- Bueno, hablemos en serio de una vez – comentó en voz
baja uno de aquellos pacientes, mirando al resto - ¿Cómo vamos a hacer para
salir de aquí? Cuando me trajeron aquí no me dejaron ver cómo habíamos llegado,
y no creo que a ninguno de vosotros sí os hayan dejado – sonrió, burlón.
- Lo primero es salir de este edificio – respondió otro,
con tono ligeramente nervioso – Una vez fuera ya buscaremos la salida, ¿no? Es
fácil – sonrió, apretándose una mano con fuerza.
- ¿Sí, será fácil? – preguntó el silencio con una sonrisa
irónica, negando con la cabeza - ¿Alguna vez has mirado al patio? Yo nunca he
visto ninguna salida – sonrió, negando – ¿Crees que podemos echar a correr por
ahí sin más, esperando encontrar la salida? Olvídalo.
- ¿Y por qué no? – insistió, con gesto más nervioso,
arañándose el brazo de manera lenta, pero asegurándose de hacerse sangre – No
creerás que ese jardín es infinito, ¿verdad? – le devolvió la sonrisa, burlón.
- No, no es infinito. ¿Pero cuánto tiempo estaremos
caminando? A lo mejor nos pasamos muchas horas caminando en círculo sin llegar
a ninguna parte. ¿Y qué haremos cuando tengamos hambre y sed?
- Comernos – susurró en voz baja, lamiéndose la sangre
del brazo con cierta ansiedad.
Se hizo el silencio entre todos ellos. El maldito
paciente, que parecía tímido y asustadizo, se estaba lamiendo su propia sangre
con un gesto que no les había gustado a ninguno. No es que ninguno fuese
precisamente débil o se fuese a dejar impresionar fácilmente, a fin de cuentas
todos eran criminales, pero no les había gustado demasiado lo que habían visto.
¿Acaso era un maldito caníbal? Se miraron entre sí en silencio, llegando a otro
acuerdo mudo. Después de huir del centro psiquiátrico y de matar a ese maldito
tipo que se creía el líder del grupo, le matarían también a él; era un peligro
para el grupo y no podían permitirse tener elementos de ese calibre entre
ellos. Un hombre de esa clase en el grupo podía no contenerse con su…ansiedad,
podría tener hambre, y eso les acarrearía problemas a la hora de huir de
cualquier parte. Definitivamente no permitirían que nadie pusiese en peligro su
plan de escape.
La gran bata blanca sonreía, feliz, satisfecha, orgullosa
de las decisiones de sus invitados. ¿Pretendían huir por el “jardín”? muy bien,
ella se lo permitiría, sí. Les dejaría corretear por las instalaciones
exteriores del patio, pero haría que Conrad y sus perros de presa los
persiguiera para darles caza como a conejos asustados. Sabía que Burche no
rechazaría esa oportunidad; primero por miedo a enfadarla, y segundo porque le
resultaría demasiado divertido. Y encima tenían un caníbal entre ellos…la gran
bata blanca sonrió.
Burche también sonreía, frotándose las manos por lo que
estaba a punto de suceder en el centro psiquiátrico. Él no era médico, pero
había observado muchas veces, a escondidas, a Beaumont realizar esos
“experimentos y pruebas” y estaba muy seguro de poder llevarlos a cabo él
mismo. Claro que él no pensaba aportar nada a la ciencia y la investigación,
¿verdad? No, él simplemente se deleitaría con el agradable y dulce sonido de los
gritos de los pobres diablos que cayesen en sus garras, sin necesidad de añadir
música clásica al maldito asunto. Sabía que a ella no le gustaba que Beaumont
pusiese música clásica; ella quería escuchar los gritos sin más, para poder
cerrar los ojos y sentirse en paz consigo misma, igual que él. Añadir la
maldita música clásica para suavizar los gritos era simplemente una pérdida de
tiempo, algo inservible.
La gran bata blanca escuchaba los pensamientos más
íntimos de Burche, y sonreía satisfecha. Quizás hubiese dado con un auténtico
filón en ese hombre. No sabía cuánto tiempo le permitiría hacerle creer que era
el dueño del lugar antes de quitarlo de en medio, pero sabía que lo echaría de
menos; ese tipo iba a proporcionarle muchos gritos, sin embargo llegaría el día
en que se lo quitase de en medio. La gran bata blanca no quería correr riesgos,
no quería que ese tipo se creyese intocable y acabase desafiándola.
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