sábado, 25 de enero de 2014

Años 50

Finalmente pudo respirar tranquilo cuando sintió que volvía a tocar tierra de nuevo. Ahogó una frase que pudiese meterle en un nuevo lío e hizo amago de marcharse rápido de allí, pero el brazo de Edwards le retenía con fuerza.

- Bueno, ¿qué pasa ahora? No irás a pedirme la hora, ¿no? – preguntó Kenway con ironía.
- ¿Qué sabes de Matthew Clements, Jeffrey?
- Pues poco, o más bien nada – respondió incómodo ante el nombre.
- Venga, Jeff, no es la primera vez que haces las veces de soplón, ¿verdad? – dijo Harry clavándole los dedos en el brazo.
- No, no lo es. Y si quieres que colabore contigo más te vale tener mejor actitud chico – dijo quejándose de aquello – La diferencia es que no soplo nada de gente que puede ser un problema real, ¿sabes? No me hace mucha gracia la perspectiva de que me degüellen a media noche.
- ¿Acaso ese riesgo no lo tenías cuando nos contabas cosillas de otra gente? – preguntó Harry bajando la voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que no estuviese metiendo  a aquél tipejo en un lío inmerecido.
- No tanto como con este, chaval. La gentuza de la calle va mucho de boca, ¿sabes? Pero a la hora de la verdad están más solos que la una, pero Clements tiene pasta, y eso se traduce en gente que puede venir a por ti – comentó en voz baja también – No sé por qué me preguntas nada sobre este tipejo Harry, y no me apetece nada saberlo, pero si quieres un consejo gratis…yo dejaría de indagar al respecto – sonaba nervioso, y eso en aquellas circunstancias no era algo que a Edwards le gustase.
- Está bien – dijo soltándole el brazo pero reteniéndolo con la mirada un momento más – Seguiré tu consejo, de momento. Pero quiero hablar contigo más a fondo del asunto cuando estemos en un sitio menos visible, ya me entiendes – dijo clavándole la mirada un instante más antes de girarse para seguir caminando.
- ¡Sí señor, iré a la iglesia y seré una buena oveja! Ya sabe, dos calles a la derecha y una a la izquierda, no tiene pérdida – dijo Kenway en voz alta, nervioso, fingiendo que era un desconocido que le había pedido una dirección.

Avanzó ignorando todo cuanto le rodeaba mientras se perdía en su mente. Tenía que esbozar un plan de actuación antes de empezar a moverse en aguas poco profundas; seguir a una niñita rica de la parte alta de la ciudad era una cosa sencilla y que no entrañaba demasiados problemas, pero que Kenway se pusiese tan a la defensiva y se mostrase tan reacio a contarle información sobre alguien era algo que no le había gustado en absoluto; si ese imbécil era capaz de saber que hablar de Clements no era cosa recomendable es que realmente ese tipo debía tener muchos trapos sucios. Encendió otro cigarrillo que se llevó  a la boca mientras avanzaba en silencio sin ver por dónde iba pero a sabiendas de que no se perdería: conocía las calles de aquella ciudad tan perfectamente como la palma de su propia mano.


- Entonces la cosa es que ese jodido crío se te presenta en tu despacho diciendo que quiere que sigas a una tal Stacey Kernat para que descubras qué clase de gustos tiene y cómo puede él conquistarla. Tú por supuesto no te crees una mierda de la historia de ese tipejo y piensas que, en realidad, el muy cabrón quiere algo muy distinto de la chica, pero sin embargo accedes a seguirla y a recopilar la información porque, aunque no te guste reconocerlo, te estás muriendo de hambre y necesitas un par de zapatos nuevos. Sales a echar un vistazo por ahí a ver qué descubres de la niñita de papá y te tropiezas con un gusano al que casi le partes la boca y quien, en tiempos pasados, solía ser una fuente de información bastante fiable que nunca tuvo escrúpulos de vender ni siquiera a su propia familia a cambio de algún favor que necesitase, pero ese gusano casi se mea encima cuando le nombras al tal Clements. Bien, ahora la pregunta de rigor… ¿por qué todo este jodido asunto te huele tan mal? Hay algo que no cuadra en todo esto, eso está claro. No sería el primer mafioso de medio pelo que quiere enamorar a una ricachona, eso desde luego, pero ese tipo no parece de esa clase de persona. Además, si tan peligroso puede resultar ser no es probable que se arriesgue a contratar a un poli retirado, sabrá de sobra que si algo me huele mal lo investigaría… ¿pero y si precisamente lo que quiere es que lo haga? Es poco probable que todo esto sea una maldita trampa pero, ¿y si lo es? ¿Por qué? No tendría sentido, yo ya no soy poli así que no podría interferir en ninguno de sus negocios. ¿Algo que hice en el pasado? Nunca me topé con este crío cuando era poli, probablemente el cabrón aún fuese un niñito de mamá por esa época, así que tampoco debe tratarse de eso. ¿Entonces por qué contratarme a mí? Dios santo, necesito un trago – pensó apoyando los codos en la barra del bar de siempre. Sus pasos lo había llevado de manera inconsciente pero irremediable hacia allí, a sabiendas de que tarde o temprano iba a acabar en aquél maldito lugar. No se sorprendió de ver al camarero sirviendo un buen trago de bourbon sin que él dijese nada – Como en casa, en ningún sitio. Allí conocen tus gustos y lo que quieres sin que tengas que abrir el pico – pensó encendiendo el tercer cigarrillo de la tarde, cansado. 

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