lunes, 10 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

Se marchó del quirófano con una sonrisa feliz en los labios. Pronto habría un nuevo jefe en aquél lugar, y sería él; tenía que hacer muchos preparativos para su nuevo cargo al frente de las instalaciones, pero primero tenía que asegurarse de que daba una buena lección a todos los pacientes, nuevos y antiguos, y al resto del personal médico para que tuviesen bien claro quién mandaba allí: él. Lo haría con puño de hierro si hacía falta, y si no también, y disfrutaría mucho al hacerlo.

- Se acabó la estúpida música clásica, sólo escucharemos el dulce sonido del dolor. Eso le gustará a ella, estoy seguro.
- Tienes unos buenos planes, Conrad. Haz que me sienta orgullosa de tu trabajo… y que no me arrepienta de darte la oportunidad. Sabes muy bien lo que pasará si me fallas, ¿verdad?
- Sí, lo sé. Lo sé – asintió, asustado, repetidas veces con la cabeza. No quería hacer enfadar a la gran bata  blanca, eso era lo último que quería en su vida.

Aún en el quirófano Beaumont no salía de su asombro. Aquél condenado loco le había plantado cara y le había… ¡amenazado! ¡a él! Algo andaba mal para que aquél desagradecido se atreviese a comportarse de esa manera, y eso le preocupaba mucho. No pudo seguir concentrándose en su labor, había perdido la fascinación por lo que había hecho. – Aquí va a pasar algo malo, muy malo, estoy seguro de eso. Qué va a pasar o cuándo no lo sé, pero no puedo permitirlo – pensó mientras se quitaba la ensangrentada bata blanca. – Tengo que hacer algo, ¿pero qué? Podría… - sonrió, con un brillo satisfecho en los ojos – Sí, podría engañarlo. Usaré sus vicios en su contra. Pondré a todo el centro en su contra y le daré una dosis mayor de mórficos. Dulces sueños, señor Burche. Cuando despierte lo hará en una de mis camillas…sin más drogas – sonrió, dirigiéndose hacia la salida del centro – Eso te enseñará a no morder la mano que te da de comer, perro – sonrió, dirigiéndose hacia su imaginario coche. Se marcharía a su “casa” para continuar su vida “fuera” del centro psiquiátrico, necesitaba despejarse.

Los pacientes dispuestos a rebelarse lo observaron en silencio caminar por el infinito patio del centro, y no comprendieron qué estaba pasando.

- Pero, ¿qué hace? Si es el director… ¿dónde está su coche?
- Quizá esté en la puerta…
- ¿Acaso ves alguna puerta?
- ¿Entonces qué se supone que…?
- No es el director. Sólo es otro paciente – dijo una voz, finalmente tras ellos.
- ¿Qué quieres decir?

El hombre que había tomado el liderazgo de aquél grupo suspiró, llevándose una mano a la cabeza. Era increíble que aún no lo comprendiesen, cuando estaba tan claro ante sus propias narices.

- No lo entendéis, ¿verdad? Aquí no hay personal médico. Todos son pacientes. Las drogas nos habían impedido darnos cuenta de nada.
- ¿Locos cuidando a locos? – preguntó una voz, femenina, cargada de duda – No tendría sentido.

- ¿Por qué habría de tenerlo? Aquí no hay ninguna hermanita de la caridad – sonrió, uno de ellos – A decir verdad…yo empiezo a ponerme un poco nervioso, sin mi medicación. 

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