miércoles, 16 de julio de 2014

La sombra del cielo |12|

En ese caso será mejor que ni siquiera lo intentes, Jackie. No creo que sea muy buena idea enfadar a un tipo como ese.
– Tampoco lo es enfadarme a mí, ¿sabes?
– Claro, Jack – dice con sorna. – Se me había olvidado que tú también eras un tipo capaz de rajarle la garganta a alguien…ni siquiera podrías dispararle a nadie por la espalda, evitando todos los riesgos. No, Jack, no te las des de tío duro y peligroso, porque ambos sabemos que no lo eres. Ambos sabemos que sólo eres un pobre diablo más, con más problemas mentales que la mayoría, al que, como a la mayoría, se les va la fuerza por la boca por mucho que se prometan una y otra vez. No creo que fueses capaz de matar a nadie, ni aunque tu propia vida dependiese de eso.
– Sí, los dos sabemos que tienes razón. Pero él no sabe que no soy capaz de hacerlo, y con eso tal vez sea suficiente.
Sí, claro. Seguro que nuestro nuevo amigo es de esa clase de gente que se asusta fácilmente, ¿verdad? La perspectiva de tener que enfrentarse a una horda de…cosas poseídas por una horda de babosas del espacio es un chiste en comparación a enfrentarse a una sola persona, se me había olvidado.
– Yo no he dicho que vaya a amenazarle solo, amigo – sonrió de medio lado, chasqueando la lengua.
– Espero que no cuentes conmigo, Jack.
– Nunca lo he hecho demasiado, en realidad.
    Ninguno de los dos continuó la conversación, sabían que era mejor parar antes de decir algo realmente violento que les incomodase a los dos. Cerró los ojos un momento llenando los pulmones de aire y luego decidió centrarse en lo que estaba pasando y en lo que estaba haciendo Brent: estaba convencido de que era un tipo peligroso e incontrolable, y no podía perderlo de vista demasiado si quería continuar con vida.
Es gracioso ver cómo, de pronto, ante la perspectiva de la muerte, vuelves a tener ganas de vivir, olvidando todos tus planes e incluso tu funeral, ¿no te parece? – preguntó la voz interior, sin poder evitarlo.
La gente cambia de opinión constantemente, ¿sabes? Es muy bonito decir eso de que nunca hay que rendirse o que siempre hay que seguir hacia adelante, pero siempre llega el momento en el que no queremos dar un paso más en el camino, que sólo queremos rendirnos y que todo acabe de una vez.
– Sí, pero la diferencia contigo es que no todos lo han intentado en un par de ocasiones, aunque sólo fuese para llamar la atención de la mujer a la que supuestamente amabas desesperadamente, o se pasan gran parte de su vida pensando en acabar con todo.
– Para ti es muy fácil decirlo, ¿verdad? Tú nunca has tenido que enfrentarte a los problemas reales de la vida. Tú sólo te has limitado a amargarme la vida, susurrando siempre en mi interior para impedir que pudiese centrarme o tener una vida normal.
– ¿Crees que lo mío es más fácil que lo tuyo, Jack? Te cedo el puesto cuando quieras, te lo aseguro. ¿Crees que es malo ir de aquí para allá sin saber qué hacer con tu vida o hacia dónde dirigir tus pasos? ¿Crees que es duro tener que lidiar con el mundo que te rodea? No sabes lo que se siente al estar aquí encerrado, siendo un espectador de lo que podría haber sido mi vida.
    Aquellas palabras, que Jack no esperaba en absoluto, le hicieron dudar y guardar silencio durante varios minutos, tratando de dar una respuesta coherente a la parte de “mi vida” que la voz había dicho. ¿Acaso insinuaba que…? ¿Y realmente se atrevería a preguntárselo?
– Prepárate, amigo. – le interrumpe Brent, hablándole con tono bajo.
– ¿Qué diablos…?
    Trató de preguntar qué diablos estaba diciendo, pero Robert le tapó la boca con una sudorosa mano, con demasiada fuerza. Trató de soltarse, pero estaba bien retenido.
– Ssh, observa – susurró en voz baja, señalando con la cabeza hacia un grupo de gente que deambulaba por la calle con aspecto extraño. – ¿Lo ves? Creo que son de esas cosas, fíjate como caminan. Parecen zombies, parece que estén buscando algo, parecen…robots, o algo parecido. – susurró.
Creo que debería darse cuenta de que te está tapando también la nariz, Jack. Empiezas a ponerte azul. – bromeó la voz interior.
    Forcejeó con fuerza para lograr zafarse de la presa a la que estaba sometido y lo miró con odio, pero pronto dirigió la mirada hacia donde le señalaba.
    A varios metros frente a ellos caminaba en fila india un grupo de seis personas que caminaban como auténticos autómatas: rígidos y con movimientos lentos y extraños.
Es como si no fuesen dueños de sus cuerpos. – pensó, sorprendido.
Es exactamente eso, Jack. Esas cosas nunca han tenido un cuerpo como el de los humanos y, por el momento, están aprendiendo a controlarlos, pero no te preocupes porque en cuanto aprendan a moverse con agilidad serán un auténtico problema. – respondió la voz, esta vez con más seriedad.
¿Crees que debemos intentar enfrentarnos a ellos o será mejor huir?
– Creo que deberías habérselo preguntado primero a tu amigo, porque él lo tiene bastante claro. – señaló la voz interior, obligándole a mirar hacia Robert.
– ¿Qué diablos…? – preguntó, incrédulo.
    Caminando agazapado, tratando de no ser visto, Brent se acercaba lentamente hacia el grupo que caminaba sin percatarse de su presencia. Empuñaba en la mano derecha un enorme cuchillo de caza.
No puede ser capaz de hacerlo, por dios, es gente… ¡gente, maldita sea!
– ¿Gente? – preguntó con burla la voz interior. – Durante prácticamente toda tu vida los has visto como los carceleros que te han obligado a permanecer recluido en tu propio mundo interior por miedo a que siguiesen haciéndote daño, ¿y ahora los consideras gente?
– Que fuesen carceleros o no, no significa que tengan que morir. Que yo tuviese problemas durante mi infancia y mi adolescencia no significa que quisiese matarlos.
– Tal vez sea esa la raíz de tus problemas, Jack, que nunca fuiste capaz de enfrentarte a tus miedos. Estoy de acuerdo en que, quizá, ésta sea una opción demasiado extrema para actuar, pero al menos él tiene el valor suficiente para enfrentarse al problema que se os presenta en este momento, no como tú.

    Quiso responder, aunque no sabía qué, sólo por ahogar el horrible sonido que sabía que estaba por llegar, pero fue demasiado tarde.

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