Se marchó del quirófano con una sonrisa feliz en los
labios. Pronto habría un nuevo jefe en aquél lugar, y sería él; tenía que hacer
muchos preparativos para su nuevo cargo al frente de las instalaciones, pero
primero tenía que asegurarse de que daba una buena lección a todos los
pacientes, nuevos y antiguos, y al resto del personal médico para que tuviesen
bien claro quién mandaba allí: él. Lo haría con puño de hierro si hacía falta,
y si no también, y disfrutaría mucho al hacerlo.
- Se acabó la
estúpida música clásica, sólo escucharemos el dulce sonido del dolor. Eso le
gustará a ella, estoy seguro.
-
Tienes unos buenos planes, Conrad. Haz que me sienta orgullosa de tu trabajo… y
que no me arrepienta de darte la oportunidad. Sabes muy bien lo que pasará si
me fallas, ¿verdad?
-
Sí, lo sé. Lo sé – asintió, asustado, repetidas veces con la
cabeza. No quería hacer enfadar a la gran bata
blanca, eso era lo último que quería en su vida.
Aún en el quirófano Beaumont no salía de su asombro.
Aquél condenado loco le había plantado cara y le había… ¡amenazado! ¡a él! Algo
andaba mal para que aquél desagradecido se atreviese a comportarse de esa
manera, y eso le preocupaba mucho. No pudo seguir concentrándose en su labor,
había perdido la fascinación por lo que había hecho. – Aquí va a pasar algo malo, muy malo, estoy seguro de eso. Qué va a
pasar o cuándo no lo sé, pero no puedo permitirlo – pensó mientras se
quitaba la ensangrentada bata blanca. – Tengo
que hacer algo, ¿pero qué? Podría… - sonrió, con un brillo satisfecho en
los ojos – Sí, podría engañarlo. Usaré
sus vicios en su contra. Pondré a todo el centro en su contra y le daré una
dosis mayor de mórficos. Dulces sueños, señor Burche. Cuando despierte lo hará
en una de mis camillas…sin más drogas – sonrió, dirigiéndose hacia la
salida del centro – Eso te enseñará a no
morder la mano que te da de comer, perro – sonrió, dirigiéndose hacia su
imaginario coche. Se marcharía a su “casa” para continuar su vida “fuera” del
centro psiquiátrico, necesitaba despejarse.
Los pacientes dispuestos a rebelarse lo observaron en
silencio caminar por el infinito patio del centro, y no comprendieron qué
estaba pasando.
- Pero, ¿qué hace? Si es el director… ¿dónde está su
coche?
- Quizá esté en la puerta…
- ¿Acaso ves alguna puerta?
- ¿Entonces qué se supone que…?
- No es el director. Sólo es otro paciente – dijo una
voz, finalmente tras ellos.
- ¿Qué quieres decir?
El hombre que había tomado el liderazgo de aquél grupo
suspiró, llevándose una mano a la cabeza. Era increíble que aún no lo
comprendiesen, cuando estaba tan claro ante sus propias narices.
- No lo entendéis, ¿verdad? Aquí no hay personal médico.
Todos son pacientes. Las drogas nos habían impedido darnos cuenta de nada.
- ¿Locos cuidando a locos? – preguntó una voz, femenina,
cargada de duda – No tendría sentido.
- ¿Por qué habría de tenerlo? Aquí no hay ninguna
hermanita de la caridad – sonrió, uno de ellos – A decir verdad…yo empiezo a
ponerme un poco nervioso, sin mi medicación.
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