lunes, 27 de enero de 2014

Años 50

El barman le miraba en silencio pero con absoluta desconfianza – Cosas del hogar, supongo. Lo mismo que conocen tus gustos saben que estás más arruinado que una rata de cloaca – pensó tristemente mientras se acomodaba junto a la barra y devolvía la mirada al tipo con desgana, queriendo hacerle ver de antemano que no estaba para bromas estúpidas en ese momento.

– Un bourbon – dijo con aspereza mirándolo – Que sea doble.
– Me debes bastantes copas, Harry – respondió Henry Johnson mirándolo con mala cara – No hasta que me pagues.
– Vamos hombre, dame un respiro. ¿No vas a tener en cuenta todo lo que he hecho por esta condenada ciudad? – se quejó de mala gana.
– Ya he tenido eso en cuenta al menos en cinco ocasiones, Edwards. Creo que ya he hecho por ti más que suficiente – respondió cruzándose de brazos a la defensiva, negando con la cabeza.
– Joder Johnson – protestó Harry de mala gana, sacando la cartera con una sonrisa irónica – Te estiras menos que el tanga de una monja. Está bien, está bien, toma – dijo tendiéndole uno de los billetes de cincuenta.
– No habrás matado a nadie para conseguir semejante fortuna, ¿verdad Harry? – preguntó el hombre con visible mejor humor mientras se giraba para preparar la copa.
– A menos que consideres que he matado mis principios, no – respondió con una sonrisa más calmada tras el paso de la tormenta.
– Santo cielo – exclamó Henry con una sonrisa divertida – ¿Después de dos matrimonios y de que te dieran la patada en el culo por hacer justicia, todavía te quedan principios? – bromeó.
– A veces quiero pensar que sí, amigo mío – respondió Harrison con un suspiro. Encendió otro cigarrillo y dio una pequeña calada mirando al barman – Pero, ¿qué voy a hacer si no? No puedo olvidar el pasado, por mucho que me joda.
– Mira Harry – respondió Johnson inclinándose sobre la barra, mirándolo fijamente – Sé que debió ser una auténtica patada en las pelotas para ti que te echaran del cuerpo por hacer lo que creíste que debías hacer, y sinceramente creo que cualquiera que se considere un hombre de verdad habría hecho lo mismo que tú hiciste – hizo una pausa mirándolo fijamente a los ojos, seriamente – Pero no puedes seguir castigándote por lo que hiciste. Esos dos eran los hijos del mismísimo diablo, creo que deberías sentirte orgulloso.
– No lo sé, Henry – dijo Edwards fumándose el cigarrillo de una sola calada. Apagó la colilla aplastándola contra el cenicero y bebió un trago de bourbon. El líquido caliente le estalló en el estómago dándole una sensación agradable y placentera, que le llenaba el vacío que sentía en el interior – No sé si hice lo correcto o no, no sé si merecía que me echasen del puto cuerpo destrozándome la vida o no, ¿de acuerdo? Pero sí sé que no me arrepiento de haberlo hecho – apuró el trago de un último trago y se marchó del bar.

– Cuídate Harry, ¿de acuerdo? – dijo el barman limpiando un vaso de whisky viendo cómo se marchaba sin decir palabra – Ahí va un buen hombre, castigado por haber hecho lo que cualquiera hubiese hecho en la misma situación – pensó negando con la cabeza – Vaya mierda de mundo. Los cabrones perduran y los honrados mueren jóvenes – continuó sintiendo un atisbo de lo que Harrison sentía cada segundo de cada minuto de su vida – No sé cómo coño no se ha suicidado. Supongo que le echa sus buenos huevos  a la vida.

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