Se acercaba la hora de llegada de los nuevos pacientes y
la hora de intentar la huida. Los pacientes que se habían organizado para
tratar de escapar se miraban en silencio, ocultando el nervio, el tedio y la
excitación que les provocaba la espera de la ansiada libertad. ¿Qué harían
cuando dejasen de buscarlos? No lo sabían, pero sin duda sería muy divertido.
Podrían volver a sus antiguos “trabajos” antes de que la policía los atrapase:
pirómanos, psicópatas, asesinos, sádicos, necrófilos, violadores…científicos.
Todos ellos una vez más en la calle, con la libertad de volver a causar ese
dolor y ese miedo que tanto deseaban.
La gran bata blanca sabía que las posibilidades de placer
y alimento que le proporcionaba la huida de aquellas pobres ovejas eran casi
infinitas. se había planteado en alguna ocasión permitirles escapar de su
absoluto control, pero lo había rechazado en última estancia. Por mucho placer
y alimento que aquellos hombres y mujeres pudiesen proporcionarles con el dolor
humano no podía permitir que escapasen: escapar de su control sería un signo de
debilidad. Nadie lo había logrado hasta la fecha, y nunca lo haría mientras
ella viviese. No iba a permitir que el ganado se rebelase contra ella.
Burche también estaba ansioso por la llegada de la nueva
jerarquía del centro psiquiátrico. Ella le había sugerido que no necesariamente
debía seguir siendo un centro psiquiátrico; si él quería podría convertirlo en
cualquier otro edificio, con cualquier otro tipo de propósito. La única
condición que le ponía era que fuese algo que no atrajese las miradas del
exterior: nadie fuera de sus muros podía saber lo que pasaba allí dentro. Se
paseaba en silencio por los pasillos, ahuyentando con su presencia a los
pacientes que le miraban en silencio, con una sonrisa satisfecha en los labios.
Todos estaban descubriendo quién sería el próximo nuevo gran jefe allí, y todos
sabía exactamente lo que les esperaba cuando se hiciese al fin con el poder:
nada bueno. – Pronto, muy pronto. Un
baile de dolor, una espiral de miedo. Un banquete infinito para ella…para que
esté contenta conmigo, para que no acabe con mi existencia. – pensaba una y
otra vez, ligeramente nervioso por lo que estaba a punto de suceder. Sabía que
todos esos privilegios traían consigo una gran responsabilidad, sabía que el
precio que pagar por sus errores sería demasiado alto…sin embargo estaba
dispuesto a hacerlo. El premio era muy tentador: podría decidir sobre la vida
del resto, de todos los que vivían allí, como un Dios.
- Muy bien, señor
Burche, espero que esté preparado para lo que se le acerca. ¿Cree que puede
traicionarme, asustarme, y salirse con la suya sin pagar el precio? Olvídelo,
Burche. Tal vez usted sea el músculo, pero yo soy el cerebro. Cuando haya
ingerido esta cantidad de mórficos quedará totalmente indefenso, y yo podré
dejar bien claro a esta panda de imbéciles que YO soy el que manda aquí. YO y nadie
más que YO – pensaba, recluido en su despacho, preparando una mezcla de
mórficos y calmantes suficiente para tumbar a un caballo de tamaño
considerable. No permitiría que aquél condenado hombre se saliese con la suya,
sin más. No estaba muy seguro de cómo suministrarle semejante dosis, pero ya se
las ingeniaría.
La gran bata blanca esperaba en silencio, pero
enfurecida. No le gustaba el YO de Beaumont, y por eso iba a quitárselo de en
medio. Ella había sido la artífice de la revuelta de los pacientes del
auténtico centro psiquiátrico, y ella había sido quien le había hablado. Ella
había sido quien había convencido a todos los pacientes que Beaumont era el
auténtico médico, y que nunca había existido ningún motín. Ella le había dado
el poder, a condición de que siempre supiese que estaba bajo sus órdenes. Ahora
que lo había olvidado... lo quitaría de en medio. Burche le serviría a su
propósito, al menos al principio.
- Y cuando hayamos
escapado de aquí, los degollaré a todos – pensó uno de ellos, mirando al
resto en silencio. La gran bata blanca rompió a reír.
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