El autobús
donde llegaban los nuevos “pacientes” siempre era el mismo. Era grande y
amplio, de color gris claro. No tenía ventanas. Las únicas personas que
viajaban en ese vehículo y que tenía el privilegio de poder salir de vuelta
eran dos hombres de mediana edad. Ellos no conocían a nadie de la empresa que
los había contratado, ni tampoco al guardia que les franqueaba el paso al
interior de las instalaciones. Siempre eran los mismos, y sólo realizaban un
viaje cada dos o tres meses.
- Bueno, ya falta poco – comentó el encargado de vigilar
a los pacientes – Este sitio me pone los pelos de punta – comentó frotándose
los brazos ante un repentino escalofrío.
- No me extraña – comentó el conductor sin apartar la
vista de la carretera. Esbozó una ligera sonrisa cómplice – No es precisamente
una fábrica de chocolate, ¿sabes? -
logró reprimir un bostezo.
- Sí, ya sé que es un centro psiquiátrico. Y también sé
que los que van ahí atrás están más chalados que una regadera, pero aun así
sigue poniéndome los pelos de punta – comentó con un encogimiento de hombros,
sin quitar el ojo de encima a los pacientes. Estaban separados por dos gruesas
rejas de acero con puertas. Entre puerta y puerta había un pequeño espacio, el
justo para que cupiesen dos personas.
- Da las gracias de que al menos a los que llevamos
nosotros están tranquilitos – comentó con cierta burla en la voz. Los pacientes
siempre eran trasladados completamente sedados, y eso era un auténtico alivio.
- Siempre los traemos, pero nunca nos hemos llevado a
ninguno. ¿De verdad no tienen cura? – preguntó con curiosidad.
- ¿Cómo van a tenerla? Son criminales, Frank. Nuestro
trabajo consiste en traerlos aquí y largarnos lo más rápido que podamos. Lo que
hagan aquí me trae sin cuidado, ¿sabes? A mí tampoco me gusta un pelo este
sitio: cuanto menos tiempo pase aquí, más feliz seré yo – contestó con cierta
indiferencia.
- Bueno, pues sólo queda el largo camino al edificio –
comentó cuando pasaron la valla de entrada.
- Por fin – sentenció el conductor, dando a entender que
no estaba dispuesto a seguir hablando.
Después de haber pasado largo tiempo planteándose cómo
suministrarle los sedantes a Burche decidió que la mejor opción que tenía era
engañarlo. Le haría creer que quería drogarlo al ofrecerle cualquier cosa para
comer, como algún tipo de chocolate o algo parecido, pero en realidad le
clavaría la aguja en cuanto se girase para marcharse. Sabía que esa era una de
las mejores opciones que tendría, y no pensaba desaprovecharla – ¡Ay, señor Burche! Durante mucho tiempo ha
servido a los propósitos que le tenía reservado, pero se ha acabado el contrato
– pensó mientras lo buscaba por los pasillos del centro. Se arriesgaba
mucho si su plan resultaba un fracaso, por lo que no debía ser así. Cuando
finalmente lo vio pudo ahogar una sonrisa irónica y se acercó a él.
- Burche, espere – llamó su atención, con tono
autoritario.
- ¿Qué? – preguntó el bruto, sin ocultar el tono
agresivo.
- Creo que nos debemos una disculpa mutua, ¿sabe? No
hemos actuado de la mejor manera, y quería darle esto a modo de muestra de mis
intenciones – le entregó el paquete de chocolate, sonriendo con franqueza.
- ¿Es una trampa? –
preguntó a la bata blanca, para
saber qué hacer, pero no obtuvo ninguna respuesta. Con cierta duda alargó el
brazo para cogerla. Se dio la vuelta para marcharse a grandes zancadas.
- Ahora – pensó
Beaumont mientras se lanzaba hacia la espalda del tipo, listo para clavarle la
aguja directamente en la nuca.
Lo pilló por sorpresa, por lo que tenía ventaja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario