miércoles, 15 de enero de 2014

El laberinto - encontronazo, segunda parte.

Aunque sabía que estaba en la guarida de la araña, ya era imposible negar la evidencia, no había esperado encontrárselos en aquél lugar, y mucho menos con vida. Si es que seguían con vida. Michael y James estaban envueltos en la red verduzca de la araña, agitándose…no sabía decir si era porque intentaban huir o porque, en realidad, ese color era porque la tela de la araña era realmente ponzoñosa, podrida. Podía imaginar perfectamente cómo la sustancia de la seda se introducía en los poros de la piel de las “moscas” y los quemaba por dentro, disolviéndolos, preparándolos para que ella los consumiese.

- ¡Por dios! – exclamó, horrorizado - ¿Qué clase de locura es esta, maldita sea?
- Mi guarida, pequeña mosca. Ya te lo había dicho, ¿no? ¿Qué es lo que no comprendes aún? – preguntó la araña con una nueva sonrisa.

Se lanzó hacia los dos hombres para tratar de sacarlos de allí, tenía que hacerlo cuanto antes si quería sacarlos con vida. No estaba muy seguro de querer tocar aquella tela con las manos desnudas, pero no le quedaba otra opción si quería sacarlos de allí. Quizá entre los tres realmente tuviesen alguna opción de enfrentarse a la maldita araña.

- Oh, ¿pero estás seguro de querer tocarla? ¿Y si empiezas a disolverte tú también? – preguntó la araña con tono cantarín.
- ¡Cállate, maldita cosa asquerosa! – protesto el hombre.
- Y… ¿estás seguro de querer sacarlos? Si lo haces iré a por ti inmediatamente. Estás en mi guarida, ¿recuerdas? Puedo lanzarme sobre ti en cualquier momento, no sabes dónde estoy.
- Déjanos, déjanos en paz – insistió una vez más.

Se decidió finalmente a lanzarse hacia las redes de la araña. Recogió una piedra del suelo con la que intentar romper la tela para liberarlos. Cuanto más los liberaba más notaba que se estaban retorciendo de verdad; esperaba que fuese porque trataban de huir y no porque estaban siendo disueltos en vida, no podría soportar escuchar los alaridos de dolor ni el olor a carne quemada.

- Te veo, pequeña mosca – dijo la araña con voz burlona – La pequeña mosca se afanaba en liberar a las larvas mientras la araña vigilaba. La mosca trabajaba mucho mientras la araña se preparaba – canturreaba la voz, con insistencia – De pronto la pequeña mosca el ácido tocó, un susto se llevó, y de un salto se alejó – el tono, cantarín, era indudablemente burlesco – Y entonces la araña de un bocado se lo comió.

Cuando terminó la improvisada cancioncilla la araña se dejó caer del techo de la cueva, bajando ayudada de un grueso hilo de tela. Cayó junto a Zack quien se giró lentamente, paralizado por la visión de semejante criatura atroz. Debía medir al menos cuatro metros de alto, si no más, y era simplemente inmensa. Medio araña medio mujer el rostro de ésta sonreía con crueldad mirándolo fijamente.

- Hola, pequeña mosca. ¿Te alegras de verme? Yo sí, oh sí. Me alegro de conocerte…tengo hambre, y quiero jugar contigo – dijo la voz de la araña, sin abrir la boca el rostro de la mujer.
- No… ¡no! ¡No existe nada así en el mundo real! ¡Eres un mal sueño, una pesadilla! – acusó Zack tratando de alejarse.

La risa volvió a llegar atroz a los oídos del hombre, pero una vez más la boca de la mujer no se abrió en absoluto. Fue entonces cuando el cuerpo de mujer se inclinó lentamente hacia él, y abrió lentamente la boca para mostrar una hilera de dientes afilados, con restos de carne, la carne de mis hijos algo que se había podrido hacía demasiado tiempo.

- ¿No soy real? ¿Entonces por qué te hablo, pequeña mosca? Si yo fuese tú, correría. No serviría de nada, pero lo intentaría de todas formas – dijo la voz de la mujer. Era una voz fría, metálica, externa al mundo. Sonaba a vieja, una voz tan vieja como el mismo tiempo.

Corrió, vaya si lo hizo. Corrió tratando de huir de aquella escena de pesadilla, sabiendo de sobra que la araña le lanzaría su tela para atraparlo y llevarlo hasta ella. Por suerte para él la araña se limitó a reír y reír mientras el hombrecillo, ridículamente pequeño en comparación a la criatura, corría de nuevo por los túneles, impulsado por el horror.

- ¡Corre, pequeña mosca, corre! ¡Corre hasta que te de alcance! – reía y reía, hasta girarse hacia los aterrorizados ojos de Michael y James – Bien, mis pequeñas moscas. ¿Quién será el primero que quiere ser devorado? Aquí el tiempo pierde el sentido. Tardaré siglos, milenios, en comeros…pero aunque el dolor os parezca eterno, os prometo que la espera sólo dura un segundo – rió una vez más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario