Permitieron que
el autobús avanzara por el terreno del centro con total tranquilidad. No habían
abierto la boca para hablar con los trabajadores, pero sabían que estaba
totalmente confusos.
- Pare, por favor. – pidió uno de los vigilantes con tono
neutral. – Tenemos que hacer una última inspección rutinaria.
- ¿Inspección rutinaria? – repitió uno de los dos,
mirándolo aturdido. - ¿Qué quiere decir eso?
- Quiere decir que tenemos que volver a registrar el
vehículo para asegurarnos de que no se haya colado ningún paciente tratando de
huir. – explicó con paciencia, haciendo esfuerzos por no mostrarse tosco.
- ¿Y por qué no lo hicieron a las puertas del propio
centro? – volvió a preguntar el mismo trabajador,
- Porque a las puertas del centro no sabemos si hay algún
paciente merodeando por aquí, a la espera de subirse. – respondió, comenzando a
impacientarse. – Son nuevas directrices de seguridad, nosotros sólo cumplimos
órdenes.
- Pero, ¿cómo volverán de nuevo al centro? Hemos
recorrido un buen trecho, y no podemos dar la vuelta para volver – insistió,
mirándolo fijamente. No se atrevía a plantarle cara, pero no le cuadraban las
cosas.
- Llegado el momento de irnos llamaremos a alguien del
centro para que vengan a recogernos. – explicó el “vigilante” de mal humor.
- Pero…
- Mira, amigo, ya me estoy hartando de todo este juego,
¿de acuerdo? – interrumpió, fuera de sí. Debía intentar mantener la calma para
que no se descubriese la tapadera. – Nosotros sólo cumplimos órdenes, ¿lo
comprendes? Si a mí la dirección del centro me dice que este es el nuevo
sistema de seguridad yo cierro el pico y cumplo lo que me dicen. Ya me joderá
bastante tener que esperar ahí fuera a la intemperie, pasando frío, a que
lleguen a recogernos como para estar encima aguantando un condenado
interrogatorio. ¿Qué tal si nos hacéis el favor de parar de una vez el autobús
para que podamos registrarlo y todos podremos volver a casa? – se encaró a él,
acercándose demasiado. Notaba perfectamente el miedo de aquél tipo creciendo en
su interior; más le valía tenérselo, bien podía arrancarle el corazón del pecho
y comérselo.
- De acuerdo, de acuerdo, no te sulfures – respondió el
vigilante buscando con la mirada al conductor, buscando ayuda. El susodicho le
devolvió una mirada que decía perfectamente “A mí no me mires, yo no pienso
meterme en ese berenjenal”. – Sólo me ha resultado extraño, ¿vale? Quiero
decir, normalmente éste no es el procedimiento a seguir y…
- Puerta abierta, muchachos. Avisadme cuando estéis
listos para que abra los maleteros. – Dijo el conductor, sacando finalmente del
apuro a ese tipo.
- No era tan difícil, ¿verdad? – preguntó al vigilante,
sonriendo de medio lado mientras se relamía los labios de manera lenta. –
Gracias. – respondió al conductor mientras salían en fila india de allí, con
demasiado orden, y se acercaban hacia los huecos para el equipaje. Estaban a
punto de encontrarlos.
Durante un breve instante se miraron entre ellos con
complicidad; el juego estaba a punto de comenzar, y luego se colocaron frente a
los maleteros.
- ¿Por qué se ha parado? – preguntó uno de ellos,
nervioso.
- Habremos llegado a alguna parada, o tal vez sea un semáforo. ¡Yo que sé! – susurró otro.
- Tranquilos. Esperaremos aquí un buen rato, si esta cosa
no se mueve comenzaremos a bajar despacio, ¿de acuerdo?
Los escucharon hablar en el interior y sonrieron
satisfechos.
- Cuando quiera, jefe. – dijo uno de los falsos
vigilantes, impaciente.