miércoles, 15 de enero de 2014

El laberinto - encontronazo

- Mientes - aseguró Zack - ¡Estás mintiéndome! ¡Estas no son tus redes, tú dijiste que alguien te encerró aquí!
- Si te miento ahora, ¿no te mentí antes? - preguntó la araña con una sonrisa que el hombre pudo imaginar a la perfección.
- Y en todo caso, las arañas no pueden hablar - respondió Zack tratando de cambiar de tema.
- Bueno eso es muy discutible, pequeña mosca. Que vosotros no nos escuchéis es una cosa, que no podamos hablar otra muy distinta. Pero si lo prefieres así, yo no estoy hablando, ¿no crees? No abro la boca.
- ¿Me estás diciendo que las arañas han desarrollado la telepatía? - preguntó entre irónico y burlón, incapaz de creer lo que decía. 
- ¿Cómo explicas si no que te esté hablando? - preguntó la araña con satisfacción. 

No podía explicarlo, lo sabía. Aquella situación era del todo incomprensible e imposible; ninguna araña gigante milenaria habitaba en túneles de piedra excavados por una civilización remota del pasado. Ninguna maldita criatura hablaba telepáticamente con humanos, y mucho menos se alimentaba de ellos. Y sin embargo ahí estaba, hablando con una araña que ya había cazado a Michael y James y que estaba divirtiéndose a su costa, hasta que se decidiera a cazarle a él. 

- ¡Es imposible! - insistió Zack al cabo de unos minutos, desesperado. 
- Bueno, quizá yo no sea una araña en realidad. ¿No lo has pensado, pequeña mosca?
- ¿Qué quieres decir? - preguntó el hombre, dubitativo. 
- Quizá en lugar de una araña gigante no soy más que un gusano. Un simpático gusano que se te ha metido en el cerebro y que te está devorando la razón poco a poco. ¿Puede ser la araña fruto de tu imaginación? Podría serlo, tal vez no sea más que una ilusión. O también podría ser que primero me esté comiendo tu mente, y luego tu cuerpo. ¿Quién sabe, pequeña mosca? Bueno, yo sí. Pero tú no - dijo la araña con tono divertido. 
- Seas lo que seas te voy a aplastar en cuanto te vea - respondió el hombre con tono desafiante. 
- ¿Ah, sí? Atrévete a intentarlo, si puedes. 

Sintió y escuchó los pasos rápidos acercarse por el túnel donde se encontraba. No perdió tiempo en maldecir por lo bajo al saber que la araña en cierto sentido tenía razón; aquellas eran sus redes pues las conocía a la perfección tras años de vagar por ellos, era posible pensar que sabía perfectamente dónde se encontraba. Corrió más deprisa, lo más deprisa que podía,  hasta que cayó de nuevo al suelo, esta vez por una pequeña caída de dos metros que había de desnivel. El túnel por el que había estado avanzando se había terminado de forma violenta. Sintió una oleada de satisfacción en la araña, y eso no le gustó. 

- Vaya, pequeña mosca, has encontrado mi guarida. Aquí era donde dormían mis pequeños - dijo con un tono de pena, pero con burla al mismo tiempo. 
- ¿Tus qué? - preguntó Zack poniéndose en pie. 
- Mis hijos, pequeña mosca. Vosotros, los humanos, me encerrasteis aquí y me obligasteis a comérmelos para sobrevivir. Pero ahora que tengo comida puedo volver a tener hijos. Con su ayuda podremos salir de aquí. 

Cuando se puso en pie pudo ver que se encontraba en una enorme sala excavada en roca desde la que no podía ver el techo sobre su cabeza. La oscuridad era semi total y cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo ver la verdadera tela de la araña; era de un desvanecido color verde negruzco, de aspecto podrido. Estaba por todas partes, envolviendo viejos sacos de huevos destrozados.

- Esto es una locura... - susurró el hombre dándose la vuelta para tratar de subir por la pequeña rampa por la que había caído, pero resultándole imposible hacerlo: era de una piedra tan lisa, tan pulida, que resbalaba. 
- ¿Lo es, pequeña mosca? ¿No te gusta mi casa? Ahora has caído aquí, con nosotros, y nunca saldrás de esta cripta - dijo la araña con una sonrisa de nuevo. 
- ¡No, no! - exclamó Zack tratando de subir de nuevo. Por cada paso que avanzaba hacia arriba caía otros tres. 
- Ssssh, tranquila pequeña mosca. Mamá está aquí, contigo. ¿Encima de ti? ¿Al lado de ti? ¿Debajo de ti? Eso tendrás que descubrirlo por ti mismo. Pero cuidado con las caídas...quizá yo esté debajo, con la boca abierta.

Se giró, decidido a buscar otra salida. Recorrió la sala con miedo, mirando a su alrededor intentando localizar el origen de la voz sin éxito. Entonces los vio, y empezó a aullar.

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