martes, 11 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

La gran bata blanca estaba satisfecha del resultado de sus…conversaciones. No le gustaba demasiado hablar con el rebaño ya que lo consideraba muy inferior a su posición, pero sabía perfectamente que debía mantener algún contacto regular con algunos de ellos para mantener la total vigilancia de su hogar. Era increíble que nadie en ninguna parte se preguntase qué diablos era aquél sitio, dejado de la mano de dios, ni qué se hacía allí; máxime teniendo en cuenta que se enviaban allí de forma periódica criminales de distintos países distintos. La gran bata blanca sabía que a nadie le importaba en realidad el destino de aquellos condenados, aquejados por enfermedades mentales, y eso era bueno para ella: significaba alimento.

Ahora había planificado un cambio de jerarquía en el “centro psiquiátrico” y eso le resultaba divertido; se preguntaba en qué clase de “centro” se convertiría en cuanto Conrad Burche se hiciese con las riendas del “centro”. No era la primera vez que la gran bata blanca ayudaba a sus invitados a rebelarse contra la autoridad, ella era la única autoridad real, y la eliminasen para hacerse ellos con el poder. Eran tan fácil embotarlos con drogas y sugestionarlos con imágenes…sólo necesitaba hacerle a Burche lo mismo que había hecho con Beaumont cuando le ayudó a establecer su fantasía, cuatro años atrás; debía hacerle creer que, desde siempre, se había dedicado al trabajo de sus sueños en cuerpo y alma. Tenía que hacerle sentir un completo desprecio por sus “semejantes”, tenía que destruir la falsa moralidad de su mente para que no se mostrase reacio a divertirse, investigar, procesar, al resto de pacientes. Por suerte para ella Conrad Burche era un hombre fácilmente violento; no resultaría un problema convencerle de que era divertido ser cruel con el resto.

Cada vez que ella se sentía feliz y dispuesta a permitir una revuelta como aquella se notaba en el ambiente. Los pacientes se mostraban mucho más exaltados y violentos; atacaban con más frecuencia a los que, hasta el momento, habían “mandado” en el lugar, se atacaban más entre sí…aquél maldito lugar se descontrolaba de una manera aterradora, hasta el punto de acabar persiguiéndose unos a otros para matarse. Era un baile de sangre, dolor y miedo, y eso era lo que la gran bata blanca quería de sus…invitados.

Conrad lo sentía, sentía que la agitación en el ambiente estaba creciendo, y lo temía. No podía permitir que ninguno de aquellos malditos juguetes se revelase contra él o sus vigilantes, por lo que las maratones de cacería se hicieron más largas y violentas. Tenía que dejarles bien claro quién mandaba allí, y quién iba a mandar allí después de cargarse al maldito Beaumont. No era el único que lo sentía, y mucho menos el único que aprovecharía la situación perfecta para poder dar un golpe sobre la mesa.

Lo que todos ignoraban era que esa persona aprovecharía la revuelta, pero para escapar.


Lo que ignoraba esa persona era que la gran bata blanca conocía esos planes, y no pensaba permitirle huir de su hogar. 

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