- Sin un buen plan no podremos lograrlo, todos lo
sabemos, ¿verdad? – preguntó mirando al resto. Estaba en esa habitación la
pequeña cúpula que consideraban “de fiar” para la huida.
- Sí, pero en todo caso tenemos que hacerlo rápido. Algo
se cuece aquí, y tendremos que aprovechar el despiste – respondió otro,
devolviéndole la mirada.
- Lo que está claro es que no podremos salir de aquí sin
trabajar en equipo, ¿no? – preguntó un tercero, con un ligero tono de ansiedad
– Ya habéis visto cómo van a actuar los otros dos…y no vamos a permitírselo, en
realidad. Pero quiero estar seguro de que, una vez fuera, nosotros seguiremos
manteniendo el plan hasta salir de aquí.
Se miraron en silencio, no hacían falta las palabras.
Pese a ser enfermos mentales eran demasiado avispados como para saber que
realmente se necesitarían unos a otros durante un tiempo, y eso era bueno:
evitaba sorpresas desagradables.
- ¿Pero entonces cómo saldremos de aquí? Nunca he visto
que entre ningún vehículo, salvo el autobús donde traen a los nuevos.
- Saldremos así – dijo uno de ellos, convencido.
- ¿Y no lo registrarán? – preguntó el otro con
inseguridad en la voz.
- No lo creo. Cuando viene gente de fuera aparentan que
todo está bajo control y que todo va con normalidad, pero en realidad todos
sabemos que no es así, ¿verdad?
De nuevo silencio, claro que lo sabían. Aquello no era un
centro psiquiátrico, o al menos no uno dirigido por médicos reales. Aquél sitio
no era más que una mentira, una pantomima para… ¿para qué? No lo sabían.
Ignoraban a quién pertenecía un lugar como aquél o qué objetivos perseguía,
pero preferían no averiguarlo. Lo único que querían saber era que no había una
jerarquía real; allí imperaba la ley del más fuerte, sin más. No habían reglas.
- Entonces la idea es esperar a que llegue ese autobús y
esperar a que estén bajando a los reclusos para subirnos después, ¿no? Pero…
¿cómo nos subiremos? Quiero decir, no podremos entrar como si tal cosa y
esperar que no miren a los asientos, ¿no?
- No, desde luego que no. Pero podemos entrar y abrir los
maleteros, ¿no crees? Podemos ir ahí hasta que lleguemos a alguna parte. No
creo que los miren demasiado.
- Espero que tu idea resulte, porque yo no lo tengo tan
claro – replicó el tercero, negando con la cabeza.
- ¿Acaso preferís esperar aquí a que alguno de esos
bestias os mate como si tal cosa? – respondió el primero, encarándose fijamente
con él. Sabía que no estaba pronunciando las palabras que no debía, y eso le
tranquilizaba en cierta medida, pero también sabía que se estaba moviendo por
aguas pantanosas en ese momento.
- No iba a dejar que ninguno de esos me atase a una
camilla para hacer conmigo a saber qué – respondió el tercero, manteniendo la
mirada sin amilanarse – Pero tampoco quiero subirme al maletero de un autobús y
que nos cojan al primer bache.
La gran bata blanca escuchaba en silencio, divertida ante
aquella conversación. Si creían que iban a ir a alguna parte tenían
razón…aunque el destino que les esperaba no era el que ellos esperaban.
- Después de haber
degollado a Beaumont tendrás que salir de caza, Burche. Hay algunos…conejitos
rebeldes que pretenden huir.
-
Hace mucho tiempo que no salgo de caza, será divertido recordar las viejas
experiencias de la vida. – respondió satisfecho Burche, frotándose
las manos ante la próxima primera gran cacería del lugar. Si resultaba
realmente divertido podría organizar más.
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