más de aquellas criaturas, y buscó paciencia en su interior para evitar echar a correr: si era cierto que Brent podía resultarles de utilidad, aunque sólo fuese como carne de cañón, estaba dispuesto a hacer el sacrificio de aguantar a otro ser humano.
Bueno, ¿y a dónde vamos? – preguntó finalmente Robert, incapaz de contenerse ni un minuto más.
– Vamos de excursión a un sitio maravilloso donde hay ríos de cerveza y las colinas están recubiertas de chocolate. – replicó Jack de mala gana.
– Creo que has visto demasiadas películas, amigo – sonrió de medio lado, palmeándole la espalda. – Pero te acompañaré de todas formas, ¿qué te parece? – volvió a sonreír largamente.
– Estaba temiendo que dijeras eso. – respondió él con indiferencia.
    Una oleada de risas exageradas y divertidas brotó de lo más profundo de la garganta de Robert, quien no tardó en palmear la espalda de Jack con más fuerza de la debida, casi haciéndole caer.
– ¡Tienes sentido del humor, amigo, eso me gusta! – exclamó a voz en grito.
– Y tú tienes un megáfono por boca, Robert. – replicó él sin sonreír, no quería que pensara que estaba de broma. – Lo cual no es precisamente bueno en este momento, podrías atraerles hasta aquí. – añadió, a sabiendas de que de lo contrario se lo tomaría a broma.
    Brent esbozó una nueva sonrisa y se encogió de hombros con tranquilidad.
– ¿Y eso sería tan malo, amigo? – preguntó con sinceridad.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que estoy preparado para que vengan – aseguró, con un brillo en los ojos mientras se palmeaba el bolsillo del pantalón con una sonrisa desencajada. – Y si realmente esas cosas son de los malos alguien tendrá que acabar con ellas y ser un héroe, ¿no te parece? Y creo que ese puesto puede ser mío sin problemas, ¿no? – preguntó acercándose a él lo suficiente como para que pudiese oler el nauseabundo olor a mezcla de licores baratos.
Fantástico, Jack, nuestro nuevo amigo es un borracho que va armado por la calle. Veo que cada día te superas más.
    Quiso dar una respuesta a su voz interior, o al menos mandarla a paseo, pero no pudo hacerlo. De pronto se encontró con que Brent, que no había parecido ser tan grande y tan alto en un primer momento, se le echaba encima, esperando una respuesta.
– ¿Qué opinas, Jack? No me has respondido. – insistió, acariciando incansable el bolsillo del pantalón, sonriendo con la mandíbula desencajada.
– C-creo que sí… – asintió, aterrorizado.
– Crees que sí… ¿qué, Jack? – insistió, pasándose la lengua por los labios lentamente.
– Creo que te pega perfectamente ser el héroe del mundo, Robert. – respondió diligente.
    El nubarrón oscuro de los ojos de Brent pasó tan rápido como había llegado, y ahora sonreía como lo había hecho antes: como un estúpido bonachón incapaz de hacer daño a una mosca.
– ¡Eso quería oír, hombre! – asintió, palmeándole la espalda una vez más.
Espero que no sea necesario decir que le dejaremos tirado en una cuneta a la primera oportunidad que tengamos, Jack. – se adelantó su voz interior a lo que él iba a decirle.
Con un tiro entre ceja y ceja, a ser posible.
– ¿Serías capaz de matarle, Jack?

– No lo sé. – respondió al cabo de unos segundos de silencio total. 

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