domingo, 16 de febrero de 2014

Centro psiquiátrico

    El autobús donde llegaban los nuevos “pacientes” siempre era el mismo. Era grande y amplio, de color gris claro. No tenía ventanas. Las únicas personas que viajaban en ese vehículo y que tenía el privilegio de poder salir de vuelta eran dos hombres de mediana edad. Ellos no conocían a nadie de la empresa que los había contratado, ni tampoco al guardia que les franqueaba el paso al interior de las instalaciones. Siempre eran los mismos, y sólo realizaban un viaje cada dos o tres meses.

- Bueno, ya falta poco – comentó el encargado de vigilar a los pacientes – Este sitio me pone los pelos de punta – comentó frotándose los brazos ante un repentino escalofrío.
- No me extraña – comentó el conductor sin apartar la vista de la carretera. Esbozó una ligera sonrisa cómplice – No es precisamente una fábrica de chocolate, ¿sabes?  - logró reprimir un bostezo.
- Sí, ya sé que es un centro psiquiátrico. Y también sé que los que van ahí atrás están más chalados que una regadera, pero aun así sigue poniéndome los pelos de punta – comentó con un encogimiento de hombros, sin quitar el ojo de encima a los pacientes. Estaban separados por dos gruesas rejas de acero con puertas. Entre puerta y puerta había un pequeño espacio, el justo para que cupiesen dos personas.
- Da las gracias de que al menos a los que llevamos nosotros están tranquilitos – comentó con cierta burla en la voz. Los pacientes siempre eran trasladados completamente sedados, y eso era un auténtico alivio.
- Siempre los traemos, pero nunca nos hemos llevado a ninguno. ¿De verdad no tienen cura? – preguntó con curiosidad.
- ¿Cómo van a tenerla? Son criminales, Frank. Nuestro trabajo consiste en traerlos aquí y largarnos lo más rápido que podamos. Lo que hagan aquí me trae sin cuidado, ¿sabes? A mí tampoco me gusta un pelo este sitio: cuanto menos tiempo pase aquí, más feliz seré yo – contestó con cierta indiferencia.
- Bueno, pues sólo queda el largo camino al edificio – comentó cuando pasaron la valla de entrada.
- Por fin – sentenció el conductor, dando a entender que no estaba dispuesto a seguir hablando.

Después de haber pasado largo tiempo planteándose cómo suministrarle los sedantes a Burche decidió que la mejor opción que tenía era engañarlo. Le haría creer que quería drogarlo al ofrecerle cualquier cosa para comer, como algún tipo de chocolate o algo parecido, pero en realidad le clavaría la aguja en cuanto se girase para marcharse. Sabía que esa era una de las mejores opciones que tendría, y no pensaba desaprovecharla – ¡Ay, señor Burche! Durante mucho tiempo ha servido a los propósitos que le tenía reservado, pero se ha acabado el contrato – pensó mientras lo buscaba por los pasillos del centro. Se arriesgaba mucho si su plan resultaba un fracaso, por lo que no debía ser así. Cuando finalmente lo vio pudo ahogar una sonrisa irónica y se acercó a él.

- Burche, espere – llamó su atención, con tono autoritario.
- ¿Qué? – preguntó el bruto, sin ocultar el tono agresivo.
- Creo que nos debemos una disculpa mutua, ¿sabe? No hemos actuado de la mejor manera, y quería darle esto a modo de muestra de mis intenciones – le entregó el paquete de chocolate, sonriendo con franqueza.
- ¿Es una trampa? – preguntó  a la bata blanca, para saber qué hacer, pero no obtuvo ninguna respuesta. Con cierta duda alargó el brazo para cogerla. Se dio la vuelta para marcharse a grandes zancadas.
- Ahora – pensó Beaumont mientras se lanzaba hacia la espalda del tipo, listo para clavarle la aguja directamente en la nuca.


Lo pilló por sorpresa, por lo que tenía ventaja. 

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