– Es un placer, Jack – asintió Robert pasando
por alto el silencio. – Bueno, ¿qué opinas de todo esto, eh?
– ¿Qué opino, sobre qué? – preguntó con cierta
hostilidad. Lo último que le apetecía en ese momento era hablar con nadie, y
quería hacérselo saber.
Sin embargo pronto descubriría que Brent no
era muy hábil a la hora de interpretar estados de ánimo, por lo que sonrió
contento de poder hablar con alguien al fin.
– Bueno, ya sabes, sobre la…invasión – sonrió
un poco con gesto nervioso. – Hay quien dice que han venido a arruinarnos el
día, y otros dicen que son la respuesta a nuestras plegarias, que nos traerán
la paz mundial al fin y todo eso – chasqueó la lengua. – Yo personalmente creo
que más bien son la excusa perfecta para tomarnos un par de días libres, ¿no te
parece? – sonrió de medio lado, dándole un afectuoso golpe con el codo. – Al
menos espero que esto sea motivo demostrable en el curro, porque si no vamos
apañados, ¿eh? – sonrió una vez más.
Se
obligó a mantener la calma para no saltarle encima y arrancarle la lengua de la
garganta con sus propios dientes. Ese tipo le estaba poniendo muy nervioso, y
no aguantaría mucho más.
– Y luego
decían que nosotros estábamos chalados por escuchar voces, Jack, pero parece
que no éramos los únicos locos en la ciudad, ¿eh? – dijo su voz interior
con sorna, tratando de imitar la voz de Robert. – Cierra el pico, ¿quieres? –
respondió con más hostilidad aún. – Ya tengo suficiente con tener que aguantar
a este…genio de las narices.
La
sonrisa de Brent quedó borrada y sustituida por otra más nerviosa casi en el
acto, miró a su nuevo amigo un poco preocupado.
– ¿Con quién hablas, Jack? Aquí sólo estamos tú
y yo y… en fin, que a no ser que estés hablando solo, das por sentado que hay
alguien más…no te ofendas.
Cerró
los ojos obligándose a no saltarle encima de verdad, aunque en realidad sabía
que no se atrevería a tanto: nunca en toda su vida se había atrevido a
levantarle la voz a nadie, y no comenzaría ahora con alguien que bien podía
resultar ser un auténtico psicópata.
– Vaya,
vaya, Jack, parece que una vez más se te va toda la fuerza por la boca, ¿no? Lo
peor de todo es que creo que nos conviene tener a este pedazo de imbécil con
nosotros. – replicó la voz interior con sorna.
–
Cualquier cosa menos eso, por el amor de dios. – suplicó cerrando los
ojos. – ¿Por qué se supone que nos beneficia llevar a este paleto?
– Yo
diría que es lo suficientemente estúpido como para embotar la psique de esta
cosa que llevas a la espalda, Jackie. Tal vez resulte, una vez más, que tú no
seas especial y que la forma de evitar que estas cosas nos ganen de paliza sea mandando
a idiotas al frente. Eso sería un tanto…irónico, ¿no te parece? Sí, sería de
guión de cine de serie B pero, al mismo tiempo, sería irónico porque…
– Haz el
favor de callarte, ¿quieres? No quiero acabar pensando que el mejor compañero
de viaje que tengo en este momento es esta babosa espacial chupacerebros
– Está
bien, cerraré el pico y dejaré que lo habrá tu nuevo amiguito, si es lo que
quieres.
Se
mordió la lengua para evitar gritar, consciente de que eso atraería a más de
aquellas criaturas, y buscó paciencia en su interior para evitar echar a
correr: si era cierto que Brent podía resultarles de utilidad, aunque sólo
fuese como carne de cañón, estaba dispuesto a hacer el sacrificio de aguantar a
otro ser humano.
– Bueno, ¿y a dónde
vamos? – preguntó finalmente Robert, incapaz de contenerse ni un minuto más.
– Vamos de excursión a un sitio maravilloso
donde hay ríos de cerveza y las colinas están recubiertas de chocolate. –
replicó Jack de mala gana.
– Creo que has visto demasiadas películas, amigo
– sonrió de medio lado, palmeándole la espalda. – Pero te acompañaré de todas
formas, ¿qué te parece? – volvió a sonreír largamente.
– Estaba temiendo que dijeras eso. – respondió
él con indiferencia.
Una
oleada de risas exageradas y divertidas brotó de lo más profundo de la garganta
de Robert, quien no tardó en palmear la espalda de Jack con más fuerza de la
debida, casi haciéndole caer.
– ¡Tienes sentido del humor, amigo, eso me
gusta! – exclamó a voz en grito.
– Y tú tienes un megáfono por boca, Robert. –
replicó él sin sonreír, no quería que pensara que estaba de broma. – Lo cual no
es precisamente bueno en este momento, podrías atraerles hasta aquí. – añadió,
a sabiendas de que de lo contrario se lo tomaría a broma.
Brent
esbozó una nueva sonrisa y se encogió de hombros con tranquilidad.
– ¿Y eso sería tan malo, amigo? – preguntó con
sinceridad.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que estoy preparado para que
vengan – aseguró, con un brillo en los ojos mientras se palmeaba el bolsillo
del pantalón con una sonrisa desencajada. – Y si realmente esas cosas son de
los malos alguien tendrá que acabar con ellas y ser un héroe, ¿no te parece? Y
creo que ese puesto puede ser mío sin problemas, ¿no? – preguntó acercándose a
él lo suficiente como para que pudiese oler el nauseabundo olor a mezcla de
licores baratos.
– Fantástico,
Jack, nuestro nuevo amigo es un borracho que va armado por la calle. Veo que
cada día te superas más.
Quiso
dar una respuesta a su voz interior, o al menos mandarla a paseo, pero no pudo
hacerlo. De pronto se encontró con que Brent, que no había parecido ser tan
grande y tan alto en un primer momento, se le echaba encima, esperando una
respuesta.
– ¿Qué opinas, Jack? No me has respondido. –
insistió, acariciando incansable el bolsillo del pantalón, sonriendo con la
mandíbula desencajada.
– C-creo que sí… – asintió, aterrorizado.
– Crees que sí… ¿qué, Jack? – insistió,
pasándose la lengua por los labios lentamente.
– Creo que te pega perfectamente ser el héroe
del mundo, Robert. – respondió diligente.
El
nubarrón oscuro de los ojos de Brent pasó tan rápido como había llegado, y
ahora sonreía como lo había hecho antes: como un estúpido bonachón incapaz de
hacer daño a una mosca.
– ¡Eso quería oír, hombre! – asintió,
palmeándole la espalda una vez más.
– Espero
que no sea necesario decir que le dejaremos tirado en una cuneta a la primera
oportunidad que tengamos, Jack. – se adelantó su voz interior a lo que él
iba a decirle.
– Con un
tiro entre ceja y ceja, a ser posible.
– ¿Serías
capaz de matarle, Jack?
– No lo
sé. –
respondió al cabo de unos segundos de silencio total.
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