El barman le miraba en silencio pero con absoluta
desconfianza – Cosas del hogar, supongo.
Lo mismo que conocen tus gustos saben que estás más arruinado que una rata de
cloaca – pensó tristemente mientras se acomodaba junto a la barra y
devolvía la mirada al tipo con desgana, queriendo hacerle ver de antemano que
no estaba para bromas estúpidas en ese momento.
– Un bourbon – dijo con aspereza mirándolo – Que sea
doble.
– Me debes bastantes copas, Harry – respondió Henry
Johnson mirándolo con mala cara – No hasta que me pagues.
– Vamos hombre, dame un respiro. ¿No vas a tener en
cuenta todo lo que he hecho por esta condenada ciudad? – se quejó de mala gana.
– Ya he tenido eso en cuenta al menos en cinco ocasiones,
Edwards. Creo que ya he hecho por ti más que suficiente – respondió cruzándose
de brazos a la defensiva, negando con la cabeza.
– Joder Johnson – protestó Harry de mala gana, sacando la
cartera con una sonrisa irónica – Te estiras menos que el tanga de una monja.
Está bien, está bien, toma – dijo tendiéndole uno de los billetes de cincuenta.
– No habrás matado a nadie para conseguir semejante
fortuna, ¿verdad Harry? – preguntó el hombre con visible mejor humor mientras
se giraba para preparar la copa.
– A menos que consideres que he matado mis principios, no
– respondió con una sonrisa más calmada tras el paso de la tormenta.
– Santo cielo – exclamó Henry con una sonrisa divertida –
¿Después de dos matrimonios y de que te dieran la patada en el culo por hacer
justicia, todavía te quedan principios? – bromeó.
– A veces quiero pensar que sí, amigo mío – respondió Harrison
con un suspiro. Encendió otro cigarrillo y dio una pequeña calada mirando al
barman – Pero, ¿qué voy a hacer si no? No puedo olvidar el pasado, por mucho
que me joda.
– Mira Harry – respondió Johnson inclinándose sobre la
barra, mirándolo fijamente – Sé que debió ser una auténtica patada en las
pelotas para ti que te echaran del cuerpo por hacer lo que creíste que debías
hacer, y sinceramente creo que cualquiera que se considere un hombre de verdad
habría hecho lo mismo que tú hiciste – hizo una pausa mirándolo fijamente a los
ojos, seriamente – Pero no puedes seguir castigándote por lo que hiciste. Esos
dos eran los hijos del mismísimo diablo, creo que deberías sentirte orgulloso.
– No lo sé, Henry – dijo Edwards fumándose el cigarrillo
de una sola calada. Apagó la colilla aplastándola contra el cenicero y bebió un
trago de bourbon. El líquido caliente le estalló en el estómago dándole una
sensación agradable y placentera, que le llenaba el vacío que sentía en el
interior – No sé si hice lo correcto o no, no sé si merecía que me echasen del
puto cuerpo destrozándome la vida o no, ¿de acuerdo? Pero sí sé que no me
arrepiento de haberlo hecho – apuró el trago de un último trago y se marchó del
bar.
– Cuídate Harry, ¿de acuerdo? – dijo el barman limpiando
un vaso de whisky viendo cómo se marchaba sin decir palabra – Ahí va un buen hombre, castigado por haber
hecho lo que cualquiera hubiese hecho en la misma situación – pensó negando
con la cabeza – Vaya mierda de mundo. Los
cabrones perduran y los honrados mueren jóvenes – continuó sintiendo un
atisbo de lo que Harrison sentía cada segundo de cada minuto de su vida – No sé cómo coño no se ha suicidado. Supongo
que le echa sus buenos huevos a la vida.
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